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27 JUNIO 2019
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Houellebecq. Cuando la felicidad es una idea sin sentido

Gianmarco Bizzarri | 0 comentarios valoración: 1  11 votos
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“¿Era capaz de ser feliz en soledad? No lo creía. ¿Era capaz de ser feliz en general? Creo que es la clase de preguntas que más vale no hacerse” (Serotonina).

Desde la publicación de Las partículas elementales –el best-seller que le consagró a la fama internacional hace ya veinte años– Michel Houellebecq ha demostrado que no quiere ahorrar nada a sus personajes. Les manda entre nosotros con la actitud de un padre poco afectuoso, sacrificándolos fríamente en el altar de nuestro tiempo, presentando sus despojos para el juicio –casi para el disgusto– de su público. Prostrados, vulgares, infelices, los hombres y mujeres que pueblan sus historias viven degradados por todos esos males que el autor identifica como las heridas de la sociedad contemporánea. Pero precisamente en virtud de este carácter tan extremo y desinhibido, los antihéroes de Houellebecq se prestan perfectamente para iluminar la fricción del corazón humano con los impulsos contradictorios de nuestra sociedad. Es el caso de Florent-Claude Labrouste, protagonista de su última novela, Serotonina.

Labrouste es un funcionario del ministerio francés de Agricultura. Cansado de tener relaciones sexuales con chicas de las que apenas recuerda su rostro, frustrado por un trabajo que traiciona constantemente sus ideales, al acercarse a la mediana edad, se descubre habitado por “una tristeza apacible, estabilizada, que por otra parte no era probable que aumentase o disminuyera”. “A mis cuarenta y seis años nunca había sido capaz de controlar mi propia vida, en fin, parecía muy verosímil que la segunda parte de mi existencia solo sería, a semejanza de la primera, un flácido y doloroso derrumbamiento”.

“Me producía una franca repugnancia la perspectiva de darme una ducha o un baño, la verdad es que me habría gustado no tener ya cuerpo, el hecho de tenerlo, de tener que dedicarle atenciones y cuidados, me resultaba cada vez más inaguantable”. Perdido ya todo interés por sí mismo y por los demás, a Labrouste solo le queda dedicarse a tapar grietas y ahogar dolores para emprender silenciosamente un camino progresivo de autodestrucción. Decide así borrar las huellas de su vida social, abandonando a hurtadillas el apartamento que compartía con la última de sus amantes para ocultarse en la transitoriedad de una habitación de hotel, aferrándose a ese paraíso artificial que le ofrecerá la serotonina; esa que da título a la novela, una sustancia que “no crea ni transforma; interpreta. Lo que era definitivo lo convierte en pasajero; lo que era inevitable lo vuelve contingente. Proporciona una nueva interpretación de la vida: menos rica, más artificial, e impregnada de cierta rigidez. No procura ninguna forma de felicidad, ni siquiera un verdadero alivio, su acción es de otra índole: transformando la vida en una sucesión de formalidades, permite engañar. Por lo tanto, ayuda a los hombres a vivir, o al menos a no morir…, durante un tiempo. La muerte, sin embargo, acaba imponiéndose, la armadura molecular se agrieta, el proceso de desintegración reanuda su curso”.

El tiempo acompaña a las obras de Houellebecq como una leve inclinación, una lenta e inexorable vorágine. Es el zumbido de fondo donde se pierden los fragmentos de historias particulares y se hunden las civilizaciones; el desmoronamiento de cualquier posible impulso para la construcción de un camino. Un tiempo descolorido, cansino, que ve oscilar su péndulo entre los fracasos del pasado y la imposibilidad de una acción presente. “Es así como muere una civilización, sin trastornos, sin peligros y sin dramas y con muy escasa carnicería, una civilización muere simplemente por hastío, por asco de sí misma, qué podía proponerme la socialdemocracia, es evidente que nada, solo una perpetuación de la carencia, una invitación al olvido”.

