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7 DICIEMBRE 2019
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Cirilo y Metodio. La Europa real y el arte de vivir juntos

Giovanna Parravicini | 0 comentarios valoración: 2  14 votos
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Durante la reciente visita del papa Francisco a Bulgaria y Macedonia del Norte, estuve con un grupo de amigos en Salónica –la antigua Tesalónica–, centro de la Macedonia griega adonde llegó san Pablo después de haber tenido en sueños la visión de un macedonio que invocaba la predicación del Evangelio. Allí nacieron los hermanos santos Cirilo y Metodio, misioneros apostólicos de los eslavos.

El Papa citó a ambos, señalando que la visión de Pablo es un “símbolo de la entrada del cristianismo en Occidente”. Cambió radicalmente los proyectos del apóstol, pues “él se iba a Asia. Es un misterio esa llamada”. Y marcó el inicio de la universalidad del cristianismo, más allá de la civilización europea. Respecto a Cirilo y Metodio, recalcó el hecho de que, “mientras los signos premonitorios presagiaban las dolorosas divisiones que sucederían en los siglos posteriores, eligieron la perspectiva de la comunión. Misión y comunión: dos palabras que se entrelazan siempre en la vida de los dos santos y que pueden iluminarnos el camino para crecer en fraternidad”.

Probablemente no muchos reconozcan en este aparente limbo de tierra en la periferia de Europa, fuera de los tableros de juego de las grandes potencias y de los circuitos intelectuales que forman opinión, un lugar y una experiencia que durante milenios ha determinado en muchos aspectos el rostro de nuestro continente. Sin embargo, ya en el siglo V a.C. el griego Lisias señaló un acontecimiento que tuvo lugar en estas regiones durante las Termópilas en el año 480, un hecho extraordinario. “Aquel día –afirma el orador griego– se instauró la libertad en Europa”. Un puñado de heroicos combatientes salió al encuentro de la muerte, hasta el último día, para impedir al ejército persa la conquista de su tierra. Era el desafío de unos cuantos contra una multitud; la afirmación del valor de la libertad y el honor antes que el propio bienestar y comodidad; el apego a la patria hasta el sacrificio extremo, la conciencia de que el individuo no es inicio y fin de todas las cosas, sino que puede sacrificarse por la comunidad y por los hijos, aun sin esperanza de satisfacción inmediata.

En un valle solitario, que hoy sigue despoblado, donde solo una lápida recuerda el heroísmo de Leónidas y sus 300 soldados espartanos, hace 2.500 años nacía la conciencia que hizo grande la civilización europea; 500 años después, una misteriosa llamada daría rostro y nombre a la nostalgia de la belleza última que distingue al mundo griego. Transcurrirían otros ocho siglos antes de que la consciente y sufrida decisión de Cirilo y Metodio de adoptar una posición propositiva y abierta juntos –algo que hoy a muchos les parece imposible conseguir– pusiera las bases de la unidad de la “Europa del Atlántico a los Urales”, usando una expresión de Juan Pablo II.

Hablando de los dos hermanos de Tesalónica, Francisco utilizó la expresión “comunión y misión, cercanía y anuncio”, acuñando una definición sólida y aparentemente contradictoria, “ecumenismo de la misión”, viendo aquí precisamente su significado para el “futuro de la sociedad europea”. ¿Cómo conciliar una posición –la misionera– que hoy a veces se identifica con una imposición ya obsoleta y políticamente incorrecta de las propias opiniones, casi violenta frente a los demás, con otra posición –igualmente ambigua– de diálogo por diálogo, con una indiferencia total por lo que el otro tenga que decir? La verdad es que en ambas posiciones falta el hombre (Jn 5,1-18), es decir, esa estatura humana que permitió a los de las Termópilas poner el ideal por encima de sí mismos, a Cirilo y Metodio superar incluso su propia tradición e identidad nacional –¡la más alta y noble que existía entonces!– e inventar una nueva lengua para poder anunciar a Cristo. “Cirilo y Metodio, bizantinos de cultura, tuvieron la audacia de traducir la Biblia en una lengua accesible a los pueblos eslavos, para que la Palabra divina precediese a las palabras humanas. Su valiente apostolado permanece como un modelo de evangelización para todos”. Una estatura humana enamorada de la verdad, la belleza, la bondad, que la hace realmente humana, que la busca incesantemente en todo y que comparte con cualquier lo que halla, como un don recibido.

En este mismo sentido, el Papa citaba una expresión de Juan Pablo II. Cirilo y Metodio “fueron en cierto modo promotores de una Europa unificada y de una paz profunda entre todos los habitantes del continente, mostrando los fundamentos de un nuevo arte de vivir juntos, en el respeto de las diferencias, que no constituyen un obstáculo para la unidad”.

Pero la lección de europeísmo que el papa Francisco nos daba esos días quedaría incompleta sin citar a la última gran figura que protagonizó ese viaje, la Madre Teresa, que vivió en estas tierras tras una dominación secular que borró las numerosas huellas de la espléndida civilización antigua y bizantina. Una pequeña mujer que “supo hacer el bien a los más necesitados, puesto que reconoció en cada hombre y mujer el rostro de tu Hijo”, afirmó Francisco recitando la oración en la ceremonia de puesta de la primera piedra del santuario de la Madre Teresa. Un proyecto social grandioso, una auténtica revolución en la asistencia sanitaria la que llevó a cabo la Madre Teresa con sus misioneras, dictada únicamente por la mirada de Cristo, que también puede llegar a ser la mirada de los que le siguen. Una mirada que “en el pecado, ve hijos que hay que volver a levantar; en la muerte, hermanos que resucitar; en la desolación, corazones que consolar”.  

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