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23 FEBRERO 2019
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>Entrevista a Joseba Arregi

"El populismo es peligroso cuando tiende a convertirse en totalitarismo"

Juan Carlos Hernández | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
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Dialogamos con Joseba Arregi sobre los desafíos de la modernidad. “La posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad”, afirma exconsejero del Gobierno Vasco.

¿Existe una falta del sentimiento del nosotros que se diluye en los intereses particulares?

El nosotros, si tiene que ser un nosotros civilizado, cívico, adaptado al estado de derecho, no puede ser un yo o un nosotros construido fuera de la igualdad de derechos, fuera de la igualdad ante la ley. Tiene que ser contando y partiendo de esa igualdad ante la ley, igualdad en derechos y libertades. Lo que pasa es que los pequeños colectivos que se han constituido después de la crisis del capitalismo, de la cultura moderna, en el posmodernismo y demás, son yoes colectivos particulares pero que se unen en alguna identificación particular, no en la identificación universal de los derechos y de la igualdad ante la ley, sino en sentimientos étnicos, en las políticas de género, que también son identidades particulares que no llegan a ser universales.

En definitiva, no son representantes de un nosotros constituido en base a una conversación y a una negociación permanente de lo que es el bien público, el bien común. Son unidos por intereses o sentimientos particulares, y eso se ha acrecentado tremendamente en lo que se llama la cultura del capitalismo de consumo, que sobrevalora el sujeto, los sentimientos subjetivos, las emociones, los intereses colectivos particulares, sin que haya un horizonte de un nosotros que constituya al conjunto de la comunidad política.

Últimamente se ha hablado mucho de los movimientos feministas. ¿Cuál es su valoración?

Cuando escucho a cierta actriz a la que oigo recientemente reclamar el derecho a realizarse como mujer, yo pienso en mi difunta madre, ¿ella no se realizó? ¿Quién define lo que significa realizarse como mujer? En el inicio de la cultura moderna, hay un despojar el espacio público de la presencia de Dios. Pero ese vacío lo llena algo. Las cualidades, las prerrogativas, las virtudes, lo que define a ese Dios lo asume la humanidad, los seres humanos, pero no en su conjunto, sino que es el varón el que asume las cualidades de actividad, previsión o pronóstico, construcción del futuro, inteligencia, poder, conocimiento, potencia… Pero siguen existiendo en la humanidad otras tendencias: llorar, sufrir, cuidar a los enfermos, la debilidad, la pasividad, la ancianidad, etcétera. Todo eso daña la imagen divina del hombre varón y entonces este sector proyecta esos valores “negativos” en el cuerpo social de las mujeres, y surge esta división que caracteriza mucho a la sociedad moderna. El hombre, sustituto de Dios; la mujer, la que mantiene los valores “negativos” de lo que daña la imagen divinizada del hombre varón. Siendo esta la situación, que es una descripción que necesita muchísimos matices, el problema que se plantea es cómo se curan las dos partes para volver a constituir un nosotros común, en el que los hombres sean capaces de sentimientos, asuman que también pueden y deben ser pasivos, que también saben llorar, que también tienen y pueden tener cercanía al sufrimiento, porque si no, son medio hombres. Creyéndose dioses, son medio hombres. Y que las mujeres también tengan acceso a los elementos positivos, a los valores “positivos” de poder ser activas, acceder al conocimiento, pero sin perder esa parte de humanidad que también han representado ellas. Se trata de curar, de sanar al conjunto de la sociedad por una co-participación de todos en todos los valores. Pero no significa que las mujeres tengan que pasar a ser iguales a los hombres, precisamente en todo aquello que les hace enfermos. Se trata de buscar una curación del conjunto de la sociedad, participando tanto en los valores positivos como en los “negativos” porque estos también son profundamente humanos y sin ellos los varones no pueden ser suficientemente humanos. Se trata de reconquistar desde las dos partes la humanidad común. Porque las dos partes se tienen que curar aportándose mutuamente. También suenan voces sensatas de mujeres que dicen que se trata de algo que tenemos que hacer comúnmente, no en contra unos de otros, sino en diálogo y conversación, ayudándonos mutuamente.

