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22 AGOSTO 2019
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>Entrevista a Joseba Arregi

"Siempre hay que pensar desde el otro"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Joseba Arregi participó la semana pasada en la presentación del libro de Mikel Azurmendi “El abrazo” (Ed: Almuzara) donde el autor vasco relata su convivencia en los últimos años con los amigos que pertenecen a la experiencia eclesial de Comunión y Liberación. El exconsejero del Gobierno Vasco afirma que el libro “te cuestiona y te hace avanzar y lo que soporta todo eso es al final la fuerza del encuentro con Jesús que te dice: ‘tú solo no puedes pero yo estoy contigo’”.

En la presentación del libro se le veía como un niño con zapatos nuevos. ¿Un cristianismo vivido con autenticidad es pertinente al corazón del hombre?

Creo que sí, al final hoy que tanto se habla de verdad, que uno de los gravísimos problemas que tenemos hoy en día es que todas las palabras están ya malgastadas, hasta el punto de que no significan nada. Términos como caridad, honestidad, todo ha perdido ya su sentido. Hay que volver a recuperar el término “verdad”. Pensamos que la verdad está en los números, en las estadísticas, y no hay forma más fácil de mentir que con las estadísticas. Hay que buscar otro tipo de verdad, y no puede ser una verdad teórica sino una verdad de vida. Esa verdad de vida hoy se puede encontrar en pocos sitios más que en el cristianismo. En la vida del cristiano que es vida o intento de seguir en la vida propia de cada uno, en la medida de las posibilidades, el ejemplo de Cristo que es darse por los demás. Y por tanto vivir desde las exigencias de los demás. En la presentación del libro de Mikel Azurmendi quería haber citado a un rabino que cuenta en una lectura talmúdica de Levinas y dice: “los derechos humanos son siempre primero los derechos del otro, no los de uno mismo”. Siempre hay que pensar desde el otro. Esa es la enseñanza del cristianismo y es la verdad de la vida. Darse porque hemos recibido. Ese vivir desde el otro, y el ejemplo más claro es Jesucristo que vive para los otros y desde los otros, que somos nosotros.

En el libro se hace una crítica a la Ilustración que reduce la razón al conocimiento científico. ¿Le parece acertada?

No sé si eso es del todo así, es una buena intuición, sino de lo que luego, posteriormente, la cultura moderna ha hecho con la Ilustración. La Ilustración creo que sí tenía algo más de preocupación, buscaba la autonomía del ser humano, Francis Bacon buscaba la mejora de la sociedad en su conjunto, también había un ímpetu de socializar la liberación del hombre de las ataduras de la naturaleza en el sentido de librarlo del hambre, de las pestes, de las inundaciones, de los fuegos... La fe en la razón era como un instrumento para la mejora social y para la libertad del ser humano, pero es cierto que todo eso cada vez se ha ido reduciendo más a una especie de racionalidad cuantitativa, por negación a lo cualitativo. En ese sentido, la crítica de Mikel es muy válida. Es un reduccionismo del ser humano tremenda. Nos escapamos a mil cosas, a nuevas mitologías, a la artificialidad de la sociedad del espectáculo, a esa obligación de desnudamiento permanente de los sentimientos frente al público, perdiendo toda sensación de pudor, banalización de todo, y lo que algunos han escrito como vuelta a los arcaísmos. Uno ve los premios MTV y en ese espectáculo los ritmos y las danzas son totalmente arcaicos, son mecánicos, es una búsqueda del éxtasis a través de movimientos arcaicos, muy mecánicos, muy gimnásticos. ¿Por qué esta vuelta al arcaísmo? Lo que tenemos en esta civilización cuantitativa ya no da nada, y hay que buscarlo en cualquier parte, en las drogas, en el espectáculo, en esa arcaización, en la búsqueda de la aventura. La aventura es sentirme vivo, así de simple. Todos estos nuevos deportes que son de riesgo existen porque la gente busca sentirse vivo, experimentarse vivo. Porque en la civilización que vivimos no hay manera de sentirse vivo de ninguna forma.

