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15 SEPTIEMBRE 2019
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Europeos en suelo nuevo

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  24 votos
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Las elecciones de mayo van a confirmar, salvo que todas las encuestas se equivoquen de forma rotunda, que la Europa de la postguerra se ha convertido en un fenómeno minoritario. Las dos familias políticas, la socialdemócrata y la popular (democratacristiana), las que inspiraron la gran reconstrucción de hace más de 60 años y han sido hegemónicas desde entonces, sumarán en torno a 318 diputados, según la media de las encuestas. La nueva Cámara contará con 705 escaños (pierde 45 por el Brexit). Algunas de las modificaciones serán consecuencia de la salida de los diputados británicos. Pero el mayor cambio lo provocará la falta de confianza en la Europa de siempre. El populismo de izquierda y de derecha, las formaciones antieuropeas y extremas de Italia, España, Alemania y Francia van a tener un peso considerable, dificultando el funcionamiento de las instituciones. Solo los liberales de ALDE, un grupo con ideologías muy diferentes, mejoras sus resultados.

Esta “pérdida de las esencias” en el seno de las instituciones europeas se ha acelerado a raíz de la crisis económica, pero venía ya produciéndose desde los primeros años del siglo. En Alemania, después de la unificación y durante todos los años 90, se mantuvo la hegemonía del SPD y la CDU con una suma de voto ligeramente inferior al 77 por ciento. Al cambiar el siglo, el porcentaje cae drásticamente. Aunque repunta de nuevo tras la segunda crisis de 2012, ahora estaría en el 45 por ciento. La derecha clásica y los socialistas franceses nunca tuvieron tanto apoyo como los alemanes, pero van a acabar en el mismo porcentaje. Antes de la crisis, en España, el PP y el PSOE se repartían el 84 por ciento de los diputados europeos. Esta vez no van a superar el 40 por ciento. En Italia la descomposición de la “Europa de siempre” ha sido mucho más acelerada. Antes de la crisis estaba en el 70 por ciento y ahora va a terminar por debajo del 30 por ciento.

El desgaste de los partidos que defendían los valores y las referencias de la Europa que surgió tras la II Guerra Mundial es la traducción evidente de un fenómeno pre-político. La reacción a la inmigración, que en otro tiempo no hubiera despertado tanto rechazo, tanto miedo y angustia sin fundamento, es un buen ejemplo. Pero, a menudo, las herramientas que se utilizan para hacer el “diagnóstico” de lo que ocurre y para encontrar posibles respuestas no parecen estar a la altura del desafío. Se recurre a una imagen estática de una “Europa traicionada” en su herencia moral, en unos valores abandonados que, en principio, habían sido conquistados de una vez por todas. Los habíamos hecho nuestros por una razón y un derecho natural capaces de hacer abstracción de la historia. Y se dibuja así un panorama desolador en el que la palabra crisis no tiene ninguna connotación positiva: el legado del derecho romano abandonado, los derechos individuales y las políticas de bienestar amenazadas por una nueva barbarie. Lo viejo dejado de lado. Quizás este lamento sea lo menos europeo que haya. El mejor Remi Brague explicaba que Europa es la vía romana y “ser romano es tener la experiencia de lo viejo como nuevo y como aquello que se renueva por ser trasplantado en un suelo nuevo (...) Es romana la experiencia del comienzo como ‘recomienzo’”. Eneas abandona Troya, saqueada por los griegos, para fundar, no para repetir, en tierra latina.

Hay un suelo nuevo que no puede ser comprendido solo como la “descomposición” de una herencia si queremos seguir siendo europeos. Hay herramientas de interpretación que es necesario cambiar. La cuestión religiosa es un buen ejemplo. La caída del Muro de hace 30 años la interpretamos como el triunfo definitivo de una solución liberal que privatizaría definitivamente cualquier creencia sustancial. El fin del comunismo en Europa suponía la desaparición social de la última religión positiva y la instauración de la república secular y laica. Seguir batallando contra esa república secular y laicista, como si no hubiera sucedido nada en los últimos 20 años, supone no reconocer la potente emergencia de lo religioso en la Europa de comienzos del siglo XXI. Los nuevos partidos que van a llegar o aumentar su representación en el Parlamento Europeo a partir de mayo están cargados de visiones sustanciales y de teologías políticas. Lo religioso, que solo en el cristianismo está separado de lo político, ha vuelto con fuerza.

Hablar de la Europa laica es haberse quedado fuera de la historia. Como también lo es invocar la naturaleza objetiva del hombre, su identidad, sus derechos. O reclamar a un bien perfectamente compartible y distinguible por todos con una razón que, si se lo propone, puede alcanzar limpiamente su objetivo. No será así como se responda al desafío de todos los “ismos” que van a hacerse fuertes en el Parlamento Europeo. Ser europeo en este momento es empezar por el principio, por un reconocimiento en la experiencia del bien práctico que supone estar juntos. Ser europeo es retomar la vivencia de una libertad, de unos derechos y de una razón que dejan de ser límites cuando son relacionales. Los valores y los derechos abstractos no nos sirven para seguir juntos en una sociedad plural. Tampoco una democracia que sea puro procedimiento o burocracia de Bruselas. Una cierta idea de bien y de verdad (la que ha alimentado la tradición popular y democratacristiana) no mantendrán a Europa en pie. Lo viejo en lo nuevo no se deduce de la naturaleza humana o de una concepción refinada sino del bien, concreto e histórico, que surge del reconocerse, del estar en relación unos con otros.

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