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24 SEPTIEMBRE 2019
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Tras las elecciones andaluzas: ahora, la responsabilidad

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 3  34 votos
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El resultado de las elecciones andaluzas ha sido contundente pero no totalmente imprevisible: es evidente que VOX iba a resurgir ante el agotamiento de los dos grandes partidos (PSOE y Partido Popular) y la política tan errática de confrontación ideológica por parte de la izquierda populista (Podemos, IU), que no ha dudado en activar una especie de “cordón sanitario” en torno al partido liderado por Santiago Abascal, legitimando sus alianzas con partidos nacionalistas y antisistema que han hecho del rechazo a la Constitución y de la utopía de un Estado independiente (PdCat, Junts per Sí, CUP, Bildu, EAJ-PNV, EA, Geroa Bai) su seña de identidad, y ello en aras de su proyecto político de una España confederal y republicana, aderezada con un concepto doctrinario de ciudadanía. La socialdemocracia ha sido engullida por un movimiento hegemónico en el ámbito de la cultura y cierto pensamiento dominante –importado de las corrientes sociológicas de izquierda del momento–, caracterizado por una desconfianza –yo diría aún más: un miedo– a una sociedad civil articulada en lazos personales y familiares generadores de vínculo, independientes del partido y del Estado.

Con todo, y siendo esto cierto, resulta evidente que en Andalucía ha sucedido algo: el surgimiento del partido VOX en el Parlamento andaluz con nada más y nada menos que 12 escaños; lo que significa que mucha gente –incluidos votantes de Podemos– han decidido dar su apoyo a un partido que ha puesto sobre el tapete muchas propuestas que, ab initio, suscribiría cualquier ciudadano sensato. Muchos hablan de aire fresco; y, en cierto modo, VOX viene a serlo en cuanto a que socava el tradicional bipartidismo de una forma importante. Ahora es llave de gobernabilidad: eso es un dato a tener en cuenta.

Sin embargo, no me sustraigo al hecho de un inquietante proceso que parece inundar ya el panorama político y social europeo y nacional: el de la búsqueda de soluciones fáciles a la complejidad y riqueza de los fenómenos y procesos sociales, políticos y jurídicos. Es decir, la tentación de respuestas simples y contundentes a problemas como la inmigración, la cultura del descarte, la extensión de los nuevos derechos (la identidad de género, la denominada “muerte digna”, la gestación subrogada…), la memoria histórica, la educación, la sanidad, la justicia, la política económica, la política energética y medioambiental.

VOX ha vuelto a propugnar, recientemente, esgrimiendo como parte de la negociación, la reducción de competencias autonómicas en sanidad y educación; parte de considerar la inmigración como un problema a resolver con la restricción de entrada y la supresión del arraigo; vuelve a una acuñación de la identidad nacional, de la historia de España y del castellano en clave nacionalista; y una política económica y social en clave muy liberal; la propugnación de una política familiar con un Ministerio de Familia y ayudas y subvenciones… si se echa un vistazo al programa electoral el latente recurso a la defensa de los valores en casi todas sus medidas –llevado casi al extremo– hace difícil no ver en ello otra forma de populismo. La identidad y la pertenencia que se presentan aquí como propuesta tienen un tinte hegemónico.

Estamos en un contexto de derrumbe de las evidencias, a las que no bastan respuestas simples del recurso a los valores, como así nos muestra la emergencia de cuestiones como los nuevos derechos, la inmigración, la convivencia política y social en España, los nacionalismos, la reforma de la Constitución, el problema autonómico, la desestructuración –o, mejor dicho, la ausencia– de la sociedad civil… a las cuales no cabe dar una respuesta miope de Spain first.

Lo que ha sucedido en Andalucía es el voto de la reacción, del hartazgo, de la indignación, del hastío, de la impotencia ante la falta de propuesta real y constructiva que existe en el panorama político –especialmente, de los partidos tradicionales PSOE y Partido Popular–. VOX, en ese sentido, ha articulado un programa ideológico, desde la reacción, en el que se hace eco de esa falsa dicotomía Estado-individuo (ni una mención a la subsidiariedad). Desde luego, en muchas propuestas se atisba un deseo justo de renovación y reforma, como el rediseño del mapa autonómico (quizá viciado de origen), o la despolitización de la cultura y la memoria histórica; pero me atrevo a decir que en ninguna de las propuestas hay sitio para la generación del sujeto y la construcción de una sociedad vinculada por la solidaridad y la responsabilidad –tanto hacia arriba como hacia abajo–. Y es que acudir a las soluciones fáciles impide ver al otro como un bien y puede favorecer que el ciudadano –y la sociedad– pierda el vínculo con la realidad e inicie su desconexión con una Europa necesaria, por muy imperfecta que sea.

Desconectarse de nuestra realidad, tan en boga en esta sociedad de la Agenda Digital y de las fake news, constituye, a mi juicio, el riesgo que corremos como sociedad.

Es criticable el anquilosamiento ideológico y percibido en la sociedad y en la política, fomentado por un establishment del pensamiento y de la sociología liberal de izquierdas cada vez más falto de propuesta (de ahí el nerviosismo ante el surgimiento de VOX); y resulta necesaria la desintoxicación ideológica de lo políticamente correcto (vivir en democracia es luchar para que el otro pueda defender sus ideas, porque es un bien). Sin embargo, con la llegada de VOX el problema no se resuelve: construir juntos implica abandonar nuestros esquemas preconcebidos, hecho que sólo es posible si conozco realmente quién soy y qué me constituye: puro deseo de verdad, justicia, paz, felicidad… puro deseo de vincularme a relaciones humanas que me hagan más hombre, no relaciones líquidas. Necesidad de diálogo, de confrontarme y aprender quién es el otro… de hacer experiencia de quién soy. Identidad como camino a la libertad, identidad que se va conformando porque la libertad es siempre nueva, no inamovible. Las certezas son inamovibles, las consecuencias no. Lo contrario supone concebir la identidad como miedo. Y esto es, en el fondo, lo que subyace en el contenido de las propuestas de Podemos y del establishment cultural español, pero también en las propuestas de VOX.

Ante esto, a la comunidad cristiana no le cabe otra que tomarse en serio este trabajo de Iglesia en salida, de salir a las periferias existenciales, del que nadie (mucho menos, los obispos) está excluido. Como dice G.A. Bécquer, “volverán las oscuras golondrinas/en tu balcón sus nidos a colgar”, pero el catolicismo hegemónico de los valores plasmados en documentos jurídico-políticos, ya obsoleto, “ése… ¡no volverá!”. No podemos permitírnoslo. El tiempo de reaccionar ya ha pasado. Nos toca construir.

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