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23 MAYO 2019
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>Reconectar el voto y la experiencia social

"El tribalismo es una verdadera amenaza para la democracia y la libertad"

P.D. | 0 comentarios valoración: 2  25 votos
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El asesor parlamentario del PP Juan Milián Querol analiza la situación política que vivimos a unos días de que se celebren las elecciones generales.

En las campañas electorales se produce una situación polarización, pero parece que desde diciembre de 2015 estamos en un escenario nuevo. La polarización ha aumentado tanto que parece haberse disuelto el “nosotros” de un país compartido. ¿Exageramos cuando aseguramos que se disuelve el “nosotros” compartido? ¿Hay alguna relación entre esta disolución y la aparición de cordones sanitarios a izquierda y derecha?

Las nuevas tecnologías de la comunicación han permitido la difusión de ideas radicales que cuestionan cualquier statu quo. Las mismas redes sociales que han servido para debilitar a los dictadores e impulsar, por ejemplo, las primaveras árabes, también han fomentado la fragmentación social y la pérdida de confianza en las democracias liberales, creando burbujas de opinión, aislando a los votantes en colectivos donde solo se escucha el eco de sus propios prejuicios y eliminando a referentes que en el pasado eran comunes. Así, como señalas, se va disolviendo el “nosotros compartido”. Esta fragmentación, a su vez, facilita una preponderancia de lo emocional sobre lo racional que dificulta el diálogo y la reforma, y, lo que es peor, acaba convirtiendo a conciudadanos en enemigos.

En España se produce una participación electoral del 70 por ciento y una participación ciudadana (en iniciativas sociales, asociaciones civiles y otras fórmulas) del 20 por ciento. ¿Provoca esto que la opción por un determinado partido a la hora de votar tenga que ver más con opciones ideológicas o con pulsiones de última hora que con experiencias concretas de implicación social?

La fragmentación de la sociedad estimula la aparición de nuevos partidos y, por lo tanto, la fragmentación política. La oferta de partidos políticos con posibilidades de obtener una representación importante en las instituciones se ha duplicado. Al tradicional eje izquierda-derecha se le ha sumado la eclosión de partidos populistas. Así, hoy más que ayer, cabeza y corazón pueden dictar diferentes sentidos del voto, por lo que será normal que el día de las elecciones muchos votantes salgan de casa con una papeleta en la mano, pero acaben votando con otra.

Se apela mucho al diálogo en la vida pública, ¿cuál es nuestro nivel de diálogo social?

El eje ideológico, el debate entre la izquierda y la derecha, se ha ido disolviendo durante los últimos años y se ha sustituido por las cuestiones de la identidad. Como advierte Francis Fukuyama en su último libro, las motivaciones sociales o económicas son importantes, pero las ideas son fundamentales y hoy, en ellas, influyen de manera determinante cuestiones como la dignidad o el resentimiento. En esto tuvo mucho que ver cierta izquierda que, tras el fracaso de sus utopías, relegó la defensa de los intereses socioeconómicos de los trabajadores para centrarse en las políticas de identidad. Zapatero y Sánchez son dos claros ejemplos. Tanto el populismo como el nacionalismo juegan con esos mismos marcos retóricos, que acaban dividiendo la sociedad de tal manera que hacen tremendamente complicado el diálogo y, por lo tanto, cualquier posibilidad de reformismo.

¿La polarización política es un falso espejo de la vida social? ¿En nuestro espacio público hay sujetos que se narran, hay relaciones interpersonales y relaciones entre entidades sociales más sanas de las que se dan en la política de partidos?

Podría ser un espejo deformante, pero no falso. No existe una desconexión entre el debate político y la sociedad. Si la retórica de los políticos es hiperbólica y de confrontación, la convivencia se resiente, pero la influencia también se produce en el sentido contrario. Si en la sociedad se impone una cultura de la queja sin responsabilidad, la política tendrá pocos incentivos a sumar voluntades a favor de propuestas concretas en la línea del bien común.

