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22 MAYO 2019
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La pérdida y la espera

Elena Santa María | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Poco a poco todo vuelve a la normalidad, pero la búsqueda y el posterior hallazgo del cuerpecito de Julen puso España patas arriba. Son muchos los que escribieron sobre lo que sucedió en esos días de rescate. Xavier Vidal-Folch escribió en El País que el rescate se hizo porque "tratando de rescatar lo imposible, esta sociedad por tantas cosas apurada pugnó por reencontrarse consigo misma, con sus valores elementales, la vida, la solidaridad frente al infortunio. Así, a todos los que no le conocíamos nos hizo mejores. A todos puso en disposición de alerta gratuita. Más importante que todo lo anterior. En el trato a Julen ha predominado lo mejor de la cultura obrera (que declina) de este país. La silenciosa sobriedad de los mineros asturianos. La disposición indómita de ingenieros y guardias. La habilidad técnico-industrial de los constructores de la caja metálica de salvamento. La cocina cotidiana de las mujeres del pueblo, ofreciendo antes que preguntando. Todos los que trabajaron perdiendo dinero, simplemente, porque había que hacerlo".

Pero tras el esfuerzo vino el hallazgo, y con él el silencio. También en El País, Félix de Azúa hablaba así de la muerte de un niño. "Toda pérdida es temible, pero la de un niño espanta en grado sumo. Es como si nos robaran la huella que debemos dejar por unos pocos años en este mundo. La sola memoria real a la que podemos aspirar. La pérdida de un niño es la experiencia más radical de la muerte. Puede morir un pariente o un respetado ciudadano y se le llora un tiempo, pero la muerte de un niño nos destruye hasta el tuétano, es una visión demasiado pavorosa de la fragilidad de nuestra condición. Basta doblar una esquina y la lluvia negra nos devora. Hace poco se publicó la fotografía de un niño ahogado tras el naufragio de una balsa. Estaba de rodillas y con los bracitos a lo largo del cuerpo, la cara hundida en la arena. No hay imagen más espantosa. Produce un miedo supremo ante la voracidad de la nada".

En una entrevista para ABC, Fernando Savater reconoce cuatro años después de haber perdido a su mujer que "el sufrimiento es permanente. Lloro a Sara todos los días, lo mismo en el primero que hoy. En eso no he cambiado en absoluto" y que "lo peor es descubrir que nada se derrumba después de la hecatombe, que mañana habrá otro amanecer y sus ojos no estarán para gozarlo. Lo peor es ver que los días se dilatan en su ausencia, y que no hay dolor que pare el tiempo".

Frente a esos "días que se dilatan en ausencia", y también frente a esos 11 días que todo el país estuvo pendiente de Julen, María Jesús Espinosa de los Monteros rescata el ensayo de Andrea Köhler que se llama "El tiempo regalado. Un ensayo sobre la espera". En él la autora dice que "esperar es una lata. Y, sin embargo, es lo único que nos hace experimentar el roer del tiempo y sus promesas". Y añade Espinosa: "La espera es promesa y cuando ésta se cumple, una ve el mundo de otro modo, se reconcilia con él. Esperar que un libro anhelado llegue a tu librería abona la idea de la promesa; esperar parar saborear buenas naranjas en invierno y delicioso melón en verano reconforta; masticar ideas a propósito de un tema complejo y digerirlas lentamente supone la conquista de una opinión propia. En tiempos de Tinder, desafiar su lema más famoso –Swipe life (deslizar la vida)– y esperar a que un amor se despliegue con lentitud y parsimonia, como si los segundos pudieran estirarse, es una auténtica victoria". ¿Lo será también para los padres de Julen, para los de aquel niño en la arena y para Savater?

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