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23 FEBRERO 2019
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Ciudadanos, pero ¿de qué ciudad?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  29 votos
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El documento de Abu Dabi, dedicado a la fraternidad humana y firmado por el gran imán del Al Azhar y el Papa, da un paso más en la exploración de qué puede significar para la comunidad islámica el concepto de ciudadanía. Un avance que llega, curiosamente, desde el suelo más sagrado de los musulmanes (la Península Arábiga), cuando no han transcurrido aún cinco años de que cierta facción del sunismo proclamara un nuevo califato (con el proyecto de imponer una sanguinaria y falsa interpretación de la sharía). El islam se abre a la idea de una comunidad, que puede servir de referencia para las diversas pertenencias sociales y religiosas, mientras paradójicamente en Occidente el sentido del nosotros se diluye por identidades que casi absolutizan lo particular (género, religión, lengua, etnia, etc).

La defensa de la libertad religiosa, la condena del uso de la religión para justificar el terrorismo, y el compromiso “para establecer en nuestra sociedad el concepto de plena ciudadanía y de renunciar al uso discriminatorio de la palabra minorías” que contiene el documento de Abu Dabi llegan en un momento de especial tensión en Oriente Próximo. El abandono de las tropas de Estados Unidos de Siria resucita en el mundo sunní el miedo a una extensión de la influencia chiita. Puede completarse el arco que va desde Teherán al Mediterráneo (con el apoyo del Gobierno de Iraq, del régimen de Bachar al Asad que ha ganado la Guerra de Siria y de Hezbolá en Líbano). Fue ese miedo el que llevó a cierta parte del mundo sunní del Golfo Pérsico a apoyar la creación del Daesh. La hegemonía sunní está más condicionada que nunca, la política errática de Mohamed bin Salmán al frente de Arabia Saudí, la guerra de Yemen y el enfrentamiento entre Qatar y la casa de Saud son ingredientes más que suficientes para que el salafismo, la corriente más inmovilista del sunismo, se impusiera como única referencia. Por eso el texto de Abu Dabi, con su apertura, es especialmente significativo.

Un occidental cuando lee la expresión “plena ciudadanía” difícilmente comprende el valor que tienen esas dos palabras en los países de mayoría musulmana. Olivier Roy ha dejado claro que en la historia del islam no existe, como a menudo se piensa, una identificación absoluta entre la comunidad política y la comunidad religiosa (la separación ya apareció en el califato Omeya). Pero en el islam, cuando hay que afrontar el problema del estatus de aquellos miembros de la comunidad política que no son musulmanes, se toma como referencia la Constitución de Medina dada por Mahoma en el 622 y el documento del segundo califa, Omar, dictado en el 637 tras la toma de Jerusalén. Y la interpretación más extendida de los dos textos establece para los dhimmi (cristianos y judíos) un régimen de tolerancia basado en una condición de súbdito de segunda categoría que no goza de plenitud de derechos.

Históricamente el panarabismo de mitad del siglo XX, la revolución de Nasser y el baazismo (determinante al menos durante un período en el Iraq de Sadam y en la Siria de los Asad) suponía una superación de la condición de los dhimmi. Pero el giro de Sadat en Egipto, la influencia del salafismo del Golfo y el triunfo de la revolución en Irán (todo ello en la década de los 70) clausura la apertura hacia la idea de una ciudadanía igualitaria.

El documento de Abu Dabi no cae del cielo. Tras la proclamación del califato por el Daesh en 2014, los Emiratos Árabes Unidos crearon un Foro para la Promoción de la Paz en la Sociedad Musulmana y un Consejo de Sabios Musulmanes que han servido de contrapeso a las posiciones yihadistas. Estas dos instituciones están muy vinculadas a la mezquita de Al-Azhar, gran referente del mundo sunní, y están conectados con los organizadores de la Conferencia de Marrakech de 2016 y la Conferencia del Cairo de 2017, celebrada antes de la llegada del Papa a Egipto. En la Conferencia de Marrakech se habló de la necesidad de apostar por la ciudanía. El documento que salió de la Conferencia del Cairo fue una gran novedad. Hizo una reinterpretación de la Constitución de Medina en clave ciudadana. Según explican algunos expertos, la declaración egipcia reconoció que todos los miembros de un país “forman una sola umma” (comunidad). El término umma es tradicionalmente utilizado en el islam para referirse a la comunidad religiosa y no a la política.

Queda mucho por avanzar hasta que estos textos sirvan de referencia en la predicación diaria de los ulemas. Veremos qué desarrollo tienen. En cualquier caso, son un marco doctrinal que viene en ayuda del islam de Europa que, bajo el paraguas de una ciudadanía anclada en la tradición de Mahoma, puede comprenderse no como islam en Europa (como una minoría que no puede participar en la ciudad común) sino como islam europeo (identidad religiosa que no supone un hándicap para ser plenamente ciudadano).

La paradoja es que mientras el islam se abre a un “nosotros común”, el Estado liberal occidental se hace incapaz de mantener en pie un proyecto de comunidad cívica. El Estado liberal basado en ciudadanos libres e iguales, gracias a la tutela de derechos subjetivos, no nos mantiene juntos. Los valores tácitamente reconocidos por todos han desaparecido. Las identidades se fragmentan y se hacen conflictivas. Parece que la única ciudad común en pie es la de los contactos informales en la que es posible reconocerse y compararse. Ese es el éxito de películas como Green Book.

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