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22 JULIO 2019
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«Busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido»

Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas | 0 comentarios valoración: 1  10 votos
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Por su interés, publicamos la entrevista de Guadalupe Arbona Abascal y Juan José Gómez Cadenas al escritor Jesús Carrasco, publicada en Jot Down.

Tarde lluviosa de abril. Carrasco acaba de aterrizar en Madrid, viene de Edimburgo y dice que allí hacía mucho mejor tiempo que aquí. Han cambiado las tornas. Delgado y con un bigote llamativo, es austero de expresiones. La dulzura la lleva dentro, y la descubre como si fuese una cinta que deja resbalar ante sus interlocutores, estos la van viendo deslizarse y ofrecerse, lo hace al ritmo que exige la amistad. Así la conversación va haciéndose cordial, con sosiego y delicadeza, sin precipitaciones. Entonces sí se puede ver su sonrisa y su fuente oculta: el aprecio sincero por personas y cosas. Todo sin alharacas. Comenzamos la conversación en la cafetería del restaurante Mutis, en la calle López de Hoyos. Nos sentamos en una mesa del comedor, cara a cara. Él sin papeles. Está acostumbrado a la precisión y no dice ni una palabra de más ni una de menos, casi no hay que corregir nada de la grabación. Como su físico es escueto, también lo son sus palabras, acertadas y claras. Solamente después en la cena distendida, ríe, cuenta, anuncia, dice de sí, sin dejar de preguntar a los que tiene delante. Sus gestos nacen de la mirada de un hombre que ama lo familiar y aprecia las cosas sencillas. La velada se hace corta.

¿Quién es Jesús Carrasco?

Pues este que veis.

Hace unos meses publicabas un artículo en El País confiando algo de tu infancia.  Contabas cómo tus padres se dedicaban a encuadernar libros para ganar algo más y poder sostener la familia numerosa que erais. Los encuadernaban con trozos del vestido de novia de tu madre. ¿Era este artículo una forma de agradecimiento? ¿Un reconocimiento?

Todo eso y, además, un encargo. Me pidieron un artículo, busqué varias alternativas y, después de manejar varios temas, encontré este que, digamos, flotó. Porque es una historia que a mí siempre me ha enternecido, me pareció hermosa y al mismo tiempo muy triste, muy dramática porque contiene muchos elementos de la vida del país, de la historia reciente de España, de cómo las personas, la gente normal y corriente, se han tenido que manejar en un momento en el que nuestros padres venían de la guerra y nosotros llegábamos a la democracia. En esta pequeña anécdota familiar, que para mí es muy hermosa y dura también, se recogen todos esos elementos del contexto. Me pareció que era rica y también bella. Y es absolutamente cierta. Casi podría parecer un relato de pura ficción, pero es real, el vestido de mi madre terminó hecho trocitos. Ese ha sido mi entorno familiar, yo he crecido entre esos libros, libros deshechos, cubiertas, herramientas de encuadernador, los olores de los materiales que empleaba mi padre, que eran muy humildes. Me acuerdo de que el adhesivo que utilizaba era engrudo, un pegamento absolutamente básico, harina cocida, con un olor muy particular.

¿Y eso funcionaba?

Sí, sí. Utilizaba eso y cola de carpintero o de caballo. Pero, cuando había que pegar una gran superficie de papel, una guarda, por ejemplo, empleaba engrudo y eso tenía un olor muy especial. Me acuerdo del taller de mi padre, que también lo construyó él. Era un lugar sin calefacción en invierno y que en verano se caldeaba mucho; el vapor y el vaho eran lo común porque el engrudo se tenía que calentar. Era todo muy precario, porque la época era así para todos. Así que sí, es una pequeña memoria, es un homenaje a mi madre y a mi padre fallecido. Sé que a mi madre le gustó, me lo dijo. Le pedí permiso para publicarlo. Sé que le gustó y me alegro.

Lógicamente aquellos libros no los podías leer tú porque tenían que ir luego al dueño, al propietario que había ido comprando los fascículos para encuadernar.

Sí, pero daba tiempo a ojearlos.

¿Fueron esos tus primeros libros?

Físicamente hablando, sí. Esos y los pocos libros de mi padre, que era el único lector de la casa y que básicamente leía autores cristianos. Leía, sobre todo, los títulos de la Biblioteca de Autores Cristianos. Los libros de esa colección, con el ciervo en el lomo, son parte del paisaje familiar. Santa Teresa de Jesús, san Juan de la Cruz, fray Luis de León, san Francisco, san Agustín, tratados de filosofía y de teología que, evidentemente, yo no intentaba leer. De esa lluvia de títulos me quedó siempre el gusto por san Juan de la Cruz. Y luego conecté esos lomos y esos títulos que veía en casa con el trabajo de Amancio Prada. Y a través de su música terminé en el texto original, el Cántico espiritual. Recuerdo visitar con mi padre el cautiverio toledano de san Juan. Quedó siempre como una figura muy querida, muy conectada con mi padre y de gran riqueza literaria y espiritual.

¿Pero no has escrito poesía? ¿O sí?

No, no.

Y, sin embargo, una de tus primeras lecturas fue san Juan de la Cruz…

No exactamente. No fue de mis primeras lecturas, pero siempre estuvo cerca. Cuando llegó el momento, cuando maduré lo suficiente como para entender lo que ahí había, lo leí. Primero me llegó por la música, su voz y su guitarra, y luego ya por el texto, pero no fue de mis primeras lecturas, ni mucho menos. Las primeras lecturas son lecturas muy dispersas. Son las que me llegan a través de la primera biblioteca municipal de Torrijos, el pueblo en el que me crié. Hasta entonces, lo que había en casa eran, como decía, tratados de teología que no me interesaban. No había libros infantiles, salvo una enciclopedia para niños de los años sesenta, alemana si no recuerdo mal. Antes de la biblioteca de Torrijos, hay un paso previo. Creo que lo he contado alguna vez. Yo tenía un primo que vivía en Maqueda, un pueblo muy pequeño cerca de Torrijos. Era tan pequeño que la Diputación de Toledo enviaba allí el bibliobús. Pero a Torrijos no llegaba el bibliobús, por lo que yo recuerdo. Tampoco había bibliotecas salvo la escolar, que cabía en un armario. Yo le pedía a mi primo, que venía todos los días a la escuela de Torrijos y comía en nuestra casa, que me trajera Astérix. Y es Astérix el primer libro, el primer contacto con la palabra escrita y, seguramente, algunos de mis mejores recuerdos lectores tienen que ver con ese personaje. Me acuerdo leyendo en el patio de la casa familiar cuando todavía había sesión de mañana y de tarde en el colegio. Recuerdo acabar de comer, recoger la mesa y bajarme al patio en busca del poquito sol, con mi Astérix. Para mí era un momento delicioso, un momento inaugural de la lectura. Y luego, poco después, llegó la biblioteca municipal a Torrijos y ahí ya vino una especie de tsunami de libros. Todo lo que no estaba en casa, estaba ahí. Había de todo. Ahí leí un guion de una película de Indiana Jones, leí Cementerio de Animales de Stephen King, conocí a Stevenson, a Salgari, libros de psicología, la colección Gran Angular. No tenía ningún prejuicio. No sabía lo que leía y lo leía todo.

