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23 AGOSTO 2019
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800 años después, un nuevo abrazo y un compromiso de paz

Andrea Tornielli | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Ochocientos años después del encuentro entre Francisco de Asís y el sultán Malik Al-Kamil, el Papa que lleva el nombre del santo se ha presentado ante los “hermanos musulmanes” como un “creyente sediento de paz”. Junto al gran imán de Al-Azhar ha firmado una declaración llamada a marcar no solo la historia de las relaciones entre el cristianismo y el islam sino también la propia historia del mundo islámico.

El papa Francisco, inventor de la expresión “guerra mundial a trozos”, se inserta con este viaje y con este gesto en el camino trazado por sus predecesores dando un paso más. Ya san Juan Pablo II, desde el encuentro de Asís de 1986 –cuando pesaba sobre el mundo la amenaza nuclear que lamentablemente vuelve a cernirse sobre nosotros–, implicó a los líderes religiosos para destacar cómo los credos más distintos deben promover la paz, la convivencia, la fraternidad. Después del 11 de septiembre de 2001, cuando el fundamentalismo terrorista se introdujo perturbadoramente en el escenario internacional, el anciano pontífice polaco hizo todos los esfuerzos posibles para borrar cualquier justificación religiosa que abusara del nombre de Dios para explicar actos de violencia, terrorismo, asesinato de hombres, mujeres y niños inocentes. Por este mismo camino avanzó también Benedicto XVI durante todo su pontificado. En septiembre de 2006 el papa Ratzinger decía a los líderes de los países musulmanes que “hace falta que, fieles a las enseñanzas de sus respectivas tradiciones religiosas, cristianos y musulmanes aprendan a trabajar juntos, como ya sucede en varias experiencias comunes, para evitar toda forma de intolerancia y oponerse a cualquier manifestación violenta”.

Ahora el papa Francisco ha firmado un documento donde no solo se rechaza con contundencia cualquier justificación de la violencia cometida en nombre de Dios, sino donde se hacen afirmaciones importantes y vinculantes que afectan al islam y a algunas de sus interpretaciones. Destacan a este respecto las palabras que piden respeto a los creyentes de credos distintos, la condena de toda discriminación, la necesidad de proteger todos los lugares de culto y el derecho a la libertad religiosa, así como el reconocimiento de los derechos de las mujeres. También es significativo cómo subraya una de las raíces más profundas del terrorismo nihilista, que toma su origen de las interpretaciones erróneas de los textos religiosos, pero también de un “deterioro de la ética, que condiciona la acción internacional, y un debilitamiento de los valores espirituales y del sentido de responsabilidad”. Elementos que favorecen la frustración y la desesperación, “llevando a muchos a caer o en la vorágine del extremismo ateo o agnóstico, o bien en el fundamentalismo religioso, en el extremismo o en el integrismo ciego”. Occidente y Oriente, creyentes de religiones distintas que se miran mutuamente como hermanos –declaran el obispo de Roma y el gran imán de Al-Azhar– pueden ayudarse recíprocamente para tratar de evitar que la guerra mundial a trozos estalle con toda su potencia destructiva.

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