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19 FEBRERO 2019
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Julen, los medios y la educación

José Luis Rodríguez Torrego | 0 comentarios valoración: 2  21 votos
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En las últimas semanas las columnas de los periódicos se han llenado de juicios de valor sobre el comportamiento de los medios durante el rescate del pequeño Julen, en los que se sostienen posiciones discrepantes sobre el tratamiento que se ha dado a la noticia. Unos afirman que, en líneas generales, este tratamiento ha sido adecuado y razonable, mientras que otros consideran que la información se ha convertido en puro espectáculo. Resulta curiosa la transversalidad de las opiniones de los columnistas, que se han agrupado en posiciones contrarias sin atender a los criterios ideológicos que a menudo presiden sus textos.

Uno se pregunta por qué se da esta gran diferencia de percepción en un tema sobre el que no pesa el condicionamiento ideológico que habitualmente lastra la opinión pública. Y hablo de percepción porque el material con el que se han confeccionado estos juicios se reduce –inevitablemente– a impresiones. Estas opiniones no hacen referencia a estudios realizados sobre el tratamiento mediático de la noticia de Julen, en los que se establezca qué medios analizar, con qué metodología, y a qué criterios éticos apelar para juzgar los distintos comportamientos, o para llegar a una conclusión general.

De entrada, parece razonable hacerse preguntas previas sobre lo publicado del caso: ¿hablamos solo de lo que se ha visto en medios tradicionales o incluimos el último tuit descerebrado de nuestro timeline, o incluso el hoax que nos llega por whatsapp? ¿Nos limitamos a considerar el contenido de los informativos y de la prensa, o metemos en el saco a las tertulias con las que televisiones y radios llenan horas de programación a un coste asumible? La propia definición de medio de comunicación es, en la época de la sociedad red, una cuestión abierta.

En estas críticas a la prensa (curiosamente publicadas por los propios periódicos) resuena la antigua cuestión de la construcción de las noticias por parte de los medios de comunicación, y también las teorías pesimistas –que Umberto Eco llamaba “apocalípticas”– sobre la cultura y la incapacidad de los receptores de los mensajes de sustraerse a la influencia de los medios: Lippmann, Young, Lasswell, y otros, a los que se incorporan perspectivas más actuales que añaden como factor la irrupción de las nuevas tecnologías. Preocupaciones y simpatías de autores solventes como Bauman, Habermas o Castells, o de personajes dudosos como el anti-tecnológico Harari (una especie de Unabomber inconsecuente, pacífico y vegano).

Un término al que los articulistas con visión más crítica han recurrido es el de “bombardeo”: habríamos asistido a un exceso de información sobre la operación de rescate de Julen, narrada al minuto como si se tratara de un evento deportivo, cuyos huecos se habrían rellenado artificialmente con opiniones de expertos, a veces insulsas o poco relevantes. Esto habría generado una psicosis colectiva, con una sobreatención a la noticia por parte del público, pendiente en todo momento de la última hora de lo que estaba sucediendo. La conclusión implícita de esta crítica es que los medios habrían hecho caja con el dolor ajeno. Curiosamente, varios columnistas han echado mano de la misma referencia cultural, “El gran carnaval”. Con bastante mala fortuna, puesto que en la película de Billy Wilder el rescate de un accidentado en una cueva se va retrasando para poder mantener activo un show mediático que da beneficios a la población cercana. En nuestro caso, parece que nadie sensato esté cuestionando el impecable trabajo de los equipos de rescate.

Lo cierto es que sí hemos estado atentos, al minuto, a lo que sucedía. Y algunos, de buena fe, nos recuerdan la cantidad de niños que mueren a diario en circunstancias dramáticas en tantas partes del mundo. Pero ¿se puede demonizar que tantas personas esperaran que sucediera lo imposible, el milagro? ¿Es justo criticar una concepción de la dignidad humana que impulsa a un país a desear entregar a sus padres el cuerpo de su hijo, a cualquier precio y cuanto antes? No creo que estas ideas se hayan pergeñado en las mentes de los gatekeepers que deciden lo que vemos o no en el telediario, sino en el corazón y en la razón de los espectadores. Y, en cualquier caso, la agenda setting es inexorable: la alternativa a esta onmipresencia del rescate de Julen tal vez habría sido una sobredosis de detalles –posiblemente más morbosos– de la crisis de Podemos, de Venezuela o del Brexit. Los medios no muestran nunca espacios vacíos por ausencia de noticias.