El separatismo catalán es un caso evidente. Los líderes de los partidos separatistas mintieron al prometer la independencia en 18 meses. Después mintieron al decir que no lo intentaron y que todo era simbólico. Y ahora vuelven a mentir cuando dicen que están construyendo la República catalana. Si pueden mantenerse instalados en la mentira sistemática sin apenas penalización electoral, es porque hay una masa acrítica de votantes cuyos sentimientos y resentimientos han apagado la voz de la razón. Por lo tanto, la responsabilidad no sólo está en la política de partidos, sino también en una sociedad que debería exigir ser tratada como adulta.

Los estudios sociológicos reflejan un interés sostenido por la política, pero una desafección hacia los líderes políticos. Parece imposible pensar en la política como una vocación animada por un ideal. ¿Qué nos ha pasado? ¿Tenemos graves carencias culturales y educativas?

Me temo que en esto los españoles tampoco somos especiales. En todas las sociedades occidentales se ha producido un incremento de la tensión política durante los últimos años. Antes hablaba de las redes sociales, pero también la ansiedad provocada por el estancamiento de las clases medias y la sensación de pérdida de control ante los cambios sociales y tecnológicos están facilitando la aparición de discursos antipolíticos. Los populismos son síntoma de que algo no funciona, pero con su retórica agresiva también son causa del agravamiento de los problemas de nuestras democracias, ya que socavan aquellas virtudes cívicas, desde la responsabilidad hasta la tolerancia, necesarias para una vida en común.

A menudo parece que, desaparecido el voto de pertenencia, lo que prima es el instinto o el sentimiento, quizás un deseo de defender ciertos intereses o el miedo a la derecha o a la izquierda. ¿Es esto reversible?  

Las emociones adversativas fueron clave en la última campaña presidencial de Estados Unidos. Se votaba más por miedo u odio al candidato rival que por orgullo por el propio. No es algo extraordinario, ya que la identidad se suele construir por contraposición. Por lo tanto, el conflicto nunca desaparecerá de la política democrática y es bueno que así sea. Solo se puede avanzar contraponiendo ideas y proyectos. La cuestión es que el conflicto se canalice a través de las instituciones y no destruya la convivencia.

Por otra parte, me parece que el debate público tiene algo de pendular. Como ha escrito Jaron Lanier, las redes sociales tienen un sesgo, no hacia la izquierda o hacia la derecha, sino hacia abajo, hacia las bajas pasiones, hacia la degeneración del debate. Pero también creo que acabaremos hartos del tipo de debate que sufrimos en Twitter y volveremos a premiar la serenidad y el rigor.

Desaparece el voto de pertenencia a los partidos tradicionales y sin embargo toma fuerza el voto identitario. En una sociedad cada vez más fragmentada parecen interesar no tanto ofertas políticas con soluciones generales sino opciones de sectores sociales que quieren hacer oír su voz. ¿Por qué las agendas se fragmentan? ¿Es posible reconstruir una agenda común?

Con la exaltación de lo diferente y lo emocional que practican nacionalismos y populismos es ciertamente complicado reconstruir una agenda común, un proyecto de finalidades morales compartidas. En este sentido, el tribalismo que ha resurgido durante los últimos tiempos es una verdadera amenaza para la democracia y la libertad. Estas necesitan ser defendidas, ya que las generaciones actuales las dan por supuestas o las desprecian al considerar que no han satisfecho unas expectativas de felicidad. Necesitamos recuperar urgentemente el vínculo entre la libertad y la responsabilidad. Abandonar la segunda ha supuesto un golpe en la confianza en la primera.

La recuperación económica colaboraría en la recuperación de la confianza en una agenda común. Sin embargo, no será suficiente para superar los populismos divisivos. Serán necesarios liderazgos políticos y actitudes ejemplares que ayuden a superar algunas ideas tan malas como atractivas. Será necesaria mucha valentía en defensa de la verdad.

¿Qué nos permitiría reconstruir un nosotros, una tensión a lo que antes se llamaba el bien común? Es un concepto que cada vez suena más abstracto en la vida cotidiana de la gente.

