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24 SEPTIEMBRE 2019
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Concretamente europeos

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  27 votos
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Estamos ya en plena campaña de unas elecciones al Parlamento Europeo que van a ser decisivas. Decisivas por muchas razones. Por primera vez un grupo antieuropeo y nacionalista, como es el encabezado por Salvini y Le Pen, se puede convertir en la cuarta fuerza. El resultado de los populares y socialdemócratas, debilitados, va a ser determinante para que el alemán Manfred Weber (conservador) o el holandés Frans Timmermans (socialista) puedan aspirar a presidir la Comisión Europea (el verdadero órgano legislativo europeo). Si las que hasta ahora han sido las dos grandes familias políticas europeas salen muy debilitadas, la presidencia de la Comisión y otros cargos relevantes no tendrán en cuenta la composición de la Cámara. El resultado de los comicios será también decisivo para la elaboración del presupuesto 2021-2027. Si los partidos netamente europeístas pierden fuerza, será más difícil una presión efectiva a la Comisión y a los gobiernos nacionales para aumentar el gasto y modernizar la distribución de sus partidas. Y con menos votos en favor de esas formaciones será también más difícil terminar la reforma del euro. Aunque no dependa del Parlamento Europeo, es inevitable que un voto por menos Europa suponga una dificultad mayor para aprobar un presupuesto que actúe como estabilizador ante recesiones, para convertir el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) en un Fondo Monetario Europeo y para culminar la unión bancaria.

Pero estas elecciones no solo son decisivas porque el resultado puede suponer un freno en la construcción de Europa. Sino por el “ánimo” con el que muchos electores acudirán o no acudirán a votar y porque el mundo ha cambiado sustancialmente en los últimos cinco años. La victoria de Trump supone, en gran medida, haber perdido el apoyo del vínculo atlántico. El presidente de los Estados Unidos recibe a Orban, el antieuropeo presidente de Hungría, mientras que la semana pasada el secretario de Estado Pompeo cancelaba una entrevista con Merkel. China ya no oculta su voluntad imperial y sus planes de hacerse con sectores estratégicos y Rusia está decidida a desestabilizar todo lo que pueda.

En este contexto, como bien señala Ivan Krastev (autor de After Europe), los europeos están dominados por la nostalgia. A una Europa cansada porque ha renegado de su origen (Francisco), le asalta ahora el miedo. Estamos ante una nostalgia imprecisa que no sabe definir cuál fue nuestra edad dorada (quizás la reconstrucción tras la II Guerra Mundial). Y ante un miedo no solo a un futuro peor o a la creciente desigualdad (Habermas). Más bien es el temor de no saber bien quiénes somos. La mayor o menor confianza en Europa no depende solo de un déficit democrático (Weiler) sino de una inseguridad sobre nuestra identidad.

Frente a esa crisis de identidad hay dos tentaciones que se antojan soluciones rápidas: dar por fijadas las posiciones de los votantes antieuropeos y pro-europeos para lanzarse a la batalla y revindicar una europeización “desde arriba”. Krastev señala de forma sugerente que la polarización absoluta entre nacionalistas soberanistas y europeístas tiene algo de espejismo. El columnista del New York Times señala que ese enfrentamiento ni siquiera se produce en Hungría, quizás sí en Polonia. Habría que huir pues de una confrontación infecunda. No son los soberanistas ni los euroescépticos los que pueden hundir Europa sino la propia Europa si no propone soluciones nuevas. Krastev aboga por no defender a la Unión Europea pero sí reinventarla. Interesante propuesta que sugiere una nueva síntesis, la enésima reconstrucción.

De igual modo que la Europa que salga de las nuevas elecciones no deber ser la Europa victoriosa o la Europa vencida por el soberanismo, la identidad europea no puede recuperarse desde arriba o por el simple e improbable rescate de sus raíces. Esta es la debilidad de Macron o de todos aquellos que recuerdan el valor de una tradición donde los valores del derecho romano, el cristianismo o la ilustración eran un faro.

La política cultural europea ha sido un claro síntoma de la imposibilidad de recuperar una identidad desde arriba. Europa nació sin políticas culturales. Y cuando se realiza la reforma de Maastricht de 1992, con las posteriores modificaciones que dan lugar al Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, cuando por fin se reconocen las competencias culturales, no se hace una referencia a la identidad cultural europea. Se habla solo de las culturas de los estados miembros y de una herencia común. Más interesante para fraguar la identidad de Europa han sido experiencias como el programa Erasmus. Ha servido y sirve para adquirir desde abajo, desde las relaciones entre los distintos, una experiencia concreta de quiénes somos. El problema de la identidad y de la falta de sentido no puede resolverse apelando a un legado histórico, a las raíces de Europa, a un pasado glorioso: la tradición no está en pie.

Ser europeo en este momento es empezar por el principio, por un reconocimiento en la experiencia del bien práctico que supone estar juntos. La verdad de lo que signifique ser europeo siempre será, como toda verdad, relacional, llegará a través de la experiencia.

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