¿Tu padre era maestro?

Era maestro de escuela.

¿Y no sabía lo que leías?

No. Para mí la lectura era una actividad al margen de la casa. No recuerdo a mi padre en ningún momento animándome a leer, como hacemos ahora los padres, y tampoco recuerdo que me molestara diciéndome léete esto o no te leas lo otro. Yo, simplemente, me iba a la biblioteca. La relación que teníamos los padres con los hijos era mucho menos intensa. Yo no recuerdo a mi padre recomendándome nada.

La novela Intemperie está dedicada a Nicolás Carrasco Royano, tu padre, ¿por qué?

Porque murió poco antes de que se publicara y sé que le habría gustado. Se hubiera sentido orgulloso de que su hijo se hubiera dedicado a la escritura. Era muy austero en sus expresiones, pero sé que se hubiera sentido satisfecho.

¿El viejo de Intemperie tiene algo de tu padre?

Mucho. El silencio de ese viejo es el silencio de mi padre.

¿Y los gestos?

Sí, parte de los gestos también. Las manos son las de mi padre. Dedos largos, nudosos, hábiles. Mi padre era muy hábil con las manos y siempre nos transmitió a todos los hijos y, por supuesto, mi madre también, un fuerte apego a la habilidad manual. El trabajo siempre ha sido una actividad muy dignificada en mi familia. Trabajo manual o ser capaz de apañarte, como él decía. Con lo que sea: con la bicicleta, encuadernando un libro, cosiendo o arreglando un enchufe. Eso siempre estaba muy arriba en la escala de nuestra vida familiar y yo lo agradezco mucho.

El mundo que describes en tus novelas es un mundo que no existe. ¿O sí existe?

Supongo que cada vez existe menos, pero es cuestión de cómo evoluciona la gente, la sociedad, hacia lo más tecnológico. Hay una menor necesidad del trabajo en el campo, todo está mecanizado. En el sentido de que los oficios que aparecen en el libro, muchos de ellos ya no existen. Quiero creer que muchos de los valores que aparecen en el libro sí existen. Tienen otras formas, pero sí existen.

¿Qué valor tiene en nuestro mundo la cultura?

Yo soy trabajador en la cultura y un creyente de la palabra, un disfrutador porque el lenguaje es algo disfrutable. Para mí, es algo esencial del ser humano. Es decir, una vez que has satisfecho las necesidades fundamentales, el alimento, la seguridad, el agua, el bienestar, el cobijo, la salud, la educación, entramos en una siguiente fase en la que el ser humano tiene un campo de enriquecimiento y de percepción compleja de la realidad en la cual la cultura tiene gran importancia. Yo creo que la cultura no es solo un disfrute, también es un modo de conocimiento. Es un modo de penetración en la realidad. Entretiene leer, entretiene ver una película, pero también contiene todos los elementos beneficiosos de la ficción, ese espejo que se nos pone delante para que seamos capaces de vernos y de ver el mundo desde otro punto de vista y ese otro punto de vista es el que verdaderamente nos enriquece. A mí, por lo menos. Si yo siempre sigo mirando según la óptica que se me ha dado, por mi nacimiento o por mi educación, mi vida pierde una gran cantidad de caminos alternativos que podría tomar y ese es mi objetivo en la vida. Yo quiero enriquecerme. Yo he probado las mieles de esa riqueza, como muchísima gente, y quiero seguir expandiendo mi percepción de la realidad, mi contacto con la realidad que tiene que ver con todo. Con el dolor, con la empatía, con el disfrute de la vida, en fin, con todo eso. Y ahí está la cultura, esa forma de percepción de la realidad más rica, más gozosa, más compartida.

Hoy se compra y se vende todo. Tú has trabajado en publicidad y lo sabes bien. Esto, ¿qué ventajas y qué desventajas tiene?

Bueno, el comercio es un motor de desarrollo. El ser humano viene comerciando, trasegando, intercambiando, trocando bienes desde que existe. Es casi consustancial al ser humano. Yo creo que el problema está en el valor de esa transacción, quién se beneficia y quién no, cuándo está inflada y cuándo no, cuándo está mercantilizada y cuándo no, pero en sí el trasiego, el intercambio de bienes me parece que es algo positivo y, como decía, consustancial al ser humano. Ha posibilitado, por ejemplo, los viajes. Todo el recorrido del Mediterráneo y la exploración de los nuevos mundos tiene que ver con el comercio, básicamente. Colón no se fue a buscar playas de arena, tenía razones comerciales de peso y eso tuvo una enorme repercusión. Eso ha sido así a lo largo de la historia. El problema viene con la hipertrofia del comercio, es decir, cuando se convierte en consumismo, en un fin en sí mismo. El otro día tomaba un avión a las cinco de la mañana y pasé el control de seguridad y automáticamente entré a la zona de las tiendas y a esa hora estaban llenas de gente comprando perfumes, comiendo bocadillos, probándose ropa. ¿Y esto? A las cinco de la mañana, ¿por qué? Era una expresión clarísima de cómo funciona ese comercio. Todo es una cuestión de medida, creo yo.

Llevas varios años viviendo en Escocia.  Lees y escribes en inglés. ¿Qué significa entrar en contacto con otra lengua?

Enriquecimiento. Mucho enriquecimiento. Entrar en una nueva lengua es entrar en un mundo cultural diferente. La lengua explica la cultura, explica la civilización de la que procedes. Eso me pasa con el castellano y aunque, evidentemente, no aspiro conocer el inglés como conozco el castellano, también me pasa con esa lengua que no es la mía. Para mí, además, es un disfrute el aprendizaje en sí. El aprendizaje de cualquier cosa. Soy una persona curiosa y me encanta aprender. Y me gusta mucho aprender inglés. Ayer charlaba con un amigo, un compañero escocés que habla castellano, y comentábamos lo maravilloso que es conocer nuevas lenguas. El simple juego del desciframiento de esas nuevas puertas que parecen cerradas y que poco a poco vas abriendo. Hasta que llega un momento que lees el periódico o un texto original y disfrutas de los matices y de las particularidades de, en este caso, la lengua inglesa. Sus ventajas o sus inconvenientes comparándola con el castellano. Y viceversa. Lo pones todo en contexto, también el castellano. Hasta dónde llega el español, hasta dónde el inglés. Para mí es un juego divertidísimo que quiero seguir practicando el resto de mi vida. Me gustaría mucho hacer lo mismo con otras lenguas pero no tengo capacidad para más. De momento no voy a empezar a estudiar francés porque no tengo tiempo para tanto, pero seguiré profundizando en el inglés. Una de las cosas que hago en ese proceso de aprendizaje es traducir con asiduidad, algo que me ha enseñado mucho. Traduzco a nivel de aficionado, en casa, no de forma profesional. Ese ejercicio me ha hecho aprender mucho de ambas lenguas. También he comprendido mejor la dificultad enorme del trabajo del traductor. Es una responsabilidad enorme que me daría miedo asumir.

