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16 FEBRERO 2019
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El alma de Freddie

Davide Prosperi | 0 comentarios valoración: 3  16 votos
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El protagonista de mi historia es Frederick Farookh Bulsara, Freddie Mercury, como quiso llamarse para quitarse de encima aquel epíteto racial, Paki, que le resultaba bastante indigesto. El 24 de octubre se estrenó en Reino Unido la película biográfica sobre la voz principal de Queen, que gusta a espectadores de diferentes generaciones, y especialmente a jóvenes que no conocieron a los Queen.

Como fan de los primeros, me preocupaba que este film cayera en el relato habitual del joven transgresor, excéntrico, con ropa llamativa y hasta un poco perturbado, al que le encantaba llamar la atención con sus excesos. Por no hablar de la posible instrumentalización, también evidente, del paladín de batallas socioculturales que francamente empiezan a resultar agotadoras. Pero no hay nada de eso. El director ha hecho un buen trabajo. Ha conseguido mostrar el profundo drama de un joven dotado de una voz y un temperamento extraordinarios, y de una fragilidad igualmente extraordinaria, en busca de su propio rostro humano. El film suscita compasión, la misma compasión que sentí ante su muerte. Ahí empieza mi historia, mi viaje (¿fantástico?) entre los textos de sus canciones.

Había una vez un cantante, hijo de padres parsis, zoroástricos, que tenía una relación complicada pero respetuosa con su padre, un empleado de banca que trabajaba para el gobierno inglés en las colonias británicas. Excéntrico, fastidiosamente ostentoso, abiertamente bisexual, aquel cantante tuvo un gran amor en su vida: Mary Austin, la mujer a la que dejó la mitad de su herencia. De ella dijo en una entrevista en 1985: “Todos mis amantes me preguntan por qué no puedo sustituir a Mary, pero es sencillamente imposible”. En ella, Freddie ve el signo de una promesa que nunca en su vida se cumplirá. Su tendencia narcisista, junto al creciente consumo de estupefacientes, se convierten en un peaje a pagar por la fama en un mundo en el que no consigue llegar a sentirse aceptado y del que siente una sed desesperada. Nunca conseguirá desengancharse. Sin embargo, esta figura femenina marca un punto de inflexión en la concepción que el cantante tendrá de sí mismo: hay una promesa incumplida para la que se siente hecho, ante ella nunca conseguirá hallar reposo. La suya será una vida dura, pero no puede dejar de desear la plenitud. A menudo se ha dicho que Queen tenía dos almas: una blanca (el alegre y positivo Brian May) y otra negra (el oscuro y reflexivo Freddie Mercury), como las caras de su álbum recopilatorio Queen II. La verdad es que Freddie contenía en sí ambas caras.

La combinación parecerá irreverente, pero el juicio que Anton Schindler, el primer biógrafo de Beethoven, escribió tras la muerte del gran compositor alemán vale también para Mercury. “Las hojas más afiladas son las que más fácilmente pueden doblarse, alisarse o romperse”. Freddie es frágil, afectivamente confuso, incapaz de aguantar la presión del ambiente en que se encuentra. Una fragilidad que, como suele suceder, expresa en forma de arrogancia. Pero esto no hace más que inflamar la herida que da lugar a uno de los más grandes genios de la música moderna. La letra y la música de las canciones de Queen son hojas afiladas que penetran, nunca banales, nunca obvias. Freddie Mercury se niega a encasillarse en los esquemas de la música pop, con temas recurrentes, facilones y repetitivos. La música de las canciones de Queen son una sucesión de novedades, aceleraciones imprevisibles, golpes de rock duro y melódicas caricias, todo en un único tema, siguiendo la emoción, la desolación o la súplica del protagonista de esta historia, como en la insuperable Bohemian Rhapsody.

Una canción del segundo álbum, Queen II (1974), Father to son, expresa al menos una parte del sentimiento que Mercury tenía de sí mismo y de la realidad. Sentimiento que le acompañará hasta el final en su búsqueda de la Belleza, o del Amor. La vida es dura cuando uno no se resigna a dejar de amar. Aunque uno se sienta defraudado o abandonado. Pero esta es la única manera de vivir de verdad. “La vida es complicada, ahora solo espero algo que caiga del cielo, espero el amor” (It’s a hard life, The Works, 1984).

