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23 FEBRERO 2019
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Algo se esconde tras el apoyo de China y Rusia a Maduro

Mario Mauro | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
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En el momento más dramático de las protestas contra Maduro, elegido presidente de Venezuela después de unas elecciones declaradas irregulares por el grueso de la comunidad internacional y poco después de dar comienzo a su segundo mandato, Juan Guaidó, joven líder de la Asamblea nacional y casi desconocido líder de la oposición al gobierno, se autoproclamó presidente de la república bolivariana. Estados Unidos y muchos países de la OEA (Organización de Estados Americanos) lo han reconocido como presidente, Rusia y China apoyan a Maduro, y la UE se muestra favorable a un proceso democrático. El hecho es que las sangrientas tensiones que está viviendo este país pueden acabar en una guerra civil.

Maduro presidente es el fruto de las elecciones fraudulentas del 20 de mayo de 2018. Cuenta con el reconocimiento de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Rusia, China y Turquía. Auténticas dictaduras o países que han hecho evolucionar sus constituciones hacia la transformación del papel del presidente en un puesto vitalicio, aunque en Bolivia el intento ha fracasado.

Pero no son los únicos. También grupos terroristas como Hamás y Hezbolá han emitido dos comunicados oficiales declarando su apoyo al líder del Partito Socialista Unido de Venezuela (Psuv). Las organizaciones islamistas acusan al gobierno de Donald Trump de promover un “golpe de Estado” en Venezuela, omitiendo las irregularidades del proceso electoral que habría ganado Maduro.

Según Hamás, “el intento de Estados Unidos de organizar un golpe de Estado es una continuación de la política agresiva americana (…) y viola los principios democráticos y la libre voluntad del pueblo”. En su opinión, la postura estadounidense “representa una amenaza para la seguridad y estabilidad del mundo”.

El mismo tono utilizan las declaraciones de Hezbolá. En un comunicado difundido por la emisora libanesa Al-Manar, se lee que “todos saben que el objetivo de Estados Unidos no es defender la democracia y la libertad, sino apropiarse de los recursos del país y castigar a todos los estados que se oponen a la hegemonía estadounidense”.

El subcontinente latinoamericano, que hasta hace pocos meses era considerado un laboratorio de políticas progresistas, tiene ahora que afrontar una crisis política que corre el riesgo de convertirse en una matanza. Refiriéndose directamente al bolivarismo revolucionario, el ex líder venezolano Hugo Chávez promovió un tipo de socialismo, el “socialismo del siglo XXI”, basado en una exaltación de la democracia directa y en inversiones sociales masivas orientadas a la inclusión de las clases más desfavorecidas, a las que se asocia con una explícita postura anti-estadounidense y un proyecto pan-latinoamericano. Con la muerte de Chávez en 2013, un sucesor menos carismático, Nicolás Maduro, siguió gobernando Venezuela ante una creciente hostilidad interna e internacional. Guaidó, delfín de Leopoldo López, rival histórico de Chávez y líder del partido opositor Voluntad Popular, ha jurado la Constitución en Caracas, ante miles de personas, autoproclamándose presidente ad interim de la nación y ha invitado a las fuerzas armadas a comprometerse para “restablecer la Constitución”.

Desde el Palacio de Miraflores, Maduro ha calificado esta iniciativa del diputado opositor como un “golpe de Estado fascista”, exhortando a sus defensores a resistir contra el golpe orquestado, en su opinión, entre los muros de la Casa Blanca. Maduro también ha interrumpido sus relaciones diplomáticas con Washington y ha amenazado a los enviados estadounidenses presentes en Venezuela, dándoles pocas horas para abandonar el país.

Guaidó fue reconocido inmediatamente por la administración Trump y por Canadá, así como por el secretario general de la OEA, que engloba a 35 países. Aunque tal reconocimiento era previsible por parte de países como Brasil y Argentina, era menos obvia la legitimación de Guaidó por parte de Ecuador, país cercano al proyecto “Socialismo del siglo XXI” hasta hace unos meses. La UE, después de asignar su premio Sajarov por la libertad de expresión a la oposición venezolana, ha declarado su apoyo a la Asamblea Nacional y al presidente Guaidó.