Hasta ahora has publicado dos novelas Intemperie y La Tierra que Pisamos. ¿Se puede preguntar por una tercera?

Se puede preguntar, claro. Pero no sé si se puede contestar. No hay ningún secreto en ello, pero no me gusta mucho detallar lo que estoy haciendo. No quiero pillarme los dedos, porque es un proceso muy cambiante. Tengo cosas muy avanzadas pero prefiero mantenerme cauteloso. Sí puedo decir que estoy escribiendo más que nunca. Además de novela estoy escribiendo relato, algún artículo para prensa. Pero, sin duda, lo que más escribo es material de desecho.

¿Qué significa eso?

He empezado a escribir caóticamente, a lo loco.

¿Eso sirve para algo?

A mí sí.

¿No te da pena después tirar lo que has escrito?

No, porque en el fondo sabes que algo quedará. Pero la idea es precisamente la contraria, no escribir pensando en que permanecerá. En estos años, desde que publiqué Intemperie, en cierto modo me he visto preso de la escritura profesional. Me había creído que era un profesional de la escritura porque vivía de ella. Y eso ha sido un enorme, no sé si error, pero desde luego es algo que no me ha venido bien. Ahora intento escribir de una manera más generosa, abundante, con menos pretensiones, no mirando solo a la publicación. También al disfrute de la escritura cotidiana, del hábito. Un hábito como el de quien estira cada mañana o de quien se va a nadar. Para mí es un hábito saludable escribir cada día y hacerlo independientemente de si se va a publicar o no. Además, hacerlo, como decía, de manera caótica, combinando novela, relatos, un diario, artículos.

Parece un desorden, pero tu prosa está muy cincelada.

Es un antídoto contra eso. Cincelar, esa artesanía con la palabra, me ha llevado al bloqueo. Eso puede acabar con la frescura del texto, con la espontaneidad, que también es un valor literario.

¿Qué nace primero en tu mundo imaginario: la historia, los personajes, el espacio, la estructura?

Depende. Mi camino ahora va por la vía que te comentaba. Decía Villalobos, el compositor brasileño, que lo que importa es la cantidad, no la calidad. Es algo bastante contracultural. Tendemos a pensar que un creador tiene que producir obras de calidad. Y por supuesto que tiene que ser así, pero él decía que la calidad no es algo que determina el autor o compositor, en su caso, sino que es el tiempo, la tradición, el contraste con otras obras, con las su tiempo, con las de otros tiempos, con otros autores, con otras tradiciones. Por ahí se va colocando la obra en un sitio. Lo que yo entiendo a partir de esa idea es que es una apuesta por la libre expresión, por ese exprimir la capacidad creativa del autor y luego ver cuáles de esos materiales tienen sentido. Cuáles son significativos y cuáles no. O cuáles son simplemente personales. ¿Por qué no hacerlo así? A mí me está viniendo muy bien trabajar de ese modo. ¿Qué pasará luego? No lo sé. Pero prefiero arriesgarme a que nada de lo escrito sirva que a no ser capaz de escribir una sola palabra o a pensar que todo lo que tengo que escribir tiene que ser significativo. No puedo ser tan presuntuoso.

En cierto modo se entiende que te haya pasado eso porque es difícil igualar Intemperie.

Es una obra impremeditada. Si tiene algún valor literario, mana de ahí.

¿Es un acontecimiento?

No lo sé. El libro parte de esa impremeditación, de cierta locura, de no mirar a donde he mirado después.

¿Fue imprevista?

No fue exactamente imprevista, ni tampoco fue exactamente impremeditada. Uno no escribe una novela según se levanta, de repente. A lo que me refiero es a que yo no tenía las intenciones ni apuntaba a los lugares que luego he pretendido apuntar con otros textos míos. No pensaba en lectores, evidentemente, ni en editores, ni en traducciones, ni en críticos. No pensaba en nada de eso. Tenía el sueño de publicar una novela, pero ya está. Bregaba con el texto tratando de construir una historia que me importara y que estuviera bien escrita, por supuesto, y que se pareciera a la literatura que me gustaba leer y que me gusta leer. No fue un disparo al aire a ver lo que pasaba. Fue lo mejor que yo podía hacer y lo hice sin pensar en ninguno de esos elementos externos con los que luego sí que me he enfrentado y que posteriormente me han condicionado a la hora de escribir.

¿A qué atribuyes que haya ya veintitantas traducciones de Intemperie?

No lo sé muy bien, aunque tengo mi propia teoría. No le voy a quitar valor al texto. El libro tiene sus valores literarios y entiendo que a un texto mal escrito no le sucede eso. O eso espero. Al menos escribí el mejor texto que pude, guste o no guste. Y luego hay un hecho en la propia historia que se cuenta que para mí es determinante y es que es la historia de un niño que sufre. La mayoría somos sensibles al sufrimiento de los demás y, particularmente, al sufrimiento de un ser desvalido, de un niño indefenso. En ningún momento lo pensé como un posible gancho literario, no iban por ahí los tiros, pero luego pensando y recibiendo lecturas de muchos lectores he llegado a la conclusión de que todos empatizan con el niño y con esa relación paterno filial que se establece entre el niño y el viejo, entre el que se va y el que llega, el que deja la mochila y el que la recoge, el que pierde el oficio y el que lo gana. Ese ciclo de la vida es muy fácilmente comprensible porque todos lo experimentamos. Todos tenemos vivencias de la pérdida, el encuentro, el aprendizaje, el error, el camino errado, el encuentro afortunado, la esperanza, el odio.

La novela está llena de esos elementos tan humanos y yo creo que eso interviene mucho, hace que la historia sea universal. Es decir, no es la historia de un ejecutivo de Nueva York en 1984, en el hotel Waldorf Astoria con una serie de elementos culturales muy específicos, no. Es algo que se abre mucho más. Todo eso está en la novela y yo creo que ha sido percibido claramente por los lectores. Y luego hay un tercer elemento que es la fortuna. Tuve la suerte de entrar en contacto con Seix Barral, que es una de las editoriales literarias más prestigiosas de España y del mundo hispanoamericano, con una tradición dilatadísima, con un catálogo de altísima calidad y con un equipo humano extraordinariamente comprometido con lo que hacen. Desde su directora editorial, Elena Ramírez, a todo el equipo que trabaja con ella. Seix, a su vez, pertenece a un grupo editorial muy grande que es Planeta; y Planeta tiene las herramientas necesarias para que el texto llegue a unos lugares que a veces no son fáciles de alcanzar para una editorial independiente o más pequeña. Eso también ayuda, y mucho. ¿Se habría abierto paso el libro en otra editorial, con otro perfil, más pequeña? Pues no lo sé. Quizás no. Igual llegaría alguna traducción, con fortuna, pero no sé si llegaría a las veintisiete o veintiocho que ha alcanzado el libro.

