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23 SEPTIEMBRE 2019
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>Entrevista a monseñor Mario Zenari, arzobispo de Damasco

"El hambre está matando a más niños que las bombas"

I.S. | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
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Según Unicef, en 2018 murieron en Siria 1.106 niños, es el mayor número de niños muertos en un año desde que empezó la guerra. Pero la realidad seguramente es más grave que los números proporcionados por la ONU. Números que dicen que la guerra en Siria está muy lejos de haber acabado a pesar de las proclamas de Trump y Putin. En Siria la gente sigue muriendo y, como siempre, la población civil paga el precio más alto.

Como señala en esta entrevista monseñor Mario Zenari, arzobispo de Damasco –aunque es una noticia que nunca se ha difundido en Occidente, lo que hace pensar en cuántos casos se conocen y cuántos se ignoran– cerca de 70 niños menores de cinco años de edad han muerto de frío y de hambre intentando llegar a los campos de refugiados, huyendo de Baghouz, el último bastión del Isis.

Monseñor Zenari, Unicef habla de más de mil niños muertos en 2018, la cifra más alta desde que empezó el conflicto. ¿La situación sigue siendo tan dramática?

Por desgracia, la ONU es una fuente fiable. Por tanto, estas cifras son verídicas. La gente sigue muriendo en Siria. Aparte de los campos de minas, diseminados por todas partes, o los explosivos abandonados, también se muere de hambre y de frío. Desde diciembre, entre los niños y las madres que huyeron de Baghouz hacia los campos de refugiados, muchos murieron, hubo unos setenta niños menores de cinco años que murieron en la calle a causa del frío, la deshidratación y la desnutrición.

¿Pero la guerra no se encamina hacia su conclusión?

Es un gran disparate decir que la guerra ha terminado, no es así. En la provincia de Idlib (donde se encuentran los milicianos del Isis huidos del resto del país) todavía viven tres millones de civiles y nadie sabe qué va a pasar. Hay zonas, como Damasco y Homs, donde ya no caen bombas, pero la población tiene que enfrentarse a otro tipo de bomba: la pobreza. La ONU ha declarado que ocho de cada diez personas en Siria viven por debajo del umbral de la pobreza.

En esta situación tan dramática, los países occidentales siguen manteniendo las sanciones contra Assad. ¿Qué le parece?

Hablar de eso quiere decir abrir un capítulo infinito y difícil de abordar. Hay en marcha varios tipos de sanciones, desde las personales, que afectan a 277 personas que no pueden viajar a Europa, hasta las comerciales y de productos petrolíferos. Y eso doblega a Siria.

La Iglesia siempre ha estado en primera línea ayudando a la población, ¿cómo están las cosas actualmente?

Cada uno hace lo que puede. El grueso de la ayuda viene de Naciones Unidas, que debe atender a casi 13 millones de personas necesitadas de asistencia humanitaria. Las iglesias siempre intentan llegar a la gente en la medida de sus posibilidades.

¿Se ha retomado la actividad comercial en Damasco?

En el centro de la ciudad las tiendas siempre han estado abiertas, así como los restaurantes, también porque allí están las embajadas y los palacios de gobierno. Pero Damasco no refleja lo que pasa en el resto de Siria. Basta ir a la periferia, donde hay barrios enteros donde falta comida y trabajo.

Por tanto, ¿la emergencia económica representa la principal preocupación?

La emergencia es la reconstrucción, volver a poner en pie las fábricas, dar trabajo a la gente. Insisto: en ciertas zonas las bombas se han reducido o incluso desaparecido, pero hay una bomba enorme que afecta a ocho de cada diez personas, el hambre.

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