Las identidades no son compartimentos estancos, ni son fijas en el tiempo. Pueden dividir sociedades, pero también unirlas sin homogeneizarlas. Los defensores de la democracia liberal no debemos caer en las trampas del populismo o de las políticas de identidad, pero debemos mejorar nuestra gestión de las emociones en democracia para ponerlas al servicio de identidades integradoras, como son la España constitucional o la Unión Europea, y de las reformas necesarias para superar esos retos que han generado tanta ansiedad en nuestra clase media. Es decir, debemos superar tanto el discurso tecnocrático como el populista con una retórica de la razón apasionada.

¿Qué permitiría conectar las experiencias de participación, de vida social, con el voto?

No es descartable que acabemos alejándonos de las redes sociales y de aquellos medios que favorecen la fragmentación y la polarización social, y volvamos a buscar una comunicación y una participación más presencial. En Estados Unidos el “puerta a puerta” sigue más vigente que nunca. Y los partidos y las campañas invierten en formar voluntarios y líderes de barrio, porque estos transmiten más confianza que cualquiera que aparezca en una pantalla.

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La oportunidad tras la victoria socialista

Fernando de Haro

Una semana después estamos en mejores condiciones de comprender lo que ha sucedido en las elecciones generales y de entender la oportunidad que puede proporcionar la nueva situación política. Tras diez meses de un Gobierno en precario, el PSOE ha conseguido una victoria amplia (123 escaños de un total de 350) en un Congreso con cinco fuerzas de peso nacional. Todo esto en una Europa en la que los partidos tradicionales tienden a desaparecer. La victoria se debe a la recuperación de parte del voto que había emigrado al populismo de izquierdas (Podemos), a la movilización de un millón extra de votantes de izquierda y a la fragmentación de la derecha en tres fuerzas (PP, Ciudadanos y Vox). Algo más de un tercio de los votos de Vox (700.000 votos) se han quedado sin representación parlamentaria y han favorecido al PSOE por la ley electoral.

En realidad no se entiende la victoria de los socialistas sin la emergencia de Vox, convenientemente utilizada para sembrar el pánico y movilizar a los abstencionistas de la izquierda. La nueva formación se presentaba como el partido que, después de años de renuncias de la derecha a principios y valores, venía a restaurarlos. Ha hecho de la unidad de España, de la lucha contra la ideología de género, de la lucha contra el aborto, del combate contra el feminismo, sus banderas. No es un partido como el Frente Nacional o Alternativa por Alemania porque apenas recibe un cinco por ciento de votos desencantados de la izquierda. Es un partido apoyado por cierta derecha sociológica que, curiosamente, hace suyo algo propio de la izquierda utópica: convertir la política en un instrumento salvífico, reclamar la teologización de la política para que defienda ciertos valores aunque estos hayan sido abandonados o relativizados por la sociedad (se acaba culpando a la “ingeniería social” de su destrucción).

Vox, que se enfrenta al progresismo, acaba asumiendo los principios metodológicos revolucionarios, sobre todo cierto maniqueísmo dialéctico (cuanto peor, mejor). Para algunos es el partido católico, a pesar de haber perdido lo más católico que hay en política: la “reserva escatológica”, la referencia de las dos ciudades.

La voluntad expresa de afirmar políticamente ciertos valores, porque el PP no lo hacía, y el corrimiento del PP hacia posiciones de Vox ha provocado la movilización de una casi-mayoría de izquierda (48 por ciento) y el crecimiento de la opción liberal que no se reconoce en esos principios. El empeño en afirmar un bien innegociable ha contribuido a que no se realizara el bien posible.

La victoria de los socialistas en cualquier otro país de la Unión Europea podría verse como una buena noticia. Ha estado acompañada de la emergencia con fuerza de un partido bisagra liberal (Ciudadanos), y llega después de que el ciclo del centro-derecha (PP) quedara claramente agotado por la gestión de la crisis y por la corrupción.

Pero no todo es tan sencillo. La derrota cosechada por el centro-derecha (PP) permite vaticinar, si no la desaparición del partido, sí una larga travesía del desierto, lo que sin duda no será bueno para el sistema de contrapesos. A menos que los liberales de Ciudadanos lo sustituyan por completo (lo han sustituido ya en la mente muchos ex votantes del PP).

La oportunidad tras la victoria socialista

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  765 votos

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

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