Pero más aún que la acción corrosiva del tiempo, la soledad es lo que vuelve continuamente a desencarnar la existencia de Labrouste. “Estaba solo, literalmente solo, y no extraía ningún goce de mi soledad, ni del libre funcionamiento de mi alma”. La misma ciudad de París, “como todas las ciudades, estaba hecha para engendrar soledad”. Y cuando este hombre empieza a advertir la exigencia “de hacer un balance, de convencerse en el último momento de que se ha vivido”, su imaginario “miniceremonial” no consigue contar más que unas cuantas mujeres, de algunas de las cuales ni siquiera recuerda el nombre. Solo dos rostros, los del amor, se sustraen a esta indiferencia, rompiendo el muro de la soledad. Se trata de Kate –“La última foto que tengo de Kate debe de estar en alguna parte de mi ordenador, pero no necesito encenderlo para acordarme de ella, me basta con cerrar los ojos. (…) Kate se vuelve hacia mí y me sonríe, seguramente he debido de gritarle que se gire para que le haga la foto, me mira y su mirada rebosa de amor, pero también de indulgencia y de tristeza, porque probablemente ya ha comprendido que voy a traicionarla y que la historia se va a terminar”– y, sobre todo, de Camille: “Conservo de aquel periodo un recuerdo extraño, únicamente puedo compararlo con los raros momentos que solo se producen cuando uno está sumamente apaciguado y feliz, momentos en que te resistes a adormilarte, te retienes hasta el último segundo, al mismo tiempo que sabes que el sueño que se avecina será profundo, reparador y delicioso”.

La de Camille, concretamente, se manifiesta como una presencia nueva, capaz de descubrir en la cotidianidad de las cosas un rostro distinto y todavía más familiar, como se ve claramente cuando describe su llegada a casa. “Hasta entonces yo vivía allí como en un hotel, un buen hotel, un logrado hotel con encanto, pero hasta la llegada de Camille no tuve la sensación de que en verdad era mi casa, y solamente porque era la suya”. Una mujer seria y alegre al mismo tiempo, cuyo compromiso con la vida, y sobre todo con su relación, es tal que deja sin aliento a Labrouste, quien en cambio se tomaba en serio muy pocas cosas. “Camille manifestaba en su relación conmigo la misma seriedad que mostraba en sus estudios. No quiero decir con esto que fuese austera o afectada, al contrario, era muy alegre, se reía por nada, y en ciertos aspectos incluso seguía siendo singularmente infantil, a veces tenía crisis de Kinder Bueno, cosas así. Pero éramos pareja, era un asunto serio, era incluso el asunto más serio de su vida, a mí me conmocionaban, hasta cortarme literalmente el aliento, la gravedad, la hondura de su compromiso cada vez que las leía en la mirada que posaba en mí”.

Pero a la enormidad de un respiro así se contrapone, una vez más, la mezquindad de una mirada hundida, incapaz de captar el alcance de la realidad. De hecho, por “un error estúpido”, Labrouste vuelve a traicionar esa promesa de felicidad que había vislumbrado con Camille.

Perdida ya toda esperanza, parece negarse la posibilidad misma de vivir. “Despojado de allegados, me parecía que yo aceptaba cada vez más fácilmente la idea de la muerte; me habría gustado ser feliz, por supuesto, acceder a una comunidad dichosa, todos los seres humanos quieren eso, pero, en fin, realmente en aquel momento eso estaba fuera de lugar”.

Todo está cumplido. Sin ruido, en un silencio absurdo. Pero hete aquí que, con un movimiento imprevisto, apocas líneas de concluir, Houellebecq parece decidido a arrancar a su criatura de la mediocridad, donándole un instante de conciencia trágica. Las últimas páginas de la novela representan así para el protagonista la hora de una última mirada, de un extremo –y paradójico– reconocimiento de esos signos, el misterio de esos dos amores que habían podido despertar su corazón. Precisamente del último pensamiento de Labrouste, que hasta poco antes había acusado la insuficiencia de lo creado –“Dios es un guionista mediocre (…), todo en su creación posee el sello de la aproximación y el fracaso, cuando no el de la maldad pura y simple”– y de su última voz, casi como un testamento, nace una llamada a renovar la mirada sobre la realidad: “¿Cedimos a ilusiones de libertad individual, de vida abierta, de posibilidades infinitas? Es posible, eran ideas propias del espíritu de la época; no las formalizamos, nos faltaban las ganas; nos conformamos con adaptarnos a ellas, con dejar que nos destruyeran; y luego, durante mucho tiempo, con padecerlas. (…) Y hoy entiendo el punto de vista de Cristo, su reiterada desesperación ante los corazones que se endurecen: tienen todas las señales y no las tienen en cuenta”.  

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  19 votos
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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  30 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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Elena Simón | 48 comentarios valoración: 2  3688 votos

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