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21 AGOSTO 2019
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>Entrevista a Jürgen Habermas

"Querida Europa, recupera tu alma o morirás populista"

Isabelle Aubert y Jean-François Kervégan | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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La lección de los clásicos, desde Platón hasta Kant. El vínculo indisoluble entre la política y el derecho. La lucha contra las desigualdades como dique frente al extremismo. El filósofo repasa los grandes retos a los que debe hacer frente la UE en la actualidad.

En sus trabajos, usted da una importancia considerable a los clásicos (Kant, Hegel, Marx, pero también a Durkheim, Weber, Adorno, Mead...) y a la historia de la filosofía, pero eso ya no es muy común entre los filósofos contemporáneos.

Hans-Georg Gadamer explicó el calificativo “clásico”, que utilizamos también para esos pensadores que han instituido una tradición en la historia de la filosofía. Gracias a sus obras, estos filósofos siguen siendo contemporáneos, tanto para las generaciones siguientes como para nosotros. Por eso, no solo nosotros gozamos del privilegio de poder disfrutar en cierta medida de manera sistemática del contenido sustancial de las intuiciones innovadoras contenidas en sus escritos –yendo más allá de la interpretación que puede darse desde el punto de vista histórico–, sino que también tenemos el derecho de comportarnos así. Siempre hemos leído a Platón como un analista de conceptos. Fue el primero en desarrollar un concepto de los conceptos e identificó en el análisis conceptual la vía maestra de la filosofía. Un ejemplo más cercano lo tenemos en Kant que, con la noción de “autonomía”, introdujo un concepto completamente nuevo de libertad de la voluntad.

Aunque usted ya ha hablado mucho de esto, nos interesa volver a la importancia creciente que atribuye usted al derecho en su reflexión crítica sobre la sociedad.

Desde el principio, desde la “Historia y crítica de la opinión pública”, me interesan las tensiones existentes entre el Estado constitucional democrático y el capitalismo, y la contradicción entre los principios básicos que rigen su respectivo funcionamiento. Esto explica también el interés que he ido madurando por la filosofía del derecho de Hegel, por la historia del derecho natural y por la confrontación entre las dos revoluciones constitucionales del siglo XVIII.

¿Cómo concibe actualmente la relación entre derecho y política, y en consecuencia entre filosofía del derecho y filosofía política?

No veo ninguna alternativa al cuerpo de principios del Estado social democráticamente constituido. Pero actualmente nuestras instituciones democráticas son cada vez más una pura fachada para adaptar el Estado nacional a los imperativos del mercado mundial. En una sociedad cada vez más fragmentada políticamente pero altamente integrada a nivel económico, no disponemos de organizaciones que puedan compensar esta diferencia y combinar por tanto la capacidad de acción y control democráticos. Hoy faltan las premisas mínimas para la formación de regímenes políticos más amplios y mejor dispuestos para cooperar, capaces de domar los mercados financieros no regulados a escala mundial con el fin de disminuir las desigualdades sociales patentes que existen en el seno de las sociedades nacionales, pero sobre todo entre estados y continentes.

¿Cómo puede situarse la teoría crítica respecto a los estudios post-coloniales? ¿Está siendo víctima de un etnocentrismo occidental?

No cabe ninguna duda de que la teoría crítica precedente así como el marxismo occidental en su conjunto han sido más o menos ciegos a este respecto. Ya participé en el debate sobre el deconstructivismo, la crítica legítima al colonialismo bárbaro y su gruesa visión eurocentrista del mundo. ¿Qué hace falta revisar? Sin lugar a dudas, la aplicación increíblemente selectiva de los presuntos criterios universales de Occidente. ¿Pero también hay que revisar los criterios del universalismo occidental propios de la razón? ¿Por ejemplo, conceptos como los derechos del hombre y la evolución social? No son preguntas fáciles de responder.

La situación actual y el futuro de la Unión Europea son temas calientes que preocupan mucho. La crisis migratoria es una de las cuestiones sociales y políticas cruciales a nivel europeo. Por un lado, esta situación refuerza las tensiones sociales, alimentando movimientos nacionalistas radicales, por otro da la impresión de que la tendencia a cerrar las fronteras de la UE hace que los países miembros contradigan ciertos principios universales y humanistas de la Carta Europea de derechos fundamentales (dignidad, libertad, igualdad, solidaridad).

Sí, me parece vergonzoso el carácter glacial de las últimas decisiones en materia de política del derecho de asilo, considerando el hecho histórico de que los flujos migratorios procedentes del sur y de Oriente Próximo también son consecuencia de nuestras propias culpas, de una descolonización fallida. ¿Podemos seguir mirándonos en el espejo sin avergonzarnos por las tragedias que suceden en el Mediterráneo y que nosotros dejamos que sucedan en ausencia de voluntad de crear una cooperación? Bien entendido, abrir sencillamente las puertas a todos los refugiados no es posible pero, a falta de una política de asilo común a todos los Estados europeos, que hasta ahora ha fracasado por la falta de voluntad de los Estados para ponerse de acuerdo sobre un criterio de reparto, sería necesario modificar radicalmente y juntos nuestra política respecto a los países de procedencia de los refugiados, en primer lugar por lo que se refiere a nuestra política económica.

La cacofonía reinante a propósito de la gestión de la acogida de migrantes y sobre todo la política de cada vez más devoluciones en la frontera, ¿no pone en peligro la base democrática de Europa más de lo que pensamos? ¿No hay que temer una crisis de legitimidad de la UE que podría generar, con un efecto avalancha, crisis en las democracias nacionales?

Estoy de acuerdo, con una pequeña reserva. Desde siempre la UE sufre una falta de legitimidad, un déficit de legitimidad que llega a su culmen a causa de una política de crisis no solidaria, que a lo largo de la última década ha influido profundamente en la política económica y social, sobre todo en los países del sur de Europa. Creo que la desigualdad social creciente en los Estados miembros es la verdadera causa del populismo de derechas. En mi opinión, el mayor escándalo está en la indignación y en el paso atrás de las élites políticas que gobiernan débilmente ante la tarea que consiste en tener la voluntad de hacer frente a la actual deriva “trumpista” en Europa. Es difícil decir si ya hemos llegado a un punto de no retorno. El problema, en mi opinión, consiste en mantener ciegamente el status quo, pues en este caso la disposición de los gobiernos a cooperar disminuirá cada vez más mientras que el populismo prosperará cada vez más, en detrimento de la imagen, cada vez más agrietada, del Estado de derecho y de la democracia.

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