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11 DICIEMBRE 2018
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>EL ROSTRO DE LA GENTE-GENTE

'El inmigrante viene a aportar, no a quitar nada'

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  19 votos
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Dialogamos con Ángel Misut, de la Casa de San Antonio, que nos cuenta su experiencia en la acogida de inmigrantes.

Vamos a empezar por tu historia. ¿Por qué te lanzas a esta iniciativa de la Casa de San Antonio?

En realidad, la Casa de San Antonio surgió en 2005. Nosotros teníamos una asociación que daba soporte a determinadas actividades de tipo cultural o social, pero empezar a trabajar con la pobreza, con gente necesitada, empezó en 2005. Y no empezó porque tuviéramos un programa sino porque, en un momento dado, en la parroquia donde estábamos, y yo vimos la necesidad de empezar a hacer algo para las personas que venían buscando un refugio, un sitio donde poder dormir. No había más plan que ese. De hecho, en un inicio habíamos pensado en montar un pequeño albergue para transeúntes.

¿De dónde nace esta inquietud?

Yo llevaba años colaborando con distintas obras, pero, al final, la inquietud surge porque ves cosas y empiezas a hacerte preguntas. Conocía el movimiento de Comunión y Liberación desde hacía unos años. Ese carisma provocó en mi vida el hecho de empezar a hacerme preguntas por todo lo que me sucedía. Empezó a venir gente que no tenía dónde dormir y yo me preguntaba qué tenía eso que ver conmigo, qué podía hacer yo por ellos. Estas preguntas las empecé a compartir con un amigo. Empezamos, simplemente, a hablar acerca de si era simplemente una pretensión absurda o realmente podía tener sentido. En un cierto momento, decidimos contarlo a otros amigos e hicimos una reunión con unas cincuenta personas, les contamos lo que queríamos hacer, que era ofrecer a esta gente un lugar donde dormir. Eran transeúntes que estaban de paso y nosotros nos limitábamos a darles dinero para que subieran al metro y se fueran al albergue de San Isidro de Madrid.

Empezamos a preguntarnos qué podíamos hacer: ¿eso tenía algo que ver con nuestra vida o no? Y decidimos intentar abrir un pequeño albergue. Se lo propusimos a un montón de amigos, después de estudiar el tema durante cinco o seis meses, viendo posibilidades, dificultades, inconvenientes, etc. La mayoría nos dijo que no, que eso era imposible, que trabajar con este tipo de personas era muy difícil y que no sabíamos dónde nos estábamos metiendo.

Este era el primer reto, el de la acogida…

Sí. Pero hubo cuatro o cinco que se sumaron y seguimos dando pasos. Recuerdo que teníamos ni un euro en la cuenta para empezar. Es más, aquella noche, que habíamos preparado una cena, recuerdo que les dije a todos –porque todos preguntaban de dónde íbamos a sacar el dinero–: “la cena ha costado tres euros, así que ponemos seis y ya tenemos un excedente para empezar a dar pasos”. Y así fue como empezamos. Surgió la necesidad de la acogida, empezamos a cuidar esta necesidad de acoger a la gente que no tenía dónde dormir y, aproximadamente, un año después abrimos nuestra primera casa de acogida; dada la demanda que teníamos, se dirigió a mujeres sin hogar. Hoy tenemos cuatro, dos para mujeres sin hogar con sus hijos, otra a hombres sin hogar y otra a familias. Ahora tenemos a 30 personas acogidas, y en lo que va de año han pasado 53.

¿Todos eran inmigrantes?

A la derecha, Ángel Misut, en un encuentro de voluntarios

Inmigrantes y españoles. Es verdad que los primeros que venían eran inmigrantes pero también hemos tenido españoles. En el proceso de la acogida, podemos decir que nueve de cada diez han sido inmigrantes; probablemente, porque ellos no tienen la red familiar que tienen los españoles, que cuando se quedan en la calle siempre hay algún familiar que te puede echar una mano.

Vayamos a los inmigrantes. ¿Quiénes son aquéllos a los que acogéis? ¿De dónde vienen?

