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24 AGOSTO 2019
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Europa entre el compromiso y la polarización: un debate en curso

Víctor Pérez-Díaz | 0 comentarios valoración: 1  10 votos
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Por su interés publicamos la nota redactada por el sociólogo Víctor Pérez tras un coloquio que, sobre el tema “Europa entre el compromiso y la polarización”, tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino en noviembre de 2018.

Diría, de entrada, y con su punto de exageración para propiciar en lo posible una lectura quizá curiosa y un tanto a distancia, que, con esta reflexión, intento dar cuenta de una conversación laboriosa e intensa pero más bien tentativa, sobre un tema excesivo, en el sentido de que apunta a una sobreabundancia de temas, que pueden desbordarnos.

Como interpretación abierta, sin conclusión muy nítida y con su cierto desorden incluido, esta nota trata de dejar constancia de algunas de las ideas fuerza, las avenencias, las disparidades de criterio, las ambigüedades y las indecisiones del debate que tuvo lugar en el coloquio: lo cual, de algún modo, refleja lo que sucede entre los políticos y los ciudadanos europeos, en general. Podría incluso decirse que el carácter de ensayo y tentativa de esta discusión, combinado, sin embargo, con su búsqueda de sentido y su orientación, refleja la mezcla de orden y desorden que caracteriza hoy al debate público en Europa sobre el tema, elites políticas, académicas y mediáticas incluidas. La interpretación aquí esbozada intenta ser fiel a esa experiencia, y apunta a ese contexto de debates en curso.

Lo primero es darnos cuenta de que el relato habitual que subyace en el debate tiende a ser uno de (muy) corta duración. Insiste en la fundación de una Europa políticamente más o menos unida que arranca de la experiencia de las dos guerras civiles europeas del siglo XX, en particular de la II Gran Guerra. Un trauma, de conflictos por superar. Luego vendría un período relativamente largo y bastante exitoso en términos de paz, estabilidad política, prosperidad e influencia en el mundo. De modo que el relato combina un mal recuerdo de guerras europeas, que a su modo nos une, con un buen recuerdo de post-guerra, que también nos une, de otra forma. Post-guerra en la que las distancias entre demo-cristianos, liberales, conservadores, social-demócratas no son tan grandes; en realidad acaban siendo, más bien, relativamente pequeñas. Y todo esto nos aboca a la caída del muro, y a ser testigos del fracaso de la alternativa, de la Europa del Este. Y al llamado fin de la historia.

Lo que ahora ocurre es que los europeos se han dado cuenta o se van dando cuenta de que la historia no ha terminado. Parecen desorientados. Y la crisis económica reciente (que no les ha afectado a todos por igual) ha reforzado esa sensación. Ahora es normal hablar de crisis, futuro problemático, desigualdad creciente, distancia entre ciudadanos y clase política, batallas culturales, tensiones en torno a la inmigración, una geopolítica reactiva, etcétera.

El debate sobre qué hacer en estas circunstancias tiende a plantearse entre dos bandos bastante hostiles entre sí, de globalistas y de nacionalistas o localistas; y aquí es donde se van alternando y sucediendo las críticas a un globalismo de establishment con poca capacidad de liderazgo, y a diversos populismos con su exceso de demagogia. Pero también a unos medios de comunicación que no facilitan apenas el debate, y a unas elites culturales que tampoco proporcionan un relato convincente.

Algunos de los partícipes en el coloquio insisten en lo que consideran el error de juicio del diagnóstico de la situación en términos de fin de la historia; y subrayan, al efecto, diferencias en lo relativo, por ejemplo, a las instituciones democráticas entre el rumbo de occidente y los de China y Rusia. Ese error explicaría, en parte, las expectativas exageradas que se han tenido y se tienen sobre estos dos países; aunque siempre queda un margen de discusión sobre su evolución en el futuro.

Igualmente han señalado las expectativas exageradas respecto a la capacidad de las democracias liberales para responder a los grandes retos del momento; quizá relacionadas con la reticencia a reconocer que los fallos de sus elites han solido ser muy frecuentes, y que los populismos surgen y resurgen de su seno de manera recurrente y robusta. Aunque cabe señalar que de todo ello, que en el fondo se sabe, los europeos se dan cuenta sobre todo en las épocas de crisis.

