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24 SEPTIEMBRE 2020
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>Entrevista a Olivier Roy

Islamistas y populistas. El ataque en dos frentes a la democracia laica

M.Ventura | 0 comentarios valoración: 2  18 votos
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Después de varios éxitos editoriales sobre el islam contemporáneo, Olivier Roy ha dedicado un libro a la Europa cristiana, con un punto interrogativo en su título, “¿Una Europa cristiana?”. Conocido experto en el islam, el politólogo francés es sin duda un experto en religiones. En su famoso ensayo “La santa ignorancia”, Roy teorizaba sobre una religión globalizada privada ya de referentes culturales.

En 1969 viajó usted a Kabul…

Con la mochila a la espalda y en autostop. Como un estudiante más. Eran los años 60. Muchos iban a Katmandú, en Nepal. Yo buscaba en Afganistán la autenticidad, el Oriente no contaminado. Mis visitas se sucedieron año tras año.

En 1979 llegaron los carros armados soviéticos.

Seguí yendo, pero a la zona de los muyahidines. Aprendí persa y durante cuatro años estuve trabajando sobre la guerra.

Usted era de formación protestante.

Estudios bíblicos y teología, mucha filosofía, psicoanálisis. Muy intelectual. Éramos cristianos de izquierdas, había que romper la frontera entre la religión y el mundo secular.

Era la época siguiente al Concilio Vaticano II.

Los protestantes éramos de tradición antidogmática, de espíritu crítico. En el catolicismo no lo había. Ellos estaban empezando.

Pero no faltaban los católicos de izquierdas.

Compartíamos la fascinación del secularismo, la convicción de que lo religioso puro estaba anticuado. Queríamos abrirnos al mundo pero no entendíamos mucho a nuestros coetáneos católicos. Ya existía la píldora y ellos aún permitían que se controlara lo que hacían en la cama.

Después de mayo, llegó julio de 1968.

De Gaulle ganó las elecciones y salió la encíclica Humanae Vitae. Yo ni siquiera me había dado cuenta pero Pablo VI ya lo había entendido todo. Los años 60 marcaron una ruptura antropológica. Para nosotros, julio de 1968 era la vuelta al orden, la victoria de la contrarrevolución. Entonces decidí marcharme a Oriente.

Dejaba atrás la revolución.

Nuestra revolución era el fin de la hipocresía del orden moral. Luchábamos contra la burguesía que se fingía cristiana y obligaba a abortar clandestinamente a sus trabajadoras domésticas.

¿Soplaba los vientos del feminismo?

No tanto del feminismo. Era que la sexualidad funcionaba a beneficio de los que tenían el poder, es decir, de los hombres. El eslogan era: “El deseo es para todos”. También para los niños. Ya era fuerte la tendencia de la pedofilia. El individuo que desea es el fundador de los valores y de la moral.

Dice en su libro que después de la revolución francesa hubo un conflicto de poder con la Iglesia. ¿Era un divorcio sobre los mismos valores?

No estaba en cuestión quién detenta la verdad sino la definición misma del bien, de los valores.

¿Cómo reaccionaron los cristianos?

Los cristianos de izquierdas se echaron en brazos de la auto-secularización.

¿Auto-secularización?

Es una expresión que me he inventado. Los curas colgaban los hábitos, la misa ya no era en latín, ya no existía el infierno. No era el materialismo, no es que desapareciera la espiritualidad, porque el 68 no fue antirreligioso. Más bien se traducían los valore religiosos en valores laicos: la dignidad, la libertad, la vida. Nace la teología de la liberación: no se puede buscar la propia salvación personal si la sociedad no ha sido liberada antes.

Así que los cristianos de izquierda se auto-secularizaron…

…y salieron creyentes puros y duros. Para los cuales se estaba matando no solo al cristianismo sino a la religión en cuanto tal. Es decir, la fe, la verdad.

Estos cristianos puros y duros no son un bloque monolítico.

Por un lado están los tradicionalistas, que rechazan la secularización de lo religioso y defienden la teología de cualquier tipo de compromiso. Y por otro, los carismáticos, los del encuentro directo con Jesús. Son los llamados tradismáticos.

¿Tradismáticos?