Bauman describe la sociedad actual usando la expresión “líquida”. ¿Está de acuerdo?

Yo tengo mi punto de crítica con Bauman. Creo que él y otros repiten cosas que ya estaban dichas antes por un antropólogo alemán al que no citan, Arnold Gehlen, que ya escribió todo eso en los años 40 y 50: la subjetivación, el arcaísmo, la tecnología como continuación de la magia de la religión, por otros medios pero es lo mismo, establecer ritmos, control. La magia es controlar los poderes ocultos y la tecnología nos permite exactamente lo mismo; buscar las rutinas y sobre todo la subjetivación y la desaparición de la frontera entre yo mismo y el exterior, todas esas cosas están ya en Arnold Gehlen. Bauman recoge todo eso y lo llama liquidez. La cultura moderna ha sido un vaciamiento constante y quizá hay que tener en cuenta una idea de Walter Benjamin, que dice que la verdad de cada época se encuentra en la exageración de esa época. Por ejemplo, la verdad del barroco está en el rococó. Pues la verdad de la Ilustración está en este vacío de ahora.

¿Qué aportación positiva puede tener para la sociedad española la experiencia de la “tribu” de la que habla Mikel?

Si usáramos una metáfora donde los valores en la sociedad de hoy se compran en un supermercado. Yo creo que sería un nicho de producto ecológico. Me asusta un poco hablar en estos términos, pero eso es lo que el propio capitalismo busca, esos nichos de mercado más auténticos, que luego todo termina siendo un poco trampa. El cristianismo tiene que buscar y puede buscar ese producto realmente auténtico, en el que además se conjugan muchas cosas, esa conexión entre un pasado que se hace presente y un presente que vive del pasado, y el futuro de lo que hay que construir pero que al final será un regalo, no será producto de lo que hagamos nosotros. A esta sociedad que vive en lo que algunos sociólogos llaman el “presentismo”, no hay ni pasado ni futuro. Es una sociedad que está esperando siempre lo nuevo que va a venir, de modo que cada cosa nueva que va a venir no consigue llegar a ser real en el presente, porque ya hay algo nuevo que está llamando a la puerta otra vez. Por eso no hay poso, no hay pasado. Frente a esto, la concepción del tiempo del cristianismo, vivir del pasado, hacerlo presente, un presente que hace real lo pasado, pero lo hace porque ha existido y además es promesa de futuro, eso es un tiempo in-tenso, en tensión, porque abarca presente, pasado y futuro en un momento. Esa tensión que la sociedad actual intenta crear artificialmente, con lo novedoso, pero no hay nada real en eso. En cambio, el cristianismo tiene la posibilidad de ofrecer algo que la sociedad busca a ciegas. Lo que yo he encontrado en el libro y Mikel Azurmendi ha encontrado en la Fraternidad de Comunión y Liberación es precisamente esa verdad, ese tiempo de intensidad.

Hay una insistencia en el libro por el valor del otro.

Si uno de vez en cuando mira los programas de televisión, esos que yo llamo de striptease sentimental de todas las emociones que me dan vergüenza ajena por la falta de pudor para hablar de las miserias propias y ajenas, en esta sociedad el otro no existe. Si uno escucha un poco y presta atención a las palabras que se dicen y cómo se construyen las frases, todas empiezan por “yo”, “mi opinión”, y además eso está ya blindado, porque contra mis sentimientos nadie puede ir. No es una argumentación, porque si se argumenta el otro puede tener argumentos, y entonces entramos a hablar y dialogar, pero no hay palabra más vaciada de contenido que “diálogo”. ¿Por qué dialogamos? Porque yo no tengo la verdad definitiva y el otro me puede aportar parte de su verdad, que tampoco tiene la definitiva. Si no, el diálogo no tiene sentido. Si yo tengo la verdad total, no dialogo. Pero si todo empieza “yo”, “para mí”, “en mi opinión”, es el selfie permanente, pero ya no creativo sino simplemente pasivo. Es verdad que en las familias los hijos quieren a sus padres y los padres quieren a sus hijos, sigue existiendo humanidad, están los abuelos… pero luego se sale a la calle y parece como que esa humanidad desaparece de repente. Hacer presente esa humanidad otra vez, con pequeños gestos, con pequeños trabajos, con una presencia dedicada a los demás, es fundamental, porque al final habrá un justo que impida que Dios acabe con Sodoma y Gomorra. En el País Vasco lo hemos aprendido con la violencia. A veces me preguntan qué arreglo tiene esto. No veo salida, pero hay que resistir. Es el valor de la resistencia. El cristianismo vivido hoy como lo vive la Fraternidad de Comunión y Liberación es una especie de enmienda a la totalidad de la cultura actual, es una resistencia pasiva y activa a la cultura actual, una resistencia que vuelve a dar sentido a la realidad, que vuelve a ofrecer la esperanza de creer en la propia humanidad, en el ser humano, en las relaciones humanas, en la humanidad que se nos ha dado. Se nos ha olvidado de que somos producto de un regalo de vida.

