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11 DICIEMBRE 2018
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>Entrevista a José María Marco

"El balance de estos cuarenta años es muy positivo"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  11 votos
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“Los que propugnan una República la imaginan no como un régimen neutro en lo ideológico –como es la monarquía–, sino como una palanca para un cambio, cuando no una revolución”, afirma el profesor de la Universidad Pontificia de Comillas.

En este próximo cuarenta aniversario de la Constitución, ¿cuál le parece que podría ser el balance global?

Excelente, en casi todos los términos. La España de hoy es un país más próspero, más moderno, más abierto y los españoles están mejor preparados e incluso han empezado a dejar atrás algunos de los complejos que las minorías gobernantes siempre se habían empeñado en inculcarles. Hay problemas, claro está: una educación que no acaba de despegar, con un fracaso escolar dramático; una economía dual, que deja a mucha gente fuera; un exceso de gasto por el Estado y, sobre todo –herencia de estos cuarenta años–, un empeño suicida en construir una democracia liberal sin nación que la sostenga, como si las naciones fueran algo prescindible o caduco. De ahí el poder que han adquirido los nacionalistas, que hasta hace muy pocos años eran un elemento vertebrador de España y el colmo del progresismo. Los que no comulgábamos con los nacionalistas fuimos fascistas hasta ayer.

¿Es necesaria una reforma constitucional? ¿Existe una clase política con la suficiente altura de miras para llevar a cabo una obra de tal calibre?

No es absolutamente necesaria una reforma constitucional, pero estaría bien proceder a fijar de una vez las competencias del Estado central y las de las Autonomías. Podría ser una reforma federal, y no obligadamente recentralizadora. Se trata de reafirmar lo que nos es común a todos los españoles. El problema, como insinúa usted, es que la reforma de la Constitución no es posible en la actualidad. Se ha frivolizado con la reforma constitucional hasta el punto de hacer de ella parte de algunos programas políticos. Así se ha bloqueado cualquier reforma. Efectivamente, los políticos españoles, a veces, no parecen muy finos.

Nuestra monarquía se pone actualmente en tela de juicio desde algunos sectores. Sin duda un sistema republicano es también una forma de gobierno lícita y, de hecho, es el sistema de democracias occidentales análogas a la nuestra. Pero en el caso concreto de España parece que siempre la opción de una república es más por un deseo de ruptura que una propuesta propositiva. ¿Qué opinión le merece?

La República es una forma de gobierno, o mejor dicho un régimen como lo puede ser la Monarquía. El problema es que los españoles no saben vivir con un jefe de Estado que, además de serlo, represente una opción política. Así que piensan en la República, no como un régimen neutro en lo ideológico –como es la Monarquía–, sino como una palanca para un cambio, cuando no una revolución. La República queda neutralizada como posibilidad. La República también va relacionada en nuestro país con la fundación de una nueva España, en general de orden más o menos confederal, lo que abre el camino al enfrentamiento y, al cabo –como ocurrió en los dos experimentos republicanos de 1873 y 1931–, al conflicto. También es verdad que, así como durante estos 40 años la nación ha vivido al pairo, sin apoyos, tampoco se ha hecho el menor esfuerzo por explicar y defender la Monarquía. Ahora se pagan las consecuencias. Las pagamos todos, quiero decir.

Con la perspectiva de estos últimos cuarenta años, ¿cuáles cree que son los desafíos del presente?

El tema nacional es uno de ellos, ahora mismo el más grave. Está relacionado con el de la Unión Europea, que necesita de una nueva definición, a mi entender relacionada con la vigencia de la nación como comunidad política básica, en contra de las utopías postnacionales. También habrá que enfrentarse con sensatez (y reivindicando el sentido común) a la ofensiva postmoderna y retromarxista que está en el fondo de las políticas de identidad. En otro orden de cosas, la revolución tecnológica y la globalización plantean desafíos gigantescos. Aquí no vale la nostalgia de otros tiempos.

¿Cree que el peligro populista en España se está disipando o ha aumentado el descontento hacia la política?

Me parece que la amenaza populista sigue ahí. Han faltado reflejos para comprender el cambio que se estaba produciendo, más allá de la crisis económica, y que se refiere al hartazgo –literalmente– ante lo que contradice los datos más evidentes de la realidad común, como es la existencia de un nexo común entre todos los españoles. Habrá que ver si los partidos no populistas, respetuosos con la democracia representativa y con el pluralismo, se han dado cuenta por fin de lo que ha ocurrido delante de sus ojos.

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