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21 MAYO 2019
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Recordemos lo aprendido en la crisis

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  85 votos
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La frase ha provocado que la semana pasada se volviera a hablar de crisis. "El debilitamiento en los datos apunta a una moderación notable en el ritmo de expansión económica, que se extenderá a lo largo del año", aseguró Mario Draghi, el gobernador del BCE, el pasado jueves, en una comparecencia que había generado mucha expectación. La notable rebaja de las previsiones de crecimiento para 2019 en apenas unas semanas (del 1,7 por ciento de diciembre al 1,1 por ciento de comienzos de marzo) y, sobre todo, la contundencia de las medidas de política monetaria adoptadas, reflejan hasta qué punto el riesgo de que volvamos a tener problemas serios es alto. Tanto el BCE como la OCDE han rechazado la posibilidad de una nueva recesión (dos trimestres de crecimiento negativo), pero hay expertos menos optimistas.

¿Qué le pasa a Europa? ¿Otra nueva recaída, cuando, además, en el mes de mayo, las elecciones al Parlamento Europeo pueden suponer un tsunami político? La economía del Viejo Continente es una de las más expuestas a la situación global. Un estornudo de los dos gigantes, Estados Unidos y China, supone un resfriado o una gripe en Europa. La última crisis nos enseñó que los mercados perfectos no existen, la relación entre oferta y demanda no sigue unas leyes físicas neutrales que generan, de forma automática, el bienestar. Hay muchas “perturbaciones” que no permiten transformar el egoísmo de los que compran y venden en una globalización provechosa.

China y Estados Unidos compiten en una guerra tecnológica y comercial, animadas por una pulsión nacionalista, y eso no significa más crecimiento para todos. De momento supone una caída de las compras en el exterior, y eso nos afecta a los europeos, y especialmente al sector industrial (automovilístico) alemán. Las expectativas negativas de un Brexit sin acuerdo provocado por el nacionalismo británico también nos hacen daño. En este contexto es difícil entender el entusiasmo de algunos por “la solución rusa”, otro nacionalismo con severos problemas económicos y demográficos, que puede ofrecer gas, sí, pero sobre todo desestabilización democrática y noticias falsas (sus dos productos favoritos).

En este contexto de riesgo es esencial recordar lo que hemos aprendido en la última gran crisis: la ingenuidad liberal no está a la altura de los problemas. Estamos en un mundo globalizado en el que las soberanías nacionales no tienen prácticamente capacidad de intervención. Hacen falta decisiones políticas con más peso del que ofrece un solo país. Y a la par, aunque parezca paradójico, es necesario subrayar el protagonismo de la persona, no como individuo aislado que es capaz de sacar rédito del mercado, sino como sujeto relacional, dotado de toda una serie de recursos y de habilidades para reconstruir y reinventarse en un mundo global y en rápido proceso de digitalización, un mundo en el que las viejas formas de trabajo tienden a desaparecer.

Draghi, con Merkel, probablemente han sido las dos personas que más han hecho por la pervivencia del euro. Merkel ha estado más limitada por la sensibilidad alemana: obsesionada por mantener prácticamente a cero la inflación, por la austeridad fiscal y por obtener la máxima rentabilidad a su ahorro. En este momento es incomprensible que con el país al borde de una recesión se haya cerrado 2018 con un superávit fiscal récord. Alemania debe dejar de ahorrar, debe gastar e incumplir, como hizo hace 20 años, el Pacto de Estabilidad. Cuando el gasto público y privado de Alemania empiece a aumentar, el resto de la zona euro comenzará a incrementar su actividad.

Pero Draghi sabe que eso no es suficiente, por eso la semana pasada tomó una drástica decisión en uno de los pocos órganos efectivos de ese Gobierno europeo que necesitamos. Aplazó la subida de tipos (dejará el BCE sin haberlos subido) y puso en marcha el tercer programa LTRO de liquidez para los bancos. En contra de la “ortodoxia alemana”, que en 2010 estuvo a punto de acabar con el euro al recetar una subida de tipos en el momento más inoportuno, Draghi supo decir aquello de “haré todo lo que haga falta” para que la moneda única siga a flote (septiembre 2011). Lanzó el primer LTRO y, cuando fue insuficiente, lanzó el programa de compra de bonos. Dejó claro que estaba dispuesto a usar toda la artillería posible. Hay que acordarse de lo que ha servido. Si los programas de expansión fiscal en Alemania no funcionan, si el programa LTRO no es suficiente (el de 2011 no lo fue porque el aumento de liquidez de los bancos fue utilizado para comprar bonos), habrá que sacar cañones más pesados. Hay que hacer política, en este caso política monetaria. Acompañada de una aceleración de la construcción del Gobierno del euro. La Unión Bancaria avanza en cuestiones tan especializadas que su progreso es incompresible. El acuerdo de Francia y Alemania para un presupuesto se ha quedado demasiado corto para una intervención eficaz que cree estímulos. La Unión Europea progresa lentamente pero no tenemos otra. Los discursos de exaltación nacional son un ejercicio irresponsable.

La política europea es necesaria pero requiere de un ejercicio de responsabilidad personal por parte de los europeos. Estamos demasiado apegados a formas de empleo que se han quedado antiguas. Es inútil proteger los puestos de trabajo cuando de lo que se trata es de dar mayor protagonismo a un trabajador que, gracias a un tejido formal e informal de relaciones y de confianza, pueda ser creativo, innovador, capaz de adquirir habilidades nuevas y viejas en un proceso de formación permanente.

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