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22 AGOSTO 2019
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Discutir a Dios

Miguel Ángel Quintana | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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Un hecho singular acaeció el pasado 13 de octubre, sábado, en el Pabellón de Cristal de la madrileña Casa de Campo ante un millar largo de asistentes.

En primer lugar, lo que los convocaba no era un evento deportivo o artístico, sino un debate. Tengo para mí, desde hace ya años, que una de las principales diferencias entre la cultura anglosajona y la nuestra es que allí los debates apasionan de veras, aquí solo de boquilla. Puedes notar enseguida que mucho público se revuelve, incómodo, si dos ponentes de cualquier evento académico o cultural se enzarzan en una discusión seria, incluso aunque se haya publicitado como tal; solo unos pocos nos arrellanamos en nuestros asientos. Cuando estudié en la Universidad de Salamanca la carrera de Filosofía, una especialidad que en principio se prestaría a la discusión constante, vi transcurrir los cinco años que duraba la licenciatura sin que ningún profesor sugiriera nunca algo así como “Bueno, ahora vamos a dedicar el resto de la clase a debatir estas ideas de, qué sé yo, el pensador Voir M. Granovetter”. Decía Ludwig Wittgenstein que un filósofo que nunca discute es como un boxeador que jamás saltara al ring; en España nos gustan más los masajes que nos pueda dar con la toalla el entrenador, o el público, o incluso el supuesto contrincante. La cosa ha llegado tan lejos que el Ayuntamiento de Madrid ya convoca, incluso, debates en los que se reserva la participación a solo los que estén de acuerdo con la propuesta de la alcaldesa que se pretende discutir.

El pasado 13 de octubre en el Pabellón de Cristal, empero, la cosa se planteó desde el inicio como un debate y como uno no reservado a gente concordante. Se trató además de un debate bien serio tanto por su temática (Dios, el mal, la libertad), como por sus dos ponentes: el sacerdote Julián Carrón, presidente de Comunión y Liberación, ante Pedro G. Cuartango, periodista de ABC y agnóstico contundente.

Es este el segundo aspecto que vuelve singular nuestro acontecimiento. Incluso en ambientes religiosos resulta un tanto insólito ponerse a discutir sobre Dios, sin más. No escasean sin embargo en ambientes católicos las charlas sobre la sociedad, sobre pastoral, sobre diversas preocupaciones económicas, sobre los esfuerzos interreligiosos o ecuménicos, sobre la propia organización de la Iglesia, sobre tal o cual aspecto exegético. Y cómo podríamos negar la relevancia de todo ello. Pero si recordamos el pasaje que nos refiere Lucas (10, 38-42) sobre Jesús y sus amigas Marta y María, quizá esas preocupaciones se cuenten más entre las que embargaban a la primera que entre las que recomendablemente cautivaron a la segunda. ¿Por qué no hablar a veces, incluso a menudo, tan solo de Dios?

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