Diario de información sobre la actualidad política, social, económica y eclesial
25 JUNIO 2019
Búsqueda en los contenidos de la web

Let's go, Raptors! Un anillo para Toronto, Canadá y España

Lucas de Haro | 0 comentarios valoración: 2  12 votos
Vota 1 2 3 4 5
Resultado 2  12 votos

El polideportivo de Coal Harbour en downtown Vancouver mira las deliciosas pistas de esquí de Grouse Mountain desde la orilla del Pacífico. En él se dan cita para jugar al baloncesto a la hora del almuerzo diferentes profesionales que trabajan en la zona. Persas, hindúes, caucásicos, asiáticos, hispanos; todos canadienses. Llega el mes de mayo, sus conversaciones en el vestuario no pueden contener el entusiasmo ante la primera Final de Conferencia que jugarán los Raptors de Toronto, esa ciudad hermana que dista más de 4.000 kilómetros. Las caras en el vestuario tampoco pueden contener un rictus de pavor ante la evidente paliza que sufrirán ante los Cavaliers de Lebron. Así sucedería en mayo de 2016, tres años antes de que los Raptors –la franquicia de todo un país– ganara su primer anillo de la NBA.

En la NBA, los primeros años de la década de los 10 se podrían definir como “todos contra James”, mientras que los cursos siguientes han testimoniado el dominio “epocal” de los Warriors, quienes han dejado que el cierre al decenio lo echara el primer anillo de Toronto, el primer anillo no americano. El primer título para Marc Gasol e Ibaka, el tercero para jugadores españoles tras los conseguidos por Pau Gasol con los Lakers en el 09 y el 10.

Los Raptors se fundaron en el año 1995, al igual que los Vancouver Grizzlies. La NBA por fin acogía dos franquicias canadienses, estableciendo así un campeonato inter-fronterizo como ya fuera la National Hockey League desde que se sumaran los equipos estadounidenses. Vancouver se quedaría más tarde sin equipo de baloncesto y, por esas contradicciones que nos ofrecen el marketing y el comercio, los Grizzlies migrarían desde su hábitat natural hasta Memphis en Tennessee; por la misma razón que los lagos de Minesota son angelinos o el jazz de Nueva Orleans habita en Utah. En el año 2001 Canadá diría adiós a los Grizzlies y Toronto alcanzaría la semifinal de la Conferencia Este liderados por Vince Carter; desde entonces los Raptors se convertirían en la franquicia de todo un país. Los siguientes quince años serían duros para los del norte, jugarían los playoffs solamente en cinco ocasiones y en todas caerían en primera ronda. Es la época de Calderón, Carbajosa y Chris Bosh.

En la temporada 13-14, los Raptors llegan de nuevo a la fase de eliminatorias y dos años más tarde un equipo liderado por DeRozan, con Lowry de 1 y el lituano Jonas Valaciunas (JV) de 5 llegaría a la Final de la Conferencia Este, consiguiendo así el mayor logro de la historia del equipo hasta la fecha. Allí dieron buena cuenta de ellos los Cleveland Cavaliers, campeones de la NBA aquella temporada con un monstruoso Lebron y un descomunal Irving. El tapón del primero a Igouadala y el triple del segundo en los últimos suspiros del séptimo partido de la final, la final-final, contra los Warriors harían de aquel enfrentamiento una cita memorable.

DeRozan y Lowry formaban una pareja formidable: carismática, practicaba un baloncesto de altísimo nivel, ambos asentados en Toronto, ocho presencias All Star entre los dos mientras coincidieran en Ontario, etc. Sus ruedas de prensa tras los partidos sosteniendo a sus hijos pequeños decían al mundo que los Raptors era un equipo para todos. Por su lado, JV conseguía adaptarse al juego norteamericano y aceleraba sus movimientos, creciendo en agresividad y competitividad. Pero, a pesar de todo, los canadienses no lograron superar las semifinales de conferencia en los dos años siguientes y en el verano de 2018 se anunciaron algunos cambios drásticos. DeRozan sería traspasado a San Antonio, quienes enviarían al frío norteño a Kawhi Leonard, un portentoso jugador que podría comer en la mesa de Bryant, Lebron y Durant. Leonard, un escolta que luce un significativo 2 en su camiseta, fue el jovencísimo MVP de la final de 2014 que los Spurs ganaran a los Hit de James, Bosh y Wade. Aquel año, Kawhi fue la estrella del fenomenal equipo entrenado por Popovich que lideraban Duncan, Ginobili y Parker; quienes empezaban a envejecer y, con ellos, el histórico juego colectivo de los tejanos. La aparición de Leonard aquel año parecía asegurar la regeneración continuista de los Spurs, pero todo se fue al traste debido a una lesión que sufrió durante la Final de Conferencia Oeste de 2017 contra los Warriors cuando el gigante georgiano Pachulia cayera sobre él en una controvertida jugada que dispararía las sospechas acerca de la intencionalidad del encontronazo. La temporada 2017-2018 quedaría definida por el enfrentamiento entre Leonard y Pop acerca de cómo tratar la lesión. Llegado el verano, se consumó el trueque entre las estrellas de los Raptors y los Spurs. La marcha de DeRozan dolió mucho a la afición y a él mismo; se trataba del jugador franquicia que estaba totalmente identificado con el proyecto y la ciudad. Por su parte, Kawhi desembarcaría del vuelo San Antonio-Toronto junto a su compañero Danny Green, un experimentado bombardero de triples, pero el “2” tardaría en adaptarse a Canadá y el negocio empezaba a oler a traspaso temporal.

