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27 JUNIO 2019
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Europa. Gana la abstención

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Un eurodiputado es un hombre o mujer, medio diputado. Lo esperable sería que su condición política, de alcance europeo, hiciera de estos políticos europeos unos representantes absolutamente imbricados en la representación de la opinión pública europea. Ésta es, hoy por hoy, inexistente, salvo quizá por los 20 millones de europeos que viven en otros países europeos distintos al suyo, los seguidores de la Champions y de Eurovisión.

¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que en la Unión Europea el derecho para proponer “leyes europeas” (se llaman directivas, reglamentos) lo tiene la Comisión europea (un colegio de políticos seleccionados, de entre los propuestos por los países, en función del color del gobierno de turno de cada uno de los 28 países), no los eurodiputados. La aprobación definitiva de las leyes se hace mediante la codecisión, entre el Consejo europeo y el Parlamento europeo.

Por lo tanto, del resultado a las elecciones del Parlamento europeo no sale un gobierno de la Unión. Todo lo más, el presidente de la Comisión será el elegido por el Parlamento, y esto sucede así desde 2014.

En cambio, en España, por ejemplo, las leyes votadas por las Cortes las pueden proponer tanto el Congreso, el Senado, el Gobierno, los ciudadanos, y las Asambleas autonómicas.

Centrado el verdadero problema de la democracia en la Unión, la madre de todas las cuestiones, que como explica el profesor Weiler, de visita en Madrid el próximo 10 de junio en el Espacio Encuentro, es el déficit democrático, podemos comprender que se haya abstenido uno de cada dos europeos. Es un grave problema de credibilidad para la Unión. Veremos si no se acrecienta nombrando como presidente de la Comisión a algún político diferente a alguno de los cabezas de lista de las formaciones políticas europeas (Barnier), aunque suena con fuerza la candidata de los liberales (Vestager), en detrimento del alemán del PPE, Weber.

Si bien es cierto que en 2014 la participación fue del 42% y este año casi del 51%, estamos lejos aún de alcanzar el 60% de 1979, cuando se votó por vez primera de manera directa al Parlamento europeo.

En la era digital, en la era de los medios de comunicación, en la era de los transportes y fórmulas de movilidad de todo tipo, parece que no existe esa percepción de comunidad compartida entre europeos. El europeo aún vive y respira fronteras hacia adentro, aunque una regulación muy importante le viene directamente “impuesta” ya desde Bruselas y Estrasburgo. El nuevo imperio europeo es una realidad aún lejana para sus ciudadanos, que viven dentro de él más como vasallos que como hombres libres. Un imperio sin emperador. Unas leyes con escasa legitimidad democrática.

De unos 400 millones de electores, la mitad decidió no participar, y de los que lo hicieron (50,97%) se decantaron por otro proyecto europeo diferente al del centro derecha, centro izquierda y liberales alrededor del 40% de los electores. De estos, un 15% votó a populistas de izquierdas y verdes, y alrededor de un 25% a conservadores, populistas de derecha y extrema derecha xenófoba.

Dado que son las naciones las que eligen al colegio de comisarios, que propone las leyes, la tendencia es muy preocupante para la unidad y viabilidad a medio plazo de la Unión Europea si no avanzamos en grupos más reducidos de países (como propone el think tank Brueghel).

El Parlamento europeo y los títeres de Steve Bannon y Putin

Las elecciones del pasado 26 de mayo al Parlamento Europeo las ganó en Francia el antiguo Frente Nacional, y en Italia, la Liga, ambos en el mismo nuevo grupo parlamentario del Parlamento europeo, que atraerá a extremistas y eurófobos de similar corte. La Liga llevaba en su programa inicial la salida del euro, aunque sigue siendo prorruso y nacionalista. En el Reino Unido, el partido más votado ha sido el del Brexit. En Polonia, Checa y Hungría, han ganado los conservadores europeos, que no quieren ceder (compartir) su soberanía nacional, si Europa no respeta sus identidades nacionales y ciertos ámbitos de autonomía (independencia).

