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11 DICIEMBRE 2018
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La Europa del contrapunto

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Huang y John han seguido con poca atención la cumbre del G20. John, vecino de Miami, ha visto las imágenes de la cena de Donald Trump y de Xi Jinping en la televisión del 7Eleven donde suele comprar su café con sabor a vainilla. Y Haung le ha echado un vistazo a la foto publicada en la prensa oficial. No se ha detenido a leer la información. Ni Huang ni John siguen de cerca la guerra comercial que desde junio enfrenta a las dos principales economías del mundo.

Huang trabaja en una compañía inmobiliaria de Wenzhou, una ciudad al borde del mar, de tamaño medio, en la costa, en plena expansión. El clima es más benigno que en la cercana Sanghai. La empresa de Huang, controlada por el Estado, realiza inversiones en la Nueva Ruta de la Seda. Huang trabaja muy duro, su nivel de vida ha subido, está orgulloso de lo que está haciendo Xi Jinping por su país, orgulloso de la capacidad de control que el Estado tiene sobre los ciudadanos –es una garantía de seguridad–, de la expansión más allá de los mares de Asia. Huang piensa que, después de tantos años de un trabajo callado, China por fin puede mostrarle al mundo cómo es de grande.

John es votante de Trump, siente rechazo hacia su arrogancia, hacia sus excesos. No le gusta el modo que tiene de hablar de los inmigrantes. Pero aunque no se lo confiese del todo, vibra cuando le escucha hablar de América. Aunque no es ese el motivo por el que votó al actual presidente. Le votó y le volvería a votar porque su historia le impide votar a los demócratas. John es un hombre religioso, convertido después de algunos problemas con el alcohol, rechaza la vida de los ricos que han venido a jubilarse a Florida. Rechaza esa vida liberal, que parece haber perdido las esencias de la América que madruga, esos Estados Unidos de la infelicidad donde cunde la adicción a los opiáceos.

Huang y John no deciden el destino del mundo. O sí. Al menos no lo deciden como sus presidentes, pero sin ellos no hubiéramos tenido el G20 que se ha celebrado en Buenos Aires. A comienzos de siglo ya era evidente que el Planeta Tierra necesitaba algo así como un “Gobierno del Mundo”. Sabíamos que las soberanías nacionales, tal y como habían quedado definidas en Westfalia, eran incapaces de hacer frente a las necesidades de la globalización, al imperio del dinero. Tampoco los proyectos de integración regional estaban a la altura. Era necesario crear nuevas instancias. Y por algunos momentos se pensó que el G20 podría servir como herramienta inicial para desarrollar ese nuevo gobierno global. La cumbre del G20, de hecho, celebrada en Washington en 2008, si no fue un Consejo de Ministros planetario al menos sirvió para tomar la decisión de no cometer los errores del 29 y apostar por la mayor fiesta de política monetaria expansiva de la historia.

Diez años después la cumbre celebrada en Buenos Aires nos ha dejado un buen retrato de la situación en la que estamos. El texto de conclusiones no concluye nada. Se aplazan cuestiones esenciales como la mejora del comercio internacional o la crisis de migrantes y refugiados. Y el único punto de acuerdo es la lucha contra el cambio climático, del que Estados Unidos está ausente y que China suscribe con la clara decisión de no cumplirlo. Trump y Xi se ven a cenar, los dos grandes imperios, liderados por dos inflamados nacionalistas, no aparcan una guerra comercial que hará mucho daño. Mientras el FMI advierte de los peligros de una ralentización seria.

Junto a los dos imperios nacionalistas, potencias nacionalistas de tamaño medio haciendo de las suyas. Solo la falta de un Gobierno del mundo explica que una Rusia, con el nacionalista Putin a la cabeza, en pleno declive económico y demográfico, sea un actor decisivo. O que el sanguinario Mohammed Bin Salman, con sus proyectos de hegemonía regional en Oriente Próximo y su obsesión por contrapesar a Irán, haya sido uno de los protagonistas de la reunión (no importa que los líderes que se han reunido con él lo hayan hecho en secreto).

Macron es que el que ha aportado algo al bien común del planeta, poco en realidad, apostando por la lucha contra el cambio climático. Pero Macron es un líder con poco apoyo social. Mientras defendía en Buenos Aires reducir las emisiones de gases con efecto invernadero, París ardía en una manifestación de los chalecos amarillos contra la subida de impuestos a los carburantes.

A pesar de sus inmensas debilidades, de sus contradicciones, de los alemanes, italianos, austriacos, españoles… que piensan como Huang y John, solo la Europa de los 27 está mejor que hace diez años. Está pendiente toda la reforma política que debería acompañar al euro, pero la moneda única resiste. La crisis de refugiados no se ha resuelto bien y ha dejado muchas heridas, pero el proyecto común ha resistido. La negociación del Brexit se ha llevado a cabo con divisiones y firmeza. El proyecto de seguridad y de defensa común, lentamente, parece avanzar. El mundo, que gira ahora desde el eje del Pacífico, y que es nacionalista, sigue teniendo en el Viejo Continente un contrapunto. Sería un error pensar que los europeos, para ser ellos mismos, deben escoger un camino similar al que John y Huang tienen delante.

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