En realidad, es muy variopinto. Ahora tenemos gente de 16 nacionalidades distintas. Al principio, pusimos en marcha el programa de acogida. Posteriormente, nos dimos cuenta de que había gente que, teniendo casa, no llegaba a fin de mes, había niños que se iban a la cama sin cenar… Y comenzamos, después, con un programa de sostenimiento alimentario, que lleva ocho años en funcionamiento, y que atiende actualmente a más de cuatrocientas familias todas las semanas, con alimentos no perecederos, lácteos, fruta y verdura. Reciben del orden de unos 20-25 kilos cada familia, lo que supone una ayuda objetiva, que les soluciona el problema alimentario.

Hoy estamos distribuyendo 18 toneladas de comida al mes y lo podemos hacer gracias a que tenemos un equipo de voluntarios muy bueno. Con el tiempo, a medida que vas profundizando en a relación con estas personas, te das cuenta de que, en muchísimos casos –la mayoría–, la dificultad que tienen, no tener un sitio dónde dormir o no tener alimentos suficientes, viene por provocada por una falta de empleo, justo con la crisis, que empezó en el año 2007. Detrás de los rostros que vimos era la falta de trabajo. Así empezamos una tercera vía, que es la búsqueda de empleo. Hoy aproximadamente 250 personas vienen periódicamente a actividades relacionadas con este programa.

¿En qué se concreta esta búsqueda de empleo?

En primer lugar, hay un proceso de alfabetización informática, pues la mayoría de estas personas no tienen conocimientos mínimos. Les enseñamos a utilizar un ordenador para que puedan buscar ofertas de trabajo. Pero cada persona tiene un proceso de evaluación y vamos haciendo con ellos su propia hoja de ruta. Vemos qué carencias tienen y trabajamos en tres líneas: primero, esta alfabetización informática, mayoritariamente para mujeres e inmigrantes que, en muchos casos, no saben utilizar ni siquiera el teléfono móvil. Esta línea es una herramienta fundamental en este momento para buscar empleo.

La segunda es la alfabetización, porque muchos tienen problemas con el idioma: hay que enseñarles el castellano. Para nosotros, es fundamental que aprendan el idioma.

El tercero es la formación, a través de talleres de habilidades personales. Son personas que se han quedado en el margen del camino, llevan mucho dolor y hay que recuperarlos, que vuelvan a sentirse útiles, habilidades sociales, autoestima. Una vez al mes tenemos el “café de inmigrantes”. Nos sentamos a tomar café con pastas con un grupo de inmigrantes que vienen y nos plantean cómo viven, es decir, buscamos mucho la interrelación con ellos y entre ellos. Además, ofrecemos formación técnica; un ejemplo: ahora empezamos uno de limpieza doméstica y de oficinas, para que aprendan a limpiar de manera profesional, y van a hacer prácticas. En todos los cursos formativos buscamos un mes de prácticas en empresas donde se enfrentan al trabajo real y los empresarios pueden verlos en acción.

¿Esta iniciativa vuestra ha encontrado apoyo en la Administración y en la sociedad?

Hay ciertos apoyos tanto en la Comunidad de Madrid como en el Ayuntamiento de Fuenlabrada. Aunque es verdad que, a las entidades pequeñas, la práctica que viene realizando la administración de dilatar en el tiempo la resolución de convocatorias y pagos nos pone a los pies de los caballos. Últimamente hay muchas organizaciones que han tenido que cerrar porque se asfixian económicamente. Pero se suele conseguir ayuda para sostener todo esto.

Nosotros somos una entidad fundamentalmente de voluntariado, pero todo este tipo de actividades, sobre todo las relacionadas con el empleo, que requieren una actividad fija, diaria, la resolvemos con profesionales contratados, vinculados a los proyectos. También muchas actividades –como casi toda la acogida– se resuelven con voluntarios. O como el reparto de alimentos. Y todas estas toneladas de alimentos no solo las repartimos, sino que hay que ir a buscarlas a distintos puntos. Por ejemplo, hay gente que los viernes se levanta a las seis de la mañana para subir a una furgoneta e irse a la carretera de Colmenar, al Banco de Alimentos, a por fruta y verdura; o a Alcalá de Henares para venir con un camión con 15.000 kilos de comida.

