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11 DICIEMBRE 2018
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>Entrevista a Joseba Arregi

"Siempre hay que pensar desde el otro"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Joseba Arregi participó la semana pasada en la presentación del libro de Mikel Azurmendi “El abrazo” (Ed: Almuzara) donde el autor vasco relata su convivencia en los últimos años con los amigos que pertenecen a la experiencia eclesial de Comunión y Liberación. El exconsejero del Gobierno Vasco afirma que el libro “te cuestiona y te hace avanzar y lo que soporta todo eso es al final la fuerza del encuentro con Jesús que te dice: ‘tú solo no puedes pero yo estoy contigo’”.

En la presentación del libro se le veía como un niño con zapatos nuevos. ¿Un cristianismo vivido con autenticidad es pertinente al corazón del hombre?

Creo que sí, al final hoy que tanto se habla de verdad, que uno de los gravísimos problemas que tenemos hoy en día es que todas las palabras están ya malgastadas, hasta el punto de que no significan nada. Términos como caridad, honestidad, todo ha perdido ya su sentido. Hay que volver a recuperar el término “verdad”. Pensamos que la verdad está en los números, en las estadísticas, y no hay forma más fácil de mentir que con las estadísticas. Hay que buscar otro tipo de verdad, y no puede ser una verdad teórica sino una verdad de vida. Esa verdad de vida hoy se puede encontrar en pocos sitios más que en el cristianismo. En la vida del cristiano que es vida o intento de seguir en la vida propia de cada uno, en la medida de las posibilidades, el ejemplo de Cristo que es darse por los demás. Y por tanto vivir desde las exigencias de los demás. En la presentación del libro de Mikel Azurmendi quería haber citado a un rabino que cuenta en una lectura talmúdica de Levinas y dice: “los derechos humanos son siempre primero los derechos del otro, no los de uno mismo”. Siempre hay que pensar desde el otro. Esa es la enseñanza del cristianismo y es la verdad de la vida. Darse porque hemos recibido. Ese vivir desde el otro, y el ejemplo más claro es Jesucristo que vive para los otros y desde los otros, que somos nosotros.

En el libro se hace una crítica a la Ilustración que reduce la razón al conocimiento científico. ¿Le parece acertada?

No sé si eso es del todo así, es una buena intuición, sino de lo que luego, posteriormente, la cultura moderna ha hecho con la Ilustración. La Ilustración creo que sí tenía algo más de preocupación, buscaba la autonomía del ser humano, Francis Bacon buscaba la mejora de la sociedad en su conjunto, también había un ímpetu de socializar la liberación del hombre de las ataduras de la naturaleza en el sentido de librarlo del hambre, de las pestes, de las inundaciones, de los fuegos... La fe en la razón era como un instrumento para la mejora social y para la libertad del ser humano, pero es cierto que todo eso cada vez se ha ido reduciendo más a una especie de racionalidad cuantitativa, por negación a lo cualitativo. En ese sentido, la crítica de Mikel es muy válida. Es un reduccionismo del ser humano tremenda. Nos escapamos a mil cosas, a nuevas mitologías, a la artificialidad de la sociedad del espectáculo, a esa obligación de desnudamiento permanente de los sentimientos frente al público, perdiendo toda sensación de pudor, banalización de todo, y lo que algunos han escrito como vuelta a los arcaísmos. Uno ve los premios MTV y en ese espectáculo los ritmos y las danzas son totalmente arcaicos, son mecánicos, es una búsqueda del éxtasis a través de movimientos arcaicos, muy mecánicos, muy gimnásticos. ¿Por qué esta vuelta al arcaísmo? Lo que tenemos en esta civilización cuantitativa ya no da nada, y hay que buscarlo en cualquier parte, en las drogas, en el espectáculo, en esa arcaización, en la búsqueda de la aventura. La aventura es sentirme vivo, así de simple. Todos estos nuevos deportes que son de riesgo existen porque la gente busca sentirse vivo, experimentarse vivo. Porque en la civilización que vivimos no hay manera de sentirse vivo de ninguna forma.

