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17 OCTUBRE 2019
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En busca de batallón

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Miedo a lo que vendrá. Miedo a que “el batallón” en el que se desfila sea el de los perdedores. Miedo a que el bienestar desaparezca. Pero no solo. Miedo a que los valores y los bienes del mundo en el que se había nacido se esfumen. Miedo a perder los rasgos distintivos que nos hacen hombres. Un temor sin un presente positivo, de pertenencias débiles, que nos hace a todos vulnerables a políticos que quieren sacar partido de nuestra zozobra. El miedo nos hace conflictivos. La campaña electoral que tiene lugar en España es un buen ejemplo. Todas las formaciones azuzan el temor al otro: la derecha destruirá el Estado del Bienestar, la izquierda destruirá España.

Ignacio Urquizu, sociólogo socialista, era una de las grandes promesas de su partido. Hasta que hace unos días Sánchez, que no perdona a los críticos, lo ha descabezado. Su defenestración de las listas ha coincidido con la publicación de su último libro, “¿Cómo somos?” (2019). Urquizu hace un retrato de lo que él llama la “gente corriente”. Ese amplio grupo de gente que representa el 40 por ciento de la población española, que está formado por obreros cualificados, con un nivel formativo medio-bajo, y con ingresos también bajos. Este español medio “teme perder mucho en el futuro”, “su condición de perdedor del presente y del futuro es el principal rasgo que define al hombre medio ante la incertidumbre del cambio tecnológico y de la globalización”. Los grandes perdedores de la crisis cuestionaron los sistemas políticos y económicos, ahora la respuesta es más identitaria. “Algunos pueden querer que el mundo se pare, que no avance y no se modernice, buscando además refugio en su comunidad más próxima: un repliegue sobre la tribu” –apunta el sociólogo–.

¿A qué se le tiene miedo? Urquizu responde desde el punto de vista económico y social, pero apunta algo más. El hombre medio es el que más miedo tiene a los robots y a la inteligencia artificial. Miedo a la globalización, a perder trabajos poco cualificados, a que el Estado del Bienestar no redistribuya. España siempre se ha presentado como uno de los países más tolerantes con la inmigración. Pero el inmigrante imaginado (23 por ciento) difiere del inmigrante real (9 por ciento). El hombre medio no teme que el inmigrante le quite servicios públicos sino que trabaje por menos dinero. De momento, no hay mayoría de gente corriente que se sienta tentada por opciones populistas. Pero Urquizu no tiene claro qué puede suceder en el futuro.

Desde hace años Habermas viene insistiendo en que el crecimiento de los populismos no se debe a la crisis de refugiados de 2015. El origen, según el filósofo, hay que ponerlo antes: en la desigualdad que envenena Europa tras la crisis. El informe presentado por la OCDE la semana pasada en Naciones Unidas advertía precisamente de la progresiva desaparición de la clase media, mientras que el nivel de las rentas altas mejora. Es la economía pero no solo la economía. El informe del Pew Research “Populist views in Europe: It’s not just the economy”, de hace unos meses, señalaba que, junto al factor económico, la clave está en una suerte de “nostalgia” de lo que se fue. Urquizu apunta en la misma dirección al citar un estudio clásico de Stouffer y Suchman (1949), realizado en el ejército de Estados Unidos. La felicidad de un soldado dependía no de la capacidad de ascender en un batallón, sino de la percepción más o menos positiva del batallón. La felicidad en gran medida deriva de la pertenencia, de la seguridad a lo que se pertenece. Eso es lo que ha desaparecido. La reacción que busca el refugio de la tribu, por inseguridad, busca la creación de nuevas identidades separadas de lo que se percibe como un caos, como una negación de lo que había sido hasta ahora “lo nuestro”.

Se teme perder hasta la condición de humano. Otro estudio del Pew Research (“U.S. Public Wary of Biomedical Technologies to ‘Enhance’ Human Abilities”) refleja que los estadounidenses están seriamente preocupados ante la posibilidad de que los avances en robótica, Inteligencia Artificial y las innovaciones biomédicas puedan alterar significativamente las capacidades humanas. Hay miedo al transhumanismo, a los implantes tecnológicos.

De la economía a las referencias culturales, para terminar en el yo. Este es el itinerario de un miedo que explica el rechazo a Europa, la polarización de la vida política y muchas otras cosas más. Probablemente la respuesta empieza por el final de la descripción hecha. Por un yo suficientemente seguro de su carácter único y, por eso, capaz de enfrentarse al cambio sin miedo. No dispuesto a aceptar la instrumentalización de los partidos. Ese yo no surge de pertenencias cerradas y débiles, necesita pertenencias sólidas (“un buen batallón”), necesita nutrirse de experiencias positivas.

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