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26 AGOSTO 2019
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Europa. Gana la abstención

Ángel Satué | 0 comentarios valoración: 2  15 votos
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Un eurodiputado es un hombre o mujer, medio diputado. Lo esperable sería que su condición política, de alcance europeo, hiciera de estos políticos europeos unos representantes absolutamente imbricados en la representación de la opinión pública europea. Ésta es, hoy por hoy, inexistente, salvo quizá por los 20 millones de europeos que viven en otros países europeos distintos al suyo, los seguidores de la Champions y de Eurovisión.

¿Esto qué quiere decir? Quiere decir que en la Unión Europea el derecho para proponer “leyes europeas” (se llaman directivas, reglamentos) lo tiene la Comisión europea (un colegio de políticos seleccionados, de entre los propuestos por los países, en función del color del gobierno de turno de cada uno de los 28 países), no los eurodiputados. La aprobación definitiva de las leyes se hace mediante la codecisión, entre el Consejo europeo y el Parlamento europeo.

Por lo tanto, del resultado a las elecciones del Parlamento europeo no sale un gobierno de la Unión. Todo lo más, el presidente de la Comisión será el elegido por el Parlamento, y esto sucede así desde 2014.

En cambio, en España, por ejemplo, las leyes votadas por las Cortes las pueden proponer tanto el Congreso, el Senado, el Gobierno, los ciudadanos, y las Asambleas autonómicas.

Centrado el verdadero problema de la democracia en la Unión, la madre de todas las cuestiones, que como explica el profesor Weiler, de visita en Madrid el próximo 10 de junio en el Espacio Encuentro, es el déficit democrático, podemos comprender que se haya abstenido uno de cada dos europeos. Es un grave problema de credibilidad para la Unión. Veremos si no se acrecienta nombrando como presidente de la Comisión a algún político diferente a alguno de los cabezas de lista de las formaciones políticas europeas (Barnier), aunque suena con fuerza la candidata de los liberales (Vestager), en detrimento del alemán del PPE, Weber.

Si bien es cierto que en 2014 la participación fue del 42% y este año casi del 51%, estamos lejos aún de alcanzar el 60% de 1979, cuando se votó por vez primera de manera directa al Parlamento europeo.

En la era digital, en la era de los medios de comunicación, en la era de los transportes y fórmulas de movilidad de todo tipo, parece que no existe esa percepción de comunidad compartida entre europeos. El europeo aún vive y respira fronteras hacia adentro, aunque una regulación muy importante le viene directamente “impuesta” ya desde Bruselas y Estrasburgo. El nuevo imperio europeo es una realidad aún lejana para sus ciudadanos, que viven dentro de él más como vasallos que como hombres libres. Un imperio sin emperador. Unas leyes con escasa legitimidad democrática.

De unos 400 millones de electores, la mitad decidió no participar, y de los que lo hicieron (50,97%) se decantaron por otro proyecto europeo diferente al del centro derecha, centro izquierda y liberales alrededor del 40% de los electores. De estos, un 15% votó a populistas de izquierdas y verdes, y alrededor de un 25% a conservadores, populistas de derecha y extrema derecha xenófoba.

Dado que son las naciones las que eligen al colegio de comisarios, que propone las leyes, la tendencia es muy preocupante para la unidad y viabilidad a medio plazo de la Unión Europea si no avanzamos en grupos más reducidos de países (como propone el think tank Brueghel).

El Parlamento europeo y los títeres de Steve Bannon y Putin

Las elecciones del pasado 26 de mayo al Parlamento Europeo las ganó en Francia el antiguo Frente Nacional, y en Italia, la Liga, ambos en el mismo nuevo grupo parlamentario del Parlamento europeo, que atraerá a extremistas y eurófobos de similar corte. La Liga llevaba en su programa inicial la salida del euro, aunque sigue siendo prorruso y nacionalista. En el Reino Unido, el partido más votado ha sido el del Brexit. En Polonia, Checa y Hungría, han ganado los conservadores europeos, que no quieren ceder (compartir) su soberanía nacional, si Europa no respeta sus identidades nacionales y ciertos ámbitos de autonomía (independencia).