Bauman describe la sociedad actual usando la expresión “líquida”. ¿Está de acuerdo?

Yo tengo mi punto de crítica con Bauman. Creo que él y otros repiten cosas que ya estaban dichas antes por un antropólogo alemán al que no citan, Arnold Gehlen, que ya escribió todo eso en los años 40 y 50: la subjetivación, el arcaísmo, la tecnología como continuación de la magia de la religión, por otros medios pero es lo mismo, establecer ritmos, control. La magia es controlar los poderes ocultos y la tecnología nos permite exactamente lo mismo; buscar las rutinas y sobre todo la subjetivación y la desaparición de la frontera entre yo mismo y el exterior, todas esas cosas están ya en Arnold Gehlen. Bauman recoge todo eso y lo llama liquidez. La cultura moderna ha sido un vaciamiento constante y quizá hay que tener en cuenta una idea de Walter Benjamin, que dice que la verdad de cada época se encuentra en la exageración de esa época. Por ejemplo, la verdad del barroco está en el rococó. Pues la verdad de la Ilustración está en este vacío de ahora.

¿Qué aportación positiva puede tener para la sociedad española la experiencia de la “tribu” de la que habla Mikel?

Si usáramos una metáfora donde los valores en la sociedad de hoy se compran en un supermercado. Yo creo que sería un nicho de producto ecológico. Me asusta un poco hablar en estos términos, pero eso es lo que el propio capitalismo busca, esos nichos de mercado más auténticos, que luego todo termina siendo un poco trampa. El cristianismo tiene que buscar y puede buscar ese producto realmente auténtico, en el que además se conjugan muchas cosas, esa conexión entre un pasado que se hace presente y un presente que vive del pasado, y el futuro de lo que hay que construir pero que al final será un regalo, no será producto de lo que hagamos nosotros. A esta sociedad que vive en lo que algunos sociólogos llaman el “presentismo”, no hay ni pasado ni futuro. Es una sociedad que está esperando siempre lo nuevo que va a venir, de modo que cada cosa nueva que va a venir no consigue llegar a ser real en el presente, porque ya hay algo nuevo que está llamando a la puerta otra vez. Por eso no hay poso, no hay pasado. Frente a esto, la concepción del tiempo del cristianismo, vivir del pasado, hacerlo presente, un presente que hace real lo pasado, pero lo hace porque ha existido y además es promesa de futuro, eso es un tiempo in-tenso, en tensión, porque abarca presente, pasado y futuro en un momento. Esa tensión que la sociedad actual intenta crear artificialmente, con lo novedoso, pero no hay nada real en eso. En cambio, el cristianismo tiene la posibilidad de ofrecer algo que la sociedad busca a ciegas. Lo que yo he encontrado en el libro y Mikel Azurmendi ha encontrado en la Fraternidad de Comunión y Liberación es precisamente esa verdad, ese tiempo de intensidad.

Hay una insistencia en el libro por el valor del otro.

Si uno de vez en cuando mira los programas de televisión, esos que yo llamo de striptease sentimental de todas las emociones que me dan vergüenza ajena por la falta de pudor para hablar de las miserias propias y ajenas, en esta sociedad el otro no existe. Si uno escucha un poco y presta atención a las palabras que se dicen y cómo se construyen las frases, todas empiezan por “yo”, “mi opinión”, y además eso está ya blindado, porque contra mis sentimientos nadie puede ir. No es una argumentación, porque si se argumenta el otro puede tener argumentos, y entonces entramos a hablar y dialogar, pero no hay palabra más vaciada de contenido que “diálogo”. ¿Por qué dialogamos? Porque yo no tengo la verdad definitiva y el otro me puede aportar parte de su verdad, que tampoco tiene la definitiva. Si no, el diálogo no tiene sentido. Si yo tengo la verdad total, no dialogo. Pero si todo empieza “yo”, “para mí”, “en mi opinión”, es el selfie permanente, pero ya no creativo sino simplemente pasivo. Es verdad que en las familias los hijos quieren a sus padres y los padres quieren a sus hijos, sigue existiendo humanidad, están los abuelos… pero luego se sale a la calle y parece como que esa humanidad desaparece de repente. Hacer presente esa humanidad otra vez, con pequeños gestos, con pequeños trabajos, con una presencia dedicada a los demás, es fundamental, porque al final habrá un justo que impida que Dios acabe con Sodoma y Gomorra. En el País Vasco lo hemos aprendido con la violencia. A veces me preguntan qué arreglo tiene esto. No veo salida, pero hay que resistir. Es el valor de la resistencia. El cristianismo vivido hoy como lo vive la Fraternidad de Comunión y Liberación es una especie de enmienda a la totalidad de la cultura actual, es una resistencia pasiva y activa a la cultura actual, una resistencia que vuelve a dar sentido a la realidad, que vuelve a ofrecer la esperanza de creer en la propia humanidad, en el ser humano, en las relaciones humanas, en la humanidad que se nos ha dado. Se nos ha olvidado de que somos producto de un regalo de vida.

