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25 JUNIO 2019
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Europa entre el compromiso y la polarización: un debate en curso

Víctor Pérez-Díaz | 0 comentarios valoración: 1  10 votos
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Por su interés publicamos la nota redactada por el sociólogo Víctor Pérez tras un coloquio que, sobre el tema “Europa entre el compromiso y la polarización”, tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino en noviembre de 2018.

Diría, de entrada, y con su punto de exageración para propiciar en lo posible una lectura quizá curiosa y un tanto a distancia, que, con esta reflexión, intento dar cuenta de una conversación laboriosa e intensa pero más bien tentativa, sobre un tema excesivo, en el sentido de que apunta a una sobreabundancia de temas, que pueden desbordarnos.

Como interpretación abierta, sin conclusión muy nítida y con su cierto desorden incluido, esta nota trata de dejar constancia de algunas de las ideas fuerza, las avenencias, las disparidades de criterio, las ambigüedades y las indecisiones del debate que tuvo lugar en el coloquio: lo cual, de algún modo, refleja lo que sucede entre los políticos y los ciudadanos europeos, en general. Podría incluso decirse que el carácter de ensayo y tentativa de esta discusión, combinado, sin embargo, con su búsqueda de sentido y su orientación, refleja la mezcla de orden y desorden que caracteriza hoy al debate público en Europa sobre el tema, elites políticas, académicas y mediáticas incluidas. La interpretación aquí esbozada intenta ser fiel a esa experiencia, y apunta a ese contexto de debates en curso.

Lo primero es darnos cuenta de que el relato habitual que subyace en el debate tiende a ser uno de (muy) corta duración. Insiste en la fundación de una Europa políticamente más o menos unida que arranca de la experiencia de las dos guerras civiles europeas del siglo XX, en particular de la II Gran Guerra. Un trauma, de conflictos por superar. Luego vendría un período relativamente largo y bastante exitoso en términos de paz, estabilidad política, prosperidad e influencia en el mundo. De modo que el relato combina un mal recuerdo de guerras europeas, que a su modo nos une, con un buen recuerdo de post-guerra, que también nos une, de otra forma. Post-guerra en la que las distancias entre demo-cristianos, liberales, conservadores, social-demócratas no son tan grandes; en realidad acaban siendo, más bien, relativamente pequeñas. Y todo esto nos aboca a la caída del muro, y a ser testigos del fracaso de la alternativa, de la Europa del Este. Y al llamado fin de la historia.

Lo que ahora ocurre es que los europeos se han dado cuenta o se van dando cuenta de que la historia no ha terminado. Parecen desorientados. Y la crisis económica reciente (que no les ha afectado a todos por igual) ha reforzado esa sensación. Ahora es normal hablar de crisis, futuro problemático, desigualdad creciente, distancia entre ciudadanos y clase política, batallas culturales, tensiones en torno a la inmigración, una geopolítica reactiva, etcétera.

El debate sobre qué hacer en estas circunstancias tiende a plantearse entre dos bandos bastante hostiles entre sí, de globalistas y de nacionalistas o localistas; y aquí es donde se van alternando y sucediendo las críticas a un globalismo de establishment con poca capacidad de liderazgo, y a diversos populismos con su exceso de demagogia. Pero también a unos medios de comunicación que no facilitan apenas el debate, y a unas elites culturales que tampoco proporcionan un relato convincente.

Algunos de los partícipes en el coloquio insisten en lo que consideran el error de juicio del diagnóstico de la situación en términos de fin de la historia; y subrayan, al efecto, diferencias en lo relativo, por ejemplo, a las instituciones democráticas entre el rumbo de occidente y los de China y Rusia. Ese error explicaría, en parte, las expectativas exageradas que se han tenido y se tienen sobre estos dos países; aunque siempre queda un margen de discusión sobre su evolución en el futuro.

Igualmente han señalado las expectativas exageradas respecto a la capacidad de las democracias liberales para responder a los grandes retos del momento; quizá relacionadas con la reticencia a reconocer que los fallos de sus elites han solido ser muy frecuentes, y que los populismos surgen y resurgen de su seno de manera recurrente y robusta. Aunque cabe señalar que de todo ello, que en el fondo se sabe, los europeos se dan cuenta sobre todo en las épocas de crisis.