Sin embargo, Kawhi Leonard empezaría a sentir poco a poco el calor bajo la nieve.

La temporada regular 2018-2019 comenzó y acabó muy bien para Toronto, alcanzando el segundo puesto en el Este tras los Bucks de Giannis Antetokounmpo, el estratosférico griego de origen nigeriano al que Pau Gasol ha dedicado recientemente un artículo en The Player´s Tribune en el que –justamente– reclama el MVP de la temporada regular para su compañero de equipo. Fue precisamente a los Milwaukee Bucks a quienes los Raptors derrotaron en la Final de Conferencia; anteriormente se habían desecho de un equipazo como los 76ers de Philadelphia con una última canasta de Leonard que podría haber filmado el mismísimo Hitchcock. Todos estos éxitos se han debido –en gran medida– a la llegada a inicio de temporada de Kawhi y Green; pero no se podrían comprender sin incluir en la ecuación el terremoto que tuvo lugar en la capital financiera de Canadá durante el mes de febrero. Los Grizzlies (los de Memphis) y los Raptors decidieron cambiar cromos: Marc Gasol por JV, un nuevo desgarro afectivo para los de Ontario en el que perdían a un jugador muy querido y ganaban un 5 con mayor inteligencia en el juego y experiencia competitiva. Los Raptors se convertían así en un equipo muy español ya que el catalán se unía al hispano-congoleño Ibaka y al segundo entrenador Sergio Scariolo, un italiano tan nuestro como Cristóbal Colón que entrena a la Selección Española.

Tras los Bucks, la final sería ante los omnipotentes Golden State Warriors, el súper-equipo de Oakland que acabara con el dominio de Lebron James, el conjunto de las mega-estrellas que con Curry, Thompson, Draymond Green, Iguodala, Livingstone, etc. ganara el anillo en 2015 y al que se uniera Kevin Durant (KD) en 2016 para arrasar en 2017 y 2018. Por si todo esto fuera poco, los Warriors habían sumado a su roster al ágil y polivalente center Demarcus Cousins durante el verano pasado. A pesar de que su temporada regular no ha sido tan arrolladora como las anteriores y de que KD apenas haya podido participar en la serie final por lesión, el conjunto californiano llegaba a la última eliminatoria ante los canadienses como claro favorito.

Y en estas circunstancias los Raptors se han llevado su primer anillo. Han ganado 4-2 y se han embolsado los tres partidos jugados en el Oracle Arena, estadio que dejará de albergar a los Golden State Warriors ya que cruzan este verano el Bay Bridge para mudarse de Oakland a San Francisco, ciudad de la que salieran hace casi cincuenta años.

Se habla y alaba mucho el dominio de los Warrios en el último lustro, aunque algunos les critican el excesivo recurso del triple que hacen. Por otro lado –y esto parece evidente a los ojos de cualquiera que vea algo de baloncesto– hay expertos que acusan a la NBA de ser un deporte excesivamente individualista y físico en comparación con el viejo y bello juego de equipo que se practica en el baloncesto europeo. Quizá el éxito de los Raptors haya sido combinar los diferentes ingredientes temporales de este deporte: en la cancha se han unido cuatro excelentes jugadores de equipo –Lowry, Danny Green, Siakam y Marc Gasol– con una mega estrella, ya sabéis quien. A ellos se suman dos perfectos sexto-hombre llamados Ibaka y VanVleet, quienes –siguiendo la inalcanzable estela del recientemente retirado Ginobili– ratifican que en el basket hay un quinteto inicial y, al menos, seis titulares. En esta mezcla de esencias presentes y pasadas, se ha echado de menos algo más de juego interior; poco se ha dejado ver Marc sacando codos en ataque debajo del aro. Pero qué reproche se le puede hacer al entrenador Nick Nurse, que ha dado su primer anillo a Toronto y Canadá y el tercero a los Gasol y a España.