En el capítulo inicial de la novela describes al chico metido en el agujero, enroscado en la madre tierra y como esperando un segundo nacimiento. Nuestra cultura está muy endurecida y muy formalizada en ciertos aspectos, ¿estamos necesitados de volver a nacer?

Esa imagen de renacimiento yo tampoco la había premeditado. Me la reveló un lector al señalar una idea que yo no había visto. Me dijo que ese hueco en el que el niño comienza su aventura funcionaba como un segundo útero, caliente, húmedo, oscuro. El niño destapa las ramas, ve la luz, el mundo exterior, es un mundo agreste, como supongo ve un recién nacido la luz del hospital y se encuentra con esos seres que hay ahí y todas esa máquinas, con esa sequedad en el aire, con ese extrañamiento. Al niño le pasa lo mismo. Para él lo que hay ahí es, supongo, lo que encuentra un niño que nace. Una incógnita, está todo por aprender. Y en cuanto a la idea del segundo nacimiento sí, yo creo que es la idea básica de la esperanza. Todos sentimos el peso de la vida que maltrata en muchas ocasiones y supongo que todo tenemos la esperanza de renacer. Podemos coger los elementos que se nos han dado: deshacernos de aquellos que no nos sirven y coger aquellos otros que nos sirven y caminar por nuestra cuenta. Eso es una experiencia común para todos los seres humanos, para casi todo el mundo. No sé quién lo dijo, pero la vida también puede ser entendida desde la idea de desaprendizaje, de deshacerte de aquello que te han enseñado y que no te sirve o que te hace mal y hacer tu nueva vida, renacer con otro oxígeno o con otras piernas o con otros ojos, otras manos.

¿Qué piensas de que tu texto haya pasado a una novela gráfica espléndida? ¿Y la adaptación al cine?  ¿Cómo te sientes con estos transportes a otros medios de tu texto literario?

Muy bien. Me siento muy bien, muy agradecido. La película no la he podido ver todavía.

Es como un hijo que empieza a andar por su cuenta, de repente se te va.

Si te digo la verdad, me supera. Está mucho más allá de lo que yo podría haber soñado en cualquier momento. Ya te dije que este libro pretendía llegar a lugares mucho más cercanos. Me sigue sorprendiendo. En el caso de la película, no la he podido ver entera todavía. El director me ofreció enseñarme el montaje final, pero les faltaba todavía el trabajo de luz y de sonido y preferí verlo en mejores condiciones porque ya habíamos esperado mucho tiempo y quería ver el resultado final en todo su esplendor. Sé que todavía están ultimando detalles de color y cosas así. Supongo que en breve podré verlo. Con el que he trabajado de cerca es con Javi Rey y estoy muy satisfecho con su novela gráfica. Enriquece el texto. Por ejemplo, me gusta mucho cómo ha trabajado las pesadillas del niño, con otro color, con viñetas sin marco. Ha creado un lenguaje, un código diferente para las pesadillas que son en el fondo mis pesadillas de infancia. Y también ha tomado decisiones narrativas muy acertadas. Evidentemente, no puedes reproducir el texto de la novela porque para eso está la novela, y hay que seleccionar elementos y hacerlos funcionar en el lenguaje gráfico. Él ha tomado decisiones narrativas muy interesantes que yo creo han hecho que la novela gráfica funcione muy bien, que respete el texto pero que también lo enriquezca, que también es muy difícil. Creo que Javi Rey tiene un talento increíble.

Cuando se publicó la novela se habló que parecía vinculado al estilo tremendista de la posguerra, hoy se habla de las narrativas de la España vaciada. ¿Te sientes vinculado a estas literaturas?

No, no particularmente. Siento que tengo una sensibilidad hacia lo rural porque soy un hombre de pueblo. He migrado a la ciudad, pero he nacido y me he criado en un pueblo hasta que tenía diecinueve años. Mis referentes culturales y emocionales están muy atados al pueblo y también al paisaje. Mi familia no era agricultora ni ganadera. Mi padre era un maestro de la escuela de un pueblo. De ahí procede mi sensibilidad para ese mundo. Aunque no me siento atado a ese marco estético. Lo que estoy haciendo ahora no tiene que ver con lo rural. Intemperie es un intento de escritura que viene después de otro intento de escribir otra novela que finalmente terminé, pero que no se publicará, por fortuna. Intemperie es la reacción a una primera novela que no tenía nada que ver conmigo, ni con el mundo en el que yo había vivido, ni el que conocía. Por eso la novela no funcionaba. Cuando la acabé, tras años de trabajo y vi que no funcionaba me dije: «¿por qué no funciona?». Me respondí: «Porque es ajena a mí». «Y, ¿qué tengo que hacer para que mi próxima novela esté próxima a mí? Escribir de aquello que conozco, del paisaje que he vivido, de aquello que me emociona». Entonces me fui al lugar más cercano posible. Quizá por eso la novela respira —no sé si la frescura es la palabra porque la novela no es fresca—, pero quizá cierta autenticidad, porque lo que cuento me es próximo. Yo nunca he despellejado una cabra, pero sí he ordeñado cabras; tengo relación con pastores, con cabreros y con muchos de los oficios que he descrito en la novela. Algunos por pura documentación y otros por curiosidad, por ganas, porque me interesa todo eso.

Se ha criticado que tu obra era demasiado dura: la vejación y la profanación de la infancia de un niño. ¿Es solo eso Intemperie?

No. Yo diría que no.

¿Por qué?

Porque contiene la otra cara de esa moneda también. La cara de la esperanza y la dignidad, el encuentro con el otro.

¿Cómo y dónde se encuentra esa esperanza y dignidad en la novela?  

Podemos intuir que el personaje del viejo ha vivido muchas cosas antes de su encuentro con el niño. Por otra parte, como es obvio, está en el final de su vida. Es un hombre mayor maltratado desde luego por el paisaje, pero también por la vida y él ha respondido a ese maltrato de una forma muy particular. Él no se ha dejado doblegar, ha preferido el aislamiento al sometimiento, ha tomado decisiones morales. El marco ético en el que las ha tomado es, en su caso, el cristianismo. Pero es mucho más, diría yo. Él toma como fuente la Biblia, aunque es un hombre que lee con dificultad. No es una persona cultivada, pero dispone de ese marco o de ese fondo religioso, para tomar las decisiones que han dado como resultado la dignidad de su figura. Creo que el diccionario de la Real Academia dice algo así como que la dignidad es el decoro en la postura o el decoro en la forma de estar. Tiene que ver con la forma, con la forma de alguien erguido, física y espiritualmente. Alguien que sabe que más allá del padecimiento hay otra cosa más profunda que nos sostiene. En su caso es la fe en el ser humano, por ejemplo, o en que el niño no es un niño malogrado. Otro hubiera tomado al niño y hubiera abusado de él porque es un ser débil, pero el viejo ve la esperanza en el niño, ve la posibilidad de auxiliarlo, sobre todo al nivel moral. Y luego, lo que viene después, es el resultado natural de esa dignidad, de esa bondad y de su armazón moral. Le entrega un oficio, le defiende, le protege, se juega la vida por él, le regala un pequeño rebaño con el que poder iniciar un futuro, hace posible ese renacimiento que el niño necesita. Todo eso lleva la novela a un lugar más allá de lo que decíamos antes, del hecho violento que origina y desencadena la historia. Yo diría que sí, que la dignidad está en la postura.

