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27 JUNIO 2019
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La fuerza «desequilibrada» del cristianismo

Andrea Monda | 0 comentarios valoración: 3  17 votos
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Por su interés, publicamos la entrevista de L’Osservatore Romano a Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, que amplía a toda Europa su reflexión sobre la crisis de la sociedad actual y sobre el papel de la Iglesia.

Giuseppe De Rita, reflexionando en estas páginas sobre la crisis actual de la sociedad italiana y europea, hacía referencia al pasado y decía que en la Edad Media el buen gobierno de una comunidad se apoyaba sobre dos autoridades: la civil, que garantizaba la seguridad, y la espiritual, que ofrecía a los ciudadanos el sentido de la existencia. Estas dos autoridades no pueden concentrarse en una sola persona, y sin embargo, en Europa se tiende con frecuencia a la concentración del poder. En este contexto, ¿cuál puede ser el papel de la Iglesia, y por tanto su responsabilidad?

En realidad, ambos aspectos están muy ligados entre ellos. En el ánimo de mucha gente se percibe la sombra de un gran miedo, de una profunda inseguridad. Pero, ¿de qué se trata? ¿Cómo hacer frente a ello? Si las personas no encuentran una respuesta radical al miedo, este acaba dominando y produce reacciones deslavazadas. Sin embargo, resulta evidente que la política no es, no puede ser capaz de responder al ansia de seguridad, al desconcierto que el hombre tiene en su interior. Entonces sale a la luz la verdadera cuestión. La sociedad –con todas sus instituciones, los partidos, los sindicatos, las escuelas de cualquier orden y nivel, y sus realidades vivas, las comunidades, la Iglesia– tiene ante sí un desafío: ¿quién responde a esta necesidad de seguridad que aparece a la vez que el miedo? No se puede responder a esta necesidad confiando la solución a muros, sean del tipo que sean. Cuando se propagan las actitudes más hostiles, en la línea del homo homini lupus, cuando cualquier persona o cosa se convierte en un enemigo potencial, la respuesta nunca se puede reducir a una cuestión de «policías» o «muros».

El miedo parece ser el sentimiento más difundido hoy en día cuando, paradójicamente, la sociedad nunca ha sido tan segura como ahora. ¿Cómo se explica esto?

Se explica porque la cuestión del miedo está totalmente enraizada en la cuestión del sentido. La respuesta a la inseguridad no puede ser únicamente social, sino que debe ser respuesta a la exigencia de sentido, porque nunca se puede reducir al hombre a sus aspectos materiales. La seguridad material no es una respuesta suficiente ante la confusión última del yo. Lo demuestra precisamente el hecho al que usted ha hecho referencia: las sociedades occidentales nunca han sido tan seguras y saludables y nunca han estado tan en paz como hoy, y sin embargo ha crecido el sentimiento de inseguridad, de miedo. Lo único que vence el miedo del hombre es una presencia. Lo vemos en la experiencia elemental del niño. La única respuesta a su miedo es la presencia de su madre, que él reclama con todas sus fuerzas; no busca otra cosa, porque nada sería capaz de responder. El problema es, por tanto, más profundo. Hace algunos días, presentando un libro en París, cité al escritor Houellebecq, que es considerado casi como un símbolo del nihilismo. Pero en el fondo de este aparente nihilismo se manifiesta una exigencia de significado impresionante e insuprimible. Escribe este autor en una carta dirigia a Bernard-Henry Lèvi: «Tuve cada vez más a menudo –me es penoso confesarlo– el deseo de gustar. Un poco de reflexión me convencía cada vez, por supuesto, de que este sueño era absurdo; la vida es limitada y el perdón imposible. Pero la reflexión era inútil, el deseo persistía; y debo confesar que persiste hasta la fecha». El deseo es más radical que la reflexión sobre él. La reflexión sobre lo absurdo de desear ser amado, de buscar una respuesta a la sed, debe ceder el paso al deseo que persiste. Es decir, lo que tenemos ante nosotros, aquello con lo que nos medimos, es el problema del deseo –el deseo de ser amados, de que nuestra vida se cumpla– que, al no encontrar respuesta, se manifiesta en el miedo, en la rabia, en la violencia, en el intento de levantar muros. Pero en el fondo hay algo que se escapa, que es la naturaleza del hombre que, incluso en esta situación de nihilismo, de confusión, de desconcierto, sigue siendo irreductible. Y es precisamente en este nivel donde nos sentimos interpelados.

¿Puede la Iglesia intervenir a este nivel?

