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22 AGOSTO 2019
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Reconectar el voto con la experiencia

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  65 votos
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Elecciones generales dentro de dos meses en España. Después de una de las legislaturas más convulsas de la reciente democracia. Ni rastro de desinterés por la política. “Desde que se han convocado las elecciones, el consumo de información política se ha disparado”, comenta el directivo de uno de los grandes medios de comunicación del país, acostumbrado a repasar las audiencias casi al minuto. Si acaso los jóvenes son los más desconectados. Nadie se fía de las encuestas porque todo ha cambiado radicalmente. “Un porcentaje muy alto de voto se decide en las últimas semanas, quizás en los últimos días de campaña, por eso es muy difícil hacer predicciones”, asegura uno de los pocos sociólogos que ha acertado en los últimos comicios.

En las elecciones de 2015 casi un 40 por ciento decidió su voto durante la campaña. Ha desaparecido el “voto de pertenencia”. La fidelidad es cosa del pasado para muchos votantes, como puso de manifiesto el estudio “Desafección política: alcance, causas y remedios” (julio 2018). Probablemente eso ha aumentado la distancia entre la experiencia de construcción social y la papeleta. Solo en el “voto identitario”, el de quien cree haber encontrado una fórmula para canalizar su desencanto, esa conexión parece recuperarse. Se trata de los votantes altamente ideologizados para los que no interesa tanto la capacidad de influir en las políticas comunes como hacer oír su voz. Pero esta es también una forma de desconexión entre voto y experiencia, al menos si por experiencia de participación ciudadana entendemos un fenómeno particular del que se extraen consecuencias para el conjunto.

La antipolítica, de momento, no ha triunfado, pero sí la distancia con la clase política. También en Desafección Política se señala que “en el caso español convive una mejora del interés por la política (...) con una intensificación de la distancia hacia una clase política a la que la gran mayoría percibe como desconectada de las circunstancias de la ciudadanía del común”. Las opciones políticas que se pueden votar se perciben alejadas de la vida real. La culpa no es solo de los partidos, según los autores de este informe, también es cosa de los ciudadanos que se dejan “intoxicar”. Los comportamientos de los políticos “pueden empujar a una ‘infantilización’ de la ciudadanía, por ejemplo, acostumbrándola a operar con heurísticas muy simples, como la del amigo/enemigo”. Esta dialéctica inducida desde arriba desconecta el voto de las relaciones reales y de las formas de participación ciudadana. La “abstracción” y la volatilidad además tienen que ver con una escasa implicación en la vida de la ciudad común. La participación electoral en España se mantiene en torno al 70 por ciento, la media de su entorno (con un descenso progresivo de los jóvenes en parte solucionado por la aparición de los nuevos partidos). Pero la participación ciudadana es solo del 20 por ciento.

El voto identitario (contención de valores, independentista, feminista, etc (el paréntesis es nuestro)), según el estudio, es más prominente que en el pasado, ya que “los distintos segmentos de la sociedad se ven cada vez más como portadores de intereses distintos (micro intereses) y, en alguna medida, contrarios a los de otros segmentos”. Reconectar el voto con la experiencia solo para hacer espacio a determinados intereses (muy legítimos) o un determinado grupo no sana la democracia.

La política, afortunadamente, es más que una lucha por programar al Estado con el fin de que tutele las legítimas aspiraciones de un grupo. La política es parte de un proceso de socialización. Las experiencias de participación ciudadana son más valiosas cuando, a través del grupo en el que se producen, hacen explícita la dependencia del “nosotros”, de una comunidad más grande. En la creciente fragmentación en la que vivimos, cada vez cuentan más experiencias públicas que nos hagan conscientes de nuestra recíproca dependencia, dependencia de un nosotros común. La res publica no se construye exclusivamente determinando las opciones del Estado para que se incline de un lado o de otro. Sin un ejercicio de reflexión y de diálogo sobre lo que ha sido útil o inútil para todos en la construcción de la ciudad común, a partir de problemas concretos y soluciones efectivamente desarrolladas, el voto estará desconectado. Será solo, en el mejor de los casos, un intento de que ciertos intereses, de que cierta interpretación de la realidad, sea más o menos influyente. En el peor, una simple pulsión. Seguramente para que el voto recupere su vinculación con la experiencia ciudadana es necesario narrarse dentro de la complejidad, examinando, constatando el valor de lo que sirve para que todos tengan una vida mejor. Sin que la diferencia ideológica de raíz, que es perfectamente comprensible, se convierta en el criterio absoluto. De otro modo la formación de la opinión y de la voluntad común es tan abstracta que conduce a la frustración. El hecho de votar, con esta dinámica, ira perdiendo valor.

En un proceso en el que se va desde la experiencia particular de participación ya en acto hasta la decisión del voto (en la que el bien de todos no es una teoría sino algo vivido) los criterios se afinan, se renuevan, se purifican. No interesa solo qué será defendido, qué interlocutores serán más fáciles, sino quién puede facilitar el desarrollo de un nosotros que está lleno de personas que ni sienten, ni piensan, ni creen del mismo modo.

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