Pero, ¿cómo esa enmienda a la totalidad se puede convertir en una propuesta propositiva que pueda valorar también lo bueno y verdadero que pueda haber en la sociedad actual?

Una oferta. Ese matiz es muy importante. Me invitaron a una pequeña reunión con el obispo de San Sebastián para hablar de la enseñanza religiosa en la escuela, y todos los demás defendían el derecho a impartir enseñanza religiosa católica en la escuela. ¿Por qué no lo planteamos como un servicio a la educación, en lugar de un derecho? Yo hago una propuesta de servicio, quien no lo quiera no lo toma. Propuesta que pueda completar al camino educativo de la persona y ayudar a conocerse a sí mismo y a todo lo demás. Creo que es mucho mejor hacerlo desde esa perspectiva. La Iglesia no debiera tener una propuesta legal, de derecho, sino más bien una propuesta de servicio, de hacer pensar.

¿Este modo de estar es también válido frente a otras polémicas como la eutanasia, el aborto…?

Ahora viene el debate de la eutanasia, ¿qué postura debemos tomar? En este tema me asusta sobre todo una cosa, y es que al final nos enfrentamos al problema de la muerte como entes soberanos que quieren decidir cuándo y cómo, imponer mi soberanía en vida para negar la muerte: no me puede la muerte, la puedo yo que decido cuándo y cómo. Eso es quitar a la vida lo que le da sentido, que es la muerte, pues la vida no se puede entender sin muerte. Creo que estas cosas previas y ayudar a reflexionar sobre ellas es mucho más importante que las leyes, aunque evidentemente hay que tener mucho cuidado y ver cómo se elaboran. La segunda mujer de mi padre decía en vascuence: la vida debe la muerte. No nos escapemos de pagar esa factura, porque es lo que hace la vida. Me asusta en ese debate, por ejemplo, que la única degeneración que parece preocuparnos en la degeneración física, cuando estamos enfermos. ¿Y antes de la degeneración física no hay en la vida de las personas un montón de degeneraciones morales que nos debieran preocupar, y que a más de uno probablemente le han podido llevar al suicidio? Si las propuestas legales que se puedan hacer no van acompañadas de esa reflexión, me suenan a falsas. Me pasa también con el aborto. Yo estoy fundamentalmente en contra del aborto, pero sé que hay que regularlo. Se podría mejorar la legislación de González en su día, pero lo que no entiendo bajo mi forma de vivir la fe es que me vengan diciendo “yo soy dueño de mi cuerpo, hay derecho al aborto”.

¿Qué se puede proponer frente a esto?

