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26 AGOSTO 2019
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De la tolerancia a la estima. El mensaje de Francisco y Mohammed VI

Michele Brignone | 0 comentarios valoración: 2  13 votos
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“¡Síiiii!”, gritan a coro los jóvenes de un grupo escolar respondiendo al profesor que les pregunta si creen que la convivencia interreligiosa es posible. Sucede después de visitar una exposición sobre la presencia cristiana en Marruecos, instalada en el Archivo del Reino de Rabat con motivo de la llegada del Papa a la capital del país. No es que la muestra presentada al público sea particularmente rica. No podría ser de otro modo, puesto que Marruecos ha sido tradicionalmente tierra de cohabitación entre musulmanes y judíos, más que entre musulmanes y cristianos. En la época precolonial, se trata sobre todo de salvoconductos concedidas por califas y sultanes para permitir el tránsito o estancia de religiosos cristianos en su territorio. En la siguiente etapa, la exposición muestra las obras caritativas y educativas gestionadas en Marruecos por congregaciones católicas y las relaciones entre el Reino norteafricano y la Santa Sede. En cambio, no están las páginas más incómodas de esta historia, como el caso de los protomártires franciscanos o el compromiso parcial del catolicismo con el mundo colonial. De hecho, lo que importa es el mensaje contenido en el subtítulo: “La vida en común”, que el Reino se empeñó en difundir por las escuelas para preparar a las nuevas generaciones no solo para recibir al pontífice, sino también para inmunizarse del exclusivismo fundamentalista.

Desde 2003, año de los atentados de Casablanca, el rey Mohamed VI ha emprendido una tarea de renovación en las instituciones islámicas del país, y ha convertido esta apertura al otro en la tarjeta de presentación de Marruecos al exterior. En el discurso en cuatro idiomas pronunciado en la explanada de la torre Hassan, el monarca insistió especialmente en los valores comunes a los tres monoteísmos, pero también añadió que el diálogo y la tolerancia son “insuficientes en la realidad actual”. Las tres religiones abrahámicas, según el rey, no existen de hecho “para tolerarse, con resignación fatalista o educada aceptación, sino para abrirse unas a otras y conocerse mutuamente en la búsqueda constante del bien de todos”. Inmediatamente, el papa Francisco mostró en este punto una notable sintonía con su anfitrión. “Es necesario que pasemos siempre de la simple tolerancia al respeto y a la estima de los demás. Porque se trata de descubrir y aceptar al otro en la peculiaridad de su fe y enriquecerse mutuamente con la diferencia, en una relación marcada por la benevolencia y la búsqueda de lo que podemos hacer juntos. Así entendida, la construcción de puentes entre los hombres, desde el punto de vista interreligioso, pide ser vivida bajo el signo de la convivencia, de la amistad y, más aún, de la fraternidad”.

En un párrafo ampliamente citado por los periódicos marroquíes al término del viaje papal, el rey, que no solo es jefe del Estado sino también la máxima autoridad religiosa de su país, se declaró además “comandante de todos los creyentes”, garante del “libre ejercicio del culto de las religiones del libro” y “protector de los judíos marroquíes y de los cristianos procedentes de otros países”. Palabras muy fuertes que, si bien expresan un claro posicionamiento de Mohamed VI en favor de la convivencia interreligiosa, también sugieren que esta no se fundamenta sobre la ciudadanía paritaria, sino que sigue vinculada al tradicional marco de la protección desde lo alto, de la que por otro lado quedan excluidos los “cristianos marroquíes”.

Probablemente este sea el aspecto donde se ha registrado la divergencia más significativa con el Papa. De hecho, Francisco valoró las decisiones políticas del país, las iniciativas para la formación de los guías religiosos (Instituto Mohammed VI), la tutela de las minorías (Conferencia de Marrakech 2016), la preocupación por la cuestión ambiental (desarrollo en Marruecos de la XXII Conferencia sobre el cambio climático). Además, citó el discurso del rey en la Conferencia intergubernamental sobre migraciones en Marrakech, para decir que “un migrante no es más humano ni menos en función de su ubicación a un lado u otro de una frontera”. Sin embargo, como ya hizo en Abu Dabi, también subrayó que “la libertad de conciencia y la libertad religiosa —que no se limita solo a la libertad de culto, sino a permitir que cada uno viva según la propia convicción religiosa— están inseparablemente unidas a la dignidad humana”.

Esta anotación toca un elemento particularmente sensible para la sociedad marroquí. Por la autoridad religiosa que encarna y por la necesidad de mediar entre las diversas almas que conviven en el espacio público marroquí, el rey se mueve con extremada prudencia entre las líneas rojas trazadas por la identidad islámica del país. Esta actitud se refleja en aspectos paradójicos y decisivos a veces contradictorios. Es el caso, por ejemplo, de los pronunciamientos sobre la apostasía del Alto Consejo Científico de los ulemas marroquíes. En 2012, este órgano emitió una fatua que, refiriéndose a la jurisprudencia islámica tradicional, confirmaba la pena de muerte por el delito de apostasía. En 2017, la misma institución publicó un largo documento titulado “La vía de los ulemas”, donde revisaba la postura expresada cinco años antes, afirmando que la pena prevista por la conversión no se aplica simplemente a los que abandonan el islam, sino solo a aquellos que, al cambiar de religión, amenazan también la cohesión de la comunidad a la que pertenecen.

Ninguno de estos dos documentos del Alto Consejo Científico ha tenido incidencia en el sistema jurídico marroquí. El código penal ya no preveía el relato de apostasía, pero sigue persiguiendo el proselitismo, aunque en los últimos años parece que se han reducido los arrestos relacionados con estos casos, que por otro lado afectan sobre todo a la actividad de los misioneros evangélicos. Además, es difícil encontrar el texto de “La vía de los ulemas”, que ha pasado desapercibido en la sociedad marroquí. Ambas concepciones de la apostasía siguen circulando en cambio por los sermones que se pronuncian en las mezquitas, como afirma Salim Hmimnat, investigador del Instituto de Estudios Africanos en la Universidad Mohammed V de Rabat y experto en relaciones entre política y religión en Marruecos.

La cuestión de las conversiones sigue siendo una asignatura pendiente en la sociedad marroquí. Pero el Papa se ha situado en otro plano, precisando el contenido de la libertad religiosa invocada en la explanada de la torre Hassan. Lo hizo en el discurso pronunciado durante su encuentro con los sacerdotes, religiosos, consagrados y el Consejo ecuménico de las Iglesias en la catedral de Rabat, donde, citando a Benedicto XVI, reiteró que “la Iglesia no crece por proselitismo sino por atracción, por testimonio”.

Con la visita a Marruecos, se cierra el díptico de viajes realizados por el Papa a tierras del islam en el año del 800º aniversario del encuentro entre san Francisco y el sultán Al-Kamil. El vínculo entre Abu Dabi y Rabat ha quedado explícito por parte de Francisco en el vuelo de regreso de la capital marroquí, respondiendo a un periodista que le preguntó cuáles serían los frutos de su presencia en Marruecos. “Yo diría que ahora hay flores, los frutos se verán después. Pero las flores son prometedoras. Estoy contento, porque en estos dos viajes he podido hablar de cosas que son muy importantes para mí, como la paz, la unidad, la fraternidad”. La experiencia de esta doble etapa puede resultar muy rica y, más que proponer claramente un camino, también indica que hay compañeros de viaje dispuestos a recorrerlo.

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