Si uno analiza las portadas de los periódicos –el medio tradicional por excelencia– de las semanas del rescate, se puede hablar con objetividad de moderación en el tratamiento informativo del accidente del pequeño Julen. Puedo además afirmar que las dos cadenas de televisión en las que yo veo informativos se han movido también con prudencia. Lo que no quita que en otros medios (o en otros espacios de los mismos) puede haber existido mala praxis. Precisamente por ello, si tenemos sensación de haber asistido a un circo mediático, es esencial que nos preguntemos qué medios estamos siguiendo: qué periódicos, cadenas y qué programas vemos, y qué fiabilidad atribuimos al whatsapp que nos llega en el chat de grupo, o al tuit que da la versión originalísima sobre lo que está pasando, generalmente tan burda que no llega a la categoría de fake news. En el fondo, debemos preguntarnos qué entendemos por información y a quién permitimos la construcción de nuestra visión de la realidad.

Gregorio Luri dice que información y conocimiento no coinciden. De la problemática del acceso al conocimiento de otras décadas hemos pasado al drama de la selección de la información: ya no conoce la realidad quien accede a la información sino quien tiene capacidad y posibilidad de seleccionarla. Esto implica modificar nuestra actitud receptora, que debe incorporar razón, visión crítica, identificación del emisor, trabajo de selección, criterios para reconocer la información fiable, y uso del libre albedrío (ese que niegan Harari y los deterministas de nuevo y viejo cuño) para rechazar algunos inputs. No se trata de convertirnos en anacoretas digitales, retirados de todos aquellos canales donde la libertad permite la sana y, en ocasiones, ácida discrepancia, sino de saber dónde estamos, de dónde venimos y quién nos habla.

No hacer este trabajo personal nos deja como al hombre masa de Ortega y Gasset, peleles a merced de cualquier apretón mediático, potenciado ahora por redes sociales y big data. Este es, en definitiva, un grave problema educativo. Y no solo afecta a los jóvenes, sino a todos nosotros, adultos resabiados. A mi juicio, esta educación en la selección de información es uno de los principales retos de la escuela y de la sociedad en este inicio de siglo, y cabe preguntarse –como padres, alumnos, educadores y ciudadanos libres– qué pensamos hacer al respecto.

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28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

Fernando de Haro

Las elecciones que se van a celebrar en España el próximo 28 de abril pondrán fin al ciclo que se inició con las celebradas en diciembre de 2015. O no. Los comicios de hace poco más de tres años tenían lugar en un país que había hecho un gran esfuerzo para responder a las crisis. Los recortes de Zapatero y las reformas de Rajoy habían dejado una sensación de cansancio y un distanciamiento de muchos electores de los dos partidos, PP y PSOE, que habían liderado la izquierda y la derecha durante décadas. El sufrimiento económico y social, la corrupción y el desencanto hicieron que muchos votantes, sobre todos los más jóvenes, buscaran otras opciones. Saltó por los aires el bipartidismo. Ni las nuevas ni las viejas formaciones estaban preparadas para afrontar una Cámara que necesitaba pactos. Los socialistas no dejaron gobernar al PP de Rajoy porque habían ido muy lejos en las críticas a la gestión de la crisis. Y la nueva izquierda, Podemos, no dejó gobernar al PSOE con los liberales de Ciudadanos. Impensable una gran coalición de socialistas y conservadores (aunque las coincidencias ideológicas son numerosas) en un país en el que el casticismo, la dialéctica del enemigo, domina la vida pública desde el año 2000. Prácticamente toda la clase política ha querido en este período instrumentalizar el desencanto y conducirlo hacia una creciente polarización que coloniza ideológicamente la experiencia social vivida durante la crisis. En lugar de destacar todas las energías positivas desplegadas, los partidos viejos y nuevos han favorecido una lectura de lo sucedido en términos de dialéctica de contrarios.

Hubo que repetir elecciones en 2016. Y esta vez los socialistas sí dejaron gobernar al centro derecha, pero Rajoy no supo entender que el Gobierno es más que gestión y que los casos de corrupción habían minado el crédito de su partido. Tampoco supo comprender y reaccionar ante el proceso secesionista en Cataluña. Y Sánchez, tras el éxito de su moción de censura, en lugar de convocar elecciones, decidió formar Gobierno. Era imposible acabar la legislatura por su escaso respaldo parlamentario y porque necesitaba el apoyo de los independentistas. Pero al líder de los socialistas le interesaba, sobre todo, utilizar la presidencia como herramienta de promoción personal para las siguientes elecciones.

Hace ocho meses era evidente que no existía la vía que solo Pedro Sánchez creía haber encontrado para conseguir el apoyo de los independentistas catalanes y no incumplir las mínimas reglas constitucionales. Desde el principio se sabía que el secesionismo no iba a renunciar a sus peticiones de máximos mientras no tuviera lugar el juicio y no hubiera sentencia sobre los doce líderes acusados por el intento de secesión. Si en algún momento hay solución política (que se debe explorar) a las pretensiones de independencia de la mitad de los catalanes, será después de que la sentencia sea firme.

28 de abril, no solo un cambio de Gobierno

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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro

El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 13 comentarios valoración: 2  3491 votos

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