El apoyo de la mayoría de los países de América Latina a Guaidó es un claro testimonio del aislamiento regional en que se encuentra Maduro. Con el fin de ciclo de la izquierda latina, culminado con el triunfo de Bolsonaro, Sudamérica gira hacia la derecha. Y en el continente ya no están dispuestos a hacer concesiones a la dictadura que empezó con Chávez y con cuyos aparatos de seguridad yo mismo he tenido, junto con el exministro español de Interior Jaime Mayor Oreja, duros enfrentamientos en Venezuela en 2010, cuando la oposición empezaba a asomar la cabeza en busca de la solidaridad del Parlamento europeo. Entonces, los países sudamericanos callaban.

Pero si Maduro ya no puede contar con amigos en los ejecutivos de América Latina, aparte de estados marginales como Bolivia y Nicaragua, grandes potencias como China, Rusia y Turquía no han dudado en cambio en criticar las interferencias estadounidenses en Caracas y confirmar su apoyo al presidente electo. La no alineación del gobierno de Maduro respecto a EE.UU tiene una relevancia económica y geopolítica muy relevante para Pekín y Moscú, que temen perder a un valioso aliado en el caso de que el presidente cayera.

La economía de Venezuela se ha precipitado al abismo. Las catastróficas políticas de Maduro han empeorado aún más la situación. Para intentar mantener su apoyo, el presidente ha seguido promoviendo políticas de asistencialismo social, financiándolas con dinero del déficit público, llevando así al régimen a una hiperinflación que está destruyendo la economía real venezolana. Además, la administración Trump aprobó en 2017 sanciones económicas que han golpeado directamente a la economía de Caracas.

El gobierno de Guaidó no controla de momento ningún aparato estatal, aparte de la Asamblea Nacional, y ni siquiera contaría con el apoyo de los altos oficiales del ejército. Sin el apoyo de una parte consistente de las fuerzas armadas, Guaidó, que ha garantizado la inmunidad a los militares que se unan a él, difícilmente podrá consolidar la transición democrática en su país.

¿Pero por qué China, Rusia y Turquía se ponen del lado de Maduro a pesar de un escenario tan precario? En medio tenemos la controvertida reelección: sigue en el poder gracias a votos cambiados, fraudulentos y una abstención de récord; luego están las estrategias del presidente para mantener el poder, con casos de corrupción en el ejército, gestión de tráfico ilegal y una población extenuada por la crisis, “sin tiempo ni energía para resistir”; y por último, las reivindicaciones de los venezolanos, según los sondeos favorables en el 63% de los casos “a una solución negociada para destituir a Maduro”.

El pasado mes de septiembre, el presidente venezolano en persona voló a Pekín para reunirse con los líderes del Partido Comunista, el ministro de Finanzas Simón Zerpa anunció una “gran alianza con China” y las acciones de la compañía estatal Petróleos de Venezuela alcanzaron rendimientos del 22,4%. Los analistas consideraron mientras tanto que el gigante asiático ya había concedido a Venezuela préstamos por 70.000 millones de dólares, la mayor parte de los cuales a cambio de petróleo.

Recientemente, Venezuela y Turquía firmaron acuerdos de cooperación en sectores como la industria minera, las infraestructuras, la defensa, la ayuda humanitaria, hasta el punto de que, según algunos expertos, las ayudas garantizadas por Erdogan “proporcionarían un ancla de salvación a un estado que de otro modo habría colapsado”. Más allá de las similitudes en la experiencia y en la retórica de ambos líderes, los dos se beneficiaron de la colaboración. Las ventajas para Venezuela son obvias, para los turcos son sobre todo las enormes reservas de oro de su aliado y una mayor influencia internacional.

Tras años de esfuerzos y miles de millones de dólares para transformar Venezuela en uno de sus aliados más estrechos en el hemisferio occidental, ahora la inversión de Rusia podría convertirse en humo. El primer ministro ruso Medvedev ha definido lo que está pasando en Caracas como un “cuasi golpe de Estado”. Según Anton Troianovski, la indignación abanderada por Moscú oculta una realidad incómoda: la apuesta multimillonaria por la construcción de la influencia rusa en América Latina, que ahora corre peligro.