Se ha hablado mucho sobre la cuestión de la integración de los inmigrantes. Muchas veces, en el sentido de descargar sobre ellos la obligación de adaptarse a la cultura. ¿Cuáles serían, a tu juicio, los retos a los que nos enfrentamos como sociedad y los presupuestos o ingredientes que podrían articular una verdadera integración sin que ellos renuncien a su identidad?

En primer lugar, hay que partir del hecho de que el emigrante viene a aportar, no a quitar nada. Viene con una historia, con una tradición -nosotros ahora hacemos un pequeño boletín de noticias mensual y una de las cosas que introducimos es una entrevista con un inmigrante para que cuente su vida, su proceso migratorio, y también una receta de cocina extranjera-. El emigrante trae cosas, nunca se las lleva. Todos esos postulados que se proclaman desde posiciones de racismo y xenofobia, que el inmigrante viene a quitar el trabajo y consumir los recursos es radicalmente falso. Los recursos sociales y sanitarios los consumen más los españoles que los inmigrantes; entre otras cosas, porque el inmigrante si no trabaja, no come, mientras que el español puede buscar alternativas.

Hay estudios más que suficientes que reflejan esto. Nosotros consideramos que un inmigrante se ha integrado cuando tiene amigos autóctonos. Sin embargo, la tendencia social de la cultura dominante es a crear guetos. En Fuenlabrada, por ejemplo, hay un barrio que le llaman “el barrio marroquí”. En nuestras actividades intentamos romper ese esquema, y que todos se mezclen con todos. El emigrante está integrado cuando tiene amigos españoles y de otras culturas. Amigos en el sentido de una relación cotidiana personal.

Es verdad que integrarse significa dejar algo de lo que traes, pero no todo. Pero algo tendrá que dejar, es evidente, cualquiera cuando se va de su país tiene que dejar algo, no puede tratar de vivir en otro sitio como si estuviera aquí. Es uno de los problemas que vemos, por ejemplo, con muchas comunidades africanas, que tratan de vivir en España exactamente igual que como viven en África, en todos los aspectos, empezando por la alimentación y siguiendo por las costumbres. Pero el inmigrante tiene que integrarse. No es que la sociedad tenga que adaptarse a él. La sociedad tiene que acogerlo. Pero no somos nosotros los que nos tenemos que integrar, eso es una estupidez. El inmigrante viene y nosotros debemos acogerle como un hermano que llega. Y al hermano que llega le ofreces lo que tienes. Tú no puedes cambiar tu concepción de la vida para adaptarte a cómo la tienen en su tradición africana. ¿Se pueden integrar? Sí. Y, para ello, hace falta una apertura por parte de todos, de los autóctonos, pero también de los que vienen.

El Papa Francisco, frente a la “cultura del descarte”, ha insistido continuamente en una cultura de acogida a los refugiados e inmigrantes. ¿Falta cultura de la acogida?

Sí, pero yo conozco algunos países europeos y creo que España probablemente sea el país más acogedor de toda Europa. Pero aun así, nos falta. Nosotros no somos perfectos, pero acogemos más que en otros sitios, más que en Francia o Inglaterra. Lo que pasa es que en momentos de dificultad, con gente española a la que también atendemos nosotros -que hay mucha-, el 30% de las personas a las que atendemos en el programa alimentario son españoles. Alguna vez hemos tenido algún diálogo que intentamos que sea constructivo con alguien que se queja de que hay mucho inmigrante, y nosotros les decimos: te estamos dando lo que pides, y a ellos exactamente igual. No tenemos por qué discriminar.

Siempre percibimos que esa queja que un español formula viene del dolor que está sufriendo en su vida porque las cosas no van bien. Uno tiene un hijo en paro, va al centro comercial y ve que la mayoría de los cajeros son inmigrantes, pero también la mayoría de los que limpian las calles, que recogen la basura, que son trabajos que nosotros no solemos querer hacer. Además, desde algunos medios y desde algunas opciones políticas se exacerba esta postura. ¿Qué sucede? Que algunos medios de comunicación y algunos partidos políticos lo exacerban.

En este sentido, esta cuestión de los inmigrantes y refugiados parece suscitar posiciones encontradas en nuestro país. Ya algún partido político ha propuesto medidas para controlar su llegada, algo que parece haber tenido acogida en algunos sectores de la sociedad… Hemos acogido menos de los que debíamos.

Una de las características que, bajo mi punto de vista, tiene Europa es que ha perdido la memoria. Tengo muchos amigos en Italia que ahora votan a la Liga Norte y yo discuto con ellos. Este verano nos hemos ido juntos de vacaciones y yo les recordaba que a principios del siglo XX, 14 millones de italianos fueron a Estados Unidos, seis millones a Argentina, tres millones a Brasil, y nadie se quejó, nadie les pidió que volvieran a su país. Y se marcharon porque en el sur de Italia no había oportunidades, pasaban hambre y se iban buscando un futuro. A nosotros nos pasó, con México, Francia… y nosotros lo hemos olvidado. Una de las maldades o perversiones que tiene el Estado del Bienestar es que pierdes la memoria, y te crees que esto siempre ha sido así, que siempre hemos nadado en la abundancia. No es así.

Hemos dado por hecho lo que hemos recibido…

Exacto. Perdemos la memoria. Y de ahí surgen estas posiciones, imitando a Trump diciendo “los españoles primero”; y eso me parece de un egoísmo descomunal. No podemos olvidar lo que hemos sido. Nosotros hemos llevado nuestra cultura y nuestra fe a América, a Filipinas y África, y eso se ha hecho a través de la emigración. Españoles que han navegado muchos kilómetros a través del mar para buscar un futuro. Y de eso nos estamos olvidando.

¿Cuál ha sido tu relación con estas personas que han venido? ¿Qué conciencia surge en ti cuando experimentas el ‘human touch’ con estas personas que pasan necesidad?

Mi experiencia es la experiencia del equipo que sustenta esta obra. Mi experiencia es que son hermanos, en el sentido más amplio de la palabra. Y como hermanos se les acoge. Eso no quiere decir que no tengamos dificultades porque los hermanos a veces también se pelean, y con algunos tenemos dificultades. Pero, en general, lo primero que queremos hacer es abrazarles, imitando el abrazo de Cristo a cada uno de nosotros.

¡Ojo! Que en nuestro equipo de voluntarios hay gente de otras confesiones, evangélicos, musulmanes, también varones, que no es habitual. ¿Por qué están? Evidentemente, porque son personas que, primero, han sido ayudadas y ahora ayudan. Han querido estar con nosotros, mano a mano. Nuestra experiencia es, por tanto, la del abrazo hacia ellos. Sabemos que no les vamos a solucionar sus problemas, tampoco queremos: no sería positivo para ellos ni para nosotros. Lo que queremos ser es una compañía en su vida, estar a su lado y dar pasos con ellos para ir a donde Dios quiera que tengamos que ir. Pero estar a su lado.

Sin embargo, está siempre la tentación de resolver…

Eso es asistencialismo y no es bueno. De hecho, nosotros ponemos como requisito para que puedan recibir comida que vengan aquí a buscar empleo. Somos una entidad de alta exigencia en ese sentido. Hay varias ONG que reparten comida y sólo nosotros, para que puedan venir a recoger comida, exigimos que, al final de la semana, tienen que venir y demostrarnos su interés por intentar salir de la situación en la que están. Esto algunos lo critican. Nosotros estamos convencidos de que tienen que ponerse en marcha. De hecho, nuestro programa de empleo se llama “Ponte en marcha”. No queremos que echen a andar, queremos que echen a andar y nosotros ir a su lado. Y cuando no quieren caminar, les tenemos que decir: “lo siento, es mejor que busques ayuda en otro lado”. La persona tiene que integrarse, inmigrante o español, tiene que volver a ser activo, tiene que sentirse de nuevo que es útil para esta sociedad.