También se apunta a que puede ocurrir que, si bien la idea de la Europa unida parecía responder con eficacia a los grandes retos de los siglos XIX y XX, planteados en términos de grandes conflictos entre las naciones europeas, no está claro que esa idea responda tan bien a los retos del siglo XXI, que se plantean en términos más complejos; e incluso de manera confusa, y así se habla de identidades, seguridad económica, desigualdad, revoluciones tecnológicas sin pausa, clima que cambia... Y no se sabe muy bien lo que la “idea de Europa” aporta para responder a este conjunto de preguntas.

Obviamente, siempre se puede volver a la cuestión clave de la democracia liberal del conjunto de Europa y de sus países miembros, esperando que aporte el procedimiento adecuado y legítimo para afrontar las cuestiones, y llevar adelante un “proyecto europeo”. Y se puede y se debe dar un voto de confianza a este proyecto pensando que, al fin y al cabo, el tiempo de formación de esta Europa unida ha sido muy corto; y queda mucho camino por recorrer. E incluso se resalta que el proyecto, hoy, sigue conservando un apoyo amplio entre los ciudadanos de los diversos países. No habría, pues, que magnificar los riesgos y las amenazas. Un eventual triunfo (o más bien, semi-triunfo) populista en unas elecciones u otras no debería, según esto, suscitar un exceso de preocupación; aunque tampoco debiera infravalorarse. Al final, la Comisión Europea y las diversas instituciones europeas seguirán funcionando y marcando el rumbo. Y los propios populistas se irán acomodando a él.

De modo que, en esta lectura de las cosas, se acabará por encontrar una fórmula para la regulación de la inmigración, para el cambio de horario, o para manejar las tensiones en el norte de África. Es cuestión de seguir experimentando y aprendiendo. Asimismo, los países del sur irán adaptándose a los criterios de política económica y social de los países centronórdicos; los cuales, a su vez, aprenderán a guardar las formas e incorporar algunos elementos de las políticas de los del sur, etcétera, etcétera. Compromisos... Tanto más cuanto que se suele dar casi por sentado que a ninguno parece que le llegaría interesar, a medio o largo plazo, una Europa de dos velocidades, o quedar rezagado, o encontrarse en una situación equivalente a la que resultaría de una forma u otra de Brexit. Y no por razón de meros cálculos de interés, sino porque en el fondo hay un profundo sentimiento de identidad y de pertenencia.

Pero, por otra parte, sigue siendo verdad que, si se araña un poco la superficie, también hay signos de que la ciudadanía se siente bastante distante de los problemas planteados a escala europea, y de los políticos encargados de resolverlos. En este terreno, la comunicación entre las elites y el conjunto de la población es mínima, y las elites, con frecuencia, la llevan a cabo con un lenguaje “de madera” (tecnocrático o de gestión o de política de campaña). No parecen los ciudadanos estar muy dispuestos a dejarse adoctrinar por una clase política europea que, simplemente, “sepa hacer bien su propaganda y su campaña”. Porque lo crucial estriba en que las gentes corrientes no se sienten ellas mismas escuchadas, aunque cabría añadir que tampoco acaban de saber ellas qué decir.

Planteadas las cosas en estos términos, en el coloquio van surgiendo preguntas y reflexiones dubitativas. Algunos dicen que, en realidad, está por ver que los políticos europeístas tengan un relato europeo de largo recorrido; y, si se me permite un añadido, cabría también decir que es lógico que así sea, puesto que, si no lo han tenido ni lo tienen, aún, para una historia de mil años que conocen a medias, es poco menos que imposible que lo tengan para los próximos mil días, que desconocen del todo (salvo en poco más que relatos de ciencia ficción).

En todo caso, falta el impulso moral y cognitivo que podría, y debería, acompañar a ese relato. Y las razones de esa ausencia pueden ser profundas, porque tienen que ver con una muy larga y muy intensa historia de guerras económicas, sociales, políticas, religiosas. Lo cual parece propiciar el argumento de quienes tienden a ver en la experiencia de la Europa unida, sobre todo, la respuesta a las dos guerras mundiales mencionadas al comienzo de esta nota.

