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27 JUNIO 2019
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Ante la inevitable transición energética

Francisco Medina | 0 comentarios valoración: 2  27 votos
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¿Qué significa el proceso de Transición energética? ¿De dónde surge?

En realidad, transiciones energéticas siempre han existido. Normalmente, un proceso de transición es una evolución de una situación a otra. En un principio usábamos la leña, las velas y los candiles; luego pasamos a usar aceite, luego carbón, luego energía nuclear, gas, ahora renovables, etc. ¿Qué es lo que comúnmente se denomina ahora mismo “transición energética”? Una aceleración de esa evolución, impulsada fundamentalmente por la necesidad de reducir emisiones de CO2 para frenar el cambio climático.

Partimos entonces de que se da un cambio climático…

Claro. Cada vez se tiene más claro, aunque algunos aún lo niegan, que hay un cambio climático y que además, más allá del cambio climático natural, hay otro de origen antropocéntrico, de origen humano, que es el que se ha producido a una escala mucho mayor de lo que veníamos viendo en los últimos 150 años, desde que empezamos a usar combustibles fósiles; eso es lo que llamamos cambio climático a efectos de la transición energética. No tanto el cambio natural que se produce a lo largo de cientos de miles de años sino el cambio que se está produciendo en estos últimos 150-200 años porque, si seguimos así, se va a acentuar más y ese es el que intentamos evitar dentro de lo posible, porque hay una parte que no vamos a poder evitar, con la transición energética. En el fondo, de lo que se trata es de ver cómo dejamos de usar combustibles fósiles, que son los que están contribuyendo al cambio climático.

¿Es un fenómeno nuevo el cambio climático? Hace pensar, a primera vista, en un paralelismo con el proceso de reconversión industrial que hemos tenido en España…

De hecho, hace poco tuvimos una jornada sobre transición energética justa y hablábamos de la reconversión, porque es un ejemplo, aunque es verdad que no es exactamente igual, tampoco en términos de plazos, porque la transición energética ya lleva muchos años haciéndose. Ahora parece que todo es urgente, pero ni aunque sea urgente la vamos a poder hacer en cinco años. Por ejemplo, a 2030, que es el escenario que se está planteando en Europa, vamos a transformar una parte, y reduciremos nuestras emisiones un 20% sobre el año 90, y eso no es nada, porque en 2050 deberíamos llegar a eliminarlas totalmente.

Realmente, si piensas de verdad en la transición, es algo que va a llevar cuarenta años y en la que ya llevamos veinte. Eso supone unos plazos que no son ni mucho menos los de las reconversiones, que en diez años tenías que hacerlo. Pero a cambio tiene otras circunstancias. Por ejemplo, la reconversión industrial se hacía porque no había más remedio. En la reconversión no había alternativas: había que cerrar y punto. De modo que tiene algunos elementos similares, pero otros no. Ahora hay alternativas, no es que de repente tengas que cerrar todos los fósiles, aunque habrá que hacerlo, pero con más tiempo. Entretanto vas teniendo alternativas que, además, van siendo competitivas, no ahora necesariamente, pero a lo mejor dentro de diez años esas alternativas ya son competitivas, con lo que podríamos decir que ya no supone tanto esfuerzo.

¿Qué energías alternativas crees que serán más competitivas?

Ahora mismo las que están en el umbral de la competitividad son la eólica y la fotovoltaica, que en algunos sitios ya son competitivas. Todo depende de si tienes que construir tu sistema energético de nuevas o no. Si lo tienes que construir de nuevas, hay gente que ya, a la vista de los costes, le merece la pena apostar directamente por las renovables, para producir electricidad, que luego la energía es mucho más. También es movilidad, y ahí todavía no hemos llegado a la competitividad. Hay quien dice que llegará en 2022-25, no lo sabemos, pero sí puede estar por ahí.

¿Qué ventajas y riesgos ves en este proceso de transición energética que nos va a afectar a todos los ciudadanos?

Tiene muchas ventajas si se sabe hacer bien. Si eres capaz de hacer este proceso de evolución de una manera que vaya acompasada con cómo ayuda la tecnología, con los cambios de comportamiento, es decir, de sensibilización de la gente, y en esto siempre pongo el ejemplo de cómo hemos cambiado nuestro comportamiento con la gestión del agua: de un año para otro estábamos consumiendo muchísima menos agua porque nos habíamos dado cuenta de que el agua no se puede tirar, si hay este cambio de comportamiento y además la tecnología nos ayuda, este proceso de transición puede no ser muy costoso. Algo nos va a costar, ya solo el hecho de cambiar de hábitos supone un coste, en términos de confort, de cambiar algo. Pero lo cierto es que si se hace de manera inteligente, ese coste puede ser bastante asumible. Además, hay que tener en cuenta que si no lo haces, el coste que tendremos que pagar en términos de cambio climático será muy grave. Puede decirse que hay dos categorías de coste: el coste ambiental, que no solo incluye el cambio climático –que es fundamental–, sino otros elementos que pueden revertir como beneficios; por ejemplo, si conseguimos reducir el uso de vehículos en las ciudades; si consigues realizar esa transición no solo estás reduciendo emisiones de CO2 sino también reduces emisiones de partículas contaminantes que son muy dañinas, aparte de la congestión, el ruido, etc; y la gracia es conseguir hacer eso al menor coste posible. El truco está en hacerlo de la manera más inteligente posible.

¿Puede decirse que las energías renovables están reduciendo sus costes de explotación?

Sí, en muchos países ya están siendo competitivas, ya no interesa abrir una central de gas, por ejemplo. Queda por resolver el problema del respaldo. Hay días que no son buenos para producir con fotovoltaica, tienes que pensar qué haces cuando no hace sol o no sopla el viento. Hay maneras para solucionar eso, por ejemplo los pantanos que tenemos en España nos ayudan en eso.

Para el año 2030, ¿cuáles crees que serán las energías de respaldo?

Lo que vemos en los estudios es que para 2030 no hay un problema fundamental en España, ayudados por varias cosas: primero, porque tenemos energía hidráulica; segundo, porque tenemos muchos ciclos combinados de gas que están casi parados y que, por tanto, si hace falta, se vuelven a arrancar y nos dan ese respaldo. En ese sentido, tenemos suerte, no nos hace falta hacer grandes cosas. En otros países que no tienen hidráulica o eso que llamamos sobrecapacidad, van a tener que invertir para dar respaldo a las renovables, y eso supone que les va a costar un poco más.

Se habla de la posibilidad de que, para 2030, pueda comercializarse la producción de energía a partir de fuentes de energía marina (mareomotriz, undimotriz, barrera de marea…), o del almacenamiento energético del futuro (sales o baterías). ¿Sería factible?

La maremotriz está en una fase de desarrollo más temprana, la eólica marina sigue siendo más cara que la eólica terrestre pero ya empieza a acercarse. Otra cosa es almacenar, que consiste en recoger electricidad que has producido en un momento dado y guardarla para otro momento. Supone un gasto adicional a la generación y no se pueden comparar, porque no es lo mismo un coste de almacenamiento que un coste de generación. La energía tienes que generarla, sí o sí, y una vez que la has generado, puede que la tengas que almacenar o no, depende. Las fósiles son sencillas de almacenar. En cambio, cuando no hace sol, ¿qué hacemos con la fotovoltaica? Tienes que almacenar o bien usar energía almacenada, como la hidráulica, que está almacenada en los pantanos y la puedes utilizar siempre que tengas suficiente agua embalsada. Hay que jugar con todos esos factores. El almacenamiento que no sea hidráulico ahora mismo también es bastante caro y por ahora no interesa.

El problema es que no llueva...

Claro. En España, cuando piensas en un sistema eléctrico descarbonizado, el problema que vamos a tener es lo que llamamos “almacenamiento estacional”, que no te lo resuelven las baterías. Es un almacenamiento que, cuando viene el anticiclón de las Azores y nos tiramos tres semanas seguidas con sol poco intenso, sin viento y sin lluvia, ¿cómo pasamos esas tres semanas? Ese es uno de los grandes retos que tenemos. Ahora mismo no hay tecnologías que nos permitan pasar esas tres semanas. Hay una posibilidad que es guardar agua almacenada para esas tres semanas, pero si las guardas para esas tres semanas, entonces no la usas para otros momentos. Hay que ver qué interesa más. Y las predicciones nos dicen que en España vamos a tener un 20% menos de agua y si tienes menos agua, habrá también menos almacenamiento y puedes jugar menos con eso.

Es evidente que hay factores económicos, pero también sociales y medioambientales en este proceso de transición energética, ¿crees que se ha concretado esta vinculación energía-medio ambiente en la normativa nacional y comunitaria?

