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24 AGOSTO 2019
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>Reconectar el voto y la experiencia social

'Hay que entender los fenómenos sociales y culturales que hay detrás de la polarización política'

F.H. | 0 comentarios valoración: 3  31 votos
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Ferrán Pedret es portavoz de los socialistas catalanes en el Parlament. En conversación con paginasdigital.es sostiene que el tejido social está menos polarizado que la vida política. Apuesta por reconstruir consensos básicos.

Siempre las campañas electorales son motivo de polarización, pero parece que esta vez la polarización se ha exagerado tanto que el sentimiento de un “nosotros” desaparece. Hay cordones sanitarios de izquierda y derecha, ¿tú por qué crees que se ha intensificado tanto esta polarización?

Lo primero que hay que tomar en consideración es que tampoco somos un fenómeno aislado en la política mundial y europea. Hay una tendencia desde la crisis económica que estalló en 2007-08 hasta ahora a una creciente polarización en el conjunto de las sociedades de nuestro entorno, también en otras sociedades occidentales, e incluso está pasando en otros sitios del mundo. Con lo cual, tampoco somos tan especiales. Y lo segundo es tratar de ver los fenómenos sociales, económicos y de cambio cultural que están detrás de eso.

¿Cuáles son? ¿Por qué se diluye el “nosotros”, que antes estaba más claro?

Hay algún estudio reciente bastante interesante en Estados Unidos sobre los cambios en el lenguaje de la política en los últimos 15-20 años y cómo se va produciendo una creciente simplificación. Se van perdiendo los matices y se van perdiendo las posiciones digamos ponderadas, y va todo a un lenguaje que apela mucho más a la emoción que a la razón. Eso, sin duda, dificulta el encuentro de consensos porque al final, sobre cuestiones más o menos racionales, ideológicas y demás, uno puede tener distintas visiones del mundo, distintas políticas, medidas concretas, pero respecto a identidades, emociones y demás, es muy difícil llegar a acuerdos.

Sobre esta cuestión, ¿crees que el voto es cada vez más identitario, partiendo de una experiencia concreta de construcción social donde es más fácil el diálogo y el encuentro entre la gente?

En parte sí, en el sentido de que hay un voto identitario que tiene que ver con cuestiones de carácter nacional, por ejemplo, pero no solo. Puede haber identidades a las cuales uno se adhiere y que no necesariamente tienen que ver con el origen o la lengua sino con otras cuestiones de experiencia vital. Pero a la vez también es verdad que se ha perdido ese voto de aserción ideológica firme, que duraba décadas, y es más volátil. Como no soy sociólogo, se me hace difícil saber cómo se conjuga eso, pero yo diría que las dos cosas son verdad. Como nuestra sociedad es muy fragmentada, quizás las distintas identidades van migrando de instrumento de representación política a medida que uno decepciona a ese sector concreto de la ciudadanía.

“Se están perdiendo los matices y las posiciones ponderadas, y va todo a un lenguaje que apela mucho más a la emoción que a la razón”

¿Crees que la polarización política es un falso espejo de la vida social? Es decir, ¿hay en nuestra vida social sujetos que se narran, relaciones interpersonales y entre entidades sociales más sanas que lo que luego se refleja en la vida de debate de partidos?

Yo diría que sí, que el tejido social, aunque está maltrecho y no hay que negarlo, todavía su red es más tupida y no se han cortado todas las amarras. Pero incluso diría que entre partidos, a pesar de lo bronco o duro que puede ser el debate político, siempre hay alguna vía de interlocución, o al menos quiero pensarlo. Me da esa sensación, por ejemplo cuando vimos ante el último pleno de la legislatura, con lo dura que ha sido esta última legislatura en las cortes generales, los diputados y diputadas se despedían unos de otros hasta con cierto afecto, y además vimos saludándose a gente de ideologías muy distintas, entonces uno ahí mantiene una cierta esperanza de que, a pesar de todo, no hemos deshumanizado del todo al adversario.

Decía que cada vez había un voto más identitario, ¿es posible, a pesar de ese voto de identidades cada vez más fragmentadas, reconstruir una cierta agenda común?

