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19 OCTUBRE 2019
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Autolesión juvenil. ¿Por qué buscan el dolor?

Federico Pichetto | 0 comentarios valoración: 1  43 votos
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El Observatorio Nacional de Adolescencia afirma en un informe publicado en Italia que casi el 18% de los jóvenes entre 14 y 19 años prueba con prácticas autolesivas, unas cifras que se pueden extrapolar a toda Europa, también a España. Los datos apuntan a que este fenómeno es muy precoz, pues ya lo reconocen el 20% de los niños entre 12 y 14 años. Normalmente, una vez cerrados los colegios y empezadas las vacaciones, la cuestión educativa queda aparcada, como si fuera un tema estacional, como el calor de verano y el mal tiempo en otoño. Pero las exigencias de los chavales no se van de vacaciones. En el caso de las autolesiones, estamos ante un hecho muy complejo y generalizar es, cuando menos, arriesgado.

Sin embargo, hay dos elementos que destacan otro aspecto del problema. El primero es el prejuicio. Sonará extraño dicho a adultos, pero uno de los juicios de fondo más recurrentes en la vida de un adolescente es la inseguridad respecto al hecho de merecer vivir. Yo no valgo, doy asco, no estoy a la altura del afecto de los demás, soy un error y merezco un castigo. Es increíble cómo la edad de la primera juventud se ve a menudo atravesada por la necesidad de transformar el propio prejuicio en gesto, la propia opinión sobre uno mismo en realidad. Muchos consideran inconscientemente el dolor auto-infligido como una justa condena por esa verdad que todos saben y nadie admite: somos un fracaso, un error de la naturaleza, una dura derrota sin posibilidad alguna de realizarse ni ser feliz. Las notas así lo demuestran, los chat con los amigos así lo demuestran, los comentarios que me llegan así lo demuestran, el modo en que se tratan mis padres así lo demuestra, los chicos o chicas con los que salgo o no llego a salir así lo demuestran… todo es inútil, no merezco vivir.

Luego hay otro pensamiento, quizás aún más inquietante, que sale a relucir en ciertos casos de autolesiones: yo, chica (sobre todo) o chico, tengo una gran necesidad de que alguien me toque, que alguien, tocándome, me devuelva la percepción incluso corpórea y física de mi ser, del vivir dentro de unos límites que son mi lugar, mi casa, mi puesto. Un bien inseguro, ausencia de contactos, necesidad de una casa, ¿cómo puede ser esta la clave para los chavales de nuestros días, que tanto centran nuestra atención y la mirada de sus padres?

Justo aquí radica la cuestión: en esta abundancia de miradas y atenciones, ¿dónde empieza el espacio del riesgo, el tiempo de mi libertad? ¿Qué esperanza tengo (¡sí, esperanza!) de poder sufrir? ¿Cuándo podrá empezar en serio la vida a ser mía, en el sentido de “conquista personal” de las certezas del vivir? Precisamente es la falta de dolor lo que genera esa necesidad, precisamente el no correr ningún riesgo es lo que reclama a una vida arriesgada. “Tis de bios ater patros”, se pregunta el poeta griego Mimnermo: ¿qué es la vida sin un padre? Qué nostalgia de un padre como el de la parábola del hijo pródigo, un padre que no teme arriesgarlo todo para que el hijo disponga de un espacio de auténtica libertad, un padre que no se entromete en la vida del hijo, que no vive los problemas del hijo como un problema suyo. Un padre que mira de lejos; que, sencilla pero dramáticamente, espera. Espera que la alegría y el dolor, que la experiencia misma, impartan su magisterio a aquellos que deben crecer. Antes de que busquen el dolor ellos solos, antes de que piensen que la vida es una casualidad, una coincidencia, algo recurrente como la canícula veraniega. Destinada a pasar, hasta el próximo invierno.

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