El viejo es un maestro y la novela tiene en el centro un proceso de aprendizaje. A su vez el cabrero vive solo y a la vez en una especie de «conversación» con una presencia, la de Jesús. Lee la Biblia y algunos de los episodios recuerdan a los evangélicos: el cuerpo torturado del viejo es como el de un Ecce Homo y el gesto de sacrificio a favor del chico es como el de la pasión descrita en lo evangelios. Esos pasajes ¿son una forma de pintar la hondura que tiene el amor del viejo por el niño?

Sí, desde luego eso le otorga al niño la llave de la vida, de la nueva vida, del amor que por primera vez recibe y, además, de forma desinteresada. El viejo no forma parte de su familia, de su círculo afectivo, si lo tuviera, sino que es un desconocido quien se lo da. El que le muestra el amor. La novela trascurre en muy pocos días, jornadas cruciales en la vida del niño y en la vida del viejo también. Son muy pocos días en los que el aprendizaje se acelera, se comprime, las decisiones son radicales y de ahí surgirá lo peor o lo mejor, la solución o la derrota. En esa apretura del tiempo, del clima, de la persecución, hay que tomar decisiones aceleradas, no sé si apresuradas, pero decisiones radicales y el niño se deja llevar por la entrega que le ofrece el cabrero y sus pequeños gestos. El más afectivo de ellos es un abrazo. En esos pequeños gestos hay una gran significación para el niño porque está sediento de amor y de protección. Cualquier cosa que no sea una agresión la absorbe como una esponja seca en un cubo de agua. El impulso que recibe el niño en la última página, cuando le vemos marchar, al terminar la novela es enorme. Podemos suponer que tiene camino por delante, que tiene una mejor vida frente a él, que se ha armado con unas herramientas que su familia no le ha procurado.

Eres un gran admirador de la obra de Cormac McCarthy, el escritor americano. ¿Qué has encontrado en él?

He encontrado poder. Poder literario y humano. He encontrado una belleza que resuena mucho en mí. Yo creo que cada libro es un zapato que encaja en un pie, y a mí McCarthy me encaja de una manera muy particular, muy especial. Por el mundo que describe, por sus referentes estéticos, esa crudeza, el paisaje, el descarnamiento de las emociones, ese salvajismo, esa frontera entre lo civilizado y lo animal. Su literatura me parece vida pura. Y además una riqueza y una belleza en su prosa que he leído en pocos autores. Me emociona, me gusta mucho. No me canso de leerlo como no te cansas de leer a Cervantes. Es un autor al que siempre quieres volver y que siempre te ofrece una nueva esquina, un nuevo espacio, una nueva luz, un nuevo detalle, una adjetivación, algunas veces sobrecogedora, con muy pocos elementos. Todo eso me impresionó mucho desde el principio y me costó empezar con McCarthy porque a veces son textos que pueden resultar repetitivos, pero esa prosa que tiene, esa capacidad tan suya para introducir entre líneas un aliento poético, un ritmo en la palabra, la belleza en el texto. Hay novelas que me gustan más y otras que me gustan menos, pero es uno de mis autores de cabecera, sí.

Una cosa que me gusta mucho de McCarthy y que él tiene por norma, es que no usa adjetivos para denotar emociones. Nunca dice cómo se siente un personaje, pero, como lector, lo experimentas. Puedes sentir el cansancio, la frustración, el dolor, la humillación o cualquier emoción, pero él nunca dice cómo se siente un personaje. Eso me gusta mucho, esa narración tan indirecta y también la utilización del paisaje, el detalle con el que describe el paisaje. Eso sí que está en Intemperie. Es curioso porque hace poco leía un artículo sobre escritura. Hablaba, por ejemplo, del caso de Tolstói, cuando él emplea dos o tres páginas en describir un caballo que es un animal trivial que todos conocemos, no es un dragón, es un animal cuya figura nos es familiar. Y el autor decía: «¿qué está haciendo aquí Tolstói?». Esta pregunta se puede trasladar a McCarthy. Cuando él describe de una manera tan detallada ese animal, lo que está haciendo es poner una lupa que lo deforma, nos hace verlo desde otro punto de vista. Es como cuando a través de un microscopio vemos una mosca. Ya no vemos una mosca, vemos un paisaje marciano, pero es una mosca. Con esa lupa que la literatura pone sobre la realidad se genera un efecto de extrañamiento que para mí es una de las aportaciones fundamentales de la literatura. Lo decíamos antes, nuestra capacidad de ver lo común desde otro punto de vista, un punto de vista extrañado, atravesado. Habla de esa capacidad que tiene la literatura para refrescar la vida.

Y esto me recordaba a una cita de Baudelaire que me ha acompañado toda mi vida. La leí en un libro de Sánchez Dragó cuando era muy joven. Decía Baudelaire, si no recuerdo mal: la tarea del héroe consiste en buscar lo nuevo braceando en las profundidades de lo desconocido. Pero yo desde principio invertí esa frase, con permiso de Baudelaire, porque me resultaba mucho más útil creer que esa es la tarea del héroe, así que busco lo nuevo braceando en las profundidades de lo conocido. La profundidad está ahí, desde mi punto de vista. La riqueza está en ser capaz de ver una servilleta arrugada con ojos nuevos. Como hizo Sam Mendes con una bolsa de plástico en American Beauty. El personaje ve una bolsa de plástico dando vueltas atrapada en un remolino en la esquina de un garaje. La escena nos habla de eso, de la mirada nueva sobre algo que es absolutamente familiar y cotidiano. Yo creo que ahí está la exploración, desde luego la que a mí me interesa. Y regresando a Intemperie, ese trabajo sobre el paisaje o sobre ciertos elementos conocidos, ese gusto, para muchos es exceso, de ciertas descripciones tiene que ver con eso. Tampoco lo sabía, lo he descubierto después, pero tiene que ver con esa nueva mirada sobre algo que es conocido.

¿Qué significa la frase «Le hubiera gustado conocer el nombre del viejo»?

Supongo que significa que le hubiera gustado entrar en él, le hubiera gustado quedarse con él, le hubiera gustado saber quién es, de dónde viene, cuál es su estirpe, conocerle más, abrazarle de una manera más profunda, hacerle suyo.