Creo que la Iglesia, los cristianos, tienen una tarea única a este respecto. De hecho, la cuestión es: ¿quién salva el deseo? ¿Qué tipo de mirada tenemos que recibir para que este no se vea reducido? En el mundo clásico, se percibía con terror la desmesura del deseo, se consideraba una hybris peligrosa. Por ello había que poner límites, reducir esa desmesura, reconducirla dentro de los cauces de la mesura. Después llegó el cristianismo. En el Evangelio se documenta la presencia de alguien que se mantiene en pie ante el deseo del hombre. Jesús se dirige precisamente a este deseo, es capaz de mirar el deseo a la cara desvelando toda su magnitud. Por ello pregunta: «¿De qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» (Mt 16,26). Muchas veces interpretamos esta pregunta en sentido moralista y no como expresión última de la naturaleza del hombre, de su deseo, de esa sed de la que habla Jesús a la samaritana, del hambre y la sed de las Bienaventuranzas. Jesús habría podido mirar muchas otras cosas de aquella mujer en situación «irregular», con sus cinco maridos, y sin embargo mira directamente a su sed; él sabe que solo si le propone algo capaz de responder a su sed de felicidad, esa mujer podrá dejar de buscar el cumplimiento de su vida en otros sitios, en cosas que no pueden dárselo. Pero no se trata solamente de una cuestión personal, sino que es una cuestión social. Houellebecq pone de manifiesto precisamente esta relevancia pública, social, cultural y política del problema, porque si el hombre no encuentra una respuesta adecuada a la naturaleza de su deseo, en el fondo siempre estará a disgusto, buscará soluciones insuficientes y acabará siendo víctima del miedo o de la violencia. El cristianismo puede estar en pie ante este deseo, como recuerda Agustín: «Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti», es decir, hasta que encuentre una presencia proporcionada a la profundidad del deseo. Cada vez que el cristianismo entra en crisis vuelve a brotar ese espíritu pagano que quiere encorsetar el deseo, reducirlo, «reconducirlo dentro de los límites de seguridad», como dice a su modo Todorov, porque de nuevo se vuelve peligroso. Bergman, al final de la película Fanny y Alexander, hace decir a uno de sus personajes: «No estamos preparados, pertrechados para ciertas indagaciones. Lo mejor es mandar al infierno los grandes escenarios. Viviremos en lo pequeño, en nuestro pequeño mundo. Y nos conformaremos con él», manteniéndonos dentro de nuestros límites. Esta es la «sabiduría» mundana que, sin embargo, no puede eliminar la sed inextinguible de significado que arde en el corazón del hombre.

El pasado 9 de mayo, hablando a la diócesis de Roma, el Papa definía las Bienaventuranzas como «el Premio Nobel del desequilibrio», invitando al cristiano a «mantener el desequilibrio», a conservar ese desequilibrio; de lo contrario, construiríamos una hermosa armonía griega que, sin embargo, disminuye lo humano. ¿No es acaso este el riesgo de Europa, que quizá hasta ahora se ha concentrado en fijar los límites burocráticos, tratando de gestionar la seguridad, pero sin ofrecer una respuesta a esa sed siempre excedente que, sin embargo, es lo humano?

Este es precisamente el meollo. Todos los intentos, por muy buenos que sean, están destinados al fracaso si no responden a esta sed. Europa ha hecho un esfuerzo enorme por responder a muchas necesidades. Ningún país por sí mismo habría podido llegar al grado de desarrollo al que hemos llegado. Pero al mismo tiempo, el descontento y el malestar aumentan. ¿Cómo es posible? El problema nace de no haber comprendido cuál es la naturaleza de la «enfermedad». Siempre me ha asombrado la genialidad de Leopardi a la hora de captarla: «Todo es poco y pequeño para la capacidad del propio ánimo». Para muchas personas esto es algo negativo, como una desgracia, mientras que constituye la diferencia y la grandeza del hombre. Si perdemos la conciencia de esta diferencia, de la infinitud de nuestro deseo, no comprenderemos nada de lo que sucede. Si Europa no se da cuenta de esto, no podrá evitar ofrecer respuestas penúltimas con la pretensión de que sean suficiente. Entendámonos: por una parte Europa, en cuanto que realidad político-económica, no debe responder a la exigencia última, porque no es su finalidad; pero por otra parte debe reconocer cuál es la naturaleza del problema y dejar el espacio para la respuesta. Europa existe en cuanto que crea y garantiza ese espacio de libertad en el que se pueden encontrar las distintas respuestas de sentido. Porque –creo que parece algo definitivamente adquirido después del Concilio– no existe posibilidad de acceder a la verdad más que a través de la libertad. Solo si Europa sigue siendo cada vez más ese espacio de libertad podremos compartir la riqueza que uno y otro hayan encontrado en la vida y podremos ofrecerla como respuesta a las exigencias y a los desafíos que tenemos ante nosotros. Se trata de un espacio en el que se salvaguarde ante todo la posibilidad de reconocer ese algo más que constituye al hombre, que nos hace a todos seres humanos, aun siendo distintos y únicos en nuestra propia complejidad. Esta es la gran contribución que pueden ofrecer el cristianismo y la dimensión de la fe.