Es decir, de las cinco naciones que construyeron Europa (Luis Suárez), solo España y Alemania se han mantenido en la entente europea por excelencia, la que liga a los partidos clásicos europeos que han dominado las lides europeas desde el Tratado de Roma de 1957, cristianodemócratas (centro derecha) en Alemania y socialdemócratas (socialistas) en España.

Los primeros han llegado al 23,83% con 179 eurodiputados. Los segundos, al 20,37%, con 153. El PSOE es el mayoritario en este último, con 20 escaños.

En el resto de países, el resto de economías, destaca cómo en los países de Visegrado Plus (Polonia (53%), Hungría (62%), Checa (52%), Eslovaquia y Austria (17%)), ejemplo de política exterior para Vox, han ganado los partidos socialmente más conservadores y euroescépticos (el ala derecha del Partido Popular Europeo), que deberían acabar, por méritos propios, en el grupo de Conservadores del Parlamento Europeo, donde estuvo Alianza Popular en tiempos, y donde Vox debería de encontrar su sitio.

En otros países, los nacionalistas y extremistas alemanes (AfD), los islamófobos belgas, los xenófobos flamencos, recalarán en el grupo de la extrema derecha del Parlamento europeo (o de los populistas), obteniendo porcentajes que sirven para medir el descontento de la amplia clase trabajadora y asalariada europea por los retos de la globalización. Es el voto del miedo.

En resumen, que Steve Bannon, exasesor de Trump, a pesar de sus intentos (abrió oficina en Bruselas), no ha logrado su objetivo de crear un único gran frente nativista, de los nacidos en Europa, de los partidos tribalistas que reivindican las raíces blancas y ¿cristianas? de Europa y que ven a la Unión como un proyecto a destruir. Igual que Rusia e igual que los EE.UU. de Trump, e igual que los terroristas islamistas. No obstante, tiene elementos suficientes para tratar de medrar en Europa, igual que Putin, a través de tres grupos –no uno– marcadamente contrarios a los Estados Unidos de Europa o algo parecido (ECR, ENF, EFDD).

Europa no es el monstruo de Frankenstein

Entre los Conservadores y Reformistas euroescépticos –polacos de Libertad y Justicia– (ECR, 63), los populistas y extrema derecha –Liga de Salvini, belgas de Vlaams Belang, la Agrupación Nacional de Lepen– (ENF, 58) y los populistas nacionalistas –Farage y su Partido del Brexit y, de momento, el M5S italiano, cuyo líder ha sido refrendado en Italia pese a su escaso 17% de votos en Italia (EFDD, 54)– suman 175 escaños, solo 8 menos que el centro derecha del Partido Popular Europeo, y por delante de socialistas (153) y liberales (105). En algunas votaciones podría ser la segunda fuerza de la Cámara, si bien sin poder ejercitar el bloqueo (33%).

Es cierto que ALDE, la cacofonía liberal y social liberal europea, ha obtenido mayor representación (logran 105 eurodiputados) y que los Verdes, tanto en Francia como en Alemania, han avanzado de manera muy relevante posiciones, siendo marcadamente europeístas. Ya dijo el filósofo Luc Ferry que era la única ideología no nacida en el siglo XVIII y XIX capaz de echar raíces en nuestros parlamentos.

Esta conjunción de partidos más o menos centristas, todos ellos europeístas, girando ante el dios jupiterino Macron, posibilita también la conformación de un eje centrista y social, que puede ser capaz de poner el acento en medidas como el seguro de paro europeo, la creación de cierta armonización fiscal y unión bancaria, y trabajar por cerrar la Europa de Schengen.

Seguramente España (Pedro Sánchez, PSOE) y Francia (Macron, En Marcha), que tendrán enfrente al Grupo de Visegrado (centroeuropeos) y a la Liga Hanseática (Irlanda, Holanda, escandinavos y bálticos), sean junto con alemanes y portugueses los rescoldos de la Europa que veníamos conociendo hasta ahora.

