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23 JULIO 2019
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>Entrevista a Olivier Roy

Islamistas y populistas. El ataque en dos frentes a la democracia laica

M.Ventura | 0 comentarios valoración: 1  17 votos
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Después de varios éxitos editoriales sobre el islam contemporáneo, Olivier Roy ha dedicado un libro a la Europa cristiana, con un punto interrogativo en su título, “¿Una Europa cristiana?”. Conocido experto en el islam, el politólogo francés es sin duda un experto en religiones. En su famoso ensayo “La santa ignorancia”, Roy teorizaba sobre una religión globalizada privada ya de referentes culturales.

En 1969 viajó usted a Kabul…

Con la mochila a la espalda y en autostop. Como un estudiante más. Eran los años 60. Muchos iban a Katmandú, en Nepal. Yo buscaba en Afganistán la autenticidad, el Oriente no contaminado. Mis visitas se sucedieron año tras año.

En 1979 llegaron los carros armados soviéticos.

Seguí yendo, pero a la zona de los muyahidines. Aprendí persa y durante cuatro años estuve trabajando sobre la guerra.

Usted era de formación protestante.

Estudios bíblicos y teología, mucha filosofía, psicoanálisis. Muy intelectual. Éramos cristianos de izquierdas, había que romper la frontera entre la religión y el mundo secular.

Era la época siguiente al Concilio Vaticano II.

Los protestantes éramos de tradición antidogmática, de espíritu crítico. En el catolicismo no lo había. Ellos estaban empezando.

Pero no faltaban los católicos de izquierdas.

Compartíamos la fascinación del secularismo, la convicción de que lo religioso puro estaba anticuado. Queríamos abrirnos al mundo pero no entendíamos mucho a nuestros coetáneos católicos. Ya existía la píldora y ellos aún permitían que se controlara lo que hacían en la cama.

Después de mayo, llegó julio de 1968.

De Gaulle ganó las elecciones y salió la encíclica Humanae Vitae. Yo ni siquiera me había dado cuenta pero Pablo VI ya lo había entendido todo. Los años 60 marcaron una ruptura antropológica. Para nosotros, julio de 1968 era la vuelta al orden, la victoria de la contrarrevolución. Entonces decidí marcharme a Oriente.

Dejaba atrás la revolución.

Nuestra revolución era el fin de la hipocresía del orden moral. Luchábamos contra la burguesía que se fingía cristiana y obligaba a abortar clandestinamente a sus trabajadoras domésticas.

¿Soplaba los vientos del feminismo?

No tanto del feminismo. Era que la sexualidad funcionaba a beneficio de los que tenían el poder, es decir, de los hombres. El eslogan era: “El deseo es para todos”. También para los niños. Ya era fuerte la tendencia de la pedofilia. El individuo que desea es el fundador de los valores y de la moral.

Dice en su libro que después de la revolución francesa hubo un conflicto de poder con la Iglesia. ¿Era un divorcio sobre los mismos valores?

No estaba en cuestión quién detenta la verdad sino la definición misma del bien, de los valores.

¿Cómo reaccionaron los cristianos?

Los cristianos de izquierdas se echaron en brazos de la auto-secularización.

¿Auto-secularización?

Es una expresión que me he inventado. Los curas colgaban los hábitos, la misa ya no era en latín, ya no existía el infierno. No era el materialismo, no es que desapareciera la espiritualidad, porque el 68 no fue antirreligioso. Más bien se traducían los valore religiosos en valores laicos: la dignidad, la libertad, la vida. Nace la teología de la liberación: no se puede buscar la propia salvación personal si la sociedad no ha sido liberada antes.

Así que los cristianos de izquierda se auto-secularizaron…

…y salieron creyentes puros y duros. Para los cuales se estaba matando no solo al cristianismo sino a la religión en cuanto tal. Es decir, la fe, la verdad.

Estos cristianos puros y duros no son un bloque monolítico.

Por un lado están los tradicionalistas, que rechazan la secularización de lo religioso y defienden la teología de cualquier tipo de compromiso. Y por otro, los carismáticos, los del encuentro directo con Jesús. Son los llamados tradismáticos.

¿Tradismáticos?