¿Tú sabes más del viejo de lo que nos has contado?

Sí, creo que sí, pero no tiene más valor que lo que sepa cualquier lector. Mi versión del viejo no es canónica. He escrito más sobre él, pero cualquier añadido al viejo que cualquier lector haga en su cabeza o en su cuaderno me parece tan bueno como la que yo pueda aportar.

Hablemos sobre La Tierra que Pisamos. Es tu segunda novela, una novela que combina muchas cosas porque en ella hablas de grandes catástrofes, de episodios de nuestra historia más reciente: la guerra civil española, los totalitarismos europeos, la colonización. Acontecimientos que no tienen nombre en la novela, pero que pesan mucho en la historia. ¿Por qué traes todos estos torbellinos de mal a una novela? ¿Le duele el mundo y la historia a Jesús Carrasco?

Eso mismo me preguntó mi madre. Si no podría haber escrito una comedia. Yo intento no perder de vista nunca la historia del siglo XX europeo porque es todavía muy reciente, ahora se celebra el 75 aniversario del desembarco de Normandía. Es muy poco tiempo el que ha pasado desde que Europa se hundió en uno de los hoyos más profundos, de una destrucción material, pero también moral que todos conocemos bien. Yo quisiera no perder nunca de vista ese siglo XX porque creo que todavía tenemos su aliento detrás y haríamos muy mal —el tiempo nos lo ha demostrado— en darle la espalda a ese conocimiento de la historia. Quería poner a mi personaje en esta novela en ese contexto tan convulso, de violencia y de degradación humana y social, que fue el siglo XX. Supongo que si nos siguiésemos yendo hacia atrás, hasta las cruzadas y Atapuerca, pues cada vez sería más feroz, solo que tenemos menos noticia de ello. La Segunda Guerra Mundial y el genocidio lo vimos, vimos las imágenes, las filmaciones, tenemos una visión de ese siglo. Pero lo que pasó en África en el siglo XIX por ejemplo, que es espeluznante también, no nos llega del mismo modo. El Congo era propiedad privada de Leopoldo II y lo que ahí pasó, el genocidio que supuso, representa la otra cara de la Europa floreciente.

Cuando veo Sevilla o Londres, veo ciudades majestuosas que están levantadas sobre la sangre de América o de África. Cuando paseo por Edimburgo, una ciudad impresionante, o Glasgow, con su pujanza industrial, veo el tráfico de esclavos con Jamaica y las plantaciones. Es decir, esa riqueza no ha llegado ahí de cualquier manera. Visitar Londres es visitar el -imperio británico.  Los memoriales bélicos están por todas partes en Reino Unido y sabes que aquello también fue un desastre para muchos seres humanos. No se trata de corregir la historia. La historia sucedió, pero nuestra obligación es entender de dónde surge ese esplendor que vive Europa o que Europa disfrutó. Me parecía interesante que eso apareciera en la novela también porque quería llevar el personaje de un extremo a otro. Es un hombre muy atado a la tierra, un agricultor casi analfabeto de un pueblo, en una colonia apartada, en España y quería someterle a un recorrido, a un tour de force. Ese personaje hace un recorrido que muchos seres humanos hicieron en el siglo XX. Primo Levi, por citar solo a uno.

Tengo la impresión de que hay una complementariedad, una diferencia entre la novela Intemperie y La Tierra que Pisamos porque Intemperie se abre al final a un destino incierto, o mejor, a un destino abierto porque el niño ha adquirido una serie de certezas que antes no tenía, evidentemente ha madurado en todo el proceso de aprendizaje con el viejo y se abre al mundo, esa tierra incógnita del primer capítulo. La Tierra que Pisamos, de manera inversa, es la vuelta a la morada, la vuelta a la casa ¿Se podría ver así?

No me había propuesto que las novelas dialogaran entre sí. Pero sí que la idea del retorno en la segunda novela es clave. De hecho, es la historia de un retorno a un lugar de origen, que es físico por supuesto, es geográfico, pero también es existencial. Es alguien que tiene que ver con esa tierra, algo que yo he visto desde pequeño en mis abuelos. Esa necesidad de ser enterrados en su pueblo, en el pueblo en el que nacieron. Es una cosa que ya no se hace, se ha perdido, pero antes era algo imperioso. Los restos tenían que volver al lugar del origen, que es una cosa muy primaria por otra parte. Quería sobre todo reflexionar sobre la pertenencia, la relación con la tierra. Eso es algo que también pertenece al pasado ya, ahora que vivimos en sociedades más liquidas, más fluidas, mas móviles y que ya ese vínculo con la tierra es mucho menos frecuente, es casi exótico en algunos casos. Es algo que yo he vivido muy de cerca con mi familia, en Extremadura, con esas imágenes de mis abuelos, esa idea de visitar la familia, el enterramiento, los ancestros.

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Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore

El comisario del servicio secreto militar me explica con mucho énfasis que en el islam no está permitido que el hombre lleve al descubierto la parte del cuerpo comprendida entre el ombligo y las rodillas. Lo hace levantándome la camiseta y tocándome las piernas. El clérigo de la madrasa (escuela coránica) donde sucede la escena mira al militar con satisfacción. La madrasa en la que hemos estado grabando hasta unos minutos es una de las históricas de Lahore, la capital del Punjab. En sus aulas, sentados en el suelo, con movimientos rítmicos, a gritos, los niños aprenden de memoria las suras del Corán. El interrogatorio del comisario, que nos obligará más tarde a abandonar precipitadamente Pakistán, demuestra quién manda en el país. Da igual que el primer ministro sea de un partido musulmán o un play boy populista. Quien rige los destinos de esta nación de más de 200 millones de habitantes, encrucijada de Asia, es la alianza entre islamismo y ejército que le dio su identidad. El comisario tiene que demostrar al clérigo que hace cumplir la interpretación más estricta del islam y el clérigo presta su apoyo al comisario. Hasta no hace mucho era frecuente en Lahore, la ciudad fronteriza con la India, que los hombres paseasen con pantalones cortos y zapatillas por sus parques. El avance del partido radical Tehreek-e-Labaik ha cambiado las costumbres. Islamismo sobre islamismo, sobre el de Ali Bhutto de los años 70, sobre el del general Zia de los años 80, sobre el islamismo que impulsó Estados Unidos para combatir en Afganistán a los talibanes.

