Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
23 ENERO 2019
Búsqueda en los contenidos de la web

>Editorial

2019: el reto de la antidemocracia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 2  32 votos

En el año que entra vamos a conmemorar el 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín, momento celebrado por algunos como el fin de la historia. Hace 30 años no nos parecía un disparate pensar que la caída del comunismo en los países del Este supusiera la victoria definitiva de la democracia y de la libertad en el mundo. Teníamos una visión mucho más eurocéntrica. Y la democracia nos parecía una conquista definitiva, incuestionable.

Mientras celebremos la reunificación de Europa bajo el signo de la democracia, la generación nacida hace 30 años y las precedentes asistirán y serán los responsables de una crisis democrática sin precedentes en el Viejo Continente. La resolución de la crisis del Brexit es quizás uno de los ejemplos más paradójicos de un conflicto antidemocrático creado por unas sociedades que consideraron a la democracia parte de su paisaje. David Cameron metió al Reino Unido en un laberinto al tomar la poco democrática decisión de delegar en la democracia directa una permanencia en la Unión que tenía que haber tomado él porque democráticamente había sido designado para ello. En 2019 el Parlamento y el Gobierno británico podrán evitar el desastre recurriendo de nuevo a la antidemocrática democracia directa (nuevo referéndum) para abolir la precedente decisión de la democracia directa.

Semanas después, en las elecciones al Parlamento Europeo, es más que previsible que un alto porcentaje de votantes opte por fórmulas antieuropeas, de democracia “iliberal” o de populismo deconstructivo. Serán unos comicios asediados por las noticias falsas y la voluntad de desestabilizar de una Rusia que ha convertido a cualquier democracia occidental en su enemigo. No serán pocos los que consideren oportuno apoyar al enemigo externo. Todo esto en un contexto de guerra comercial y de desprestigio de todos los organismos internacionales incapaces de asegurar que los valores democráticos consigan abrirse camino.

La historia, lejos de acabarse, está muy viva. Es evidente que la antropología y la cultura que sustentaban la democracia tal y como la entendimos tras la postguerra, se ha disuelto. Hay varios síntomas que dan fe de ello. La democracia requiere de una conciencia del nosotros, de un bien común para aquellos que pertenecen a una comunidad siempre superior a los intereses de los grupos particulares y a sus diferencias. Es lo que ha desaparecido. Mark Lilla en su libro “El regreso liberal” atribuye esta disolución del nosotros a las políticas progresistas estadounidenses de las últimas décadas. El progresismo norteamericano, queriendo mejorar la situación de los negros, de las mujeres y de otras minorías habría acabado perdido en “la maleza de las políticas de identidad” y habría sido el responsable de la “retórica de la diferencia resentida y disgregadora”. El liberalismo, el progresismo de la identidad, acaba absolutizando el yo, lo particular que no se abre ni a lo universal ni a lo racional, se queda encerrado en la emotividad. Las redes sociales y la digitalización vienen a acrecentar esta reafirmación del sentido de grupo que no necesita, no quiere, una conversación con aquellos que son diferentes. El diagnóstico sirve del mismo modo para la izquierda que para la antiizquierda. Probablemente el análisis de Lilla atribuye más peso a lo que él denomina política progresista de lo que realmente tiene, pero su descripción de la situación es precisa.

Como también la que hacía hace unos días Joseba Arregi en un artículo en El Mundo titulado precisamente “Nosotros y el bien común”. Arregi subrayaba algo semejante a lo que indicaba Illa: las “dificultades para acordar el bien común por multiplicación de sujetos colectivos” a lo que “se le añade la permanente destrucción de todo referente de identificación emocional”. Todo esto, indicaba Arregi, se produce en un contexto de “confusión de la tolerancia con indiferencia” y de una “negación de valores universales” o de una afirmación “de una generalidad y abstracción que los esterilizan”. La antidemocracia avanza porque hoy ya no es evidente ni un bien común a todos, ni unos valores universales que se han convertido en algo tan abstracto como la comunidad superior al grupo. El resultado es que muchos sienten “desamparo”, “sensación de perder suelo bajo los pies, perder realidad, ser dejados atrás, hallarse sin norte, desorientados, abandonados sin brújula en un mundo complicado y problemático, sin referentes, sin nada seguro a lo que aferrarse”. No podemos escandalizarnos del avance de la antidemocracia sin hacer las cuentas con esta situación descrita con lucidez por el pensador vasco.

Lilla propone, como solución, recuperar el sentido de la ciudadanía. Pero el sentido de ciudadanía no puede reconquistarse sin una experiencia de la pertenencia común, sin una experiencia en la que lo universal sea concreto. Los cimientos de la vida democrática se reconstruyen solo si existen experiencias sociales donde se experimente de forma práctica el valor de la dependencia recíproca en una comunidad de diferentes. La ciudadanía es mucho más que un catálogo de derechos subjetivos o que la suma de identidades segmentadas. Es un protagonismo en el ámbito público que se expresa como construcción responsable ante las nuevas y viejas necesidades, como capacidad de deliberar con otros, de narrarse y de compararse con el que es diferente.

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>Columna izquierda

>Editorial

vista rápida >
>Editorial

Reacción y refugio

Fernando de Haro

“¡Orderrrr!”. No parece casualidad que este grito del speaker del Parlamento británico, que se ha oído con fuerza durante los últimos debates sobre el Brexit y en la moción de censura a May, se haya convertido en un fenómeno viral. El video con los gritos del excéntrico John Bercow, intentando poner orden en los debates, ha tenido decenas de miles de visitas. Es paradójico que lo que más interese del Reino Unido en redes sociales, en un momento en el que los políticos del país parecen empeñados en consumar un suicidio de inspiración nacionalista, sea la anécdota de un personaje que pretende encauzar la conversación.

