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23 ENERO 2019
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>Entrevista a Alberto Ares Mateos

'Es un espejismo pensar que el control de fronteras es la mejor herramienta'

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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Dialogamos con Alberto Ares, director del Instituto Universitario de Estudios sobre Migraciones de la Universidad Pontificia Comillas, acerca de los desafíos de la inmigración en nuestra sociedad. Este profesor reclama a una mirada integral, donde trabajemos en programas encaminados a la integración y a la cohesión social.

¿Cómo ha sido la evolución en España de la inmigración? Tanto a nivel cuantitativo como cualitativo. ¿Ha habido una evolución del perfil del inmigrante, que primero era por razones económicas y ahora predomina el refugiado que huye de las guerras y el terrorismo?

En la primera década de este siglo, a España han llegado más de 6 millones de personas, se ha ido estabilizando con vaivenes de retornos o segundos procesos migratorios, junto a nuevas llegadas. Hoy en día en España residen 6.853.914 personas de origen migrante, lo que supone un 14% de la población total según los datos del INE.

El perfil de la persona inmigrante en España ha sido tradicionalmente un migrante por razones económicas proveniente de América Latina y del norte de África, junto con personas de Europa del Este, y con una menor presencia de comunidades del continente asiático y del resto de África. En los últimos años los conflictos armados y los desplazamientos medioambientales han provocado una llegada mayor de solicitantes de asilo desde Siria, desde diversos países del África subsahariana, de Venezuela, Colombia o Centroamérica, entre otros. Por poner un ejemplo, el año pasado, según datos del INE, la comunidad venezolana creció un 44,2% y la colombiana por encima del 15%. Cada año llega a España alrededor de medio millón de inmigrantes. El año pasado fueron 532.482 personas. Es la razón por la que, aun teniendo un saldo vegetativo negativo (desde hace más de tres años las personas que mueren en España sobrepasan a los nacimientos), España sigue aumentando su población. Según datos a 1 de julio de 2018 en España residen 46.733.038 personas.  

Entiendo que es especialmente preocupante la situación de los niños y mujeres, que hacen el viaje en una situación de gran indefensión. ¿En qué estado afectivo llegan los inmigrantes?

Cuando en los procesos migratorios no existen suficientes vías para realizar una migración segura y regulada, se generan en paralelo mecanismos alternativos que trafican con la vida de las personas. En esta circunstancia la indefensión es mayor para los colectivos más vulnerables, especialmente los niños y niñas. En algunos lugares, como en la ruta centroamericana a Estados Unidos, siete de cada diez mujeres migrantes sufren abusos sexuales, y nueve de cada diez acoso sexual. Ante los múltiples casos de abusos y violaciones, muchas mujeres migrantes utilizan anticonceptivos hormonales. Es frecuente que, ante el riesgo de sufrir abusos, muchas mujeres se vean forzadas a tener un “marido”. Es tal el acoso que se unen a grupos de hombres, con quienes pactan protección a cambio de relaciones sexuales durante el viaje. Esta misma situación, incluso en peores condiciones, ocurre en nuestra frontera sur española.

He escuchado en primera persona y he acompañado a personas migrantes que han sufrido auténticos traumas personales en sus procesos migratorios, algunos de ellos dentro de nuestro propio territorio, como en los Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE). Muchos de estos traumas persisten durante años, y sin duda los acompañarán toda la vida. Algunos hablan de estrés migratorio o síndrome de Ulises.  

Me gustaría indicar que en ocasiones se pone demasiado el acento en la vulnerabilidad de las mujeres migrantes, bajo el discurso del “sexo débil”. Yo diría que más que vulnerables, son “vulnerabilizadas”, debido a la falta de salvaguarda de los derechos humanos básicos de parte de los estados. Cuando no se protegen convenientemente los derechos básicos de los individuos, la vulnerabilidad y la indefensión, en especial de las personas migrantes, crece de forma exponencial.  

Una vez en España, ¿cuál es su destino?

La distribución de la población de origen inmigrante que reside en España tiene un foco muy importante en la Comunidad de Madrid, seguida de cerca por Cataluña, la comunidad valenciana y murciana, y Andalucía. Las islas Baleares y Canarias también registran un porcentaje alto de población extranjera residente. Después de la crisis, un buen porcentaje de la población migrante comenzó otros proyectos migratorios, incluso de retorno. Pero el flujo de población inmigrante en los últimos años ha permanecido estable. En los últimos años, y fruto de los conflictos en Siria y en otros lugares de Medio Oriente y Centroamérica, un buen porcentaje de personas migrantes ha seguido su peregrinar migratorio hacia otros países europeos como Alemania o Suecia, en ocasiones por lazos familiares y otros por las mejores condiciones que obtienen las personas migrantes y refugiadas.

