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19 SEPTIEMBRE 2019
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No todo es desierto en el Golfo Pérsico

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  16 votos
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Algunas de las ciudades bañadas por las aguas del Golfo Pérsico, muy cerca del Estrecho de Ormuz, donde se concentra estos días la tensión entre Estados Unidos e Irán, parecen asentamientos lunares. En Doha o en Abu Dabi los aviones aterrizan después de sobrevolar un desierto inhóspito, sacudido en el verano por tormentas de arena que hacen palidecer el sol. Los aeropuertos y los edificios se defienden del mundo exterior formando cápsulas protegidas por potentes sistemas de aire acondicionado, lujo internacional y trabajadores que llegan del Oriente Lejano. El petróleo ha permitido levantar, en un mundo dominado en otro tiempo por caravanas y tiendas, una arquitectura urbana y unas infraestructuras que hablan de una gran riqueza. Los analistas, tras el anuncio de que ha sido derribado un dron iraní y tras la detención de un barco británico, han subrayado precisamente que el Estrecho de Ormuz es uno de los puntos del planeta por los que más petróleo circula del mundo. Y es sin duda uno de los elementos que hay que tener en cuenta para entender lo que está ocurriendo. Pero no es el único, el Golfo Pérsico es la gran frontera entre el mundo sunní y el mundo chiita. A un lado, Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos, al otro lado Irán. El conflicto estos días se produce en el comienzo de lo que Kaplan llama el “mundo de Marco Polo”, el mundo que comienza en la zona este del Océano Índico y que se extiende hasta China. Ese mundo sobre el que seguramente gire buena parte del siglo XXI y que no se entiende sin el escenario de la postguerra de Siria y de Iraq y sin la rivalidad entre las dos principales tendencias del islam.

Mientras todavía no se había terminado la guerra contra el Daesh, Trump se puso del lado de Arabia Saudí sin matiz alguno y sin arreglar el escenario de hegemonía chií creado en Iraq y en Siria, en parte por la intervención de las tropas norteamericanas. El respaldo sin fisuras de Trump a la política de Netanyahu (con gestos innecesarios como el traslado de la Embajada a Jerusalén o el reconocimiento de los Altos del Golán como territorio israelí) y al principie saudí Mohamed Bin Salman (y su más que dudosa reforma) ha supuesto poner a Teherán en el centro del Eje del Mal. Eso explica que Estados Unidos se retirara del acuerdo nuclear del año pasado (uno de los pocos aciertos de Obama en la región) que ponía freno al desarrollo nuclear de Irán a cambio de levantar parte de las sanciones. La tensión de estos días es consecuencia de una apuesta en favor del sunnismo salafista (tradicionalista) de Arabia Saudí, aliado de Tel Aviv, y buen cliente en la compra de armas.

Pero la opción de Trump parece no haber tenido en cuenta la complejidad que vive en este momento la zona, el protagonismo del chiismo más allá de las fronteras de Irán y las tensiones que, afortunadamente, se producen dentro del sunnismo. El actual mapa de Oriente Próximo quedó en gran medida configurado por los acuerdos Sykes Picot de 1916. Las fronteras eran sin duda arbitrarias, pero tenían la ventaja de configurar Estados en los que estaban obligados a convivir sunníes y chiíes, alauíes, kurdos y minorías como la cristiana. Han sido hasta ahora Estados multiétnicos y multirreligiosos como lo eran los imperios otomano, austro-húngaro y ruso antes del final de la Primera Guerra Mundial. El final de la guerra de Siria y de Iraq ha supuesto que reaparezca el sueño de Estados de una sola confesión. No se puede descartar una limpieza étnica como la que se produjo en Europa central entre 1930 y 1950. La victoria de Assad en Siria y de un régimen chiita muy pro iraní en Iraq, con el apoyo indirecto de Estados Unidos que no tenía un plan para después de la victoria, hace previsible una marginación de los sunníes (respaldados en su momento por los países del Golfo) en Siria e Iraq. No se conoce una respuesta a este problema de la administración Trump, que se limita a apoyar a sus aliados los kurdos.

Tampoco parece que la administración Trump haya tomado parte en los debates que se producen dentro del sunnismo hegemónico. A finales de los años 70 se registra una fusión entre el wahabismo salafista de Arabia Saudí con las tendencias más radicales de los Hermanos Musulmanes. Es lo que se conoce como la sahwa. Este movimiento radical tendrá mucho que ver con el desarrollo del yihadismo. Pero en este momento se está produciendo una interesante ruptura entre el wahabismo saudí y los Hermanos Musulmanes, apoyados por Catar. Sería muy interesante que el islam saudí fuera alentado a separarse definitivamente de corrientes como las que encarna el muy influyente ulema Yusif al Qaradawi, apoyado por los Hermanos Musulmanes y por Catar, con una influencia significativa en el islam europeo. Sería decisivo aislar su Unión Internacional de Ulemas Musulmanes. Y si se trata de apoyar a la corriente más antiislamista del sunnismo, nada mejor que reforzar el Consejo de Sabios Musulmanes promovido por los Emiratos Árabes Unidos y el líder de la Universidad de Al Azhar en El Cairo, el-Tayeb. Fueron los que hicieron posible la visita del Papa a Abu Dabi y la firma del histórico documento sobre la Fraternidad Humana. Washington no puede olvidar lo que ocurrió en el Afganistán de los años 80. No todo es desierto en el Golfo Pérsico.

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