Volviendo al tema de la conciencia del nosotros. Me parece que es el entorno de una familia donde un individuo, en condiciones normales, empieza a comprender esta conciencia.

El yo se constituye llamándose yo a sí mismo desde sí mismo, o puede ser constituido como individuo desde el tú, que alguien le llame tú, y así también se constituye como individuo, en una relación. Eso no termina de entrar, y eso que los movimientos progresistas y de izquierda son los que tanto han subrayado la relacionalidad y la comunicación como elemento constitutivo de la persona. La persona se constituye precisamente en sus relaciones sociales y no desde sí mismo para sí mismo. Pero luego nos encontramos con que escuchamos discursos como “mi cuerpo es mío”. Desde la progresía, defendiendo la propiedad privada de algo que ha nacido para la comunicación. Es un poco contradictorio y ahí hay un problema serio. ¿Hay un valor en las distintas formas de familia? Puede haberlo, ¿por qué no? Pero tenemos que ser todos conscientes, y esta es una gran enseñanza de la crítica a la modernidad del posmodernismo, de que la posmodernidad es el resultado de la acumulación de los efectos colaterales secundarios no queridos pero estructuralmente propios de lo que ha querido la propia modernidad. No son efectos colaterales como algo ajeno sino que si yo quiero la libertad del individuo, eso tiene su sombra. Y cada cosa que quiero tiene su sombra, y todas las sombras acumuladas al final ponen en cuestión lo que yo quiero. No nos damos cuenta de que todo lo que intenta el ser humano conlleva su propia sombra. Por tanto, ¿familias plurales? Sí. ¿Se va destruyendo la familia como núcleo de aprendizaje de lo que es la comunidad? También, como efecto colateral. Se gana en libertad, se pierde en otra cosa. Es imbécil creer que siempre se cumple lo que intentamos con la mejor intención del mundo en su exclusiva pureza. Siempre se cumple mezclado con su propia sombra, y hay que ser capaz de ver la pureza y la sombra, y la mezcla, y asumir la responsabilidad de todo eso.

El Papa Francisco habla de un cambio de época. ¿En qué lo percibe usted?

En la sociología americana ya se habló del cambio de prototipo de cultura en el paso del capitalismo productivo al capitalismo de consumo. Ahí es cuando se empieza a producir todo esto. El capitalismo productivo tenía valores de disciplina, familia, jerarquía, solidaridad, trabajo. Eran los valores de la gran era de oro del proletariado, con todos esos valores. En el capitalismo de consumo está el individuo de los valores sentimentales, subjetivos: yo desde mí mismo con mis propias emociones y deseos, que busco satisfacer y muchas veces no puedo y me frustro. Ese es el posmodernismo, roto en muchas identidades que pueden ser cambiantes, brutales, muy individuales unas veces, otras veces muy grupales, pero que cambian según los intereses en cada momento.

El estado nacional y la nación en sentido amplio ha caído en crisis después de las dos guerras mundiales y el estado de bienestar ha caído en crisis. Estos eran los que nos daban de alguna forma algún sentido del nosotros político. Los tres elementos que nos podían dar algún sentido de comunidad política están en crisis y ahora lo que tenemos es un caos bastante desordenado en el que es muy difícil volver a reconstruir algo. Destruir es muy fácil pero reconstruir estas cosas es una labor muy difícil que requiere mucho tiempo, y vivimos en tiempos que no tienen tiempo, porque todo pasa muy deprisa y el tiempo se nos escapa entre las manos, porque lo hemos destruido.

¿Este es el caldo de cultivo para los populismos?

Sí, pero es un caldo de cultivo que hace que los populismos puedan ser muy diversos, por una razón o por otra. Como el problema es muy caleidoscópico, también los populismos son muy caleidoscópico y las soluciones que plantean pueden ser caleidoscópicas. En ese sentido, creo que sería muy bueno atenerse a definiciones más serias y duraderas, que capten mejor el núcleo del problema.

¿Populismo no sería la palabra adecuada?