Pero, ¿cómo esa enmienda a la totalidad se puede convertir en una propuesta propositiva que pueda valorar también lo bueno y verdadero que pueda haber en la sociedad actual?

Una oferta. Ese matiz es muy importante. Me invitaron a una pequeña reunión con el obispo de San Sebastián para hablar de la enseñanza religiosa en la escuela, y todos los demás defendían el derecho a impartir enseñanza religiosa católica en la escuela. ¿Por qué no lo planteamos como un servicio a la educación, en lugar de un derecho? Yo hago una propuesta de servicio, quien no lo quiera no lo toma. Propuesta que pueda completar al camino educativo de la persona y ayudar a conocerse a sí mismo y a todo lo demás. Creo que es mucho mejor hacerlo desde esa perspectiva. La Iglesia no debiera tener una propuesta legal, de derecho, sino más bien una propuesta de servicio, de hacer pensar.

¿Este modo de estar es también válido frente a otras polémicas como la eutanasia, el aborto…?

Ahora viene el debate de la eutanasia, ¿qué postura debemos tomar? En este tema me asusta sobre todo una cosa, y es que al final nos enfrentamos al problema de la muerte como entes soberanos que quieren decidir cuándo y cómo, imponer mi soberanía en vida para negar la muerte: no me puede la muerte, la puedo yo que decido cuándo y cómo. Eso es quitar a la vida lo que le da sentido, que es la muerte, pues la vida no se puede entender sin muerte. Creo que estas cosas previas y ayudar a reflexionar sobre ellas es mucho más importante que las leyes, aunque evidentemente hay que tener mucho cuidado y ver cómo se elaboran. La segunda mujer de mi padre decía en vascuence: la vida debe la muerte. No nos escapemos de pagar esa factura, porque es lo que hace la vida. Me asusta en ese debate, por ejemplo, que la única degeneración que parece preocuparnos en la degeneración física, cuando estamos enfermos. ¿Y antes de la degeneración física no hay en la vida de las personas un montón de degeneraciones morales que nos debieran preocupar, y que a más de uno probablemente le han podido llevar al suicidio? Si las propuestas legales que se puedan hacer no van acompañadas de esa reflexión, me suenan a falsas. Me pasa también con el aborto. Yo estoy fundamentalmente en contra del aborto, pero sé que hay que regularlo. Se podría mejorar la legislación de González en su día, pero lo que no entiendo bajo mi forma de vivir la fe es que me vengan diciendo “yo soy dueño de mi cuerpo, hay derecho al aborto”.

¿Qué se puede proponer frente a esto?