We will rock you (The news of de world, 1977) describe duramente el malestar de los jóvenes que tienen que destacar o morir en un mundo que ha perdido la necesidad de un significado para vivir. Puro producto del ambiente, que aplasta esa voz que sale de dentro recordándoles que su destino es otro: paz, satisfacción. Este tema se confronta continuamente con otro, la necesidad de perdón.

Al principio, los Queen no tuvieron éxito, pasaron unos años de indiferencia por parte de la crítica y del público. Hasta que Queen II rompe con Seven seas of Rhye, que expresa la desafiante ambición de cuatro chavales que piden venganza ante la incomprensión del mundo. De manera narcisista, sueñan con dominarlo. Es recurrente en la primera etapa de su carrera. También aparece en We are the champions (The news of de world), pero aquí empieza asomarse con un nuevo impulso: el mundo no entiende, hay algo que no va bien en nosotros y nadie nos entiende. Pero lo conseguiremos de todas formas porque somos los más fuertes. Una trayectoria que alcanza su culmen en The miracle (1989) con I want it all: “Aquí está el futuro de los sueños de juventud, lo quiero todo y lo quiero ahora””.

Llegados a cierto punto, como un meteorito, salta una chispa distinta. En realidad, está presente desde el principio, de hecho esas dos almas (blanca y negra) seguirán conviviendo, pero la fuerza persuasiva de este nuevo factor tiende a prevalecer poco a poco. Bo Rap (A night at the opera, 1975) expresa el grito del hombre que ante la evidencia de su propia nada descubre toda su incapacidad para salvarse a sí mismo. Si quien nos ha dado la vida (representado aquí por la madre) no nos puede salvar, ¿quién nos salvará entonces? Estamos condenados a quedar aturdidos por el sinsentido histérico de una existencia sin perdón y por tanto sin meta. Porque delante de la experiencia inevitable del propio límite y la propia mezquindad, solo el perdón puede reactivar la esperanza de una positividad para la existencia. Entonces, el corazón no puede dejar de gritar: dejadme ir a mi destino de bien, en una extenuante lucha sin aliento contra los demonios de la nada, que querrían arrastrarnos a un abismo de sinsentido. Hasta que, agotado, se rinde. Y no puede ser de otra manera, si el propio destino no toma la iniciativa con nosotros. Pocos artistas modernos han conseguido mantener hasta el final, sin reducirlo, el carácter trágico de este grito desesperado.

Bohemian Rhapsody se publicó en 1975, cuando aún no se conocía el terrible mal de finales del siglo XX. John Reid, manager de Queen aquellos años, se queda de piedra cuando el grupo le presenta el tema que han elegido como nuevo single, casi seis minutos de música semi-operística. Reid les explica que no es posible publicar a 45rpm una canción tan larga, pero los cuatro se mantienen inamovibles, sobre todo Mercury, y rechazan la propuesta de acortarla. Taylor era amigo de un dj y, a título personal, le pasó una copia promocional del vinilo, pidiéndole expresamente que no lo retransmitiera. Everett, obviamente, no resistió la tentación de proponérselo a sus oyentes, que hicieron saltar por los aires literalmente sus líneas telefónicas. Bohemian Rhapsody sale el 31 de octubre y supone una sacudida para el mundo musical inglés. La prensa se divide, pero en general se muestra de acuerdo a la hora de afirmar que la canción es demasiado larga y nunca llegará a ser un hit. Pero no eran de esta opinión las emisoras de radio inglesas, que ponían continuamente el tema. Con el tiempo, las encuestas del Reino Unidos confirmarán sucesivamente a Bo Rap como la más bella canción de todos los tiempos.

La nostalgia por esa pureza original que ya se daba por perdida e irrecuperable vuelve una y otra vez, como por ejemplo al final de su vida, cuando Freddie escribe These are the days of our lives (Innuendo, 1991). Sin embargo, no llega a dominar en él la resignación al hecho de que no pueda existir respuesta para su grito. Hace de todo para vivir negando aquella promesa (en Save me la llama mentira), pero justo cuando la circunstancia inevitable de su mísera existencia parecería demostrarle que todo es un engaño, vuelve a aflorar esa esperanza ligada a la promesa del inicio. “A veces siento que vuelvo a los viejos tiempos, hace mucho, cuando éramos niños, cuando éramos jóvenes, todo parecía perfecto, ¿sabes? A veces parece que luego, no lo sé, el resto de mi vida ha sido solo un espectáculo. Aquellos eran los días de nuestra vida, eran pocas las cosas malas. Aquellos días ahora se han ido, pero una cosa es cierta: cuando te miro y te encuentro, te sigo amando”.