Es decir, de las cinco naciones que construyeron Europa (Luis Suárez), solo España y Alemania se han mantenido en la entente europea por excelencia, la que liga a los partidos clásicos europeos que han dominado las lides europeas desde el Tratado de Roma de 1957, cristianodemócratas (centro derecha) en Alemania y socialdemócratas (socialistas) en España.

Los primeros han llegado al 23,83% con 179 eurodiputados. Los segundos, al 20,37%, con 153. El PSOE es el mayoritario en este último, con 20 escaños.

En el resto de países, el resto de economías, destaca cómo en los países de Visegrado Plus (Polonia (53%), Hungría (62%), Checa (52%), Eslovaquia y Austria (17%)), ejemplo de política exterior para Vox, han ganado los partidos socialmente más conservadores y euroescépticos (el ala derecha del Partido Popular Europeo), que deberían acabar, por méritos propios, en el grupo de Conservadores del Parlamento Europeo, donde estuvo Alianza Popular en tiempos, y donde Vox debería de encontrar su sitio.

En otros países, los nacionalistas y extremistas alemanes (AfD), los islamófobos belgas, los xenófobos flamencos, recalarán en el grupo de la extrema derecha del Parlamento europeo (o de los populistas), obteniendo porcentajes que sirven para medir el descontento de la amplia clase trabajadora y asalariada europea por los retos de la globalización. Es el voto del miedo.

En resumen, que Steve Bannon, exasesor de Trump, a pesar de sus intentos (abrió oficina en Bruselas), no ha logrado su objetivo de crear un único gran frente nativista, de los nacidos en Europa, de los partidos tribalistas que reivindican las raíces blancas y ¿cristianas? de Europa y que ven a la Unión como un proyecto a destruir. Igual que Rusia e igual que los EE.UU. de Trump, e igual que los terroristas islamistas. No obstante, tiene elementos suficientes para tratar de medrar en Europa, igual que Putin, a través de tres grupos –no uno– marcadamente contrarios a los Estados Unidos de Europa o algo parecido (ECR, ENF, EFDD).

Europa no es el monstruo de Frankenstein

Entre los Conservadores y Reformistas euroescépticos –polacos de Libertad y Justicia– (ECR, 63), los populistas y extrema derecha –Liga de Salvini, belgas de Vlaams Belang, la Agrupación Nacional de Lepen– (ENF, 58) y los populistas nacionalistas –Farage y su Partido del Brexit y, de momento, el M5S italiano, cuyo líder ha sido refrendado en Italia pese a su escaso 17% de votos en Italia (EFDD, 54)– suman 175 escaños, solo 8 menos que el centro derecha del Partido Popular Europeo, y por delante de socialistas (153) y liberales (105). En algunas votaciones podría ser la segunda fuerza de la Cámara, si bien sin poder ejercitar el bloqueo (33%).

Es cierto que ALDE, la cacofonía liberal y social liberal europea, ha obtenido mayor representación (logran 105 eurodiputados) y que los Verdes, tanto en Francia como en Alemania, han avanzado de manera muy relevante posiciones, siendo marcadamente europeístas. Ya dijo el filósofo Luc Ferry que era la única ideología no nacida en el siglo XVIII y XIX capaz de echar raíces en nuestros parlamentos.

Esta conjunción de partidos más o menos centristas, todos ellos europeístas, girando ante el dios jupiterino Macron, posibilita también la conformación de un eje centrista y social, que puede ser capaz de poner el acento en medidas como el seguro de paro europeo, la creación de cierta armonización fiscal y unión bancaria, y trabajar por cerrar la Europa de Schengen.

Seguramente España (Pedro Sánchez, PSOE) y Francia (Macron, En Marcha), que tendrán enfrente al Grupo de Visegrado (centroeuropeos) y a la Liga Hanseática (Irlanda, Holanda, escandinavos y bálticos), sean junto con alemanes y portugueses los rescoldos de la Europa que veníamos conociendo hasta ahora.