¿A su juicio, a qué retos nos enfrentamos para que se pueda articular una verdadera integración sin que ellos renuncien a su identidad?

Existen distintos retos en el ámbito migratorio, pero a mi modo de ver tres son los nucleares en este momento.

1.- Integración y cohesión social. Vivimos en sociedades diversas y necesitamos tomarnos muy en serio la gestión de esa diversidad como una gran oportunidad. En España desde la crisis apenas hemos invertido en integración. No existen un Plan Nacional de Integración y Cohesión Social desde 2014. Este es un elemento central en el futuro de nuestras sociedades y un legado para las generaciones presentes y futuras.

2.- Control de flujos. Hoy en día el gran debate se sitúa en las fronteras, en el control de los flujos.  Aparentemente abandonados a una corriente de actitud “nacionalista”, nos arrodillamos ante una actitud defensiva, que sitúa la seguridad como el eje central en el debate migratorio. ¿Cómo hemos llegado a sucumbir o a entregarnos al espejismo del control de fronteras como la mejor herramienta para gestionar las migraciones? Algunos países, como los del sur de Europa, se han cansado de esperar a una corresponsabilidad del resto de los países de la UE que nunca llega. La externalización de fronteras y los proyectos de acuerdos bilaterales millonarios son pequeñas “tiritas” que intentan contener una herida que no hace nada más que agudizarse. ¿Cuánto tiempo podrá contener esa tirita esta situación? ¿Cuánta gente se tiene que ahogar día a día en el Mediterráneo para que nos demos cuenta de que solo la seguridad no es la solución?

3.- Respuestas parciales vs Mirada integral. Llevamos muchos años intentando dar respuestas parciales y en algunos casos insuficientes a la realidad migratoria. En ocasiones se ha puesto el foco en las causas que dan origen a las migraciones, en otras se ha intentado atender a los flujos y a la acogida, o se han planteado políticas de integración y cohesión social. No siempre ha sido fácil tener una mirada de conjunto. Algo tremendamente interesante de los Pactos Mundiales que se han ratificado en este mes de diciembre es que ayudan a poner un marco integral a la realidad migratoria mundial, planteando las distintas dimensiones que envuelven este fenómeno, y potencian acciones coordinadas y globales.

El cardenal Angelo Scola afirma que “la propia identidad, expresada en el testimonio, es precisamente la que hace posible el encuentro con el otro”. Muchos de los brotes racistas, a mi juicio, tienen su origen paradójicamente en una falta de identidad entendida como don que uno ha recibido como tradición. ¿Qué juicio le merece esta afirmación de Scola?

La identidad es el gran eje sobre el que vertebrar actualmente el debate migratorio: seguridad nacional –inseguridad humana, ciudadanía nacional o europea–, ciudadanía universal, etc. ¿Qué significa hoy en día ser español o francés o australiano o chileno o estadounidense o marroquí o andaluz? Retomando las palabras del cardenal Scola con respecto a los brotes racistas, algunos teólogos católicos han planteado la hipótesis de que la mayoría de los cristianos en los países occidentales se sienten cómodos con una idea de nación-estado, en el que se acepta la asunción que vivimos en “nuestros” países y como poderosos huéspedes somos llamados a actuar benévola y caritativamente con los extranjeros. Muchos de estos discursos presupondrían una noción de nación como familia y/o hogar, expresado en términos como “la tierra de nuestros padres/madres o ancestros”, “cuidar de nuestra herencia”, “asegurar nuestros hogares”. En el otro extremo, se encontrarían creyentes que viven su ciudadanía como la manifestación del compartir la misma pertenencia a la gran familia de los cristianos a través del cuerpo de Cristo, recibido como un don.  

En las palabras del cardenal creo encontrar la mirada a la persona de Jesús en Mt. 12, 46-50. ¿Quién es mi madre y mis hermanos? Por tanto, comparto totalmente la afirmación del cardenal Scola, nuestra identidad reside no en el credo de una nación sino en quiénes somos como pueblo peregrino seguidores de Jesús en el cual recibimos nuestra identidad como un don.

Nos encontramos frente a un desafío enorme. Una persona joven, con todo el futuro por delante, que ve su vida pasar sin un trabajo es algo que atenta contra la propia dignidad de la persona y que en segundo lugar puede ser el caldo de cultivo para problemas diversos. Me parece esencial que puedan encontrar un trabajo. Tanto a nivel político como social, ¿estamos respondiendo adecuadamente a los desafíos que sin duda también plantea la inmigración?