También se apunta a que puede ocurrir que, si bien la idea de la Europa unida parecía responder con eficacia a los grandes retos de los siglos XIX y XX, planteados en términos de grandes conflictos entre las naciones europeas, no está claro que esa idea responda tan bien a los retos del siglo XXI, que se plantean en términos más complejos; e incluso de manera confusa, y así se habla de identidades, seguridad económica, desigualdad, revoluciones tecnológicas sin pausa, clima que cambia... Y no se sabe muy bien lo que la “idea de Europa” aporta para responder a este conjunto de preguntas.

Obviamente, siempre se puede volver a la cuestión clave de la democracia liberal del conjunto de Europa y de sus países miembros, esperando que aporte el procedimiento adecuado y legítimo para afrontar las cuestiones, y llevar adelante un “proyecto europeo”. Y se puede y se debe dar un voto de confianza a este proyecto pensando que, al fin y al cabo, el tiempo de formación de esta Europa unida ha sido muy corto; y queda mucho camino por recorrer. E incluso se resalta que el proyecto, hoy, sigue conservando un apoyo amplio entre los ciudadanos de los diversos países. No habría, pues, que magnificar los riesgos y las amenazas. Un eventual triunfo (o más bien, semi-triunfo) populista en unas elecciones u otras no debería, según esto, suscitar un exceso de preocupación; aunque tampoco debiera infravalorarse. Al final, la Comisión Europea y las diversas instituciones europeas seguirán funcionando y marcando el rumbo. Y los propios populistas se irán acomodando a él.

De modo que, en esta lectura de las cosas, se acabará por encontrar una fórmula para la regulación de la inmigración, para el cambio de horario, o para manejar las tensiones en el norte de África. Es cuestión de seguir experimentando y aprendiendo. Asimismo, los países del sur irán adaptándose a los criterios de política económica y social de los países centronórdicos; los cuales, a su vez, aprenderán a guardar las formas e incorporar algunos elementos de las políticas de los del sur, etcétera, etcétera. Compromisos... Tanto más cuanto que se suele dar casi por sentado que a ninguno parece que le llegaría interesar, a medio o largo plazo, una Europa de dos velocidades, o quedar rezagado, o encontrarse en una situación equivalente a la que resultaría de una forma u otra de Brexit. Y no por razón de meros cálculos de interés, sino porque en el fondo hay un profundo sentimiento de identidad y de pertenencia.

Pero, por otra parte, sigue siendo verdad que, si se araña un poco la superficie, también hay signos de que la ciudadanía se siente bastante distante de los problemas planteados a escala europea, y de los políticos encargados de resolverlos. En este terreno, la comunicación entre las elites y el conjunto de la población es mínima, y las elites, con frecuencia, la llevan a cabo con un lenguaje “de madera” (tecnocrático o de gestión o de política de campaña). No parecen los ciudadanos estar muy dispuestos a dejarse adoctrinar por una clase política europea que, simplemente, “sepa hacer bien su propaganda y su campaña”. Porque lo crucial estriba en que las gentes corrientes no se sienten ellas mismas escuchadas, aunque cabría añadir que tampoco acaban de saber ellas qué decir.

Planteadas las cosas en estos términos, en el coloquio van surgiendo preguntas y reflexiones dubitativas. Algunos dicen que, en realidad, está por ver que los políticos europeístas tengan un relato europeo de largo recorrido; y, si se me permite un añadido, cabría también decir que es lógico que así sea, puesto que, si no lo han tenido ni lo tienen, aún, para una historia de mil años que conocen a medias, es poco menos que imposible que lo tengan para los próximos mil días, que desconocen del todo (salvo en poco más que relatos de ciencia ficción).

En todo caso, falta el impulso moral y cognitivo que podría, y debería, acompañar a ese relato. Y las razones de esa ausencia pueden ser profundas, porque tienen que ver con una muy larga y muy intensa historia de guerras económicas, sociales, políticas, religiosas. Lo cual parece propiciar el argumento de quienes tienden a ver en la experiencia de la Europa unida, sobre todo, la respuesta a las dos guerras mundiales mencionadas al comienzo de esta nota.