No parece tampoco casualidad que el otro personaje del momento sea Marie Kondo (@MarieKondo), la consultora japonesa que, a través de su serie en Nextflix, nos aconseja cómo mantener nuestra casa, y de paso nuestra vida, en orden. El #10yearschallenge (el ultimísimo reto en redes sociales que consiste en colgar una foto actual y otra de diez años para comprobar las diferencias) nos ha sorprendido a todos más deseosos de orden que en 2008. Porque entendemos cada vez menos el mundo y porque, en muchas ocasiones, aspiramos a defendernos de él, a encontrar una “opción refugio” que pueda ponernos a salvo de los nuevos bárbaros.

Las consecuencias nefastas de buscar una “opción refugio” a toda costa están a la vista de todos en el Reino Unido. El Brexit, que iba a convertir a las islas en un oasis, está haciendo de ellas un endiablado laberinto. Es difícil que May pueda presentar el próximo 29 de enero un nuevo plan para la salida de la Unión Europea que cuente con apoyos suficientes. Y el mes de abril, con la posibilidad desastrosa de un Brexit sin acuerdo, está cada vez más cerca. Afortunadamente la Unión Europea se mantiene firme, no cambia las condiciones, y pone al nacionalismo británico ante sus propias contradicciones. Los políticos británicos no acaban de darse cuenta de que hay solo tres opciones: un brutal Brexit sin acuerdo que los dejaría absolutamente solos y muy indefensos ante un mundo globalizado, aceptar el acuerdo de transición (que supone no salir del todo de la Unión pero no contar con sus ventajas) pactado con Bruselas o volver atrás, celebrar otro referéndum y quedarse en la Unión como estaban.

Políticos laboristas y conservadores, parece que también una parte importante de la sociedad británica, están subyugados por el espíritu de la reacción. Posiblemente también muchos de los espectadores de Marie Kondo. Por todos lados proliferan los que ante la confusión reclaman una vuelta a los principios y los valores de la tradición, al orden.

Reacción y refugio

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 3  10 votos
vista rápida >
>Editorial

Occidentalismo del pánico

Fernando de Haro

Primeros pasos del nuevo partido ¿populista? que ha aparecido en Europa. Vox, formación que se autodenomina de “extrema necesidad”, ha llegado a un acuerdo con el PP para facilitar el relevo en el Gobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía. El texto del compromiso para ceder votos tiene muy poco de populista y nada de extremo. Pero, a pesar de lo firmado, los líderes del nuevo partido insisten en afirmar que se ha atendido una de sus reivindicaciones originales (muchas de ellas irrealizables y extravagantes): la expulsión de 52.000 inmigrantes irregulares que el Gobierno de Andalucía habría estado camuflando. No es cierto. Pero en el tiempo de las fake la veracidad no cuenta. Lo importante es poder utilizar el pánico que genera una “invasión de subsaharianos” en unos tiempos en los que el valor de la persona se ha oscurecido.

Hace semanas el secretario general de Vox, Ortega Smith, hablaba precisamente de una invasión de inmigrantes que estarían recurriendo a estrategias militares. El presidente del PP, Pablo Casado, se refería a “una avalancha” de millones de africanos. Palabras especialmente graves porque el PP es partido de Gobierno. Parece trasladarse miméticamente a España un discurso del miedo que se extiende en Italia y en Alemania, en buena parte de Europa.

El discurso del pánico no se alimenta de realidad sino de terrores y de desconciertos. La llegada de inmigrantes irregulares a Europa durante 2017 ha descendido a los niveles más bajos de los últimos cinco años. Mientras el “relato de la invasión” se disparaba exponencialmente en Italia durante 2018, las llegadas se reducían un 80 por ciento (23.000). Es cierto que en España las entradas irregulares (57.000) han marcado un récord. Pero esa cifra no supone ni mucho menos un dato que justifique una alerta desmedida. Según algunas estimaciones, entre un 33 y un 50 por ciento de los llegados son devueltos a su país de origen porque la mayoría de ellos son marroquíes o argelinos. Los últimos datos oficiales disponibles son los de 2016. Ese año llegaron 15.000 inmigrantes de forma irregular y fueron expulsados 19.000. El miedo se extiende, en parte, por la mala gestión que hace de la situación el Gobierno socialista de Sánchez (los centros de acogida e internamiento no funcionan, no se pide ayuda a Frontex para los rescates).

Hay que tener además en cuenta que la inmigración irregular representa un pequeño porcentaje respecto a la que establece de forma regular su residencia en España. En 2017 llegaron de forma regular más de 500.000 personas, las llegadas irregulares no alcanzaron el 5 por ciento. Solo desde 2016 el saldo migratorio, en un país que no tiene hijos, ha vuelto a ser positivo.

¿Por qué en España y en Europa se extiende este estado de pánico sin fundamento real? Cuando acabó la II Guerra Mundial, el Viejo Continente hubiera estallado por los aires si aquella generación hubiera tenido que afrontar el problema de los desplazados y refugiados con la conciencia que tenemos ahora. Todos los desplazados eran europeos, sí, pero eso hacía incluso más difícil el realojo porque pertenecían muchos de ellos a minorías y los particularismos representaban un gran obstáculo.

Occidentalismo del pánico

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
vista rápida >
>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  575 votos

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2343 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 7 comentarios valoración: 2  3451 votos

>SÍGUENOS EN

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja