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23 SEPTIEMBRE 2019
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Y ahora, ¿qué?

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  31 votos
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Antes de las elecciones ha habido manifiestos que indicaban el sentido del voto. Otros no lo hacían, pero eran suficientemente ambiguos para dejarnos igual. Ha habido conversaciones hasta altas horas de la noche. En familia, con amigos, compañeros de trabajo, hasta en la calle. Hemos retuiteado y reenviado por guasap noticas falsas, verdaderas y medio pensionistas. Hemos creído que todo acababa ayer, lo malo. Que lo bueno empezaba ahora. Que los muros que había se derruían. Que como en la “Nit del Foc”, el fuego se llevaría lo viejo y lo antiguo. Que el voto limpiaría nuestra conciencia, que el voto salvaría España, que el voto aniquilaría o purificaría tal o cual ideología. Hemos pensado que por fin dábamos la colleja que había que dar, el golpe en la mesa que mucho había tardado en llegar. Hemos pateado el trasero del cuñado, aquel que nos dio la murga en Navidad con el “voy a votar a…”. Somos modernos. Todos hemos pensado esto. Es nuestra manera de pensar. Y ahora, ¿qué?

Ahora toca el trabajo más gris y complicado que pueda pedirse a un ciudadano. Recomponer los puentes quebrados dentro de la sociedad. Afianzar los muros, asfaltar el firme, asegurar las tierras. Si hubiera una profesión que exigiese ahora el mayor salario sería la de pontonero. O ingeniero de caminos, canales y puertos (y puentes).

Ahora es el momento, si no se ha hecho antes, de salvar a las personas, aunque militen en otros partidos e ideologías.

Ahora es el momento de superar en nuestro imaginario colectivo la terrible distinción entre amigo-enemigo de Carl Schmitt aplicada a la política, puesto que apostar por una visión más amiga de nuestra visión del mundo es agrupar entre amigos y enemigos, desde la ideología, sin salvar a la persona, sin valorar a otros políticos de otros partidos. Los perjudicados, sin duda alguna, las iniciativas o proyectos concretos.

Ahora es el momento de trabajar de sol a sol, codo con codo. Ese sería el partido que debería surgir, el movimiento aún no concebido.

Ahora es el momento de no escoger a los amigos, pues seleccionamos a los enemigos en el mismo acto. La política no es agrupar a las personas en dos bandos, en varios colores, de manera que el otro es enemigo inevitable.

Ahora es el momento de profundizar en la sociedad civil, que no es sólo libertad para hacer, al más puro sentido liberal, sino que desde el evangelio esta libertad es otra cosa. Es libertad para conmoverme o no con las obras del tú, que es el otro. Con la compañía del “tú”, que es el otro. Contigo mismo.

Ahora es el momento de abandonar y superar la lógica de los espacios, como dice Francisco, y entrar poco a poco, codo con codo, de sol a sol, en la de los procesos.

Francisco reconoce que no estamos ya para alianzas, para la búsqueda de cobijo, para las seguridades y las certezas. Éstas son de Dios. El mundo es otro. Ha cambiado y los católicos no nos hemos dado cuenta, porque nos hemos vuelto paganos. Paganos en nuestra mirada. Por tratar de ser buenos ciudadanos, hemos abandonado la noción de ciudadanía como cristianos, que solo puede pasar por la solidaridad y la fraternidad, por el diálogo y el encuentro personal, con el abandono de las ideologías.

Como dice Marc Gaudé, antropólogo, estamos en un mundo de no lugares, como el aeropuerto, de paso, y vamos al mundo digital que es un no lugar. ¿Cómo debemos estar en un no lugar?

Ahora es el momento de la compañía. Es como cuando no se está en ningún lugar, o cuando todos los lugares son no lugares, hasta en la soledad del hogar delante de un móvil.

A veces no ir a ningún sitio es muy importante, es lo más importante. A veces el no argumento es el argumento. A veces la no trama es la misma trama de la vida. A veces el no exige un sí en primera persona. A veces, para la mentalidad dominante, en una historia, como mucho, hay un cuento, en lugar de una novela. Es lo que vio Pérez Reverte en una historia de David Gistau, que hizo cuento, pero él sabe novela.

No se trata de empeñarnos en el discernimiento de con quién aliarse buscando su protección, para triunfar y hacer el bien, sino confiar solo en Dios, dialogando con todos, es decir, juntos.

Dialogar con todos y no hacer alianzas con ninguno, dice Ricardi de Francisco, puesto que el Papa quiere trascender el destinatario del mensaje, y dirigirse a todos los demás hombres de la humanidad, lo que hace necesario no forjar esas alianzas o indicaciones de voto.

En el tapete está ver si el católico se ha de movilizar en términos de influencia y de poder, de espacios. Francisco no entra a valorar leyes del estado como intrínsecamente buenas ni malas, al huir de la lógica del enemigo pues es lo que trata de evitar: el complejo de Masadá.

La libertad no nos viene del estado (lo que deje a la sociedad civil), sino de nuestra dignidad, de nuestra condición de seres creados. Así nos quiere “in uscita” (en salida). Y ahora, ¿qué?

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