España y el resto del continente europeo están envejeciendo. En España, si no fuera por la inmigración, estaríamos perdiendo población desde hace años. Necesitamos balancear nuestra pirámide poblacional para poder mirar el futuro con esperanza. Asimismo, el trabajo es otro gran reto para nuestra sociedad y las generaciones futuras. ¿Cómo responder a esta situación? Lant Pritchett, economista y profesor en Harvard, afirma que Europa necesita más de 200 millones de inmigrantes en los próximos 30 años. Este profesor propone una receta radical contra este envejecimiento demográfico de Occidente: inmigración en masa rotativa y regulada. A mi modo de ver el modelo que plantea presenta muchos interrogantes, pero me alegra ver propuestas reales que alimenten el debate. ¿Por qué digo esto? Porque el control de fronteras, como comentaba anteriormente, nos está llevando a un callejón sin salida.  

Distintos informes recogen cómo la crisis económica y la no implementación de políticas sociales de gestión de la diversidad han precarizado la vida de los sectores más vulnerables de la sociedad, en los cuales la población de origen inmigrante ocupa un espacio considerable. Elementos como el acceso a la vivienda, la aglomeración en algunos barrios o poblaciones, o la falta de programas de gestión de la diversidad en centros educativos, entre otros. Nunca como hasta ahora ha habido tantos informes que recogen la bondad de las migraciones tanto en los países de origen como de destino. Universidades de todo el mundo lo acreditan, pero nunca como hasta ahora el crecimiento del discurso antiinmigración ha tenido acentos tan fuertes.

Sin embargo, en todo el mundo parece crecer un discurso antiinmigración.

¿Por qué ocurre esto y por qué hay un discurso nacionalista y de corte populista en el ámbito político que está recibiendo tanto eco? Cuando no invertimos en integración no solo afecta a la integración y a la cohesión social dentro del colectivo inmigrante, sino en un buen sector de la población que en muchos casos soporta una presión social muy por encima de la media. Cuando no invertimos en integración y posibilitamos que haya centros educativos con un porcentaje de diversidad en ocasiones de más del 90%, o pueblos o barrios sin espacios o mobiliario público adecuado, o sin mediadores interculturales, etc. Esta situación está dejando fuera a mucha gente que no vota (la población inmigrante), pero a mucha otra que sí.

Esta secuencia que vivimos en Andalucía puede encontrar su paralelismo en las elecciones estadounidenses, en el Brexit del Reino Unido, y desgraciadamente en países más cercanos como Italia. Simplificando mucho, cuando no se invierte en integración y la corresponsabilidad sufre por su ausencia, dejamos a muchas personas insatisfechas fuera de la “jugada”, con posibilidad de que algunas posturas populistas en el ámbito político aprovechen este vacío, enarbolando la bandera de la migración como uno de los chivos expiatorios del malestar social.

Recapitulando: “¿Estamos respondiendo adecuadamente a los desafíos que sin duda también plante, la inmigración?”. Yo diría que hemos hecho un gran esfuerzo, con resultados parciales y en algunos casos exiguos. Necesitamos de una mirada integral, donde trabajemos en programas encaminados a la integración y cohesión social, y donde recreemos creativamente nuestra propia identidad, si queremos legar a las generaciones futuras y a nuestras sociedades un futuro mejor.

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Reacción y refugio

Fernando de Haro

“¡Orderrrr!”. No parece casualidad que este grito del speaker del Parlamento británico, que se ha oído con fuerza durante los últimos debates sobre el Brexit y en la moción de censura a May, se haya convertido en un fenómeno viral. El video con los gritos del excéntrico John Bercow, intentando poner orden en los debates, ha tenido decenas de miles de visitas. Es paradójico que lo que más interese del Reino Unido en redes sociales, en un momento en el que los políticos del país parecen empeñados en consumar un suicidio de inspiración nacionalista, sea la anécdota de un personaje que pretende encauzar la conversación.

No parece tampoco casualidad que el otro personaje del momento sea Marie Kondo (@MarieKondo), la consultora japonesa que, a través de su serie en Nextflix, nos aconseja cómo mantener nuestra casa, y de paso nuestra vida, en orden. El #10yearschallenge (el ultimísimo reto en redes sociales que consiste en colgar una foto actual y otra de diez años para comprobar las diferencias) nos ha sorprendido a todos más deseosos de orden que en 2008. Porque entendemos cada vez menos el mundo y porque, en muchas ocasiones, aspiramos a defendernos de él, a encontrar una “opción refugio” que pueda ponernos a salvo de los nuevos bárbaros.