¿Qué es populismo? ¿El pueblo es malo, la referencia al pueblo es mala? ¿La democracia es mala? Porque la democracia es el poder del pueblo. El populismo es el poder del pueblo, recurrir al pueblo para legitimar el poder. Creo que hay que andar con cuidado. El populismo, como cualquier otro ismo, es peligroso cuando tiene la tendencia a convertirse en totalitarismo. Entonces, fijémonos en qué es lo que define el totalitarismo. Hay una definición de un historiador de las ideas sociales francés que me encanta y me encaja muy bien, y me sirve de orientación para no perderme en todos estos debates. Él define el totalitarismo como el momento en que las masas acceden al poder sin pasar por la democracia representativa del liberalismo, es decir, un acceso directo de las masas al poder. Eso lo utilizó él para poder definir el término totalitarismo como aplicable tanto al nazismo como al comunismo estalinista, y creo que es una definición muy buena. Las masas acceden al poder, pero sin pasar por el filtro de la reflexión, la discriminación en el sentido de establecer planteamientos de representación, que son lo que alumbra el liberalismo a través de la democracia representativa.

Pero estos populismos también pasan por las urnas y ganan elecciones.

El acceso de las masas al poder no significa no convocar elecciones. Convocar elecciones para pasar luego a través de la democracia representativa. Es distinto gobernar como régimen parlamentario representativo que gobernar a través de plebiscitos. Hay un problema, ¿seguimos con la austeridad o no? Todos a votar. Eso es el plebiscito, pero es eliminar la representación, porque eso se decide en el parlamento, a través de debate. Porque en el plebiscito no hay debate. Hay opinión pública pero nadie lo gobierna o todo el mundo lo maneja. El plebiscito ha sido siempre el instrumento más cuidado y querido de los dictadores, porque es muy fácil manipular la opinión pública y eliminar el debate. En cambio, la democracia representativa exige debate permanente, reflexión permanente, control permanente. Y eso es lo que hace que el acceso de las masas al poder sea filtrado a través de ese debate, de esa exigencia de reflexión, crítica, en la toma de decisiones. Si un partido político plantea como tendencia la eliminación de la representatividad en el sistema político y el recurso permanente a la calle, al plebiscito, ahí hay una tendencia al totalitarismo y hay que andar con cuidado. Si solo dice no sé qué montón de frases pero no plantea en modo alguno la eliminación del sistema representativo, sino que exige que siempre el recurso al pueblo a través del pueblo pase por el control de la democracia representativa, ya no hay tanta tendencia al totalitarismo. Ahí es donde yo personalmente me fijo, y los discursos tienen su valor, sí, pero hoy en día todos han perdido muchísimo porque todos sabemos cómo manipular el lenguaje y decir lo que queremos para esconder lo que realmente pensamos o queremos hacer. Hay que ver las propuestas prácticas, y creo que la clave está ahí, si se quiere o no eliminar el sistema representativo.

¿Podría explicar a qué se refiere cuando afirma que se ha perdido el concepto de normalidad?

Basta un estudio de 15 días en este mismo país, aunque en todos los países sucede lo mismo, y ver en los medios de comunicación escritos y en internet cuántas veces se repiten expresiones como “ni un paso atrás”, “no vamos a ceder en nada”, “conquistas irrenunciables”, “esto está prohibido”, “esto no se puede hacer”, “cordones sanitarios”… Todo está lleno de nuevas normas, normas incluso más obligatorias que las normas de situaciones que sí tenían concepto de normalidad claro previamente. Continuamente estamos creando normas pero las nuevas nos parecen libertarias y las anteriores no, pero estas libertarias vuelven a crear anatemas, heterodoxos, gente que está fuera de lo que yo defino como democracia. ¿Cuántas veces nos ha dicho, por poner un ejemplo, la vicepresidenta Carmen Calvo que los que no definen el feminismo como lo definimos nosotros está fuera de la democracia, porque feminismo es igual a democracia, nuestro feminismo? Está construyendo un montón de heterodoxos a los que expulsa de su iglesia, en nombre de abolir la normalidad. Nos olvidamos de que los seres humanos producimos siempre las dos cosas, lo bueno y lo malo. Además, al mismo tiempo. Y en este momento está pasando eso, se quiere abolir la normalidad. No hay normalidad, nadie se salva. Y la gente que vive circunstancias psicosociales de mayor inestabilidad puede producir situaciones increíbles. El pluralismo es como decir que no hay nada: el pluralismo familiar supone que cualquier cosa puede ser familia, y cualquier cosa puede ser no familia. Gente que para salvar su familia necesita algún referente queda vendida. Y todos necesitamos referentes.