Probablemente Freddie quiso acercarse a la figura de Cristo en su infancia, en su época de estudiante en Bombay, en la India, en la St. Peter’s Boys School y luego en la St. Mary School, dos colegios británicos. Parece fascinado, por lo que se deduce de algunos de sus textos (“Tú dices Señor, yo digo Cristo”, Bicycle race), pero nunca tuvo un verdadero encuentro con la experiencia cristiana. Se siente rechazado, como un hijo que ama a su padre pero no se ve reconocido ni acogido. Percibe toda su insuficiencia con un sentimiento de desolación por no sentirse a la altura de esa promesa de amor que él desea. En ciertos momentos le cuesta aceptar su propio aspecto, no quería arreglarse los dientes porque estaba convencido de que eso haría que se resintiera su voz, lo único que tenía para servir a la Belleza. Además, empieza a notar el cansancio y la sombra del ocaso, incluso desde el punto de vista musical. Pero no deja de buscarla, por aquel signo que nunca en su vida llegará a cumplirse: el verdadero Amor en el que reposar. “He pasado toda mi vida creyendo en ti, pero no logro alivio alguno, Señor. Alguien, alguien, ¿alguien puede encontrarme alguien a quien amar?” (Somebody to love, A day at the races, 1976).

En 1986 Freddie tiene las primeras sospechas de haber contraído el virus del VIH. Al año siguiente lo confirma y poco después se entera de que está enfermo de Sida. Sus últimas canciones no solo reflejan la inminencia del fin, sino también la oscuridad del abismo del rechazo del mundo. Ahora nos cuesta recordar qué significaba el Sida en aquellos años: el anuncio de una condena a muerte, la marginación y el juicio del mundo. Pero sorprende cómo, mientras el filo se hunde en él profundamente y desaparecen toda su arrogancia y las ganas de bromear (disfrazado de gobernador en The show must go on, su rostro tiene una expresión muy diferente a la del video de I want to break free de siete años antes), en cambio no decae esa última esperanza que la crítica nunca supo explicarse.

En el último álbum de Queen se hace evidente la diferencia entre The show must go on, escrita por el guitarrista Brian May, tratando de identificarse con él, aunque probablemente también describe lo que se agita en su propio corazón ante la situación de su amigo, e Innuendo, de Mercury: “Si hay un Dios o alguna clase de justicia bajo este cielo, si existe una meta, una razón para vivir o morir, si hay respuesta a las preguntas que tenemos desde que nacemos, muéstrate, destruye nuestros miedos, quítate la máscara. Seguiremos intentando seguir esa delgada línea. Seguiremos sonriendo, sí. Y sea lo que sea lo que pase, lo seguiremos intentando hasta el final de los tiempos”. Su interpretación de The show must go on es una bofetada a ese mundo que le alzó y le destruyó: fuera máscaras, ¿qué estamos haciendo en este mundo? Aunque May no llega a ese nivel existencial de pregunta y su respuesta es muy débil (“Supongo que estoy aprendiendo, ahora debo ser más amable”), desde las primeras imágenes del video se comprende que Freddie está anunciando que todo lo que ha mostrado de sí mismo como escándalo y transgresión es solo una máscara. La verdad no se ve fácilmente, ¡debajo hay otra cosa!

Ante el aparente fracaso de todo –no ha encontrado esa excepcionalidad que persiguió toda su vida en los excesos y en la ausencia de reglas–, se rinde ante su propia incapacidad para darse ese bien tan deseado que le hace sentir atrapado. Pero esta resignación desemboca en una última súplica, donde hasta la melodía colabora a formular esta imploración extrema (In my defense, 1986): “¿Cómo puedo hacer? ¿Vivimos o morimos? ¡Oh, Dios, ayúdame! Por favor, ayúdame”.