Ahora estamos en unos tiempos en que, a través del asistencialismo y el subsidio, se intenta que un grupo importante de personas no tengan que hacer nada para poder vivir. En Extremadura y Andalucía se lleva haciendo unos cuarenta años con el PER y estamos viendo los resultados. Con el asistencialismo, vemos que muchos de ellos van a dejar de trabajar; y esto no es positivo, fundamentalmente para ellos, pero tampoco para nosotros.

¿Tienes constancia de que el hecho de que se obliguen a buscar trabajo resulta un bien para ellos?

Uno de los espectáculos más bonitos que presenciamos es el rostro de la gente que ha encontrado un trabajo. Siempre que esto sucede, te invita a recordar cómo era su rostro cuando llegó a nosotros. Llegó serio, abatido, roto. En cambio, cuando encuentra un trabajo, el que sea, aunque sea para tres meses, el rostro florece, aparece la sonrisa, todo se suaviza. Es una de las experiencias más bonitas.

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El sueño de volver a contar

Fernando de Haro

En España, la celebración del 40 aniversario de la Constitución ha coincidido con la aparición como fuerza parlamentaria (de momento solo en Andalucía) de una fuerza de derecha con un ideario hasta ahora ausente. Vox cuestiona algunos de los principios esenciales de la Carta Magna como Podemos lo hace por la izquierda o el independentismo catalán de forma transversal. El nuevo partido, al rechazar el modelo territorial de las Comunidades Autónomas (un federalismo no reconocido ni vertebrado del todo), alimenta uno de sus vectores en la reacción al proceso secesionista que se intentó materializar hace algo más de un año. Es nuevo. Ni siquiera hace cuatro décadas existía una derecha parlamentaria que rechazara el texto constitucional.

La solemnidad de las celebraciones del 40 cumpleaños de la Constitución, con buenos discursos de la presidenta del Congreso y del Rey Felipe VI, ha silenciado por unos momentos la crisis política. Cuanto más solemnes han sido las celebraciones en torno a la Constitución de 1978 (la que más tiempo ha estado en vigor desde que se iniciara la revolución liberal en España hace 200 años), más evidente se ha hecho que en las cuatro últimas décadas la experiencia que la hizo posible ha ido apagándose por la “neutralidad liberal” que domina el espacio público. Una neutralidad, alimentada por izquierda y derecha, que ha considerado una cuestión privada el reconocimiento del otro, la reconciliación, la unidad pre-política y pre-jurídica, los elementos de significado implicados en el hecho de ser ciudadano.

Más de un 85 por ciento de los españoles hacen una valoración positiva de la Constitución del 78. Valoración que no es del texto sino del acuerdo que lo fundamenta. Pero un 27 por ciento cree que en este momento España está estancada. Al menos uno de cada cuatro españoles cuestiona los partidos y la política. No es de extrañar que desde la derecha surjan ahora “opciones de protesta” que hasta el momento no habían existido. La política como pura gestión, la política como fuente de corrupción, provoca rechazo y resurge la política como utopía, como queja. Es el síntoma de un proceso que exige una respuesta adecuada. Al final lo que está en juego es si la participación en el espacio público tiene que optar entre la tecnocracia neutral o la frustración, si hay algún protagonismo posible en un ámbito dominado por la partitocracia.

Vox ha surgido en Andalucía con fuerza (10 por ciento de votos) sumando, según los primeros estudios demoscópicos, diversos elementos. El rechazo a la descentralización autonómica es uno de ellos, seguramente el más importante. A eso hay que añadir la reacción provocada por aumento de la llegada de inmigrantes (percibida falsamente como una suerte de invasión) y la voluntad de que, por fin, haya quien defienda cierta “agenda católica”. Una agenda que querría ser respuesta a una secularización inducida desde el poder y que pone el énfasis en ciertos aspectos –la defensa del no nacido, respuesta a la ideología de género– y minusvalora otros –migrantes, proyecto común–. A todo eso hay que sumar la reacción a las políticas emprendidas para luchar contra la tremenda lacra de la violencia que sufren las mujeres (la inmensa mayoría de los votantes de Vox son hombres). Hay muchos otros componentes que con el tiempo irán desvelando su peso.

El sueño de volver a contar

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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro

Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

La Europa del contrapunto

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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