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11 DICIEMBRE 2018
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Dependencia en tiempos transhumanos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  23 votos
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Arkangel es el título del segundo episodio de la cuarta temporada de Black Mirror, una de las series que forman parte ya de la mitología del momento. La producción la presentó la compañía Endemol como un producto “que se nutre de nuestro malestar por el mundo contemporáneo”. Refleja, con una alta factura de calidad audiovisual, las perplejidades y los dolores de un futuro inmediato en el que la tecnología que ya tenemos ha desarrollado todas sus potencialidades.

Ankangel fue dirigida por Jodie Foster con un estilo frío y clásico. Relata la historia de una madre que cría a su hija sola. Ante el miedo de los peligros que debe afrontar la niña en su vida normal, la madre decide instalarle un chip en la cabeza. Este pequeño ejercicio de transhumanismo parece no tener más que ventajas. Frente al miedo que provoca la libertad de la hija, la tecnología permite saber siempre dónde está, qué hace. El chip puede ser también utilizado como inhibidor que censura las situaciones desagradables que causan malestar. La madre se da cuenta de que necesita abandonar la herramienta cuando su hija ha crecido, pero es incapaz de abandonar el control parental que le proporcionan los nuevos medios. No depende de su hija. Depende demasiado de su miedo, del proyecto que tiene sobre ella. Sus intervenciones son cada vez más invasivas.

Joseba Arregi, expolítico en el País Vasco y uno de los hombres que ha luchado contra el mal uso de la libertad de los terroristas, sin referirse al capítulo de Black Mirror, ha señalado hace unos días que este síndrome que sufre la madre de Arkangel es uno de los rasgos del momento actual. En este periódico, tras leer el libro de Mikel Azurmendi El Abrazo, indicaba, citando al antropólogo alemán Arnold Gehlen, que hemos vuelto “al arcaísmo”. Lo que antes se atribuía a la magia o a las viejas religiones se atribuye ahora a la tecnología. “La tecnología como continuación de la magia de la religión, por otros medios, busca lo mismo, establecer ritmos, control. La magia es controlar los poderes ocultos y la tecnología nos permite exactamente lo mismo; buscar las rutinas y sobre todo la subjetivación y la desaparición de la frontera entre yo mismo y el exterior”. La digitalización se extiende en un mundo en el que el deseo de libertad se ha convertido en miedo, y la voluntad de autonomía ha provocado que “el otro no existe”.

¿Qué se puede hacer en este contexto? La verdad salva la libertad de sus fantasmas. Pero la afirmación de una verdad clara y nítida en su enunciado sirve de poco, a juzgar por cómo Arregi describe la situación social. Porque “si uno escucha un poco y presta atención –asegura el expolítico vasco– a las palabras que se dicen y cómo se construyen las frases, todas empiezan por ‘yo’, ‘mi opinión’. Eso está ya blindado, contra mis sentimientos nadie puede ir. No hay una argumentación. Entramos a hablar y dialogar, pero no hay palabra más vaciada de contenido que ‘diálogo’. Todo empieza con ‘yo’, ‘para mí’, ‘en mi opinión’, es el selfie permanente”. Si las cosas son así, el plano de la verdad y de los sentimientos blindados correrán paralelos. El valor de la libertad, la verdad de la hija de la protagonista de Arkangel, no pueden abrirse paso. No hay quien derribe ese muro repitiendo fórmulas ciertas. La dependencia del chip es insuperable.

Para Arregi la libertad se rescata recuperando la dependencia, recuperando al otro. “Una de las cosas que más me ha gustado en el libro de Azurmendi es la libertad desde la dependencia. Yo puedo ser libre porque alguien me soporta –afirma–. Entonces puedo hacer lo que me da la gana pero siempre al servicio de los demás, no para mí mismo. En la sociedad actual hemos aprendido a vender tolerancia cuando en realidad queremos decir indiferencia. No somos tolerantes porque el tolerante se deja cuestionar por otras formas de vivir, por otros valores, y los pone en cuestión. Si no van contra la libertad de conciencia, contra determinados derechos humanos, me abro y supero el miedo que me causa. Eso es ser tolerante y eso es difícil, lo otro es indiferencia y que cada uno haga lo que le da la gana”. La libertad se recupera, indica Arregi, cuando no se depende de la idea o del sentimiento sino de la realidad del otro.

Arregi sabe bien lo cara que es la libertad porque ha vivido bajo el terrorismo de ETA, conoce cómo se pierde a causa de la violencia, por eso propone “hacer presente esa humanidad (la que depende) otra vez, con pequeños gestos, con pequeños trabajos, con una presencia dedicada a los demás. Eso es fundamental, porque al final habrá un justo que impida que Dios acabe con Sodoma y Gomorra. En el País Vasco lo hemos aprendido con la violencia”. Se trata, añade, de “una resistencia pasiva y activa a la cultura actual, una resistencia que vuelve a dar sentido a la realidad, que vuelve a ofrecer la esperanza de creer en la propia humanidad, en el ser humano, en las relaciones humanas, en la humanidad que se nos ha dado. Se nos ha olvidado que somos producto de un regalo de vida”. Lo dice alguien que ha sufrido una de las mayores tribulaciones que se han producido en la Europa de entreguerras.

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