Y es que a nivel ideológico, la izquierda latina ha dejado de guiar Sudamérica. La victoria de Chávez en las presidenciales venezolanas de 1998 inauguró el inicio de una afortunada etapa para la izquierda latina, dominadora indiscutible de la escena política regional hasta 2010. Los gobiernos de Lula y Roussef en Brasil, Chávez en Venezuela, Lagos y Bachelet en Chile, los Kirchner en Argentina, Zelaya en Honduras, Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, Lugo en Paraguay, Funes en el Salvador y Humala en Perú han sido expresiones diversas de la variopinta izquierda sudamericana. A pesar de sus numerosas divergencias, especialmente en materia de política económica, han representado la respuesta endógena de los pueblos latinos a los altos niveles de desigualdad interna y a la esperanza de una mayor justicia social. Pero el poder de los partidos de izquierda en la región se ha ido desmoronando lentamente con derrotas electorales, escándalos y crisis económicas. Hoy, la ruinosa caída de la izquierda latina puede verse imputada al fracaso de la promesa de renovación que hicieron aquellos partidos, o al natural curso de la alternancia cíclica en democracia.

Definir qué es una política de “izquierdas” es especialmente complejo, cuando no un fútil ejercicio retórico. En la poliédrica experiencia de la izquierda latina, la raíz común se puede identificar con la promesa de combatir la pobreza y la desigualdad a través de una distribución más equitativa de la riqueza producida por el crecimiento económico. La esperanza que ha alimentado el consenso era que los gobiernos de izquierda utilizaran el Estado como instrumento político para garantizar un techo, comida, sanidad, seguridad, educación y oportunidades a cualquier miembro de la sociedad. Entre esperanzas defraudadas y un cambio real, hay que preguntarse entonces cuál es la herencia que esa época dorada ha dejado en el continente sudamericano.

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28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

Fernando de Haro

Las elecciones que se van a celebrar en España el próximo 28 de abril pondrán fin al ciclo que se inició con las celebradas en diciembre de 2015. O no. Los comicios de hace poco más de tres años tenían lugar en un país que había hecho un gran esfuerzo para responder a las crisis. Los recortes de Zapatero y las reformas de Rajoy habían dejado una sensación de cansancio y un distanciamiento de muchos electores de los dos partidos, PP y PSOE, que habían liderado la izquierda y la derecha durante décadas. El sufrimiento económico y social, la corrupción y el desencanto hicieron que muchos votantes, sobre todos los más jóvenes, buscaran otras opciones. Saltó por los aires el bipartidismo. Ni las nuevas ni las viejas formaciones estaban preparadas para afrontar una Cámara que necesitaba pactos. Los socialistas no dejaron gobernar al PP de Rajoy porque habían ido muy lejos en las críticas a la gestión de la crisis. Y la nueva izquierda, Podemos, no dejó gobernar al PSOE con los liberales de Ciudadanos. Impensable una gran coalición de socialistas y conservadores (aunque las coincidencias ideológicas son numerosas) en un país en el que el casticismo, la dialéctica del enemigo, domina la vida pública desde el año 2000. Prácticamente toda la clase política ha querido en este período instrumentalizar el desencanto y conducirlo hacia una creciente polarización que coloniza ideológicamente la experiencia social vivida durante la crisis. En lugar de destacar todas las energías positivas desplegadas, los partidos viejos y nuevos han favorecido una lectura de lo sucedido en términos de dialéctica de contrarios.

Hubo que repetir elecciones en 2016. Y esta vez los socialistas sí dejaron gobernar al centro derecha, pero Rajoy no supo entender que el Gobierno es más que gestión y que los casos de corrupción habían minado el crédito de su partido. Tampoco supo comprender y reaccionar ante el proceso secesionista en Cataluña. Y Sánchez, tras el éxito de su moción de censura, en lugar de convocar elecciones, decidió formar Gobierno. Era imposible acabar la legislatura por su escaso respaldo parlamentario y porque necesitaba el apoyo de los independentistas. Pero al líder de los socialistas le interesaba, sobre todo, utilizar la presidencia como herramienta de promoción personal para las siguientes elecciones.

Hace ocho meses era evidente que no existía la vía que solo Pedro Sánchez creía haber encontrado para conseguir el apoyo de los independentistas catalanes y no incumplir las mínimas reglas constitucionales. Desde el principio se sabía que el secesionismo no iba a renunciar a sus peticiones de máximos mientras no tuviera lugar el juicio y no hubiera sentencia sobre los doce líderes acusados por el intento de secesión. Si en algún momento hay solución política (que se debe explorar) a las pretensiones de independencia de la mitad de los catalanes, será después de que la sentencia sea firme.

28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro

El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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