Dos días ante de su muerte, convocó a su portavoz y anunció al público: “Deseo confirmar que he dado positivo en las pruebas del VIH y he contraído el Sida. He considerado oportuno mantener esta información reservada hasta este momento con el fin de proteger la privacidad de los que me rodean. Sin embargo, ha llegado el momento de que mis amigos y mis fans de todo el mundo conozcan la verdad y espero que todos se unan a mí, a los médicos que me tratan y a todos lo que luchan en el mundo contra esta terrible enfermedad”. El 24 de noviembre de 1991, poco más de 24 horas después de su comunicado, Mercury muere, a los 45 años.

Hay quien dice que en los últimos meses de su vida se vio atraído por la fe cristiana y que tal vez llegó a convertirse. Es una cuestión que nunca llegaremos a saber, el único que podría resolver nuestra duda no puede respondernos. Pero ya muchas de las huellas del primer álbum, Queen, escritas por Freddie Mercury, hacían referencia a la figura de Jesús, por ejemplo al diálogo con el ladrón en la cruz. Al término de este viaje, vuelvo al principio, con una canción de aquel primer álbum dedicada a Él. No tuvo mucho éxito, pero el experimento musical es relevante. A Mercury le encantaba combinar el rock duro con textos conmovedores, o viceversa, música melódica con descripciones trágicas. Era su estilo. No puedo evitar pensar que aunque nunca tuvo la ocasión de conocerle en vida, sí Lo vio pasar de lejos. Perdió la ocasión, dudó y no Lo siguió, pero aquella visión dejó en él la cicatriz de una espera que nunca se borró.

“Y entonces Lo vi entre la multitud, un montón de gente se reunió en torno a Él. Los mendigos gritaban, los leprosos Le llamaban, el anciano callaba. Él solo miraba alrededor. Todos bajaban a ver al Señor Jesús. Todos bajaban. Entonces cayó un hombre ante Sus pies. Soy impuro, dijo el leproso y sonó la campanilla. Sintió la palma de una mano tocando su cabeza. Vete, ahora eres un hombre nuevo. Todos bajaban a ver al Señor Jesús. Todo empezó con los tres magos que siguieron una estrella que les llevó a Belén e hicieron saber a toda la tierra que había nacido el rey de los hombres. Todos bajaban a ver al Señor Jesús. Todos bajaban” (Jesus, Queen, 1973).

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro

El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

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Europa retratada

Fernando de Haro

El Nuevo Mundo vuelve a ser estos días el espejo en el que se refleja el Viejo Mundo. La respuesta a la crisis de Venezuela y la posición ante Juan Guaidó retrata la situación de una Europa que está en vísperas de unas elecciones decisivas. Es muy probable que, si la “operación Guaidó” se hubiera retrasado algunos meses, con el nuevo Parlamento Europeo ya constituido, el respaldo a los venezolanos que se movilizan para recuperar su libertad no hubiera sido tan contundente como el obtenido la semana pasada (439 votos a favor –de los populares, socialistas y liberales– y 104 en contra). Antonio Tajani, presidente de la Cámara, era claro horas después de que los eurodiputados reconocieran al presidente interino: “hay países europeos a los que les falta coraje para defender la democracia”. La falta de coraje denunciada por Tajani, que ha provocado el retraso en el reconocimiento de España y la negativa de Italia, Grecia y Austria, salvo sorpresa, aumentará tras las elecciones de mayo con el incremento de representación de los populismos.

A España le ha faltado coraje hasta este lunes porque el Gobierno de Sánchez, como en casi todo, no tiene un rumbo claro. ¿La falta de audacia de Italia está más relacionada con las simpatías rusas de Salvini o con la cercanía de Di Maio al populismo de izquierdas? Rusia tiene intereses geoestratégicos y petroleros para los que la caída de Maduro sería un desastre. En el caso de Grecia la amistad con Putin y el populismo de Syriza no dejan lugar a dudas. En Austria la posición filorrusa la provoca el populismo de derechas del Partido de la Libertad (ahora en el Gobierno) y la dependencia del gas que llega de Moscú.

La falta de coraje revela la falta de una evidencia democrática que considera natural aliarse con el caballo de Troya ruso. Falta de claridad y de coraje que se convierten en respuesta clara a la pregunta que se hacía Thomas Mann en 1932: “¿Son eternos y universales los valores clásicos europeos o son temporales y están atados a un episodio de la historia de la humanidad?”. El caso de Venezuela retrata lo temporales que son/han sido los valores clásicos europeos.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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