Sin embargo, parece que del malestar y el descontento se pasa con frecuencia al rencor y a las reacciones emotivas que derivan de él, como parece reflejar el soberanismo. Si Europa no corresponde a mis expectativas me encierro en mi pequeño espacio individual o nacional en donde soy soberano. Más que una respuesta, esto parece una reacción casi automática.

Es una reacción que pone de manifiesto una carencia. De hecho, cuando alguien está contento, no experimenta rencor, no «reacciona». La reacción tiene como punto de partida una exigencia que no ha encontrado todavía respuesta y que a menudo no ha aflorado completamente en la conciencia. En mi opinión, esta es la gran ocasión del cristianismo. El nihilismo que vemos en muchos fenómenos de la vida social, cultural y literaria revela la existencia de una pregunta abierta e inquietante sobre la propia vida que documenta la irreductibilidad de lo humano. ¿Quién puede responder a ella? La Iglesia se ve interpelada, encuentra aquí su tarea. Debido a lo que hemos recibido y recibimos por gracia, los cristianos tenemos una tarea crucial en este contexto. El hombre necesita ser mirado de forma no reducida, necesita ser abrazado en toda la «densidad de su humanidad». Es la forma con la que Jesús mira a Zaqueo, que aparentemente estaba menos necesitado, porque era muy rico: se percata de su verdadera necesidad, que es la de ser mirado sin ser reducido a meros factores materiales y sociales. Zaqueo se siente mirado de un modo que mueve su yo, que lo pone en acción, y acoge a Jesús lleno de alegría. La respuesta a esa necesidad, a veces escondida, a veces no suficientemente consciente, procedía de alguien que no había reducido la humanidad que había en él. Jesús sabe percibir esta necesidad en los pobres que encuentra por el camino, en los enfermos y heridos de su tiempo (Zaqueo es un hombre herido), y lo mismo hace hoy el Papa, que en la relación con cada uno, en la relación con los demás, testimonia en el presente la contemporaneidad de la mirada de Jesús.

El fenómeno de la globalización parece haber traicionado también, en cierto modo, sus promesas: ha debilitado las mediaciones y ha hecho renacer un sentimiento opuesto y excesivo de identidad. La crisis de la mediación y de los cuerpos intermedios ha producido situaciones de soledad, se ha convertido en crisis de la pertenencia en favor de un sentimiento de identidad fuerte pero individualista. También aquí el cristiano puede decir una palabra oportuna.

Una palabra decisiva, porque el cristianismo responde justamente a la soledad, a la soledad del corazón generada por la exigencia insatisfecha e irreductible de significado, exigencia a la que solo una presencia excepcional, la presencia de Cristo en la carne de un encuentro humano, puede responder. Pensemos en el hombre frente a la enfermedad, frente a la muerte. Pues bien, el cristianismo no es solo un discurso, sino una palabra encarnada. El Verbo se ha hecho carne para que cualquier persona pueda experimentar su presencia en la vida y en los lugares en los que la soledad radical surge y explota de forma más aguda, siendo muchas veces eludida. El Verbo se ha hecho carne, presencia, para compartir la vida de cada uno de nosotros sin censurar nada, desde los aspectos elementales, concretos, hasta la soledad más radical. La Iglesia es, por definición, una comunidad, un lugar intermedio que pone en relación al individuo con el significado último, con el Misterio; es la continuación de ese gran intermediario que es Cristo. Cristo pone en relación al Infinito con el hombre histórico concreto. El cristiano «privado» no existe, sino que, por su propia naturaleza, termina generando siempre comunidades, lugares en donde se puede afrontar juntos la soledad completa, la de verdad.

El papa Francisco ha propuesto el tema, más aún, el método, de la sinodalidad. ¿Es el signo de esta generatividad social propia del cristianismo?