Mientras escucho al comisario predicar se me viene a la cabeza el rostro de Sadaf, una niña de 12 años que horas antes acaba de contarme su historia. Sadaf usa un pañuelo que le cubre la cabeza, viste como una musulmana, o como una hindú. Muchos cristianos del Punjab no se distinguen por su ropa. Son el vivo retrato de lo que decía la carta a Diogneto. Sadaf tiene el rostro severo y la expresión tímida pero enseguida le sale el carácter. Sadaf me ha explicado que una compañera de clase le invitó el pasado mes de abril a pasar una tarde con ella. Después de resistirse durante un tiempo accedió. La invitación fue una trampa para que el hermano de su compañera, Sabtain, la raptara. A Sadaf la drogaron, la trasladaron a Faisalabad y allí Sabtain abusó de ella. Sadaf lo relata todo con aplomo, sin bajar la mirada. Después de la agresión sexual, recibió una instrucción rápida de nociones sobre el islam y fue forzada a convertirse. A la conversión forzada se unió un matrimonio también forzado con un expediente falso. Sadaf no quería ser musulmana y no quería ser una posesión de Sabtain. Así que en un nuevo traslado tuvo el coraje de saltar del autobús en el que viajaba. Huyó y pidió un móvil a una persona desconocida. Consiguió llamar a su padre que fue rápidamente a recogerla. Ahora ha vuelto a ser acogida en su familia. Sadaf, que ya no tiene la mirada de una niña, me explica que ella no quería dejar de ser cristiana.

Esperando el #Me Too del islam

Fernando de Haro, Lahore | 0 comentarios valoración: 2  44 votos
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Convicciones sin realidad

Fernando de Haro

La miniserie Chernóbil de HBO ha hecho furor. Los cinco capítulos escritos por Craig Mazin y dirigidos por Johan Renck han ocupado el hueco dejado en la audiencia por Juego de Tronos. La pasión por lo sucedido en el reactor nuclear ha generado un extraño turismo de la catástrofe. Chernóbil es mucho más que un desastre nuclear. El accidente de 1986, la cadena de decisiones tomadas, la reacción del poder soviético, la respuesta de los científicos y de la población nos hablan del riesgo de la energía atómica, pero también de la fe y de la realidad, de una realidad negada, y de un pensamiento, de una creencia que construía/construye un sistema contra la experiencia.

Nos atrae la serie porque en estos tiempos de miedo y de incertidumbre refleja las consecuencias de un uso imprudente de la tecnología. Efectos que se prolongan en el tiempo más allá de lo que se puede imaginar. No es solo terror al átomo. La ficción da forma a ese fantasma de la sociedad del riesgo que llevamos en el alma y que puede tener mil maneras de concretarse. El temor está dentro de nosotros y sentimos cierta afinidad por los relatos que alimentan lo que el sociólogo Luhmann llamaba “la extravagante preocupación por las improbabilidades extremas”. Es improbable una invasión de migrantes, una muerte por epidemia generalizada, una violenta guerra en todo el planeta. Pero las distopías cinematográficas que insisten en mundos creados por sucesos de este tipo florecen. La afición que tenemos en este comienzo del siglo por las improbabilidades extremas de destrucción más que por las improbabilidades extremas de ser nos retrata.

Ha habidos algunas críticas que le han afeado a Chernóbil no haber reflejado de modo adecuado cómo funcionaba el poder soviético a mitad de los años 80. Probablemente no se le puede pedir a una serie capacidad suficiente para describir algo que era no solo un conflicto entre la verdad o la mentira, o entre los expertos y los burócratas. Los privilegios de las autoridades, la escasa estima por la vida humana y el abuso del Estado marcaron la reacción a la crisis. Pero el caso Chernóbil es más que todo eso. Es el momento en el que se hace evidente el choque entre la fe del hombre soviético y la realidad. Por eso es tan actual. Y por eso hay que volver a la lectura de Voces de Chernóbil. Con el imponente mosaico de testimonios que construye Svetlana Alexievich, en la que aparece la vida real, el amor, el sufrimiento de los que vivieron el accidente y de los que trabajaron cerca de la central, se comprende por qué, como dice uno de los protagonistas, lo ocurrido sirvió para “aprender a decir yo”.

El monólogo de Marat Filipovich, ex ingeniero del Instituto de Energía Nuclear, refleja el sistema de “doble verdad” en el que se vivía y que se parece, a pesar de que estamos en sociedades libres, al nuestro. El problema era la fe, una fe sin base alguna en la realidad.

Convicciones sin realidad

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 1  56 votos
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Prisión permanente: justicia insuficiente

Fernando de Haro

El debate (en realidad no debate) sobre la ampliación de la llamada prisión permanente revisable, que ocupa a los españoles desde hace unos días, es el mejor reflejo de la dificultad de toda una sociedad por mantener vivo uno de sus principios fundacionales. Se diluye en las conciencias el principio de reinserción, recogido en el texto constitucional como traducción laica y penitenciaria de la misericordia cristiana y de la voluntad de reeducar a los presos (propia de la mejor tradición republicana). Frente al mal sufrido (mal grave), a muchos les parece razonable establecer la máxima distancia: la que proporciona tener al que ha cometido el delito entre rejas toda la vida.

Se le llama prisión permanente revisable, pero se trata de una cadena perpetua. La cadena perpetua siempre ha incluido la posibilidad de poner al reo en libertad pasado cierto tiempo. El Gobierno del PP la introdujo en el Código Penal en 2015 para delitos graves como el asesinato de menores de 16 años o los que se siguen después de un abuso sexual. Fue recurrida ante el Tribunal Constitucional.

Ahora que los populares no tienen mayoría en el Congreso de los Diputados, los grupos de oposición han presentado un proyecto para derogarla. El Gobierno ha respondido con una contrapropuesta para ampliarla a más supuestos. La ampliación no prosperará porque no cuenta con apoyos parlamentarios. No importa: lo que cuenta es mostrar “iniciativa política”. Rajoy, a pesar de la buena marcha de la economía, está bajo en las encuestas: el PP ha caído en el último año 7 puntos en intención de voto. El apoyo de la opinión pública al endurecimiento de las penas tras algunos casos especialmente dolorosos de violencia sexual y contra la infancia –piensan en el Gobierno– puede ser una gran baza.

En realidad, la prisión permanente revisable o cadena perpetua no responde a ningún problema. Su aparente necesidad responde a un claro caso de desinformación, a un espejismo provocado por las grandes cadenas de televisión. En su lucha por un par de puntos de share, las emisoras repiten hasta la saciedad los detalles de los casos más sangrantes de violencia sexual o de violencia contra la infancia.

España es uno de los países con más bajo índice de criminalidad de Europa. Cuenta, además, con uno de los códigos penales más duros de su entorno y con una mayor estancia media de los condenados en prisión. El sistema del cumplimiento íntegro de las penas y las sanciones previstas provocan que se pueda estar hasta 40 años en la cárcel si se han cometido los delitos más graves. Suficiente, en principio, para poner a salvo a la sociedad de aquellos que tuvieran voluntad de reincidir.

Prisión permanente: justicia insuficiente

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Caravaggio en Madrid

Elena Simón

Dedicado a Alicia

Caravaggio siempre es un reclamo excepcional por su revolución pictórica en busca de la realidad. En esta ocasión el Museo Thyssen presenta al gran pintor con sus apasionados seguidores del norte de Europa, 52 obras en total, con 12 del maestro. Su pintura claroscurista, con modelos de la realidad, alejada del ideal clasicista, coincidió con los intereses pictóricos de flamencos y alemanes. El viaje obligado para un artista del s. XVII a Roma, meca del Arte, provocó que en el primer tercio de esta centuria unos setecientos pintores extranjeros se instalaran allí, algunos privilegiados en los palacetes de los mecenas protectores, otros pasando hambre y frío.