Cabe añadir, por lo demás, que este tipo de argumentación tiende a apoyarse en una mentalidad agónica, muy arraigada en la intelligentsia occidental y moderna, especialmente visible a partir del siglo XVII. Una mentalidad que, sugiero, se podría comprender mejor teniendo en cuenta sus fundamentos contradictorios. Obviamente, la experiencia de la vida social debe reconocer las tendencias hacia la prevalencia de los conflictos, las rivalidades políticas, las competiciones económicas, los duelos por el reconocimiento social, la escalada a los extremos...; pero todo eso es solo la mitad de la historia. La otra mitad apunta a las tendencias opuestas, lo que supone reconocer la importancia de los círculos de solidaridad o sociabilidad, de los procesos de pacificación y reconciliación. Al fin y al cabo, Goya, por ilustrar mejor el argumento, nos ofrece, sí, una visión conflictiva de la sociedad en su composición del “duelo a garrotazos”, pero el mismo hecho de que nos da esa visión implica la invitación que el artista hace al observador para “verlo a distancia” y “rechazarlo” o “evitarlo”. No es una simple expresión del cainismo; porque es también una denuncia del cainismo.

Volviendo al tema de la construcción de un espacio público europeo, varios partícipes subrayan la cortedad a este respecto de los medios de comunicación, más bien centrados en la política nacional (vista en clave dramática) y el reportaje de desastres, y no demasiado interesados por lo que ocurre en otros países, salvo en ocasiones (más bien inquietantes: las buenas noticias no suelen ser noticias).

Teniendo en cuenta la distancia física respecto a otros países, combinada con esta escasa comunicación sobre Europa, y contra el telón de fondo de la dificultad de estar informado y de entender las complejidades de la política y la economía y la sociedad y la cultura europea, el resultado es una suerte de desconexión entre los diferentes pueblos de la sociedad europea y la problemática de una Europa unida. Digamos que la vida es demasiado corta y hay otras cosas mucho más atractivas, y próximas, de las que ocuparse que los lejanos asuntos europeos.

Por no haber, no contamos siquiera con los “pequeños detalles”: de los libros de historia que nos familiaricen con la de otros países, de los rituales de las fiestas europeas, de las modestas aventuras de, digamos, “las dos semanas” de estancias escolares en otro país. Detalles que apelan a los sentimientos y las emociones: cosas fundamentales, pero tratadas como “cosas menores” en el dialecto moral que suele usar el establishment y su entorno.

Todo esto apunta a mirar más allá de las clásicas contraposiciones o polarizaciones de izquierdas y derechas, europeísmo y nacionalismos, que se quedan, tal vez, en cuestiones formales y aparentes, y que disimulan aquel distanciamiento más general. Ese distanciamiento, sin embargo, podría ser reducido, sustancialmente, si se comprendiera mejor el fondo de europeísmo difuso pero sentido, de moderación, de interés genérico, y de disponibilidad de la mayor parte de la población a apoyar, con juicio y con medida, un proyecto europeo razonable y de muy largo recorrido.

Esa disponibilidad puede ser mayor, quizá, entre los jóvenes; aunque, por ahora, éstos se encuentran en una situación que no controlan y de la que no consiguen adivinar en qué dirección va y cómo ajustarse a ella, o en qué dirección cambiarla o rectificarla. Queda por ver cuál sea la disponibilidad por parte de las comunidades que se sienten cuestionadas por una inmigración irregular o por la presencia de inmigrantes de otras culturas; acerca de lo cual Europa ya ha acumulado una experiencia compleja a lo largo de décadas, por no hablar de siglos.

En definitiva, la misma complejidad de esta conversación sugiere que estamos en una coyuntura favorable para que cada vez más ciudadanos, y miembros de las diversas elites, y sus entornos, se impliquen, con motivo y con curiosidad, en un debate europeo sobre la Europa unida; y que lo hagan de un modo que permita que los unos escuchen a los otros.

Cabe constatar, en fin, que, curiosamente, el debate sobre polarización y compromiso se desliza, como sin querer, hacia la constatación de una tendencia al conflicto y la contraposición en el funcionamiento de las democracias (europeas y no europeas) contemporáneas, con el matiz añadido, importante, de que ello conlleva reconocer que en la mayoría de los globalistas puede haber una tendencia a no escuchar a sus oponentes populistas, tanto como ocurre viceversa, reforzando así el proceso de polarización. Una polarización que, cabe añadir, tiende a perpetuarse o agravarse a costa del reconocimiento del núcleo razonable que puede existir en un polo y otro. El contraste de posiciones es lógico, la polarización no tanto, sobre todo si lo que hace es distorsionar un proceso de debates y conversaciones en curso.

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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

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¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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