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22 NOVIEMBRE 2019
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En busca de las confluencias

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  75 votos
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Afortunadamente la propuesta realizada por Vox en la precampaña electoral, para permitir un más fácil acceso a las armas de autodefensa personal, ha sido rechazada por la inmensa mayoría de la opinión publicada, queremos creer también que del público y por el resto de los partidos. Es un ejemplo extremo de creación de un conflicto artificial y de su utilización para captar la atención y ganar adeptos. El resto de formaciones políticas no han llegado –todavía hay grandes diferencias– a una tergiversación e instrumentalización de la realidad tan radical para aprovecharse de un miedo creado o existente. Pero en la política española y europea cunde la tendencia a exagerar las diferencias, a centrarse en problemas inexistentes, a no afrontar en su complejidad los auténticos, a alentar las enemistades y a silenciar las conversaciones públicas, los puntos positivos de construcción.

Lo peor es que un estado de conflicto y de pánico (in) moral, jaleado por los medios de comunicación, coloniza la conciencia de la ciudadanía que, a menudo, tiene dificultades para leer su experiencia social, que suele ser mucho más rica y más alentadora. Lo ha hecho Vox con las armas. Y, salvando todas las diferencias, que son muchas, lo ha hecho la Liga en Italia con la inmigración. Lo hace el PSOE cuando sostiene que necesita un nuevo mandato para que la vuelta de la derecha al poder no acabe con el Estado del Bienestar que Mariano Rajoy estuvo a punto de destruir. Lo hace el PP cuando augura que un nuevo Gobierno de Sánchez supondrá el fin de la libertad de educación y un acuerdo con los independentistas que romperá España. Lo hace Ciudadanos cuando promete no pactar con Sánchez, limitando así uno de los posibles Gobiernos constitucionales. Es así en España desde 1996, desde que Aznar obtuvo la primera mayoría absoluta. El expresidente se ha convertido en uno de los promotores del pánico moral que él mismo sufrió.

La técnica del pánico llega a su punto máximo de inmoralidad cuando el riesgo en nombre del que se quiere actuar no existe. Es el caso de las armas. La inseguridad ciudadana es el decimosegundo problema para los españoles. Solo 2 de cada 100 españoles la ven como amenaza. El 69 por ciento aseguran sentirse seguros porque viven en un país seguro. En España apenas se cometieron el último año 225 robos por cada 100.000 con fuerza en viviendas.

La cuestión de la inmigración no es exactamente igual pero tiene similitudes. Un estudio publicado hace unos días por el Pew Research Institute refleja que, en los 20 países de todo el mundo que más inmigrantes han recibido en los últimos años, la inmensa mayoría de los ciudadanos piensa que la llegada de extranjeros hace más fuerte su nación. Curiosamente algunos de los países que menos inmigrantes han recibido en ese grupo son los que peor valoran a los inmigrantes. En esos países hay partidos políticos dispuestos a explotar el pánico moral.

Ni las armas personales son necesarias para defenderse, ni los inmigrantes llegados constituyen necesariamente una amenaza, ni una victoria de los socialistas supone el fin de la España constitucional y de la libertad educativa ni tampoco una victoria del PP acabaría con las conquistas sociales. Al menos en términos netos. Las cosas son mucho más complejas.

A pesar de la rotundidad con que se formulan ciertas diferencias, es posible encontrar muchas aproximaciones fuera del terreno ideológico, cuando se afrontan problemas concretos como, por ejemplo, la necesaria mejora de la productividad o de la educación. Lo hemos visto en la última crisis. Se comparten preguntas, perplejidades, la conciencia de que un mundo ha desaparecido. Junto al conflicto, evidente, hay confluencias (no solo en la valoración del mercado y del Estado o en lo esencial del modelo autonómico) cuando la agenda la impone la vida.

Cuanto más tienden los partidos a simplificar y a colonizar el espacio público con enemistades, más necesario es, como propone en su último trabajo Víctor Pérez Díaz (Europa en busca de sí misma), “un mayor grado de participación de la ciudadanía en un debate y una acción colectiva razonables”. Ese debate está formado por múltiples conversaciones que ya están en marcha a la salida de los colegios, entre los profesores perplejos por los retos de la digitalización, entre los pequeños empresarios que quieren dar mayor tamaño a sus empresas, entre quien intuye que no podemos vivir juntos sin silenciar las cuestiones del sentido. La primera política es potenciar esas experiencias y alentar esas conversaciones sin dejarse empobrecer por la agenda de los partidos.

Esto requiere, claro, superar cierta pereza y cierta inercia. Pero no es imposible. Una vez rechazada la tendencia a la simplificación y a la autocomplacencia (lo sucedido en los últimos años constituye una buena ayuda), si uno se acompaña de una buena dosis de realismo y estima por la libertad del otro y por lo que hace y vive, suelen emerger relaciones y confluencias muy operativas. Eso es política.

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