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18 NOVIEMBRE 2019
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La chica de Hong Kong

Fernando de Haro | 0 comentarios valoración: 2  32 votos
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Siempre es imposible sintetizar una edición del Meeting de Rimini. Pero si en su 40 cumpleaños el Meeting sigue fresco es porque nos ha abierto a todos los asistentes un horizonte de conocimiento (por eso ha movido libertades). Un horizonte allí donde los más lúcidos atisban solo a señalar -y no es poco- la insuficiencia de una respuesta a la crisis con una ética basada en los principios universales abstractos que puso en pie la Ilustración, o con una reforma y refuerzo de las instituciones. Es inútil buscar lugares seguros, refugios, opciones supuestamente inspiradas en la Edad Media. Lo señalaba con ironía una de las mejores exposiciones de este año, "Bolle, Pionieri e la ragazza di Hong Kong", dedicada a los Estados Unidos. En esa misma exposición se citaba un conocido artículo de DeLillo: “vivimos en una posición de peligro y de rabia”. El artículo se había escrito para definir la situación tras el 11S, pero sigue siendo certero. “¿Y entonces? No me lo pidáis”, decía DeLillo. ¿Podemos todavía preguntar o pedir una respuesta sobre lo que nos pasa, sobre el futuro?

A estas alturas lo que queremos todos es comprender qué le pasa al mundo y qué nos pasa a nosotros. Y se nos queda corto, respondernos que el problema es antropológico, sin entender qué significa eso. En el Meeting se ha hablado, como no podía ser de otro modo, de las perplejidades provocadas por la globalización, de la crisis de la democracia, de los retos de la inteligencia artificial, los últimos descubrimientos de la neurociencia, del islam después de la derrota del Daesh, o de la sostenibilidad del planeta. No ha habido conclusiones cerradas. Las respuestas no pueden ser inmediatas, los retos de un mundo en transformación son complejos. Pero lo que le ha dado al Meeting de Rimini especial fuerza es habernos ayudado a entender la crisis del yo. La explicación del lema apuntaba en esa dirección al citar una carta del poeta español Federico García Lorca: “Ahora he descubierto una cosa terrible (no se lo digas a nadie). Yo no he nacido todavía. Yo vivo de prestado, lo que tengo dentro no es mío, veremos a ver si nazco”. “Este deseo de nacer de nuevo puede llevar aparejada la incertidumbre de no saber quién se es, de sentir ferozmente la falta de identidad. La pérdida de ese sentimiento del nacimiento, de la unidad donada del primer palpitar, les hace a nuestros jóvenes deshacerse en fragmentos”, se señalaba en esa presentación en la que se ponía como ejemplo el tema Twenty-four del grupo Switchfoot. Nuestros jóvenes, nosotros, vivimos descompuestos en los 24 fragmentos de las 24 horas del día. Con lucidez lo señalaba Greg Lukianoff, el autor de Clodding of Mind, que lleva años estudiando las disfunciones cognitivas de los estudiantes estadounidenses en los campus universitarios. Esas disfunciones, entre otras cosas, incluyen la intolerancia, el carácter catastrófico, la absolutización de la emotividad, o la división del mundo entre buenos y malos.

Sin reconstruir los 24 fragmentos en los que se descompone la vida no hay salida. Sin esa reconstrucción del sujeto, la democracia será cada vez menos estimada, el valor del otro acabará disolviéndose. Sin un sujeto entero, no habrá energía para emprender, para innovar, para mantener la dignidad de la razón, para afrontar los retos de un mundo que no se resuelven con fórmulas y doctrinas. Olivier Roy, uno de los intelectuales franceses más solidos, lo señalaba en uno de los primeros debates: “el nihilismo, la fascinación por la muerte, no solo atrae a los yihadistas, atrae a los jóvenes estadounidenses y a los jóvenes europeos”.

¿En qué consiste la reconstrucción del sujeto? ¿Cómo puede nacer una identidad que esté a la altura de los desafíos? Esas han sido las preguntas que se oyeron insistentemente en Rimini la semana pasada. Algunas figuras, algunos testigos del pasado y otros del presente, algunas historias particulares, han dado algunas referencias. De las 20 exposiciones preparadas para esta edición del Meeting de Rimini, una estaba dedicada a Václav Havel. Un Havel más vivo que nunca señalaba, a través de uno de sus escritos, que “desde hace tiempo el problema no se formula en términos de categorías ideológicas, el problema es si se consigue rehabilitar la experiencia personal como criterio original de las cosas, el problema es restituir un sentido de la comunidad humana para que el punto focal de la acción social sea un yo humano, integral y digno porque está en relación con algo que se encuentra por encima de él”. Las voces de Havel, de Etty Hillesum, de emprendedores sociales en una Venezuela devastada, de psicólogos que atendían a los hijos concebidos a la fuerza por los yihadistas extranjeros en Alepo, la de científicos que revindicaban más que nunca el valor de lo humano en pleno desarrollo de la Inteligencia Artificial, la de los jóvenes voluntarios que han pasado días y noches trabajando para mantenerlo en pie, se han oído en el Meeting de Rimini. Voces y rostros concretos. Los asistentes nos hemos marchado con una pregunta más acuciante de la que llevábamos: ¿hay algunos rostros, algún rostro concreto que, al mirarlo, nos permita cumplir con el deseo de Federico García Lorca, con el deseo de todos? ¿Tienen estos rostros que hemos visto capacidad de engendrar un sujeto que esté a la altura de los desafíos? Como dice James Baldwin, “si te enamoras de una chica de Hong Kong, inmediatamente Hong Kong será el centro de tu vida”.

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