¿Falta espacio para la reflexión?

Creo que vivimos en un momento en que la reflexión que requiere tiempo ha desaparecido. No da tiempo ni a respirar, vivimos en una carrera perpetua. Todos los días hay algo nuevo y si quieres estar al día, nunca estás a nada, porque mientras estás a algo ya ha aparecido algo nuevo. Es esa sensación de vaciedad absoluta, y la gente está perdida, a pesar de tener un buen trabajo, porque tiene que estar pendiente de lo nuevo, de esta nueva dieta, de este nuevo ejercicio, con tal cantidad de exigencias que no llega.

¿Cómo vivimos actualmente? Un niño se cae en un poco, ley va. Hay un secuestro de un niño, ley va. Hay una acusación de pederastia o una sentencia que no nos gusta, reforma del código penal. Legislamos a golpe de noticia, cada vez con más leyes y normas. Hay que parar un poco. La reflexión necesita tranquilidad. La reflexión sin tranquilidad, sin distancia respecto de los acontecimientos, no es reflexión. Hay simple reacción inmediata y son muchas las cosas que están creando la situación actual de incomodidad en muchísima gente, de huida hacia delante. Hace falta hacer algo que en mis tiempos se llamaba examen de conciencia.

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28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

Fernando de Haro

Las elecciones que se van a celebrar en España el próximo 28 de abril pondrán fin al ciclo que se inició con las celebradas en diciembre de 2015. O no. Los comicios de hace poco más de tres años tenían lugar en un país que había hecho un gran esfuerzo para responder a las crisis. Los recortes de Zapatero y las reformas de Rajoy habían dejado una sensación de cansancio y un distanciamiento de muchos electores de los dos partidos, PP y PSOE, que habían liderado la izquierda y la derecha durante décadas. El sufrimiento económico y social, la corrupción y el desencanto hicieron que muchos votantes, sobre todos los más jóvenes, buscaran otras opciones. Saltó por los aires el bipartidismo. Ni las nuevas ni las viejas formaciones estaban preparadas para afrontar una Cámara que necesitaba pactos. Los socialistas no dejaron gobernar al PP de Rajoy porque habían ido muy lejos en las críticas a la gestión de la crisis. Y la nueva izquierda, Podemos, no dejó gobernar al PSOE con los liberales de Ciudadanos. Impensable una gran coalición de socialistas y conservadores (aunque las coincidencias ideológicas son numerosas) en un país en el que el casticismo, la dialéctica del enemigo, domina la vida pública desde el año 2000. Prácticamente toda la clase política ha querido en este período instrumentalizar el desencanto y conducirlo hacia una creciente polarización que coloniza ideológicamente la experiencia social vivida durante la crisis. En lugar de destacar todas las energías positivas desplegadas, los partidos viejos y nuevos han favorecido una lectura de lo sucedido en términos de dialéctica de contrarios.

Hubo que repetir elecciones en 2016. Y esta vez los socialistas sí dejaron gobernar al centro derecha, pero Rajoy no supo entender que el Gobierno es más que gestión y que los casos de corrupción habían minado el crédito de su partido. Tampoco supo comprender y reaccionar ante el proceso secesionista en Cataluña. Y Sánchez, tras el éxito de su moción de censura, en lugar de convocar elecciones, decidió formar Gobierno. Era imposible acabar la legislatura por su escaso respaldo parlamentario y porque necesitaba el apoyo de los independentistas. Pero al líder de los socialistas le interesaba, sobre todo, utilizar la presidencia como herramienta de promoción personal para las siguientes elecciones.

Hace ocho meses era evidente que no existía la vía que solo Pedro Sánchez creía haber encontrado para conseguir el apoyo de los independentistas catalanes y no incumplir las mínimas reglas constitucionales. Desde el principio se sabía que el secesionismo no iba a renunciar a sus peticiones de máximos mientras no tuviera lugar el juicio y no hubiera sentencia sobre los doce líderes acusados por el intento de secesión. Si en algún momento hay solución política (que se debe explorar) a las pretensiones de independencia de la mitad de los catalanes, será después de que la sentencia sea firme.

28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro

El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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