Los más reacios y los más contrarios a casi todo lo que supone la Unión Europea actual no acaban más que llegar con cierto empuje, menor al esperado. Les ayuda y les une, pese a su heterogeneidad, que tienen identificado el enemigo a batir. Es la política de amigo–enemigo de Carl Schmidtt, que se aleja de la doctrina del bien común. La Unión está en riesgo, aunque nos digan que no.

Los 175 eurodiputados “banonianos” son marionetas que cacarean en el arco parlamentario el eco de las palabras de Margaret Thatcher, que en 1992 decía: “o ejercitamos un control de Europa a través de la cooperación entre los gobiernos y parlamentos nacionales que gozan de legitimidad, experiencia y estrecho contacto con la gente, o efectuamos un trasvase de decisiones a un parlamento remoto y multilingüe que no tendrá que responder ante una opinión pública europea real y por consiguiente estará cada vez más subordinada a una burocracia poderosa”.

En 2018, 26 años después, Garicano (ALDE) se hace eco en su libro “El contrataque liberal”, muy recomendable, de las palabras del exembajador del Reino Unido ante la Unión, Ivan Rogers, en una conferencia en Cambridge en otoño de 2018.

El diplomático vino a decir que la unidad del proyecto europeo había venido avanzando en tanto que se ha permitido a los burócratas dar soluciones tecnocráticas (etiquetado de productos, reglas de calidad, estándares de comunicaciones, acuerdos comerciales), pero que este mismo método aplicado por estos funcionarios no resulta válido para tratar, por ejemplo, la cuestión de los refugiados y los inmigrantes. No se podían negociar cuotas humanas como si se tratase de cuotas de leche en el marco de la Política Agraria Común. Y, en realidad, sus palabras dicen verdad. ¿Podrá otra mujer, y otra Margrethe (Vestager), conjurar las palabras de Margaret (Thatcher) tres décadas después, si sale elegida presidenta de la Comisión europea? La historia tiene estas curiosidades.

Aunque Europa no es el monstruo del científico (¡científico!) Frankenstein, y no ha sido creada de la nada ni a retales, pues ya había sido durante la Edad Media, y siempre ha estado aquí, los enemigos de la Unión la consideran así, un engendro político, una especie de Leviatán moderno.

Europa, a semejanza de la criatura del científico Frankenstein, sí sufre un doble rechazo.

Por una parte, el de los populistas y extremistas, la gente a la que el pretendido monstruo atemoriza. Por otra parte, el temor de su propio creador, en este caso el temor de los que han dejado de vivir los valores y el ideal de europeidad, de comunidad frente al individualismo, al rechazar indagar qué parte de ese patrimonio cultural europeo existe aún, y de ver cómo se puede actualizar ese patrimonio a los nuevos tiempos, sin que, por ello, las identidades deban quedar mermadas.

Cuando Europa olvida indagar en su alma, efectivamente, se le da la razón a aquellas que la ven como un monstruo, el de Frankenstein.

Si Europa no conecta con su ser original, y si el pueblo la rechaza, la venganza se apoderará de ella. Esa venganza será como una enfermedad autoinmune en cada ley que se apruebe. El propio cuerpo, la propia arquitectura institucional, provocará el colapso de las partes que conforman la Unión: personas, naciones, instituciones. Otros aprovecharán ese vacío.

La cultura europea solo cabe ser preservada en el europeo de hoy, que vive y come, que es tocable, que está entre otros europeos, y este debe aproximarse a la Unión desde su propia idiosincrasia, superando lo que desune, apoyándose en lo que une.

Es decir, la nacionalidad de los europeos puede ser tan buen pegamento como tan buen martillo. Solo se puede ser europeo de una manera. Viviendo su propia nacionalidad, como parte de una pertenencia más amplia, la europea. Se trata de elegir el páramo y construir o reconstruir una catedral, que es la unidad europea.

Los constructores de catedrales fuimos primero los católicos, porque tuvimos una visión del hombre. Hoy son Macron y Sánchez, que tienen una visión de la sociedad y de la economía que condiciona al hombre. Hay que maridar esto. O seremos la nada asiática.

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