En España hay ahora un Anteproyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energética, que ya debía haber salido con el Gobierno del Partido Popular; pero todos tenemos esperanzas de que acabe existiendo una ley que en el fondo lo que hace es marcar una estrategia nacional acorde con lo que pide Bruselas y con nuestro compromiso con la lucha contra el cambio climático. La UE tiene concertada una política climática que marca cómo vamos avanzando todos en esa dirección.

¿Qué instrumentos vinculantes tiene previstos la Unión Europea en este sentido?

Bruselas tiene dos instrumentos. Uno es lo que se llama el sistema europeo de comercio de emisiones, un mercado de emisiones que afecta a la industria y al sector eléctrico; y otro, lo que llamamos sectores difusos, como el transporte y los servicios, para lo que marca unos objetivos vinculantes para los países. Cada uno tiene que ver cómo logra cumplir esos objetivos. Unos Estados ponen impuestos, otros promueven la rehabilitación de viviendas, otros gravan o restringen la venta de los coches diésel y gasolina; cada país es soberano para decidir qué quiere hacer en el ámbito de los sectores difusos.

Parece que se exige elaborar un Borrador de Plan Nacional Integrado de Energía y Clima por parte de cada país.

Va en paralelo, pero no es vinculante. Los países tienen un objetivo acordado con Bruselas, que sólo afecta a los difusos, no a los otros. Bruselas dice a los países que tienen que elaborar un Plan para reducir emisiones, pero no dice cuánto. De hecho, muchos países han limitado su reducción a lo mínimo exigido por la normativa europea. Es algo parecido a lo establecido en el Acuerdo de París: no hay obligaciones estrictas para los países pero éstos han de decir qué y cómo en el 2030. Se marca una obligación de reducción de emisiones, pero luego, por ejemplo, los objetivos de renovables no son vinculantes a nivel nacional, ni los de eficiencia energética, por lo que lo único que tenemos que hacer es cumplir con esos objetivos de reducción de emisiones de la manera que cada uno vea más apropiada para su país.

En España se ha creado, por vez primera, un Ministerio que integra las cuestiones de Medio Ambiente y Energía, ¿está llamado a quedarse?

Tiene ventajas e inconvenientes. Si me apuras, diría que es mejor que estén integradas porque la historia que hemos vivido es de enfrentamiento entre Medio Ambiente, interesado en cumplir con los objetivos de reducción, y el Ministerio de Energía, empeñado en buscar la energía más barata posible. Y ahí el conflicto es inevitable porque la energía más barata no es ahora mismo la más limpia. Llegará un momento en el que no haya conflicto. Personalmente, creo que el que exista un solo Ministerio que armonice, facilita mucho, aunque se puede objetar que esa función la puede asumir el Presidente del Gobierno. Aunque el hecho de estar separado tampoco es un obstáculo, de hecho así está en muchos países con una política ambiental muy buena, por lo que no es una condición imprescindible, pero seguro que facilita las cosas y engrasa algunos procesos.

¿Y qué hay de la sociedad civil?

En todo este proceso de transición, creo que sí hay una contribución de la sociedad civil. Primero están las ONG, fundamentalmente ecologistas pero no necesariamente, luego están las universidades y centros de investigación, que creo que han tenido un papel muy activo. Las empresas también juegan su rol, a veces a favor, a veces en contra. Creo que en un debate como este sí hay mucha conversación a nivel de sociedad civil. Otra cosa es cómo eso luego se traslada a la legislación. Hasta cierto punto, se ven trasladadas ciertas cuestiones que se han debatido en la sociedad civil, aunque otras no, evidentemente, porque los gobiernos son soberanos para decidir qué quieren hacer. Nosotros llevamos mucho tiempo trabajando en este ámbito, por ejemplo, desde una cátedra universitaria que tenemos organizamos varias veces al año jornadas de sociedad civil y sí tenemos la sensación de que hay conversación y cierta capacidad de influencia.

Por ejemplo, en temas de pobreza energética…

Nosotros hicimos un estudio en la universidad que creo que tuvo mucha influencia en los programas electorales; en ese caso sí se vio ese trasvase de la discusión que había no solo entre nosotros sino que también había otras instituciones trabajando sobre esta cuestión, y la Estrategia de Pobreza que se ha llevado a cabo sí ha reflejado parte del debate de la sociedad civil en este punto.

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