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23 JULIO 2019
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>Entrevista a Joseba Arregi

"Tiene razón Carrón: el miedo surge de la falta de significado"

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Joseba Arregi, columnista y exconsejero del Gobierno Vasco comenta para www.paginasdigital.es la entrevista de Julián Carrón en L’Osservatore Romano, titulada “La fuerza desequilibrada del cristianismo”.

¿Qué impresión le ha producido esta entrevista?

Es de una gran riqueza que obliga a leerla una y otra vez, y que solo puede surgir de lo que pone de manifiesto, de haber entrado en contacto con la presencia de Cristo. Pocas veces se pueden encontrar pensamientos tan críticos y constructivos para los problemas de nuestro tiempo.

El miedo que parece dominar el tiempo presente, ¿está relacionado con el problema del significado?

Sin duda alguna. Hay quien se refiere al miedo como sensación de desamparo, otros hablan de desorientación, de falta de brújula, y también hay quien piensa que el miedo nace de la sensación de vacío, tanto mayor cuantas más cosas poseemos. Creo que nuestra cultura y nuestras sociedades padecen lo que se podría llamar el problema de la herencia de la muerte de Dios. Hegel afirma que la doble muerte de Dios –en la cruz de Jesucristo históricamente y en la cultura moderna metafísicamente– es el suceso constitutivo de la cultura moderna. Ésta no encuentra la forma de gestionar esa herencia creada por la desaparición de Dios del horizonte del pensamiento moderno. Nuestra cultura y nuestras sociedades están enfermas por su incapacidad de gestionar esa herencia tremenda del "Dios ha muerto". Si no hay Dios, no hay realidad, todo se vuelve inconsistente, nada es objetivo, todo se reduce a la subjetividad. Las palabras no significan, no es posible el acuerdo que requiere dejarse limitar por el sentido de las palabras, de la realidad, de algo objetivo. El significado no es posible en una cultura de la que se ha expulsado a Dios (Descartes decía que podía existir un Dios maligno que hiciera creer a los hombres que existía la realidad, por eso necesitaba a Dios para relegar al ser que piensa con la realidad exterior). Hans Jonas, filósofo alemán judío, dice que el existencialismo y el nihilismo modernos obligan al sujeto a ser el creador del sentido, del significado, empeño en el que no tiene más remedio que fracasar. Tiene toda la razón Julián Carrón cuando dice que el miedo surge de la falta de significado. Sería colocar al ser humano en la posición del Barón de Münchausen, figura literaria del romanticismo alemán que intenta salvarse de ser engullido por las tierras movedizas de un lodazal tirándose de su propia coleta.

Estamos en una época nihilista. ¿Destella por algún sitio el deseo de ser querido?

La desaparición de Dios del horizonte cultural de la cultura moderna expulsa al ser humano de cualquier comunidad –pues para que exista comunidad debe existir algo común a los que la forman, algo que no sea meramente subjetivo a cada uno de ellos– hacia lo más extraño al ser humano, su propia subjetividad, su propio interior, al solipsismo, al autismo. Frente al autismo, al solipsismo, frente al vacío de la propia subjetividad que no se recibe de nadie ni de nada y por eso es vacía y vaciedad insatisfecha, solo existe el camino de la presencia del otro como realidad. Dice Carrón: solo se puede vencer al miedo a través de una presencia. Al fin y a la postre a través de la presencia de Dios, de Cristo en cada ser humano. No se trata solo de ser amado a la moderna, sino restaurar el sentido del amor: ser recibido y recibirse a sí mismo a través de la aceptación del otro.

Carrón denuncia el divorcio entre pensamiento y experiencia. ¿Qué le parece esta valoración?

El pensamiento que solo se piensa a sí mismo no contiene nada. Si se ha perdido toda relación con la realidad el pensamiento es vacío. Si la "realidad" que nos vende la cultura del espectáculo –lo que no aparece en la televisión, lo que no aparece en los "social media" no existe– es ficción; toda la cultura moderna es en buena medida una noticia falsa, una fake new, lo único que nos salva es la presencia del otro. El otro nos despierta a la realidad, el otro y su presencia nos rescatan del "sueño" calderoniano del solipsismo. Lo dice Levinas: “¿qué importa la tierra por muy santa que sea frente a la ofensa del hermano?"; y también recordando la enseñanza de un rabino: los derechos humanos son siempre primero los derechos del otro; o también: las necesidades materiales del otro son mis obligaciones espirituales. La realidad del otro, de los otros, es el camino a la realidad, y a través de ellos al pensamiento, porque los otros son experiencia real en su presencia, en sus sufrimientos, en su dolor, en su alegría, en su entrega. De esta experiencia solo puede surgir el pensamiento que no sea estéril y se agote en pensarse a sí mismo. Y para los cristianos esa experiencia solo se puede vivir de verdad y entra la dimensión desde la experiencia de la presencia de Cristo, que es quien da la fuerza para vivir abiertos al otro que encontramos en el camino.

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