Los más reacios y los más contrarios a casi todo lo que supone la Unión Europea actual no acaban más que llegar con cierto empuje, menor al esperado. Les ayuda y les une, pese a su heterogeneidad, que tienen identificado el enemigo a batir. Es la política de amigo–enemigo de Carl Schmidtt, que se aleja de la doctrina del bien común. La Unión está en riesgo, aunque nos digan que no.

Los 175 eurodiputados “banonianos” son marionetas que cacarean en el arco parlamentario el eco de las palabras de Margaret Thatcher, que en 1992 decía: “o ejercitamos un control de Europa a través de la cooperación entre los gobiernos y parlamentos nacionales que gozan de legitimidad, experiencia y estrecho contacto con la gente, o efectuamos un trasvase de decisiones a un parlamento remoto y multilingüe que no tendrá que responder ante una opinión pública europea real y por consiguiente estará cada vez más subordinada a una burocracia poderosa”.

En 2018, 26 años después, Garicano (ALDE) se hace eco en su libro “El contrataque liberal”, muy recomendable, de las palabras del exembajador del Reino Unido ante la Unión, Ivan Rogers, en una conferencia en Cambridge en otoño de 2018.

El diplomático vino a decir que la unidad del proyecto europeo había venido avanzando en tanto que se ha permitido a los burócratas dar soluciones tecnocráticas (etiquetado de productos, reglas de calidad, estándares de comunicaciones, acuerdos comerciales), pero que este mismo método aplicado por estos funcionarios no resulta válido para tratar, por ejemplo, la cuestión de los refugiados y los inmigrantes. No se podían negociar cuotas humanas como si se tratase de cuotas de leche en el marco de la Política Agraria Común. Y, en realidad, sus palabras dicen verdad. ¿Podrá otra mujer, y otra Margrethe (Vestager), conjurar las palabras de Margaret (Thatcher) tres décadas después, si sale elegida presidenta de la Comisión europea? La historia tiene estas curiosidades.

Aunque Europa no es el monstruo del científico (¡científico!) Frankenstein, y no ha sido creada de la nada ni a retales, pues ya había sido durante la Edad Media, y siempre ha estado aquí, los enemigos de la Unión la consideran así, un engendro político, una especie de Leviatán moderno.

Europa, a semejanza de la criatura del científico Frankenstein, sí sufre un doble rechazo.

Por una parte, el de los populistas y extremistas, la gente a la que el pretendido monstruo atemoriza. Por otra parte, el temor de su propio creador, en este caso el temor de los que han dejado de vivir los valores y el ideal de europeidad, de comunidad frente al individualismo, al rechazar indagar qué parte de ese patrimonio cultural europeo existe aún, y de ver cómo se puede actualizar ese patrimonio a los nuevos tiempos, sin que, por ello, las identidades deban quedar mermadas.

Cuando Europa olvida indagar en su alma, efectivamente, se le da la razón a aquellas que la ven como un monstruo, el de Frankenstein.

Si Europa no conecta con su ser original, y si el pueblo la rechaza, la venganza se apoderará de ella. Esa venganza será como una enfermedad autoinmune en cada ley que se apruebe. El propio cuerpo, la propia arquitectura institucional, provocará el colapso de las partes que conforman la Unión: personas, naciones, instituciones. Otros aprovecharán ese vacío.

La cultura europea solo cabe ser preservada en el europeo de hoy, que vive y come, que es tocable, que está entre otros europeos, y este debe aproximarse a la Unión desde su propia idiosincrasia, superando lo que desune, apoyándose en lo que une.

Es decir, la nacionalidad de los europeos puede ser tan buen pegamento como tan buen martillo. Solo se puede ser europeo de una manera. Viviendo su propia nacionalidad, como parte de una pertenencia más amplia, la europea. Se trata de elegir el páramo y construir o reconstruir una catedral, que es la unidad europea.

Los constructores de catedrales fuimos primero los católicos, porque tuvimos una visión del hombre. Hoy son Macron y Sánchez, que tienen una visión de la sociedad y de la economía que condiciona al hombre. Hay que maridar esto. O seremos la nada asiática.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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