Tradicionalistas y carismáticos juntos. Eso no lo he inventado yo, lo encontré en un periódico francés.

Mientras tanto, en Europa se desarrolla un cristianismo identitario.

Al principio fue cosa de la extrema derecha, de Le Pen padre en Francia. La fe no importa, el país necesita el catolicismo como orden moral, pero en los años 70 y 80 había pocos identitarios.

¿Cuándo cambia la cosa?

El verdadero punto de inflexión llega con el islam. La cuestión del velo estalla en Francia en 1989 y los tiempos van al mismo ritmo en todo el norte de Europa. Las segundas generaciones hijas de los inmigrantes de los 60 y 70 ya tienen 18 años. Y ahí llega la sorpresa. Esta segunda generación abandona el cuscús y la chilaba, habla francés, alemán, inglés. Pero son musulmanes, creyentes, y empiezan los problemas. Mientras eran extranjeros que llegaban con su cultura y su folclore, se les podía querer más o menos pero no se ponían en cuestión. Ahora ya no son turcos o árabes. Son musulmanes. Ahí empieza el problema.

En Francia.

Porque en Francia es donde la crisis con lo religioso aparece con más fuerza. La laicidad francesa es muy constrictiva, es la ideología del estado, la cultura nacional. Y entonces se ve puesta en cuestión por la visibilidad de una religiosidad en estado puro.

¿Es el retorno de la religión?

No hay un retorno de la religión. Lo que hay en cambio es una deculturación de lo religioso que hace visible la nueva religiosidad. En su forma musulmana, pero también en la católica, con los integrismos.

La nueva religiosidad suscita hostilidad.

Aunque afecta a todas las religiones, a lo largo de los años 90 la hostilidad se concentra en el islam. Aparecen entonces los identitarios cristianos.

Y los partidos populistas.

Que utilizan los signos cristianos para vetar al islam, pero nunca se refieren realmente a normas y valores cristianos, nunca.

Ni siquiera en el ámbito privado.

Mi tesis es que los populistas son un producto de los años 60. Gente que quiere disfrutar de la vida. Salvini, Marine Le Pen, Wilders en Olanda, Strache en Austria. No tiene nada que ver con la familia tradicional, la contradicción es total. Sus valores son los de 1968, pero invocan una identidad cristiana.

Pero el problema es el islam.

El islam es el árbol que no deja ver el bosque. Si fuéramos una sociedad claramente cristiana, no tendríamos esta relación con el islam. Tendríamos una relación como la que hemos tenido con los judíos. De mayoría a minoría, ambas definidas religiosamente.

¿En cambio?

Se detesta al islam porque es la religión al cuadrado. Es el enfoque de la izquierda francesa: hemos dedicado un siglo a machacar a la Iglesia y ahora llegan estos. “Charlie Hebdo” es esto. El anticlericalismo, la antirreligión. Por eso el Papa dijo: no soy Charlie. Es perfectamente lógio. No puede ser Charlie.

¿Y los populistas?

La izquierda opone al islam el feminismo, la libertad sexual, los derechos de los homosexuales. Valores liberales, seculares. Para los populistas es distinto. Para ellos el islam es lo opuesto al cristianismo, a la identidad cristiana. Pero el problema está justo aquí. ¿Qué son para ellos los valores cristianos? Sin duda, no los valores de la Iglesia. El caso de Salvini es evidente. Cuando un obispo le contradice, él sigue adelante igual.

¿Abrazar al populismo salvará al cristianismo europeo?

La unión entre identidad cristiana y populismo acentúa la secularización de Europa. Cuando se expulsan los signos religiosos musulmanes, se ataca a toda la religión, también la cristiana. Se laiciza el espacio público. Cuando se tutela la especificidad de la religión cristiana, como es el caso del crucifijo, se hace en nombre de la cultura. Por tanto, o se laiciza el espacio público o se culturaliza la religión.

Volvemos así a su famosa tesis del divorcio entre religión y cultura en el mundo actual. ¿No consistirá en esto la crisis de la Europa cristiana?

Esa es la gran cuestión. ¿Estamos frente a la crisis de una cultura, o lo que está en crisis a causa de la globalización no será acaso la noción misma de cultura?

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  57 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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