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23 AGOSTO 2019
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Guardini. La libertad es el auténtico "efecto Europa"

Monica Scholz-Zappa | 0 comentarios valoración: 2  20 votos
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Las grandes preguntas de la historia suelen tener su origen en biografías sufridas, como la de Romano Guardini (1885-1968), entre su pertenencia a su Italia natal y su patria cultural alemana, donde creció. La cuestión de Europa se planteó con fuerza en él cuando tuvo que elegir el país donde quería desarrollar su profesión de docente. “Di el paso hacia Alemania con la conciencia de ser europeo”, declaró. ¿Qué podía significar para él entonces (estamos en 1911) dar ese paso con la “conciencia de ser europeo”?

En su discurso de agradecimiento, en 1955 en la Universidad de Mónaco de Baviera con motivo de su 70º cumpleaños, Guardini decía que “el nacionalismo ha causado sin duda bastantes desastres; sin embargo, surge a menudo el interrogante sobre si, con su desaparición, la pertenencia al propio pueblo y Estado no se haría más débil o, mejor dicho, más insegura, más abstracta”. La originalidad de la respuesta que él dará en aquella ocasión no solo representa el fruto de un camino recorrido sino la exhortación implícita a una comprensión de la “cuestión Europa” más viva y turbulenta que nunca. “Se me había hecho evidente para comprometerme personalmente en esa realidad cuyo nombre hoy está en boca de todos, pero de la que entonces nadie hablaba: el hecho ‘Europa’. Pero entonces lo reconocía únicamente como la base sobre la que podía existir: esa realidad ‘Europa’ que sin duda nace de necesidades históricas pero también de la vida de aquellos que viven esa experiencia en su propia existencia”.

En primer lugar, destaca la intensa implicación personal, ese “comprometerme personalmente” que es la clave de su vida. Compromiso no solo en la búsqueda de una ciudadanía, sino de una identidad; lealtad con esa dolorosa tensión, esta polaridad intrínseca de la realidad y del propio yo. Pues la cuestión de la ciudadanía y de la vocación europea son para él, en el fondo, el signo de una pregunta más profunda que le mueve en lo más íntimo: la pregunta sobre la identidad, sobre el espacio de una “fidelidad” y una “pertenencia”. Guardini habla de un “hacerse evidente”, de un reconocimiento. Reconocer algo que está, algo llamado a aclararse, a hacerse claro, una especie de “Europa en él” como criterio de una posible correspondencia.

Durante una reunión del movimiento juvenil de Quickborn, en 1923 en Grüssau, en una época oscurecida por la llegada del nacionalsocialismo, Guardini observaba que “hay un cierto número de personas para las cuales, como consecuencia de su desarrollo, el plano espiritual de Alemania es demasiado pequeño, que reflexionan sobre su núcleo esencial, perciben estar en el plano de Europa (…) Nosotros vemos la ‘Europa viviente’, que ha salido a flote, que vive y ejerce su influjo en un cierto número de personas”.

Guardini, provocando a aquellos jóvenes, añadió: “¿Quién está en el espíritu de la Jugendbewegung (movimiento juvenil)?”. Es decir, no solo quién pertenece sino quién se mueve por un espíritu verdaderamente joven. “Aquel que interiormente está herido, inquieto por estos problemas que para él se convierten en destino. Su tarea es la de ver el hecho (Faktum) Europa”. El término Faktum es muy fuerte, característica de una naturaleza autónoma, algo dado. Es la expresión que encontramos en nuestra cita inicial, síntesis de “esa realidad cuyo nombre hoy está en boca de todos, pero de la que entonces nadie hablaba: el hecho ‘Europa’”.

Para Guardini, el Faktum Europa está definido por aquel Faktum “que es más decisivo íntimamente: la figura de Cristo. Y no en el sentido de que un determinado grupo de pueblos le acogiera como maestro religioso, (sino) porque su espíritu durante casi dos milenios estuvo activo hasta su más íntima profundidad y su más delicada finura”. Y sigue: “¿Qué es Europa? No es un complejo puramente geográfico, ni solo un grupo de pueblos, sino una entelequia viviente, una figura espiritual operante”.

Guardini no habla de “raíces” sino de efecto, de lo que nace y crece “de la vida de aquellos que viven esa experiencia en su propia existencia”, de lo que nace y crece “del efecto que el cristianismo ha generado en los pueblos europeos”.

El “efecto” fundamental que Guardini quiere poner en evidencia es la experiencia y la conciencia del acto salvífico de Cristo como don de la libertad. Desde el éxodo del pueblo judío de las tierras de Egipto hasta el origen de la democracia en Grecia, en la diferencia entre derecho divino y humano podemos reconocer rasgos de un proceso de liberación que encuentra su origen esencial en la muerte y resurrección de Cristo. Desde esa perspectiva de libertad, de riesgo y creatividad, Guardini señala la responsabilidad vigilante que hoy también se pide a Europa. Con una mirada dirigida hacia el futuro, pero fortalecida por la dolorosa experiencia de la dictadura, Guardini recuerda cómo trágicamente “la convicción cristiana del valor intocable de la persona y la piedad de la relación individual con Dios fueron sustituidas y apartadas por una religiosidad cuyo sentido residía exclusivamente en los contextos de estirpe y pueblo – donde los últimos, dado el desarraigo de toda resistencia consciente, fueron abandonados sin armas a los señores de la máquina estatal”. El riesgo de manipulación de la conciencia, del pensamiento y del juicio siempre está al acecho.

En este sentido, se entiende lo que podríamos definir como el testamento espiritual de Guardini respecto a Europa, que él pronunció en Bruselas con motivo de la entrega del Praemium Erasmianum en 1962. “¿Existe una prestación asignada especialmente a Europa y que ciertamente se podría dar también en otras partes del mundo pero no con tal competencia, digamos intrínseca? (…) Creo que la tarea confiada a Europa es la crítica al poder. No crítica negativa, ni temerosa, ni reaccionaria. Sin embargo, a ella se ha confiado el cuidado del hombre, porque ella ha probado el poder no como garantía de triunfos asegurados sino como un destino indeciso de adónde nos llevará”.

Lo que Guardini quiere remarcar es el aspecto dramático que el cristianismo mismo –en su acto de liberación– ha introducido en la vida del hombre, en la vida de los pueblos y por tanto también en la vida de Europa. La libertad nos sumerge en tensiones radicales que el poder, la ciencia, la técnica y nuestras demás facultades imponen a nuestra conciencia. “El hombre lleva en sí la posibilidad de los trágico”. En este sentido, Guardini advierte la urgencia de afrontar la paradoja de la propia libertad, pues si “Europa ha generado la idea de libertad –tanto del hombre como de su obra– a ella sobre todo le incumbe, en su solicitud por la humanidad del hombre, alcanzar su libertad incluso delante de su propia obra”.

Guardini es realista. “Sin duda, la Europa de cuya tarea estamos hablando todavía no existe (…) La historia no es un proceso natural, sino un devenir humano, que no se realiza por sí mismo sino que debe ser querido. Europa es un hecho político, económico, técnico, pero sobre todo una disposición de espíritu, un sentimiento”. La historia son las historias de hombres que pueden elegir o no vivir y realizar actos de libertad, de humanidad, en el ahora de su tiempo. Hombres “interiormente heridos”, para los cuales ni las nuevas tiranías ni los nuevos estatalismos pueden volver a oscurecer el pensamiento ni debilitar la voluntad. Hay que estar despiertos, esta tarea podría no realizarse. “También Europa puede perder su hora”.

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