Tradicionalistas y carismáticos juntos. Eso no lo he inventado yo, lo encontré en un periódico francés.

Mientras tanto, en Europa se desarrolla un cristianismo identitario.

Al principio fue cosa de la extrema derecha, de Le Pen padre en Francia. La fe no importa, el país necesita el catolicismo como orden moral, pero en los años 70 y 80 había pocos identitarios.

¿Cuándo cambia la cosa?

El verdadero punto de inflexión llega con el islam. La cuestión del velo estalla en Francia en 1989 y los tiempos van al mismo ritmo en todo el norte de Europa. Las segundas generaciones hijas de los inmigrantes de los 60 y 70 ya tienen 18 años. Y ahí llega la sorpresa. Esta segunda generación abandona el cuscús y la chilaba, habla francés, alemán, inglés. Pero son musulmanes, creyentes, y empiezan los problemas. Mientras eran extranjeros que llegaban con su cultura y su folclore, se les podía querer más o menos pero no se ponían en cuestión. Ahora ya no son turcos o árabes. Son musulmanes. Ahí empieza el problema.

En Francia.

Porque en Francia es donde la crisis con lo religioso aparece con más fuerza. La laicidad francesa es muy constrictiva, es la ideología del estado, la cultura nacional. Y entonces se ve puesta en cuestión por la visibilidad de una religiosidad en estado puro.

¿Es el retorno de la religión?

No hay un retorno de la religión. Lo que hay en cambio es una deculturación de lo religioso que hace visible la nueva religiosidad. En su forma musulmana, pero también en la católica, con los integrismos.

La nueva religiosidad suscita hostilidad.

Aunque afecta a todas las religiones, a lo largo de los años 90 la hostilidad se concentra en el islam. Aparecen entonces los identitarios cristianos.

Y los partidos populistas.

Que utilizan los signos cristianos para vetar al islam, pero nunca se refieren realmente a normas y valores cristianos, nunca.

Ni siquiera en el ámbito privado.

Mi tesis es que los populistas son un producto de los años 60. Gente que quiere disfrutar de la vida. Salvini, Marine Le Pen, Wilders en Olanda, Strache en Austria. No tiene nada que ver con la familia tradicional, la contradicción es total. Sus valores son los de 1968, pero invocan una identidad cristiana.

Pero el problema es el islam.

El islam es el árbol que no deja ver el bosque. Si fuéramos una sociedad claramente cristiana, no tendríamos esta relación con el islam. Tendríamos una relación como la que hemos tenido con los judíos. De mayoría a minoría, ambas definidas religiosamente.

¿En cambio?

Se detesta al islam porque es la religión al cuadrado. Es el enfoque de la izquierda francesa: hemos dedicado un siglo a machacar a la Iglesia y ahora llegan estos. “Charlie Hebdo” es esto. El anticlericalismo, la antirreligión. Por eso el Papa dijo: no soy Charlie. Es perfectamente lógio. No puede ser Charlie.

¿Y los populistas?

La izquierda opone al islam el feminismo, la libertad sexual, los derechos de los homosexuales. Valores liberales, seculares. Para los populistas es distinto. Para ellos el islam es lo opuesto al cristianismo, a la identidad cristiana. Pero el problema está justo aquí. ¿Qué son para ellos los valores cristianos? Sin duda, no los valores de la Iglesia. El caso de Salvini es evidente. Cuando un obispo le contradice, él sigue adelante igual.

¿Abrazar al populismo salvará al cristianismo europeo?

La unión entre identidad cristiana y populismo acentúa la secularización de Europa. Cuando se expulsan los signos religiosos musulmanes, se ataca a toda la religión, también la cristiana. Se laiciza el espacio público. Cuando se tutela la especificidad de la religión cristiana, como es el caso del crucifijo, se hace en nombre de la cultura. Por tanto, o se laiciza el espacio público o se culturaliza la religión.

Volvemos así a su famosa tesis del divorcio entre religión y cultura en el mundo actual. ¿No consistirá en esto la crisis de la Europa cristiana?

Esa es la gran cuestión. ¿Estamos frente a la crisis de una cultura, o lo que está en crisis a causa de la globalización no será acaso la noción misma de cultura?

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