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17 OCTUBRE 2019
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>Entrevista a Gregorio Luri

'Lo bueno, en política, es que nos contemos cosas'

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Estamos en precampaña. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros” compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

La política está hecha de diferencias. Estas diferencias tienen que ver con las controversias entre grupos que compiten por una cara distinta de una misma moneda a la que podemos dar el nombre de verdad, justicia, patria, etc. Vista, pues, a ojo de pájaro, la política tiene algo de polémica civil permanente. Pero si nos aproximamos al mundo de la vida, la riqueza de nuestras relaciones es mucho más amplia que lo que la contienda política pone de manifiesto. Es difícil establecer cordones sanitarios dentro de las familias o de los amigos.

En España se produce una participación electoral del 70 por ciento y una participación ciudadana (en iniciativas sociales, asociaciones civiles y otras fórmulas) del 20 por ciento. ¿Provoca esto que votar tenga que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

En España mantenemos muy viva la relación familiar y vecinal. Lo que no conviene es tomarse al pie de la letra la pretensión de la democracia de hacer de cada ciudadano un hombre de Estado. En política se piensa sintiendo y las orientaciones de los sentimientos son un tanto azarosas. Añado que en política nunca sabemos muy bien ni cómo hemos ido a parar a un atolladero ni cómo hemos logrado salir de él.

¿Cuál es el nuestro nivel de diálogo social?

El diálogo está muy sobrevalorado. Lo más que le podemos pedir a un diálogo honesto es que ponga claramente de manifiesto las razones de nuestras divergencias. Los consensos se producen o cuando es necesario limar las diferencias frente a un enemigo común, o cuando aparece un político capaz de hacernos creer que nosotros somos nosotros. Lo bueno, en política, es que nos contemos cosas. Mientras lo hacemos, mantenemos el barco a flote.

¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Sí, sin duda. Es la pluralidad de nuestras relaciones la que marca el tono de nuestra vida social. Aunque en la vida política demandemos cosas opuestas, cada grupo suele justificar sus demandas diciendo que son buenas para la sociedad en general. Las demandas enfrentadas se basan en opiniones sobre lo justo o lo bueno. Y también aquí, nuestras concepciones sobre lo justo y lo bueno son más amplias que las que puede satisfacer un programa electoral de un partido político.

A menudo parece que, desaparecido el voto de pertenencia, lo que prima es el instinto o el sentimiento, quizás un deseo de defender ciertos intereses o el miedo a la derecha o a la izquierda. ¿Es esto reversible?

Creo que lo que se ha debilitado es el sentimiento de fidelidad a las instituciones. Curiosamente mientras exigimos a las instituciones y a los políticos una fidelidad incondicional, nosotros sólo estamos dispuestos a ofrecerles a cambio una fidelidad condicional. A este estado de cosas ha contribuido la política haciéndole creer al elector que vive en un hotel en el que tiene derecho a ser bien servido.

Desaparece el voto de pertenencia a los partidos tradicionales y sin embargo toma fuerza el voto identitario. En una sociedad cada vez más fragmentada parecen interesar no tanto ofertas políticas con soluciones generales sino opciones de sectores sociales que quieren hacer oír su voz. ¿Por qué las agendas se fragmentan? ¿Es posible reconstruir una agenda común?

Las políticas identitarias son la expresión de la cultura del yo. Decía Donoso que el secreto del crecimiento o de la decadencia de una sociedad está en el uso que hace de los pronombres personales. Añadía que la única palabra que se oye en el infierno es “yo”. Tengo la sensación de que la política internacional del futuro inmediato estará protagonizada por las tensiones inevitables entre las culturas del yo y las culturas del nosotros. Entonces necesitaremos sacar a la luz el nosotros que está siempre ahí, aunque no siempre de forma efectiva.

¿Qué nos permitiría reconstruir ese nosotros, una tensión a lo que antes se llamaba el bien común? Es un concepto que cada vez suena más abstracto en la vida cotidiana de la gente.

A veces nos olvidamos de que las personas que más decididamente contribuyeron a la creación de la Comunidad Económica Europea fueron Hitler y Stalin. Europa es una construcción de la esperanza y del miedo. El bien común sólo se visibiliza ante un enemigo o un proyecto común. Mientras tanto, lo que debemos hacer es intentar mantenerlo vivo a pequeña escala. Comencemos contándonos nuestras historias comunes y recordando que en las cuestiones humanas, quererse es siempre más importante que comprenderse.

¿Qué permitiría conectar las experiencias de participación, de vida social, con el voto?

La conexión entre ambas esferas siempre es parcial. Una no encaja en la otra. Tienen formas distintas. Y no me parece mal que así sea.

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