Cabe añadir, por lo demás, que este tipo de argumentación tiende a apoyarse en una mentalidad agónica, muy arraigada en la intelligentsia occidental y moderna, especialmente visible a partir del siglo XVII. Una mentalidad que, sugiero, se podría comprender mejor teniendo en cuenta sus fundamentos contradictorios. Obviamente, la experiencia de la vida social debe reconocer las tendencias hacia la prevalencia de los conflictos, las rivalidades políticas, las competiciones económicas, los duelos por el reconocimiento social, la escalada a los extremos...; pero todo eso es solo la mitad de la historia. La otra mitad apunta a las tendencias opuestas, lo que supone reconocer la importancia de los círculos de solidaridad o sociabilidad, de los procesos de pacificación y reconciliación. Al fin y al cabo, Goya, por ilustrar mejor el argumento, nos ofrece, sí, una visión conflictiva de la sociedad en su composición del “duelo a garrotazos”, pero el mismo hecho de que nos da esa visión implica la invitación que el artista hace al observador para “verlo a distancia” y “rechazarlo” o “evitarlo”. No es una simple expresión del cainismo; porque es también una denuncia del cainismo.

Volviendo al tema de la construcción de un espacio público europeo, varios partícipes subrayan la cortedad a este respecto de los medios de comunicación, más bien centrados en la política nacional (vista en clave dramática) y el reportaje de desastres, y no demasiado interesados por lo que ocurre en otros países, salvo en ocasiones (más bien inquietantes: las buenas noticias no suelen ser noticias).

Teniendo en cuenta la distancia física respecto a otros países, combinada con esta escasa comunicación sobre Europa, y contra el telón de fondo de la dificultad de estar informado y de entender las complejidades de la política y la economía y la sociedad y la cultura europea, el resultado es una suerte de desconexión entre los diferentes pueblos de la sociedad europea y la problemática de una Europa unida. Digamos que la vida es demasiado corta y hay otras cosas mucho más atractivas, y próximas, de las que ocuparse que los lejanos asuntos europeos.

Por no haber, no contamos siquiera con los “pequeños detalles”: de los libros de historia que nos familiaricen con la de otros países, de los rituales de las fiestas europeas, de las modestas aventuras de, digamos, “las dos semanas” de estancias escolares en otro país. Detalles que apelan a los sentimientos y las emociones: cosas fundamentales, pero tratadas como “cosas menores” en el dialecto moral que suele usar el establishment y su entorno.

Todo esto apunta a mirar más allá de las clásicas contraposiciones o polarizaciones de izquierdas y derechas, europeísmo y nacionalismos, que se quedan, tal vez, en cuestiones formales y aparentes, y que disimulan aquel distanciamiento más general. Ese distanciamiento, sin embargo, podría ser reducido, sustancialmente, si se comprendiera mejor el fondo de europeísmo difuso pero sentido, de moderación, de interés genérico, y de disponibilidad de la mayor parte de la población a apoyar, con juicio y con medida, un proyecto europeo razonable y de muy largo recorrido.

Esa disponibilidad puede ser mayor, quizá, entre los jóvenes; aunque, por ahora, éstos se encuentran en una situación que no controlan y de la que no consiguen adivinar en qué dirección va y cómo ajustarse a ella, o en qué dirección cambiarla o rectificarla. Queda por ver cuál sea la disponibilidad por parte de las comunidades que se sienten cuestionadas por una inmigración irregular o por la presencia de inmigrantes de otras culturas; acerca de lo cual Europa ya ha acumulado una experiencia compleja a lo largo de décadas, por no hablar de siglos.

En definitiva, la misma complejidad de esta conversación sugiere que estamos en una coyuntura favorable para que cada vez más ciudadanos, y miembros de las diversas elites, y sus entornos, se impliquen, con motivo y con curiosidad, en un debate europeo sobre la Europa unida; y que lo hagan de un modo que permita que los unos escuchen a los otros.

Cabe constatar, en fin, que, curiosamente, el debate sobre polarización y compromiso se desliza, como sin querer, hacia la constatación de una tendencia al conflicto y la contraposición en el funcionamiento de las democracias (europeas y no europeas) contemporáneas, con el matiz añadido, importante, de que ello conlleva reconocer que en la mayoría de los globalistas puede haber una tendencia a no escuchar a sus oponentes populistas, tanto como ocurre viceversa, reforzando así el proceso de polarización. Una polarización que, cabe añadir, tiende a perpetuarse o agravarse a costa del reconocimiento del núcleo razonable que puede existir en un polo y otro. El contraste de posiciones es lógico, la polarización no tanto, sobre todo si lo que hace es distorsionar un proceso de debates y conversaciones en curso.

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