En primer lugar, hay que tratar de tener un proyecto político que pueda ser más o menos compartido entre personas que tienen distintas visiones de cómo debería ser la sociedad, la economía, el mundo en general. Para eso, quizás uno debería ser tal vez más generoso en las interpretaciones que se dan a los textos que regulan el marco de convivencia. Una cierta petrificación de lo que la Constitución dice o no dice tampoco termina de contribuir, pero seguramente no sea ese el único punto. Es difícil, en toda sociedad libre existe el conflicto social y sería absolutamente indeseable una sociedad donde eso no existiera, solo podría ser totalitaria, y en cualquier caso solo significaría que el conflicto social está reprimido y larvado, pero no inexistente. Por tanto, que haya distintas expresiones, incluso a veces discrepancias muy profundas, dentro de la misma comunidad política no nos debe llevar a una preocupación extrema. La cuestión es cuando se es incapaz de llegar a unos mínimos consensos básicos sobre cómo resolver las disputas. Ese es el punto en el que sí se rompe algo, porque el consenso democrático es bastante frágil, exige que una mayoría de ciudadanos concedan que sus instituciones sean a la vez legítimas y representativas, y si eso se rompe, si hay sectores de la población que consideran que están fuera del consenso básico, fuera de ese marco de consenso sobre la legitimidad y representatividad de las instituciones, ahí sí que ya puedes tener crisis institucionales bastante profundas.

“Quizás se debería ser tal vez más generoso en las interpretaciones que se dan a los textos que regulan el marco de convivencia”

Cada vez se ve en los estudios sociológicos un gran desprestigio de la clase política, parece que la política tiene poco que ver con el ideal. ¿Es un problema de que la clase política no hay sabido transmitirlo, de que se ha generado escepticismo por la corrupción, por qué este divorcio entre política e ideal?

Para empezar, es un problema la propia concepción de clase política. Yo creo que la política es una dedicación en la que uno debe tener una visión de ella como un continuo desde el activista de barrio hasta el presidente del gobierno o parlamentario europeo. Para mí todos hacen política y todos son importantes. Es cierto que hay una percepción de alejamiento de los representantes respecto a los representados, y eso sin duda contribuye a que las crisis políticas sean más difíciles de resolver. Hay buenos motivos para ello. Quizá una falta de altura de miras entre los políticos actuales, quizá no sea menor el impacto de la corrupción en la percepción que se tiene de la dedicación a la política, pero entre todos y todas los que, como militantes o representantes, estamos metidos en hacer política debemos dignificar esa entidad, porque al fin y al cabo es una dedicación a la cosa pública que es absolutamente necesaria. No hay alternativa a la política, siempre la va a hacer alguien, y es mejor que la haga un sistema basado en función de la representación de la ciudadanía.

¿Cómo se podría reconectar esa experiencia social de participación, construcción social, con la vida política? Porque parece que se ha roto la relación entre voto y participación social, entre clase política y experiencia social.

Momentos de crisis como el que hemos vivido creo que también son una oportunidad para esto. Creo que ha habido gente que se ha politizado en el transcurso de esta crisis. Yo recuerdo que en los años de bonanza era mucho más difícil oír conversaciones en el transporte público donde la gente espontáneamente estuviera hablando de política y con todo lo que ha pasado después se ha hecho más frecuente, la gente se ha preocupado de informarse más, discute más con amigos, compañeros, etcétera, y creo que ahí puede haber una fuente de renovación de vocaciones políticas, por decirlo así. Y puede ser bueno, porque es cierto que durante un cierto tiempo ha sido un poco endogámica la vocación política, es decir, la gente que se metía en organizaciones sindicales y partidos, que en España siguen teniendo un índice de afiliación bastante menor a la media europea, y de ahí salía todo, salvo a veces algún fichaje de algún académico o persona que viniera de sectores profesionales, pero es verdad que falta gente que, desde su dedicación a la cosa pública por ejemplo en el ámbito de la salud o la educación, decida dar un paso e implicarse en política.

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