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29 SEPTIEMBRE 2020
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Libertad religiosa en China. El único método es el diálogo

Agostino Giovagnoli | 0 comentarios valoración: 1  40 votos
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La libertad religiosa es un problema dramático en muchas partes del mundo. Por ello nunca debería ser instrumentalizada. Este principio ocupa actualmente el centro de un duro enfrentamiento entre Estados Unidos y China. El congreso organizado recientemente por el primero ha supuesto la ocasión de un fuerte ataque contra la segunda. “China es la patria de una de las peores crisis de derechos humanos de nuestros tiempos, es sin duda la gran mancha de nuestro siglo”, afirmó el secretario de Estado americano, Mike Pompeo, refiriéndose a la situación de los uigures musulmanes de Xinjiang. “La carta de libertad religiosa es un truco que EE.UU usa desde hace mucho para presionar” a otros países, respondió el Global Times, diario oficioso de Pekín, estigmatizando las contradicciones de la administración Trump, que comenzó con el famoso veto a los visitantes procedentes de siete países musulmanes que agravó “la hostilidad y la extrañeza entre Oriente y el mundo islámico”.

La historia muestra que los Estados han tratado de afirmar o ampliar su soberanía sirviéndose de cuestiones religiosas. Durante siglos, España, Portugal, Francia y otros países europeos han afirmado su poder en América Latina, África y Asia erigiéndose como “protectores” de los derechos de los fieles católicos. En el ámbito anglosajón, han perseguido objetivos parecidos mediante la afirmación de la “libertad religiosa”. A menudo, la afirmación de esta libertad ha ido ligada a la imposición de “puertas abiertas”, donde la presencia de múltiples minorías nacionales, lingüísticas y religiosas favorece el desarrollo de tráficos comerciales, económicos o financieros. En otros casos, en cambio, la libertad religiosa es reivindicada en situaciones –como las regiones fronterizas– donde este problema se mezcla con el de las minorías étnicas, repartidas en diversas soberanías. Suma y sigue.

Hace tiempo, la Iglesia católica se desvinculó de las instrumentalizaciones del colonialismo europeo, rechazando la lógica del protectorado. En China, el Evangelio se anuncia mejor sin los cánones de la armada francesa, afirmaba ya León XIII a finales del siglo XIX. Pero hoy la Iglesia sufre grandes presiones para decantarse en las batallas occidentales en cuestión de libertad religiosa. El acuerdo entre la Santa Sede y China del 22 de septiembre de 2018 no gustó a los que querían usar la cuestión religiosa como arma política contra el gobierno de Pekín. Pero la firmeza de la fe no puede confundirse con afirmaciones de fuerza. Si la Santa Sede aceptara un uso instrumental de la libertad religiosa, se vería como aliada de potencias enemigas de China, y conseguiría bastante poco para la libertad de los creyentes.

Asia es el continente donde más se extiende este problema y donde las presiones occidentales pueden menos. Tampoco basta con declarar en abstracto la separación entre política y religión. Por el contrario, es necesario distinguir concretamente entre los problemas de los fieles católicos y las cuestiones de equilibrios internacionales. Eso es lo que ha hecho la Santa Sede en China, eligiendo la vía del diálogo. De hecho, dialogar significa mostrar concretamente que no se trata de afirmar la soberanía de uno y debilitar la de otro. Pero eso no significa renunciar al objetivo de la libertad religiosa, ni tampoco al de anunciar la propia fe. El diálogo presupone la certeza de la propia identidad y no tiene nada que ver con la apostasía. En esta línea avanzan también las recientes “Orientaciones pastorales para el registro civil del clero” en China, publicadas el pasado 28 de junio. Algunos creen que, dando a los ciudadanos chinos normas de comportamiento, este documento interviene en asuntos internos de la soberanía china. Pero esta no era la intención de la Santa Sede, y resulta significativo que no haya habido una protesta oficial de las autoridades chinas, como ha pasado tantas veces en el pasado. Sin duda, estas Orientaciones señalan ciertas cuestiones que todavía están abiertas, pero al mismo tiempo insisten hasta tres veces en la importancia del diálogo entre la Santa Sede y las autoridades chinas.

De hecho, todavía hay que intentar llegar a una solución definitiva de la cuestión del reconocimiento del clero clandestino en China. Mejor dicho, soluciones definitivas: los obispos ‘clandestinos’ no son muchos, pero sus situaciones son muy diferentes entre sí, y todas son muy complejas. A sus espaldas llevan largas historias, sufrimientos y decisiones de las que es difícil dar marcha atrás. Además, no faltan las presiones desde el exterior, sembradores de cizaña y una perenne tentación de volver a las contraposiciones frontales y a las decisiones unilaterales. Todas ellas presiones contra el diálogo. Pero si este se interrumpiese, se correría el riesgo de anular el resultado más importante: la posibilidad que se ha abierto paso tras el acuerdo entre China y la Santa Sede para afrontar una a una estas delicadas situaciones, buscando la solución más idónea en cada caso. Están muy de moda el conflicto y el enfrentamiento. De hecho, el diálogo parece cosa de ‘buenistas’, mientras que afirmar la propia soberanía parece propio de tipos duros. Los primeros serían los perdedores, los segundos los vencedores. Por eso, quien tiene fuerza la usa o, al menos, amenaza con utilizarla.

Resulta así peligrosamente fácil que el juego se escape de las manos sin que, en la mayoría de los casos, quien desencadena el conflicto obtenga éxitos duraderos. En realidad, el diálogo no es el arma de los perdedores, sino de los que miran lejos. Los Estados que hoy insisten en una lógica de afirmación de la propia soberanía no tienen en cuenta que esta última está envuelta en incertidumbres crecientes que minan sus prerrogativas más fundamentales. Nadie es ya totalmente dueño de su casa, y por eso aumentan cada vez más la desorientación, el miedo, la agresividad, haciendo el mundo inestable y obligando a abandonar la vía de la cooperación multilateral. Pero ahora la soberanía efectiva de cualquier Estado depende sobre todo del reconocimiento de los demás Estados. No es la moneda ni el ejército quienes la garantizan, sino las relaciones y la colaboración con los demás actores internacionales. Por eso hace falta el diálogo.

Que Donald Trump haya dado algunos pasos junto a Kim Jong-un en territorio norcoreano supuso un gran acontecimiento porque encendió las esperanzas de diálogo. Entre EE.UU y China la situación no es tan distinta. La confrontación sobre sus obligaciones sirve para prefijar ciertas condiciones favorables en vista a un futuro diálogo. Porque al diálogo habrá que llevar. Es un interés de ambas partes ponerse de acuerdo sobre las condiciones de la compraventa de soja, tecnología, etcétera. Hay quien lo entiende antes que otros, como el papa Francisco. Su voluntad de diálogo no solo se refiere a China. Con motivo de la firma del “Documento sobre la Fraternidad humana” el 4 de febrero en Abu Dabi con el gran imán de Al-Aznar, Ahmad Al-Tayyeb, el Papa afirmó que la “familia humana” se custodia “ante todo mediante un diálogo cotidiano y efectivo”.

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