>Comentar

Sólo los usuarios registrados pueden insertar comentarios. Identifíquese.

0Comentarios

<< volver

>Columna izquierda

>Editorial

vista rápida >
>Editorial

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  17 votos
vista rápida >
>Editorial

¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro

Las palabras de justificación del ministro de defensa chino, Wie Fenghe, han clarificado casi todo. Cuando se cumplían 30 años de la masacre de Tiananmen, el Gobierno-Partido que rige los destinos del Imperio del Centro, ha explicado que era necesario, para mantener la estabilidad y generar la prosperidad de las tres últimas décadas, reprimir a unos estudiantes que reclamaban más libertad. Casi todo ha quedado claro. En 1989 hubo que recurrir a la violencia y matar a miles de universitarios y hoy es necesario seguir utilizando campos de internamiento, la amenaza, la tortura, la persecución del disidente.

Antes del aniversario se habían recrudecido los controles en torno a la plaza de Tiananmen, como cuando se celebra la reunión anual de un Parlamento totalmente controlado por Xi Jinping. Pekín ha vivido las jornadas habituales de un nerviosismo cuyo origen es difícil de precisar. Los responsables de los hoteles, los miembros de base del partido, la ciudad entera está atenta para identificar cualquier movimiento, cualquier persona, que pueda ser una “fuente de inestabilidad”. Las cámaras distribuidas por cada rincón de la capital recogen todas las imágenes posibles y estos días se han examinado, gracias a la nueva tecnología, con especial vigilancia para detectar cualquier tipo de anomalía. Ahora no es como hace 30 años, el poder totalitario con sistemas de Inteligencia Artificial lo hace mucho más eficaz.

Con dificultad se ha podido acceder a la plaza para, aunque sea en silencio, hacer memoria de aquel joven desconocido que desafió a una fila de tanques. No importa. Desde cualquier región del planeta, se puede rendir homenaje a aquel muchacho indefenso, con los brazos caídos, pero con la cabeza bien erguida, delante de un carro de combate con su cañón enorme listo para disparar. La máquina de la opresión es un crustáceo gigante: el tanque de la nada, el tanque de la historia, el tanque sin rostro dispuesto a aplastar frente a la figura solitaria que se mantiene en pie. No se puede rendir homenaje a todas las víctimas sin releer las páginas de los Escritos Corsarios del gran Pasolini denunciando las nuevas formas de dominación de un poder que ya no necesita de la violencia para imponerse. ¿Han desaparecido los tanques de la nada, como decían los liberales ilustrados, precisamente hace tres décadas? ¿Cuáles son ahora los tanques del nuevo poder que domina las plazas del mundo? ¿Cuál es la marca de los nuevos carros de combate?

Ian Buruma, en un provocativo artículo publicado estos días, ha destacado en Tiananmen no triunfó el régimen comunista, sino “un capitalismo autoritario”, el creado por Deng Xiaoping, el hombre de la apertura. “Las clases urbanas educadas de las que había salido la mayoría de los estudiantes que protestaron en 1989 recibieron grandes beneficios”, a cambio de no meterse en política. Lo ocurrido tras Tiananmen dejó claro que democracia y capitalismo eran perfectamente separables. Posiblemente han hecho faltan treinta años para que nos demos cuenta. “Lo que sucedió tras su aplastamiento señala que el capitalismo autoritario se ha convertido en un modelo atractivo para autócratas de todo el mundo, incluso en países que hace treinta años consiguieron librarse del yugo comunista”, concluye con agudeza Buruma.

¿De qué marca son hoy los tanques?

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  28 votos
vista rápida >
>Editorial

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  813 votos

>Columna derecha

>CULTURA

vista rápida >

Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

Caravaggio en Madrid

Elena Simón | 0 comentarios valoración: 2  2584 votos
vista rápida >

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón | 48 comentarios valoración: 2  3686 votos

>SÍGUENOS EN

>Entrevistas

El otro es un bien, también en política

Arte y pintura en Páginas Digital

El caballero de la mano en el pecho

David vencedor de Goliat de Caravaggio

>Boletín electrónico

Recibe los titulares de PÁGINASDIGITAL.es en tu correo electrónico
Darse alta y baja en el boletín electrónico

 

Darme de baja