Una vez escribí un artículo que no me publicaron y discutía las posturas de la izquierda clásica en el tema del aborto. Mi cuerpo es mío ¿Cómo que mi cuerpo es mío? Si la izquierda siempre ha dicho que el ser humano se constituye en las relaciones sociales, ¿cómo podemos, en algo tan importante, eliminar el aspecto relacional en la definición de la persona? La izquierda nos ha dicho siempre que lo importante es la comunicación. ¿Cómo ese acto de soberanía absoluta? ¿Dónde queda ahí la comunicación? ¿Dónde queda el padre? ¿Dónde queda el feto? ¿Dónde queda la sociedad? Porque eso tiene relación con la sociedad y su futuro. Y en tercer lugar, para la izquierda la vida es futuro, la definición de la vida sin futuro no existe. Es el progreso, es la mejora. ¿Cómo podemos negar el futuro de la vida? Yo echo en falta en los discursos institucionales eclesiásticos estas reflexiones porque ganarían muchísimo. Es necesario que las propuestas hechas a la sociedad vayan acompañadas con un discurso que dé sentido a todas estas cosas desde las vivencias cristianas que yo creo que son válidas siempre y en todo lugar. Y no son ni de derecha ni de izquierda. Es necesario ofrecer reflexión que pueda ayudar a encontrar sentido a la vida, que se verificará por testimonios de vida personal. La fertilidad esterilizada del momento en que vivimos es otra muestra de lo agotada que está nuestra civilización. Europa está muerta si no producimos hijos, si no creemos en el futuro.

En la lectura del libro sorprende de Mikel la continua confrontación entre lo que ha leído de sus autores de referencia, su propio juicio y lo que ve en la “tribu”. Es una confrontación continua a partir de la cual se deja corregir. ¿Es este un método de conocimiento adecuado?

Solo así se puede encontrar la verdad y el sentido de la realidad. Muchos adolescentes ven hoy la realidad bajo la lente de las nuevas tecnologías. Que es una lente muy poderosa que orienta ya la mirada. Pero yo a mis alumnos les he explicado muchas veces este ejemplo en clase: las palabras, los conceptos y los esquemas culturales son como si estás en una habitación y hay una bombilla. Si la bombilla está en el centro se ilumina lo del centro pero las esquinas no se ven, solo se ve un trozo de la realidad. Si la bombilla se pone en una esquina no se ve el centro. Un lenguaje es una bombilla pero no es toda la realidad lo que ilumina, ya que hay zonas que dan sombras y hay que estar siempre abierto a mover la bombilla a otro sitio. Y eso solamente se puede hacer con la capacidad de cuestionarse así mismo, que es lo que Jesús hace con todos los que vienen a Él. Al joven rico que se va triste. A mí me da pena cuando los sacerdotes solamente terminan diciendo que es que hay que saber vivir con poco y entregar los bienes. Pero ¿por qué Jesús le dice al final: confía en mí, ven conmigo? ¿En qué confiamos? En el coche, en el sueldo, en lo material… esa es la gran tentación sobre todo hoy en día. Nos falta confiarnos, abandonarnos al otro.

¿Percibe este abandono al otro en lo que se relata en el libro?

En el libro se ven ejemplos como la caritativa y la fraternidad que son explosiones que a uno le despiertan y dicen: oye, mírate que igual vives en una zona de confort muy tranquilo pero mirándote a ti mismo. Y esto te cuestiona y vas cambiando, y lo que soporta todo eso es al final la fuerza del encuentro con Jesús que te dice: tú solo no puedes pero yo estoy contigo. Ese es el resumen que yo veo en el libro, que a mí personalmente me ha servido y me ha venido muy bien. Porque de cierta forma lo vivía pero también ya en zona confortable y hay que salir de ahí de vez en cuando y espabilarse aunque uno tenga 72 años porque hasta el último segundo hay vida y uno puede ir cambiando y mejorando cosas.

Una de las cosas que más me ha gustado en el libro es la libertad desde la dependencia. Yo puedo ser libre porque alguien me soporta. Entonces puedo hacer lo que me da la gana pero siempre al servicio de los demás, no para mí mismo. Lo que más miedo me produce a la sociedad actual es que hemos aprendido a vender tolerancia cuando en realidad queremos decir indiferencia. No somos tolerantes porque el tolerante se deja cuestionar por otras formas de vivir, por otros valores, y le pone en cuestión, pero a pesar de todo, si no van contra la libertad de conciencia, contra determinados derechos humanos, me abro y supero el miedo que me causa. Eso es ser tolerante y eso es difícil, lo otro es indiferencia y que cada uno haga lo que le da la gana.

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