Caravaggio inauguró el Barroco de manera rompedora, el mundo ideal neoplatónico se acabó. El concilio de Trento y los ejercicios espirituales de san Ignacio de Loyola pedían realidad, austeridad, ponerse en la situación real del suceso religioso a reflexionar, desechando todo idealismo. Y un hermano de Caravaggio, Juan Bautista, era sacerdote en Cremona. El barroco es movimiento con diagonales, escorzos, claroscuros, que traducen el movimiento interior de la mente de los protagonistas, cuanto más tenso mejor. Éste es su máximo interés, todos los contenidos que guarda, apoyados en las expresiones y en una rica simbología de todo tipo (objetos, animales, frutas y flores, colores…).

Es interesante conocer que Michelangelo Merisi, el Caravaggio, nació en Milán en 1571 y que su padre era arquitecto y administrador del marqués de Caravaggio, Francesco Sforza, casado con Constanza Colonna, con los que la familia tuvo una íntima relación. Estas nobles casas protegerán a Merisi, irascible hasta el enloquecimiento y pendenciero, en las huidas y condenas por sus delitos que llegaron al asesinato. Con cinco años se trasladó a Caravaggio y con trece por fin está en Milán, cumpliendo la promesa hecha a su padre en el lecho de muerte, en el taller de Simone Peterzano, seguidor de Tiziano, con el que vivió cuatro años para aprender el oficio de pintor. Con 19 años aterriza en su soñada Roma, donde, obligado por la necesidad, ejecuta naturalezas muertas y flores, de gran fortuna. Luego vendrán escenas de género como “Los tahúres”, tres medias figuras jugando a las cartas, adquirida por el ojo coleccionista y vanguardista del Cardenal del Monte que contrata al pintor, y pasa a su residencia, por fin con alojamiento y comida, donde bajo su protección pintará Los Músicos y la imponente Santa Catalina de Alejandría, tan venerada en Italia (una hermana del pintor también era Catalina). Sus modelos son mendigos, mujeres de la calle, pendencieros de la noche. La realidad más cruda está servida, con ella representará la experiencia religiosa en su más auténtica veracidad, como un suceso de la vida cotidiana.

Empieza el encargo para San Luis de los Franceses, ha cumplido los 25, y La Vocación y El Martirio de san Mateo dejarán huella en las almas, y en otros pinceles. La apertura de esta capilla con motivo del Jubileo del año 1600 le hizo el pintor más famoso y solicitado de Roma, con jugosos encargos tanto públicos como privados: El Sacrificio de Isaac, para el futuro papa Urbano VIII, o el imponente San Juan en el desierto encargado por el banquero Coste. Ambas pinturas brillan en esta exposición. San Juan Bautista, con la potencia del desnudo del David de su admirado Miguel Ángel, en una anatomía más suavizada, con el mismo dominio anatómico… y también la reflexión, la tensión interior del protagonista. La austeridad formal domina, una diagonal de luz divina sobre la anatomía de san Juan y la sombra sobre la que se recorta, fondo neutro sin elementos de distracción. La piel de camello que lo identifica, austero y ascético, y el rojo del manto, emblema de su sangre por la violencia de su muerte a manos de Herodes. Sujeta el bastón-cruz, él anuncia a Cristo y lo bautiza en el Jordán, inicio del camino a la Pasión. Figura de gran belleza e impactante presencia, con la que Caravaggio se presenta casi como el nuevo Miguel Ángel.

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Sorolla: un niño adoptado

Elena Simón

“Tenía Sorolla la vista fácilmente impresionable a cuanto se mueve, y como lo que más se mueve es la luz, cambiando a cada instante, ésta fue su musa” (A. Gimeno).

La cotización y valoración de Joaquín Sorolla sigue en alza. Barcelona nos ha deleitado este verano en Caixaforum con la atractiva y refrescante muestra “Sorolla y el Mar”. También Mapfre abre cartel en el otoño madrileño, hasta el 11 de enero, con una exposición llena de novedades, con la cara menos conocida del imparable artista: “Sorolla y América”, muestra que se inicia con su celebrada pintura social de finales de siglo, que emigró más allá del océano y paisajes urbanos neoyorquinos, retratos americanos, dibujos sobre cartas de menú, y también bocetos, mucho de todo ello guardado allí en la Hispanic Society de Nueva York, grandioso centro de referencia de la cultura española, museo y biblioteca, fundado en 1904 por el potentado del ferrocarril e hispanista Huntington, que fue el mecenas de Sorolla en América. Él le pagó los dos viajes de seis meses que el artista realizó con su familia a Nueva York. Su exposición de 1909 ni tuvo ni ha tenido igual, el pintor vendió cientos de obras y miles de catálogos… hasta el presidente de los EEUU quiso ser retratado por él.

Pero demos marcha atrás en la moviola hasta situarnos en su levante natal, donde se gestó el genio de Joaquín Sorolla. Los primeros años del artista quedan muy lejos de su posterior éxito, porque este pintor español, que tras Velázquez y Goya es la paleta española más cotizada fuera de nuestras fronteras, nació en Valencia el 27 de febrero de 1863 (¿conjunción de astros que dirían algunos lunáticos?). Sus padres, Joaquín y Concepción, del gremio del comercio de tejidos, murieron, quizá víctimas del cólera, en un margen de tres días, cuando el pequeño contaba dos años y medio. La tía materna Isabel y su marido José adoptaron a Joaquinito y a su hermana Isabel, de un año. Con 14 años Joaquín ayudaba a su tío en la modesta cerrajería familiar, pero su destreza para la pintura ya era reconocida y asistía por la noche a clases de pintura. Con dieciséis años entró en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos de Valencia: las clases se iniciaban a las ocho, sin embargo su compañero, el también pintor Cecilio Plá, nos dice que Sorolla ya venía de sacar apuntes del natural por la ciudad. Ese mismo año, por su aplicación, la Escuela de Artesanos le otorgó un accésit y le obsequió con una caja de pinturas. Su padre adoptivo, consciente de la valía del chico, decidió pagarle clases especiales e intentó que Joaquín no perdiese más tiempo en las labores de cerrajero, pero el chico no lo permitió. A la par recibía la medalla de bronce de la Exposición Regional de Valencia por “El patio del instituto”. Su profesión de pintor ya estaba decidida.

Sorolla pasó cuarenta años pintando casi frenéticamente. Trabajador incansable realizó a la velocidad de la luz cerca de 2.200 cuadros, 9.000 dibujos, apuntes, bocetos, obras todas ellas en las que consiguió como nadie reflejar con una modernidad potente ese derecho que el instante tiene a la eternidad.

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