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25 JUNIO 2019
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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
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Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

La ecuación prospera, el miedo facilita que se entregue la libertad, a cambio de un cierto grado de prosperidad y de seguridad. Es el miedo, según Pankaj Mishra, el que explica el triunfo de Modi en las últimas elecciones celebradas en la India (la mayor democracia del mundo). “El programa de Modi en India excita a una población temerosa e indignada, usando como chivos expiatorios a las minorías, los refugiados, los izquierdistas, los liberales y a otros, mientras acelera las formas más depredadoras del capitalismo”, apunta el escritor. El fenómeno es semejante en Occidente.

Pero probablemente esta descripción no nos explica todavía la naturaleza de los tanques. No estamos a la altura de la profundidad antropológica de Pasolini. Hay quien, para llegar a ese nivel, como Roger Scruton, denuncia una dictadura de lo políticamente correcto que va contra los valores de la tradición. La revolución conservadora debería levantarse para denunciar los atropellos de una “neolengua” que prohíbe conceptos como correcto-incorrecto; justo-injusto; honesto-deshonesto. Scruton hace un paralelismo entre la ideología de género, o el progresismo, y el control ejercido por el comunismo en la Guerra Fría. El objetivo es que las ideas de autoridad, orden y autodisciplina desaparezcan. Se podría discutir con Scruton sobre las causas del desgaste de ciertas ideas y valores que han servido de referencia a Occidente.

Pero Scruton, como otros defensores de un nuevo conservadurismo, no alcanzan a ver lo que hay bajo la pintura del tanque. El nuevo poder no es el que destruye los valores o una cierta tradición. El mundo entero puede sucumbir bajo un nihilismo suave, a veces da la impresión de que ya ocurrido. Pero bajo ese paisaje de destrucción y de devastación, siempre puede elevarse el grito de quien quiere más libertad, más satisfacción, más alegría. El poder está en las múltiples voces que acallan ese grito considerándolo anecdótico. Y hay una cierta forma de defender la tradición y los valores, como denunciaba Pasolini, que pone un tanque más sobre la plaza.

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