Me parece una cuestión fundamental, porque en la vida el camino lo hacemos siempre juntos. La cuestión es cómo cada uno de nosotros, junto a los demás, pone en común la riqueza de la experiencia que vive. Este recorrido que hacemos juntos para encontrar el camino, en el que el hecho de compartir constantemente corrige las cosas que no funcionan, en el que cada uno llega a ser verdaderamente protagonista, puede avanzar si estamos disponibles para volver a empezar, para cambiar, para empezar otra vez desde el principio. La provocación de la realidad está siempre «al acecho» y forma parte del camino humano, que es sostenido por la contribución que ofrecen los últimos, por la ayuda que ofrecen las personas más impensables, que te devuelven lo que tú dabas por descontado. Uno debe estar constantemente atento para dejarse enriquecer por lo que el Misterio hace para responder a las necesidades. La cuestión es si estamos disponibles para reconocer cualquier brizna de verdad, de iniciativa, de inspiración que aparezca en la vida de la Iglesia. Me ha impresionado mucho cómo se subraya en la Christus vivit el deseo de abrazar y estimular cualquier iniciativa. Cuando esto sucede en la Iglesia, se acogen los dones que Dios distribuye desde su total libertad. Entonces todo contribuye al bien de la Iglesia que, como dice el Papa, es poliédrica. La figura del poliedro nos recuerda que la vida no es rígidamente armoniosa, no se puede reducir a esquemas meramente lógicos. Como escribe Benedicto XVI en la Spe salvi, «un progreso acumulativo solo es posible en lo material», pero cuando está de por medio la libertad hay que empezar siempre, porque ella «presupone que en las decisiones fundamentales cada hombre, cada generación, tenga un nuevo inicio». Por eso es difícil hacer previsiones y programaciones. Lo decía muy bien Goethe: «Lo que heredaste de tus padres, vuelve a ganártelo para poseerlo». Lo que nuestros antepasados percibieron como un bien, es decir, unirse después del drama de la Segunda Guerra Mundial –empezando con un gesto concreto como el acuerdo sobre el carbón y el acero–, nos parece algo insignificante ahora que nos hemos desarrollado tanto. Sin embargo, para ellos fue el inicio concretísimo de un camino que ha florecido. Todas las cosas se pueden corregir, pero la cuestión es no poner en peligro las conquistas y los progresos obtenidos a lo largo de muchos años. Se trata de introducir las correcciones necesarias, como en cualquier obra. El ser humano es perfectible, así como cualquier construcción suya.

La voz del Papa es muy escuchada, pero es también una voz aislada en un mundo que parece moverse en direcciones distintas, cuando no opuestas. ¿Ha llegado para los cristianos el momento de ser esas «minorías creativas» de las que hablaba Benedicto XVI?

Al Papa se le reconoce en muchos sitios una originalidad y una autoridad. Y precisamente en el momento en el que parece que está aislado, es cuando se puede reconocer más fácilmente su diferencia. Y esto es signo de que la contribución de los cristianos, que en ciertos momentos puede parecer numéricamente menos consistente, no es por ello menos relevante. Muchas veces hemos vinculado nuestra capacidad de incidir únicamente a los números. Pero la relevancia, la incidencia histórica de una presencia no depende de los números, sino de su diferencia. El Papa lo testimonia: en su aparente impotencia, tiene una capacidad de incidencia infinitamente mayor que cualquier otro poder. Una obra artística no depende de sus dimensiones, depende de la belleza que manifiesta, de la diferencia que lleva consigo y que comunica. Esto es lo que Cristo ha traído: una diferencia, que a nosotros nos suena como una paradoja; que Dios decida salir al encuentro del hombre perdido y que para hacerlo se despoje de su divinidad nos parece absurdo. Es lo contrario de lo que nosotros haríamos. Dios nos «descoloca» constantemente. Pero podemos decir que, despojándose de su divinidad, ¡Cristo ha ofrecido una contribución para cambiar el mundo! Esta es la fuerza «desequilibrada» del cristianismo, de la presencia de los cristianos: allí donde se vive el cristianismo de forma auténtica, genera nueva vida, incluso dentro de su aparente pobreza, de su aparente insignificancia. La Iglesia es la belleza que está dentro del mundo, que hace siempre nuevas todas las cosas. Esta es la gran contribución –precisamente ahora que los números son los que son– que los cristianos están llamados a ofrecer. Para nosotros constituye un nuevo inicio. Pero para la Iglesia es una «vieja historia», como testimonia la Carta a Diogneto, que documenta cuál era el verdadero testimonio que los cristianos, en su aparente irrelevancia, daban en los primeros siglos. A ese testimonio estamos llamados también hoy.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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