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24 AGOSTO 2019
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La lección europea de Romano Guardini

Francesco Milano | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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¿Europa es una utopía? Al sueño de los padres fundadores de Europa, ¿todavía le queda alguna posibilidad? Estas preguntas son de total actualidad, mueven nuestra historia pero interpelan aún más intensamente nuestro presente y nuestro futuro. No son preguntas retóricas, inútiles ni ociosas, sino problemas abiertos a los que hay que prestar máxima atención. Todavía podemos encontrar una palabra luminosa en Romano Guardini y su reflexión dedicada al desarrollo de la cultura europea y al crecimiento de un ethos europeo. Guardini abordó el significado de Europa en muchos de sus escritos, en algunos persiste en su análisis ofreciendo valiosas pistas y sugerencias, ya desde los primeros años de su producción filosófica y de su importante actividad educativa.

Podemos identificar tres líneas de investigación dentro del pensamiento de Guardini, útiles para intentar responder a las preguntas planteadas. La primera línea guardiniana es, en mi opinión, la línea de la fidelidad: la capacidad para saber armonizar las distintas fidelidades en una única gran dimensión de fidelidad. Guardini, italiano de nacimiento, alemán por decisión, fue consciente muy pronto de los peligros del nacionalismo en un mundo que mudaba rápidamente y que ya llevaba tiempo atravesando procesos de globalización que él supo identificar claramente. Europa será biográficamente el lugar que acoja sus dos fidelidades, pero culturalmente es el espacio de una unidad capaz de mantener unidas las diferencias, abriéndolas al mundo entero. Por tanto, para Guardini, la fidelidad no viene a asumir ese carácter absoluto que tuvieron y tienen visiones políticas angostas, capaces de comprender tan solo el vínculo con la propia tierra, sino que adquiere sentido y valor solo desde una perspectiva más amplia y comprensiva. Por otra parte, Guardini estaba convencido desde sus años de juventud, como testimonia Joseph Aussem, de que “ya no existe el dato de hecho de un pueblo como un mundo en sí mismo” y que “un pueblo asciende y desciende con el otro”. Por tanto, en el nuevo espacio europeo ya no se considera la patria –afirma Guardini– “en su antigua forma cerrada, sino coordinada junto con las demás naciones del continente europeo”.

Guardini tampoco absolutiza a Europa y esto es lo que hace especialmente significativo su europeísmo. Ya en los años 20 escribía en sus Cartas del Lago de Como: “Antes –sin ninguna duda– Europa consideraba su propia cultura como medida en virtud de la cual valorar y criticar a todas las demás (…) La autocomplacencia del hombre europeo ha estallado (…) La conciencia y obra de cada pueblo son examinadas y juzgadas a la luz de una crítica fundada sobre la conciencia del mundo entero”, un mundo “donde pueblos diversos, cada uno con su propia cultura, tendrán que coexistir y cooperar”. Esto planteaba ya entonces nuevas tareas a Europa y le imponía una nueva y diversa apertura de horizontes. La cuestión planteada por Guardini resulta aún más actual casi un siglo más tarde, después de toda la compleja historia del siglo XX y los primeros años del nuevo milenio. En Europa se hace cada vez más necesaria una perspectiva distinta de la historia y de su unidad, una visión capaz de unir el todo a la parte, repensando de manera diferente su relación, su composición potencial y su difícil equilibrio.

La segunda línea guardiniana viene de la conjugación entre poder y responsabilidad. Guardini asigna a Europa la complicada tarea de pensar en el poder como un servicio, como responsabilidad, partiendo también de las terribles experiencias vividas: una crítica a la potencia que limite la prepotencia de las naciones sabiendo al mismo tiempo hacer frente al dominio de la técnica. La tarea pendiente, según Guardini, era una crítica a la potencia, no una crítica necesariamente negativa, “ni asustadiza ni reaccionaria”, una crítica que se plasmara fundamentalmente como “cuidado del hombre”, salvaguardia de lo humano. La tarea que Guardini reserva para Europa “no consiste en acrecentar la potencia que otorgan la ciencia y la técnica, aunque naturalmente también implica esto, sino en domar esa potencia. Europa ha producido la idea de la libertad, tanto del hombre como de su obra; a ella incumbe sobre todo solicitar la humanidad del hombre, hasta implicar su libertad también frente a su propia obra”.

La tercera línea se refiere al papel del cristianismo en el futuro de Europa, un papel históricamente fundamental que hoy sigue siendo decisivo para la salvaguarda de Europa frente a sus propias caídas, como pasó con Hitler cuando se presentó como un nuevo salvador. La figura de Cristo es la figura de esa trascendencia siempre ulterior que, manteniendo unidos lo humano y lo divino, no permite confundirlos y sustituirlos. “El ser de Cristo ha liberado el corazón del hombre europeo. Su personalidad le ha dado la extraordinaria capacidad de vivir la historia y cumplir su destino. Su seriedad, lo quiera o no, ha sostenido la obra del espíritu europeo”. Esto no solo tiene valor religioso sino que también adquiere un especial valor cultural. El cristianismo, entendido de manera auténtica, es salvaguarda de las libertades y, en este sentido, posibilidad la fidelidad y la responsabilidad, critica a la potencia e instaura un nuevo orden de servicio.

Por tanto, esta reflexión de Guardini sobre Europa muestra el alto sentido de su historia, de su tradición y de su vocación, pero no ignora los riesgos que corre ni oculta las fragilidades que sufre ni las que aún pueden llegar. Una reflexión aguda y profunda, pero sobre todo amplia de miras. ¿Utopía? Tal vez, pero solo si utopía es capacidad de mirar adelante con confianza, capacidad de no dejar de comprometerse en un contexto humano y de relaciones donde pueda aflorar la dignidad de los hombres y de los pueblos. Esta mirada amplia de miras, esta utopía fecunda, es lo que más falta hace, también hoy, para devolver un sentido a Europa y pensar en un futuro posible.

Publicado en Avvenire

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