Las consecuencias nefastas de buscar una “opción refugio” a toda costa están a la vista de todos en el Reino Unido. El Brexit, que iba a convertir a las islas en un oasis, está haciendo de ellas un endiablado laberinto. Es difícil que May pueda presentar el próximo 29 de enero un nuevo plan para la salida de la Unión Europea que cuente con apoyos suficientes. Y el mes de abril, con la posibilidad desastrosa de un Brexit sin acuerdo, está cada vez más cerca. Afortunadamente la Unión Europea se mantiene firme, no cambia las condiciones, y pone al nacionalismo británico ante sus propias contradicciones. Los políticos británicos no acaban de darse cuenta de que hay solo tres opciones: un brutal Brexit sin acuerdo que los dejaría absolutamente solos y muy indefensos ante un mundo globalizado, aceptar el acuerdo de transición (que supone no salir del todo de la Unión pero no contar con sus ventajas) pactado con Bruselas o volver atrás, celebrar otro referéndum y quedarse en la Unión como estaban.

Políticos laboristas y conservadores, parece que también una parte importante de la sociedad británica, están subyugados por el espíritu de la reacción. Posiblemente también muchos de los espectadores de Marie Kondo. Por todos lados proliferan los que ante la confusión reclaman una vuelta a los principios y los valores de la tradición, al orden.

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Occidentalismo del pánico

Fernando de Haro

Primeros pasos del nuevo partido ¿populista? que ha aparecido en Europa. Vox, formación que se autodenomina de “extrema necesidad”, ha llegado a un acuerdo con el PP para facilitar el relevo en el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía. El texto del compromiso para ceder votos tiene muy poco de populista y nada de extremo. Pero, a pesar de lo firmado, los líderes del nuevo partido insisten en afirmar que se ha atendido una de sus reivindicaciones originales (muchas de ellas irrealizables y extravagantes): la expulsión de 52.000 inmigrantes irregulares que el Gobierno de Andalucía habría estado camuflando. No es cierto. Pero en el tiempo de las fake la veracidad no cuenta. Lo importante es poder utilizar el pánico que genera una “invasión de subsaharianos” en unos tiempos en los que el valor de la persona se ha oscurecido.

Hace semanas el secretario general de Vox, Ortega Smith, hablaba precisamente de una invasión de inmigrantes que estarían recurriendo a estrategias militares. El presidente del PP, Pablo Casado, se refería a “una avalancha” de millones de africanos. Palabras especialmente graves porque el PP es partido de Gobierno. Parece trasladarse miméticamente a España un discurso del miedo que se extiende en Italia y en Alemania, en buena parte de Europa.

El discurso del pánico no se alimenta de realidad sino de terrores y de desconciertos. La llegada de inmigrantes irregulares a Europa durante 2017 ha descendido a los niveles más bajos de los últimos cinco años. Mientras el “relato de la invasión” se disparaba exponencialmente en Italia durante 2018, las llegadas se reducían un 80 por ciento (23.000). Es cierto que en España las entradas irregulares (57.000) han marcado un récord. Pero esa cifra no supone ni mucho menos un dato que justifique una alerta desmedida. Según algunas estimaciones, entre un 33 y un 50 por ciento de los llegados son devueltos a su país de origen porque la mayoría de ellos son marroquíes o argelinos. Los últimos datos oficiales disponibles son los de 2016. Ese año llegaron 15.000 inmigrantes de forma irregular y fueron expulsados 19.000. El miedo se extiende, en parte, por la mala gestión que hace de la situación el Gobierno socialista de Sánchez (los centros de acogida e internamiento no funcionan, no se pide ayuda a Frontex para los rescates).

Hay que tener además en cuenta que la inmigración irregular representa un pequeño porcentaje respecto a la que establece de forma regular su residencia en España. En 2017 llegaron de forma regular más de 500.000 personas, las llegadas irregulares no alcanzaron el 5 por ciento. Solo desde 2016 el saldo migratorio, en un país que no tiene hijos, ha vuelto a ser positivo.

¿Por qué en España y en Europa se extiende este estado de pánico sin fundamento real? Cuando acabó la II Guerra Mundial, el Viejo Continente hubiera estallado por los aires si aquella generación hubiera tenido que afrontar el problema de los desplazados y refugiados con la conciencia que tenemos ahora. Todos los desplazados eran europeos, sí, pero eso hacía incluso más difícil el realojo porque pertenecían muchos de ellos a minorías y los particularismos representaban un gran obstáculo.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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