Una vez escribí un artículo que no me publicaron y discutía las posturas de la izquierda clásica en el tema del aborto. Mi cuerpo es mío ¿Cómo que mi cuerpo es mío? Si la izquierda siempre ha dicho que el ser humano se constituye en las relaciones sociales, ¿cómo podemos, en algo tan importante, eliminar el aspecto relacional en la definición de la persona? La izquierda nos ha dicho siempre que lo importante es la comunicación. ¿Cómo ese acto de soberanía absoluta? ¿Dónde queda ahí la comunicación? ¿Dónde queda el padre? ¿Dónde queda el feto? ¿Dónde queda la sociedad? Porque eso tiene relación con la sociedad y su futuro. Y en tercer lugar, para la izquierda la vida es futuro, la definición de la vida sin futuro no existe. Es el progreso, es la mejora. ¿Cómo podemos negar el futuro de la vida? Yo echo en falta en los discursos institucionales eclesiásticos estas reflexiones porque ganarían muchísimo. Es necesario que las propuestas hechas a la sociedad vayan acompañadas con un discurso que dé sentido a todas estas cosas desde las vivencias cristianas que yo creo que son válidas siempre y en todo lugar. Y no son ni de derecha ni de izquierda. Es necesario ofrecer reflexión que pueda ayudar a encontrar sentido a la vida, que se verificará por testimonios de vida personal. La fertilidad esterilizada del momento en que vivimos es otra muestra de lo agotada que está nuestra civilización. Europa está muerta si no producimos hijos, si no creemos en el futuro.

En la lectura del libro sorprende de Mikel la continua confrontación entre lo que ha leído de sus autores de referencia, su propio juicio y lo que ve en la “tribu”. Es una confrontación continua a partir de la cual se deja corregir. ¿Es este un método de conocimiento adecuado?

Solo así se puede encontrar la verdad y el sentido de la realidad. Muchos adolescentes ven hoy la realidad bajo la lente de las nuevas tecnologías. Que es una lente muy poderosa que orienta ya la mirada. Pero yo a mis alumnos les he explicado muchas veces este ejemplo en clase: las palabras, los conceptos y los esquemas culturales son como si estás en una habitación y hay una bombilla. Si la bombilla está en el centro se ilumina lo del centro pero las esquinas no se ven, solo se ve un trozo de la realidad. Si la bombilla se pone en una esquina no se ve el centro. Un lenguaje es una bombilla pero no es toda la realidad lo que ilumina, ya que hay zonas que dan sombras y hay que estar siempre abierto a mover la bombilla a otro sitio. Y eso solamente se puede hacer con la capacidad de cuestionarse así mismo, que es lo que Jesús hace con todos los que vienen a Él. Al joven rico que se va triste. A mí me da pena cuando los sacerdotes solamente terminan diciendo que es que hay que saber vivir con poco y entregar los bienes. Pero ¿por qué Jesús le dice al final: confía en mí, ven conmigo? ¿En qué confiamos? En el coche, en el sueldo, en lo material… esa es la gran tentación sobre todo hoy en día. Nos falta confiarnos, abandonarnos al otro.

¿Percibe este abandono al otro en lo que se relata en el libro?

En el libro se ven ejemplos como la caritativa y la fraternidad que son explosiones que a uno le despiertan y dicen: oye, mírate que igual vives en una zona de confort muy tranquilo pero mirándote a ti mismo. Y esto te cuestiona y vas cambiando, y lo que soporta todo eso es al final la fuerza del encuentro con Jesús que te dice: tú solo no puedes pero yo estoy contigo. Ese es el resumen que yo veo en el libro, que a mí personalmente me ha servido y me ha venido muy bien. Porque de cierta forma lo vivía pero también ya en zona confortable y hay que salir de ahí de vez en cuando y espabilarse aunque uno tenga 72 años porque hasta el último segundo hay vida y uno puede ir cambiando y mejorando cosas.

Una de las cosas que más me ha gustado en el libro es la libertad desde la dependencia. Yo puedo ser libre porque alguien me soporta. Entonces puedo hacer lo que me da la gana pero siempre al servicio de los demás, no para mí mismo. Lo que más miedo me produce a la sociedad actual es que hemos aprendido a vender tolerancia cuando en realidad queremos decir indiferencia. No somos tolerantes porque el tolerante se deja cuestionar por otras formas de vivir, por otros valores, y le pone en cuestión, pero a pesar de todo, si no van contra la libertad de conciencia, contra determinados derechos humanos, me abro y supero el miedo que me causa. Eso es ser tolerante y eso es difícil, lo otro es indiferencia y que cada uno haga lo que le da la gana.

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

La Europa del contrapunto

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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